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Abdúceme que soy realidad (Capítulo 5)
Me puse de pie y fui a la ventana de la habitación. Vi los cielos de Huánuco. Eran las cuatro de la mañana, pero algunas estrellas todavía fulguraban agonizantes. Había nubarrones azulados hacía el fondo y algunas luces se movían por la carretera. Eran mototaxis y colectivos que, incluso antes de que saliera el sol, iban atiborrados de personas...
David Vidal
19 de junio de 2026
19 min de lectura
Ese día, después de despedirme de Ruth, no pude dormir. Volvieron, como antes. Como hacía años no volvían. Sentí un pequeño pitido en el oído. Recordé que ese era el preludio de todo. De todo lo que no me gustaba. Por inercia abrí los ojos. Estaba en mi cuarto de hotel, medio iluminado por una lámpara que adrede había dejado encendida. Solo estaba yo. Mi alivio duró poco: no me podía mover. Traté de abrir la boca, girar la cabeza. Era imposible. Todo mi cuerpo estaba atenazado por algo que no podía ver, todavía. Sabía lo que venía. Cerré los ojos con todas mis fuerzas y lo sentí. Unas manos de dedos largos y callosos envolvieron mi cuello. Eran fríos. No podía respirar. Traté de gritar pero no había voz. Hice fuerzas con el torso, con los hombros, las piernas y los brazos. Intenté despertar, pero fue inútil. Por un instante, sin quererlo, abrí los ojos. Allí estaba de nuevo. Una sombra sobre mi, de cabeza grande y abultada. No había ojos, y si los había, eran tan oscuros como la noche. Me miraba inexpresivo. No sonreía, pero parecía disfrutar de mi agonía. El ser acercó su rostro al mío. Cerré los ojos. No, no quería verlo. No de nuevo. Empezó a hablarme en voz baja. No le entendía, aunque tampoco hacía falta. Su voz fue en incremento, hasta convertirse en un grito gutural que parecía reventarme los tímpanos. En ese instante, salí del trance. Mi cuerpo se liberó y todo mi torso se levantó de la cama. Miré a mi alrededor. Estaba solo de nuevo. La luz de la lámpara titilaba, una y otra vez. Era una mosca que volaba alrededor de la lámpara.
Suspiré aliviado.
Vi mi reloj, eran las 3:30 am. Mera coincidencia, pensé.
Fui al baño y me miré al espejo. Mi cuello estaba intacto, pero sentía un dolor sordo. Un adormecimiento inusual, como si me hubiera ejercitado. Me lavé el rostro.
Sabía que volver a dormir sería imposible.
Un pensamiento se me cruzó por la mente: el mensaje. Todo me resultaba tan confuso que por un instante creía que lo había soñado. Caminé hasta mi pantalón y saqué una bola de papel. Lo desarrugué. A pesar de los pliegues del papel el mensaje era claro.
VERDAD.
Solo eso. Pero era más que suficiente, según Ruth.
VERDAD. Verdad era lo que yo como periodista buscaba en cada historia. Verdad era lo que quería averiguar en torno a Kenneth. Verdad era la palabra que pululaba por mi cabeza desde que llegué a Huánuco para entrevistarlo. Solo eso. Era mi subconsciente y no necesariamente un mandato orionita. Era yo, recordándome que debo buscar la verdad.
Pero, ¿y si era algo más?
No, imposible. Una idea se me vino a la cabeza. Era imposible que ellos lo supieran, aunque el artículo ya había sido escrito para cuando recibí el supuesto mensaje. ¿Eso era? La luz de la lámpara titiló una vez más.
Fui a mi pequeña mesa de noche. Espanté a la mosca. Al costado de la lámpara estaba mi cuaderno de notas. Lo abrí y allí estaba: la versión manuscrita del artículo que tendría que enviar a Lima en cuestión de horas. Estaba incompleto, a propósito. No quería terminarlo. Había muchos borrones. Muchas hojas tenían tachas y marcas. Me detuve en una de ellas. Pasé mis dedos por las líneas. ¿Por qué lo había eliminado? Lo leí.
Hablaba de una fotografía. Incluso la había dibujado, con la intención de no olvidarme de ella. La recordé. Era a blanco y negro. De acuerdo a las fuentes databa de 1943. Se veía a un hombre en terno, feliz, mirando al lente de una antigua cámara. Con una mano en la cintura, y otra en el cerco metálico el hombre de la foto te mira a través del tiempo con un rostro serio, imperturbable, pero que parece esconder un secreto. Pareciera que te reclama que mires bien la fotografía. Detrás de él se ve una pileta, y más atrás un cerro inmenso, como un animal dormido. Y sobre la pileta está lo que el hombre te invita a observar. Se ve difuminado, pero es más que obvio. Un platillo volador. Cualquier persona espabilada, con solo ver tal objeto, lo hubiera bautizado de tal manera. No se tendría que haber esperado todavía hasta 1947 a que un tal Kenneth Arnold bautizara a tales objetos como lo que son, platillos volantes. Pero la mirada del hombre enternado todavía nos esconde un secreto más. Te invita a que mires la pileta. A que mires el cerro. ¿No los reconoces? Te lo dice a sotto voce. Escucha bien. Es Huánuco. Y esa imagen: la fotografía más antigua de un OVNI en Perú. Huánuco siempre fue una zona importante, al menos para los platillos voladores. Y no es coincidencia que ese tal Kenneth Arnold, sin pretenderlo, inspirara el nombre de quien varias décadas más tarde sería el primer alcalde presuntamente abducido.
