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Dolores del alma
En 2016 desapareció por segunda vez. Esta vez, para siempre. Nadie se enteró hasta meses después. Nadie reclamó su cuerpo. Nadie conoció su casa. Nadie la despidió.
Valeria Sandoval
14 de enero de 2026
14 min de lectura
Era un típico día gris en la Lima conservadora de 1951 cuando un escándalo se desató en la casa de Magdalena: Edgardo se había fugado y nadie sabía adónde ni por qué.
Y es que toda mi familia estaba acostumbrada a sus griteríos y a sus escapadas ocasionales por el techo de la casa cuando mi bisabuela Vilma lo perseguía para pegarle por alguna palomillada o por respondón, pero nunca había desaparecido con toda su ropa y sin motivo aparente.
Mis bisabuelos Vilma y José, y sus ocho hijos entraron en crisis, aunque se esforzaron por ocultarla. No querían que el barrio supiera nada; no deseaban más chismes de los que ya provocaba Edgardo con sus risas estridentes, sus bailes indecentes y su lengua afilada. En esa casa, el silencio siempre había sido una forma de disciplina.
No les quedó más opción que aceptar su decisión con culpa y vergüenza, como quien asume un fracaso personal: no habían logrado enderezar su rumbo en dieciocho años.
Decidieron no hablar de él, como si el silencio pudiera borrarlo. Cuando los vecinos preguntaban por Edgardo, respondían: “Se fue de viaje”. Y enseguida bajaban la mirada, cambiaban de tema, apretaban los labios.
Pero los rumores eran inevitables:
—¿Dónde se habrá ido el maricón?
—Siempre fue raro desde chico.
—Qué pena que les haya tocado un hijo así.
Aunque Edgardo siempre fingió no escuchar los comentarios de la familia ni del barrio, por las noches se preguntaba por qué había nacido distinto, por qué sus hermanos obedecían sin chistar, por qué no podía ser más normal y así evitar tanto dolor. Lloraba en silencio, con la cara hundida en la almohada, porque había aprendido que los hombres no lloran.
El problema era que nunca se había considerado un hombre. Pequeño detalle. Estaba convencido de que la naturaleza se había equivocado de forma. Él era una mujer. Su conflicto interior era desgarrador.
Durante tres años no se supo nada de Edgardo. La familia continuó con su vida, aunque arrastrando la mancha de tener un miembro “raro”, una palabra que yo escucharía muchas veces después, incluso cuando aún no entendía su peso.
El 15 de marzo de 1954, una mujer alta y blanca, de cabello castaño ondeado hasta los hombros, falda negra, blusa azul encendido y un maquillaje exagerado, tocó la puerta de la casa de Magdalena.
—¿Sí? ¿Quién es? —preguntó mi bisabuela Vilma desde la mirilla de la puerta verde.
—Soy yo, mamá.
—¿Quién es yo?
—¡Jajajaja! ¿No me reconoces? Abre la puerta. Soy tu hija más bonita.
Vilma reconoció la voz impostada y la risa estruendosa que había intentado callar durante años. Abrió la puerta lentamente con manos temblorosas y un nudo en la garganta, mirando hacia la calle por si algún vecino estaba husmeando. Cuando no había nada físico que las separe más que el aire, la mujer la abrazó con fuerza, riendo a carcajadas, impregnándola de un perfume intenso.
—Me llamo Dolores —dijo—. Tu hija Dolores.
En el comedor, mi bisabuelo José y sus hijos observaban, perplejos. Nadie sabía qué decir. Mi bisabuela lloraba, mi bisabuelo miraba el suelo y los hijos cuchicheaban entre sí. Pero Dolores se comportaba con naturalidad, más bien divertida, con esa algarabía y autenticidad que siempre la habían caracterizado, ignorando las caras confusas de su familia.
Les contó que había viajado a Marruecos para someterse a una operación. Que había sido doloroso, sí, pero más doloroso era verse cada día en el espejo como alguien que no era. Ahora, por fin, se sentía libre.
La familia la aceptó como se aceptan las tragedias: con resignación. La vergüenza se volvió más pesada. No sabían cómo explicar a los vecinos quién era ahora Edgardo, cómo llamarla Dolores, cómo decir “ella” sin sentir que traicionaban algo que nunca supieron nombrar.
