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Cinco minutos
Anestesiado sobre la mesa de operaciones, el perro soñaba despreocupado. Paulo buscó el punto para continuar la incisión. Dudó. Volvió a buscarlo. Sintió el sudor sobre sus cejas. El reloj marcaba las ocho y doce cuando vio que Marta se ajustaba los guantes en silencio.
Gerardo Cárdenas
16 de febrero de 2026
6 min de lectura
La brillante línea roja se deslizó por la piel rasurada y se camufló en el pelaje gris del animal. Paulo levantó el bisturí y sintió unas pequeñas gotas en su frente. Respiraba con dificultad tras la mascarilla. El reloj del quirófano marcaba las ocho y diez, pero Paulo evitó mirarlo. Frente a él, con los brazos cruzados, la médica veterinaria que le acompañaba miró la escena. Era Marta, su esposa.
Paulo había conocido a Marta en el último ciclo de la universidad. Él había repetido algunos cursos y usó esa ventaja para acercarse. Le ayudaba en las tareas, la invitaba a bailar. Poco después se mudaron juntos. A iniciativa de Marta, abrieron una clínica veterinaria en el primer piso de la casa.
Los errores de Paulo aparecieron pronto. Los peces flotaban inmóviles cuando Marta encendía la luz. La bolsa de basura seguía en el mismo rincón a la mañana siguiente. Después, Paulo empezó a salir más seguido y más tarde, con colegas más jóvenes. Marta no asistía a estas reuniones porque prefería las mañanas para agendar las intervenciones difíciles. El plan consistía en apoyarse mutuamente, pero Paulo casi siempre llegaba tarde.
Anestesiado sobre la mesa de operaciones, el perro soñaba despreocupado. Paulo buscó el punto para continuar la incisión. Dudó. Volvió a buscarlo. Sintió el sudor sobre sus cejas. El reloj marcaba las ocho y doce cuando vio que Marta se ajustaba los guantes en silencio.
La crisis se agravó cuando Paulo adquirió la costumbre de volver muy de madrugada y dormir en el auto con las llaves aún puestas. Despertaba cuando Marta golpeaba el vidrio. Olía a alcohol y a perfumes desconocidos. Cuando Marta le reclamaba, él respondía con gritos.
En el quirófano, Paulo intentó limpiarse la frente con la manga de su bata. Una gota le cayó en el borde del ojo. Parpadeó dos veces. La mesa se volvió borrosa.
Un día, Paulo volvió con las primeras luces. Marta le dijo que no lo iba a soportar. Paulo respondió que lo dejara en paz. Se recostó sobre el sillón y miró el reloj de pared. Vió cómo la aguja avanzaba. Recordó que en dos horas tenía que operar a un perro.
A las ocho y catorce, Paulo miró a Marta de nuevo. Tomó el bisturí y con la palma abierta, se lo ofreció. Los segundos en silencio le parecieron eternos. Paulo dijo algo en voz baja tras su mascarilla.
Solo entonces Marta lo miró a los ojos. Luego bajó la vista hacia la mesa. Se quitó los guantes con cuidado, sin que el exterior toque la piel, como le habían enseñado en la universidad. Los dobló y dejó en la bandeja metálica. Después giró y salió del quirófano.
Frente a un perro dormido, con el bisturí en una mano y los ojos entrecerrados, Paulo decidió cortar. Eran exactamente las ocho y quince de la mañana.
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