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Abdúceme que soy realidad (Capítulo 1)
Terminé de grabar la entrevista y caminé unos pasos hacia el cerro Marabamba. Mientras miraba el cielo ya azulino de Huánuco y el paisaje colorido e irradiado por un sol ya más espabilado, me fue imposible no pensar que todo era una patraña. Hasta daba risa por lo descabellado que sonaba todo.
David Vidal
11 de mayo de 2026
13 min de lectura
—Se lo llevaron esas luces…los extraterrestres se lo llevaron.
Los ojos de Oswaldo Rojas brillaban, a pesar de sus ojeras. Eran las 6 de la mañana del domingo 16 de agosto de 2026. A esa hora solo éramos dos los periodistas que, entre somnolientos y escépticos, escuchábamos a Oswaldo. Sobre el cerro Paucarbamba se asomaba, perezoso, un sol que iba coloreando el paisaje y hacía resplandecer los techos de calamina que vestían la parte baja de las montañas.
—Se lo llevaron. Él y su culto decían que algún día ellos vendrían.
Su piel parecía cuarteada por el sol. Sus manos callosas eran la prueba de que se tomaba muy en serio su trabajo de maestro de obra. Tenía la espalda ancha para alguien que ya sobrepasaba los 50 años, aunque con el abdomen ventrudo, como todo buen cervecero. En su hablar, aunque rápido y medianamente accidentado, no se le notaba la torpeza de los borrachos, ni las dudas de los mentirosos. Y así lo demostraba la cadencia de su tono y ese canto melódico con el que bailaban sus frases.
—Yo venía caminando, habrán sido las nueve o diez de la noche de ayer, por allí. En el cielo se veían pocas estrellas. Yo cuando regreso de trabajar no está tan de noche, pero ese día me había quedado en una obra, frotachando el techo, y eso demora pues. Busqué a la luna y no se le veía…
Los pasos de Oswaldo eran lentos, pero precisos. Caminaba por inercia, a pesar del cansancio, y un dolor en los pies por sus nuevas ampollas que pronto serían callos. A su derecha, sobre ese telón oscuro y casi sin estrellas, veía fogonazos y segundos más tarde escuchaba el tronar de los fuegos artificiales. Era la noche del 15 de agosto de 2026 y a pocos kilómetros se celebraba el aniversario número 487 de la ciudad de Huánuco. Oswaldo, a pesar del cansancio, no pensaba perderse la gran fiesta que, como todos los años, organizaba la Municipalidad.
Cruzó la avenida en dirección a su casa. Tenía que darse un duchazo, echarse su mejor colonia, peinarse el cabello y convencer a su esposa de que regresaría temprano y sobrio al día siguiente. Mentira que por más de 25 años repetía y que se había convertido en la pantomima más recurrente de su matrimonio. Convencerla sería pan comido, pensaba Oswaldo, cuando en el cielo, frente al cerro Marabamba, aparecieron tres luces al mismo tiempo.
—Estaban allacito, sobre el cerro, mas o menos arriba del Pillco Mozo. Las tres luces se movían juntas, y formaban un triángulo. Esa cosa era gigante, más grande que el estadio Heraclio Tapia—Oswaldo formó con sus manos un triángulo, y señaló el estadio. Hizo una pausa, tragó saliva y me miró a los ojos.— Me la quedé viendo mientras eso avanzaba así, lentamente, hasta que se posó justo sobre el pico del cerro. Allí empezó a girar, así, como reloj, pero despacio. Yo ya había visto OVNIs antes, muchas veces, pero nunca uno de esa forma y tamaño pues…
La casa de Oswaldo se encontraba a la espalda del parque Kawachi, muy cerca de las faldas del cerro Marabamba. Usualmente se llega caminando, en moto, o en mototaxi, debido a que el camino es una larga y serpenteante trocha muy poco amigable para los amortiguadores de cualquier carro. Oswaldo esperaba que algún vecino apareciera en su recorrido, pero solo sus pasos hacían eco esa noche y de cuando en cuando se cruzaban motos cuyos rugidos solo atizaban su ansiedad. Esas tres luces giraban en armonía, como si integraran un cuerpo oscuro que la noche impedía ver. Por su cabeza se le cruzó llamar a su esposa, pero desistió pues de seguro lo acusaría de andar ebrio incluso antes de ir a la fiesta. Entonces pensó en grabar las luces y enviárselas por WhatsApp. Buscó su celular en el bolsillo, lo desbloqueó y cuando miró hacia la nave triangular percibió un movimiento luminoso por el rabillo del ojo.