Cuando hablaban de ella, bajaban la voz. Si salían con ella, le pedían que hablara bajito, que no llamara la atención. Pero mi tía Dolores no sabía vivir en voz baja.
Pasaron los años. Se mudó a Alemania con la vaga esperanza de vivir más libre rodeada de personas de mente abierta; se casó con Conrad, un polaco de grandes ojos celestes y nariz gruesa y larga, que había servido en la Segunda Guerra Mundial, y quien fue su compañero por largas décadas. Ambos viajaban una vez al año a Lima y a Trujillo, a visitar a la familia.
Dolores sabía —aunque nadie se lo dijera— que mi familia no la entendía del todo. Ese dolor lo llevaba por dentro, disfrazado de risa.
Hasta que nací yo.
Desde pequeña, mi tía Dolores fue mi cómplice. Yo la esperaba con ansias cuando llegaba de Alemania. Bailábamos ballet en la sala de piso ajedrezado destinado solo para ocasiones especiales, cantábamos a todo pulmón, tocábamos las castañuelas, nos reíamos hasta que alguien pedía silencio.
Mientras se bañaba, su voz se elevaba entonando un “Acurrucucú Paloma” apasionado. Mi bisabuela y mis tíos, testigos de aquel ritual desbordado, oscilaban entre la risa incrédula y el ruego impaciente de que apaciguara esa voz que estremecía al barrio entero.
Un día, mi tía Dolores me llamó a su cuarto en donde tenía colgadas siete pelucas con diferentes peinados y colores. Me dijo: “Elige una y póntela para hacer un show”. Yo elegí una y ella otra, y las dos nos pusimos a cantar y a bailar en su cuarto, hasta que su risa estridente llamó la atención de mis tíos y me pidieron que saliera de ahí.
Por las tardes, jugábamos cartas. Ella a veces se levantaba de su sitio y se ponía detrás mío para revelar a todos la mano que yo tenía. Me daba pataletas cada vez que hacía eso. Ella me miraba, se reía y me hacía muecas, sacándome la lengua y extrayéndose la dentadura postiza. Yo trataba de quitarme los dientes también.
Lo cierto es que la admiraba sin cuestionarla. Pero también aprendí pronto a callar.
Escuchaba a mi papá decirle en susurros a mi mamá: “No dejes que Ceci pase tanto tiempo con tu tía. Ya sabes cómo es”. Me sentía confundida ante esas peticiones secretas pues mi tía era con quien yo más me divertía y con quien me sentía libre de decir barrabasadas sin que me critique. Pero nunca protesté.
Cuando caminábamos por Miraflores y mis tíos se adelantaban para fingir que no conocían a mi tía Dolores, yo sentía una incomodidad que no sabía nombrar. Quería tomarle la mano, pero no lo hacía. Quería preguntar por qué, pero no preguntaba.
—No hagas bulla —le reprochaban.
—Compórtate.
Y yo, sin querer, aprendí a imitar esa conducta: mirar al suelo, sonreír incómoda, no defenderla.
En las conversaciones familiares, en su ausencia, la criticaban llamándola “la loca” e internalicé que tener una personalidad arrolladora, decir lo que piensas y reírte a más no poder, era estar un poco mal de la cabeza.
En la adolescencia, dejé de llamarla. Supe que mi tío Conrad murió en esos años. Mi tía ya no viajaba a Perú con la frecuencia de antes y yo no hice mucho esfuerzo por mantener el contacto. No porque no la quisiera, sino porque ya sabía qué pensaba mi familia de ella y no quería ser distinta también. No quería ser señalada. Elegí el silencio, como todos. Lo más cómodo.
En 2016 desapareció por segunda vez. Esta vez, para siempre. Nadie se enteró hasta meses después. Nadie reclamó su cuerpo. Nadie conoció su casa. Nadie la despidió.
Yo heredé sus joyas, aunque nunca llegaron a mis manos. Pero recibí algo más pesado: la certeza de que la quise profundamente y, aun así, no la defendí ni hice esfuerzos por heredar su voz desvergonzada ante la vida.
Hoy sé que la comprendía.
Hoy sé que también la traicioné un poco.
Y aunque nadie sabe dónde duerme para siempre, sus risas —esas que tanto incomodaban— siguen resonando en mí, recordándome que el silencio no es opción nunca más.
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