VERDAD.
Esta era mi verdad, ¿por qué lo había tachado?
Era obvio.
Por vergüenza.
¿Qué pensaría mi jefe de que en vez de investigar el pasado corrupto de Kenneth había malgastado mi tiempo mirando una fotografía de 1943? Se reirían, de seguro. Me sorprendí riéndome al pensar en todo ello. ¿De qué me reía? No, no de mi. Me quedé en silencio. La sonrisa se esfumó. ¿Me estaba riendo de ellos?
No.
Imposible.
¿Cómo sabían los orionitas que había ocultado mi verdad?
No. Ellos ni existían. Solo era mi subconsciente.
Me reí de nuevo.
Pero..¿y si..?
Me puse de pie y fui a la ventana de la habitación. Vi los cielos de Huánuco. Eran las cuatro de la mañana, pero algunas estrellas todavía fulguraban agonizantes. Había nubarrones azulados hacía el fondo y algunas luces se movían por la carretera. Eran mototaxis y colectivos que, incluso antes de que saliera el sol, iban atiborrados de personas, algunos con papas sobre la parrilla, otros con frutas y vegetales. Ninguno miraba al cielo. Solo yo paseaba la vista en el inmenso panorama para ver si aparecía alguna luz, alguna señal, algún movimiento. Pero no. Por más que mi hotel estaba relativamente cerca al Pillco Mozo, a pocos metros del cerro Marabamba, esa madrugada no vi nada.
Cuando salió el sol me sentí estafado, en cierta manera.
Me fui a lavar la cara de nuevo cuando mi celular vibró. Era mi jefe de redacción.
—¿Qué tal las “vacaciones”?
Reí, incómodo.
—El clima es bueno, la verdad. De noche se ven muchas estrellas…
—Tuviste buen olfato eh. Nadie se esperaba que el loco desapareciera así por así. Tu nota tuvo un buen rebote en X.
—Gracias.
—¿Ya terminas el artículo? Me dijiste que ayer lo ibas a enviar.
—Sí, ya está, solo lo estoy puliendo, es que…
—Tienes que volver urgente a Lima. Tenemos que cubrir el senado, se están cocinando leyes bien pendejas hasta para mí, imagínate.
—Sí, me hago una idea, con Keiko a la cabeza…
—Sí. Me dijiste que solo ibas a entrevistar al alcalde loco ese. Ahora que desapareció tienes que volver cuanto antes, ¿me entiendes? Te estamos comprando un pasaje de regreso en GM a las 8 de la noche, ¿te queda perfecto?
Me quedé en silencio. Caminé hasta la ventana. Supongo que esperaba ver algo, darme algún motivo para quedarme.
—¿Me escuchaste?
—Sí. Mire jefe, no…no creo poder. Hoy es la lectura de sentencia de Kenneth y tengo que estar…
—Sabes que va a salir culpable. Es obvio, es un farsante. Es un loco estafador con buena labia, nada más.
—Sí, solo que…
—Tienes que volver. La verdad es más que evidente.
VERDAD. Mi mano estaba convertida en un puño. La abrí. El papel estaba más arrugado, pero el mensaje se entendía mejor que nunca.
VERDAD.
—No —resonó en mi habitación.—No, lo siento. Me…me tengo que quedar.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—¿Sabes que significa que tendré que buscar un reemplazo para cubrir mañana el senado, no?
—Sí. Sé lo que significa. De veras lo siento, pero tengo que quedarme, tengo que…
—Envía tu artículo con imágenes de apoyo cuanto antes. De seguro recursos humanos te llamará durante el día.
—Sí…
Nadie dijo nada por unos segundos.
—Creo…creo que aquí se esconde algo más que solo una abducción…—dije con miedo.
Escuché risas.
—Bueno, bueno…espero que no te conviertas a la religión del loco ese. Mira, tengo que colgar.
—Gracias. Cuando retorne a Lima espero volver a tu equipo, fue muy…
—De allí vemos…
Y me colgó.
Me quedé con el teléfono pegado al oído escuchando el silencio, de allí el viento, los bocinazos de los colectivos y el murmullo de los universitarios que cruzaban la calle rumbo a la UNHEVAL.
Caminé al baño una vez más para darme un baño antes de ir a escuchar la sentencia de Kenneth. La luz se había quedado prendida toda la madrugada. Titilaba, como lo había hecho la lámpara. Entré enojado, en busca de la maldita mosca. No había ni rastro de ella. El foco seguía titilando. Lo apagué.
Me miré al espejo y lo vi. Mi cuello estaba enrojecido. Me palpé la piel y estaba caliente. Me picaba, pero también me dolía.
Debe de haberme picado un zancudo, pensé.
Y frente al espejo me reí de ese pensamiento.
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