—Apareció una lucecita, chiquitita—Oswaldo juntó su índice con el pulgar.— Y luego otra y otra más, como cuatro. Todas estaban en la parte baja del cerro. Se movían cada una detrás de la otra, como explorando la zona—hizo una pausa para ver nuestros rostros que, aparte de adormilados, tenían una expresión cejijunta que destilaba incredulidad.—No eran luces de moto que a veces se ven por el cerro, no, estas se movían de arriba a abajo, como si flotaran, y no se escuchaba nadita pues. Todo era silencio. Hasta se podía oír el pumpum de mi corazón acá, en mi pecho. No sé por qué tenía miedo a esas luces, que seguían paseándose así, de derecha a izquierda, y luego de izquierda a derecha, como si buscaran algo— Oswaldo miró al cielo, y luego al cerro Marabamba, a ese gigante rocoso que nos daba los buenos días. Nos señaló con el dedo el lugar por donde se pasearon esas luces e imitó sus extraños movimientos pendulares.—Como tenía el celular en la mano grabé lo que pude, con cuidadito porque por aquí hay choros, como en todos lados, y si te ven así distraído ya fuistes—sonrió, resignado como recordando un hurto que ahora bien podría ser un buen chiste.—Caminé un poco más y de pronto—hizo una pausa y me vio directamente a los ojos con sus pupilas dilatadas y las cejas bien arqueadas—de allí de abajo del cerro, salió una luz bien fuerte—yo lo seguía mirando, asintiendo con la cabeza, pero sin sorprenderme. Oswaldo alzó la voz mientras señalaba a un punto a varios metros de distancia—parecía como de fuego artificial, pero no se escuchó nadita, no eran esos cohetones que los chibolos suelen reventar en el cerro. No, era como un flash.
El destello iluminó el rostro de Oswaldo y las paredes de algunas casas donde todavía se alcanzaba a leer algunas pintas desteñidas que decían KENNETH POR UN NUEVO HUÁNUCO. Una pequeña mancha luminosa apareció en el campo de visión de Oswaldo. Tuvo que parpadear varias veces hasta que la molestia empezó a difuminarse. Buscó la nave triangular sobre el cerro, pero esta había desaparecido. Buscó también las pequeñas luces, pero tampoco había ni rastro de ellas. Parpadeó varias veces, y llegó a pensar que todo no había sido más que una alucinación producto del cansancio. Tal vez frotachando la losa había inhalado algún aditivo del concreto que lo había hecho alucinar, de repente, y perdido en esas cavilaciones escuchó unos pasos. Volteó y encontró otro rostro igual de desencajado que el suyo. Era José Torres, vecino de la zona y eterna futura promesa del fútbol huanuqueño. Asiduo pelotero de la canchita del parque Kawachi.
—El José tenía los ojos así, bien abiertos—Oswaldo abrió los ojos y los señaló con sus dedos.— Me preguntó si también lo había visto, y le dije que sí, que vi el flash, pero también la nave triangular y las navecitas. El José se asustó, me dijo ¿navecitas? Y le conté todo pues. El José solo me escuchaba con la boca bien abierta. Sus dos piernas temblaban así—Oswaldo aleteó con ligereza los brazos—parecían de gallina porque estaba en short, hasta me daba algo de risa sus piernas flacas, como carpish. De allí vino su papá, don Pedro, que lo había ido a buscar con su moto para de seguro ir a la fiesta de la Plaza de Armas. Par de borrachos esos, de tal palo tal astilla—Oswaldo sonrió sin mostrar los dientes.—Él también lo había visto todo, y nos preguntó si mejor no sería ir hacia allá, hacia donde salió esa luz. De repente algo se estrelló, o aterrizó, me acuerdo que dijo. El José no quiso, seguía temblando y se fue así a su casa, pero yo sentía que debía de ir. No sé, tenía miedo pero quería ir a ver eso, la luz, y me acuerdo que cuando vi el cerro mientras pensaba si subirme o no a la moto de don Pedro creí escuchar como si el cerro me estuviera llamando…
Fueron por la trocha que los hacía rebotar en sus asientos una y otra vez. Oswaldo se agarraba con fuerza a los asideros de la moto mientras que con la mirada trataba de recordar el punto exacto de donde había salido esa potente luz. Subieron por la calle Ricardo Palma y pasaron por la Iglesia Evangélica Pentecostal. Se detuvieron por un momento y ambos se persignaron casi al mismo tiempo. Las trochas que seguían no tenían nombres, ni tampoco la suficiente luz para ver todo el camino. Continuaron iluminados por la luz del único farol de la moto hasta que, tras algunos arbustos, vieron dos luces al ras del suelo. Se detuvieron en seco y don Pedro apagó la moto.
—Nos asustamos y nos acercamos a pie, sin hacer ruido, y para colmo todo estaba bien oscuro. Al inicio creímos que esas dos luces eran las naves pues, pero cuando avanzamos unos pasos vimos que eran dos faroles. Me acuerdo que estábamos tan asustados que alalau, hasta el frío nos daba, pero no temblábamos como el José todavía—Oswaldo sonrió, y esta vez sí mostró los dientes.
Pisaban con cuidado entre las piedras. No querían tropezarse y alertar a lo que fuera que se encontraba en ese vehículo que de momento parecía un bulto amorfo y oscuro, como un animal dormido. A pocos metros se percataron que era una camioneta blanca, de llantas oscuras, con la puerta del piloto abierta y con un logo distintivo.
—Land Cruisier Prado creo que se pronuncia. Linda camioneta, allí, en medio de la nada y abandonada. No podíamos creerlo, ¿quién es tan loco para abandonar tan lindo vehículo así?
Miraron la puerta abierta y percibieron un ligero movimiento. Retrocedieron. Don Pedro apagó su linterna y le dijo en voz baja a Oswaldo que haga lo mismo. En silencio esperaron. Solo escuchaban sus respiraciones y el sonido del viento rozando la vegetación. Aguzaron el oído, y enfocaron la mirada. La puerta no se movía. Desde afuera se podía ver que el piloto no se encontraba en el vehículo y optaron por explorar los alrededores.
La vegetación del cerro impedía que las linternas de sus celulares alumbraran más allá de pocos metros. Avanzaron juntos, iluminando piedras y ramas. De repente si encontraban al dueño de la camioneta las dudas se despejarían. Miraban siempre al cielo, solo por si acaso, por si esas luces volvían a aparecer. Tenían miedo de encontrarse con eso, o con algún duende o algo peor: con un pishtaco. Historias como esas son sumamente populares en Huánuco y esa noche, por esos instantes, tanto Oswaldo como Pedro se convirtieron en fervientes creyentes.
No encontraron nada más que trochas, lagartijas y el reflejo de las calaminas de algunas casas que se habían construido cerca y ahora eran ya parte del cerro. Regresaron hacia la camioneta todavía con la luz de las linternas encendidas cuando un reflejo llamó la atención de Oswaldo. Debajo de la puerta del pasajero, en medio de la trocha, un brillo sintético lo alertó.
—Encontramos un celular, aquicito nomás, al costado de la puerta—Oswaldo señaló al vehículo que todavía seguía con la puerta abierta—. No prendía. Estaba rajada su pantalla, así abollada. Como vimos que la puerta seguía en la misma posición decidimos entrar a ver pues. De repente el dueño estaba borracho y tirado en los asientos de atrás. Adentro todo estaba normal, ni tan desordenado, ni tan ordenado. Había una, como se llama, una chelita pilsen creo, y una chaqueta, esas de cuero pues, de las caras. Olía fuerte a colonia, fuertísimo—Oswaldo arrugó la frente como si todavía pudiera olerla.
La chaqueta de marca Renzo Costa destilaba un aroma ajeno y pudiente. Don Pedro la cogió y verificó que era de cuero de verdad, de esas que costaban un salario mínimo. Buischa, dijo a media voz, todavía con miedo de que esas luces o el dueño regresaran. Oswaldo la agarró también y comprobó, con esas callosas manos, la suavidad del material y algunos de sus pliegues. Buischa, repitió también, cuando sintió que algo empujaba el cuero y lo plegaba.
—Allí es que siento un bulto. Rebusco y del bolsillo ese, el escondido, el que está como hacia atrasito, saco una billetera. La abrí, temblando me acuerdo, mientras don Pedro se acercaba con la linterna de su celular. Los dos nos asustamos cuando vimos quién era el desaparecido. En su DNI salía bien grande su carota, que ya casi todos los huanuqueños conocemos, tantas veces que salió en el periódico. Y al costado su nombre…
Kenneth Villanueva.
Y todo no habría pasado de ser uno más de los muchos casos de desapariciones a las que la prensa no suele tomar atención…de no ser porque el desaparecido no era un cualquiera.
Kenneth era el alcalde de Huánuco.
El mismo que en solo cuatro días escucharía su sentencia en primera instancia por los delitos de colusión agravada, negociación incompatible y delito contra el patrimonio, pero que, según el testimonio de Oswaldo, había sido abducido por algo fuera de este mundo.
Terminé de grabar la entrevista y caminé unos pasos hacia el cerro Marabamba. Mientras miraba el cielo ya azulino de Huánuco y el paisaje colorido e irradiado por un sol ya más espabilado, me fue imposible no pensar que todo era una patraña. Hasta daba risa por lo descabellado que sonaba todo. Pero mientras miraba el perfil humanoide del Pillco Mozo vi pasar algo a mucha velocidad por el cielo. Traté de enfocar la vista pero ya había desaparecido.
—Amigo,... hola, amigo... mire, este es el video que grabé —me dijo Oswaldo—. Mire, aquí se ve, ¿ve ese triángulo en el cielo que gira?
En la pantalla se observaba un cielo oscuro y uniforme. No se veían ni las luces pequeñas ni la supuesta nave. Oswaldo hizo zoom con los dedos y recién noté las tres pequeñas luces, como puntos pixelados, que apenas y parecía que giraban. Me quedé hipnotizado por la sincronía de sus ligeros movimientos, mientras que por el rabillo del ojo vi pasar eso de nuevo a gran velocidad.
No volteé.
Preferí seguir viendo la pantalla.
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