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Abdúceme que soy realidad (Capítulo 7)
Wilson y Dina aplaudieron. Lía solo sonrió. Y yo también. En ese momento Kristy me descubrió sonriéndole. Me miró, no se percató de mi gafete, solo se quedó en mis ojos, como escudriñando mis pensamientos, como si supiera que le tenía miedo.
David Vidal
01 de setiembre de 2026
15 min de lectura
La iglesia orionita era una casa de dos pisos. En su primer nivel tenía puerta alargada, que más parecía ser un portón. El dintel delataba que el ingreso, no hace mucho, habían sido dos puertas diferentes. Al entrar lo primero que uno veía era el auditorio principal, con bancas de madera alargadas, similares a las que hay en las iglesias convencionales. En las paredes se apreciaban pinturas de OVNIs en forma de discos, y otros triangulares. Más hacia el fondo aparecían las manos cruzadas, y una ciudadela empedrada.
Wilson se mostraba orgulloso, mientras me explicaba acerca de los OVNIs, sus tipos, sus formas. En ese momento aparecieron dos mujeres, una que aparentaba tener más de cincuenta, y la otra poco más de treinta.
—Hermanitas, él es un periodista de Lima.
No recuerdo si me miraron, pero sí que ninguna sonrió.
—No se preocupen, hermanitas, él sí escucha de verdacito. Le conté cómo me hice orionita…
Una de ellas me sonrió y la otra inclinó la cabeza.
—Un gusto saludarlo, estimado. Veo que Wilson le contó cómo el profeta Kenneth lo salvó durante la pandemia—dijo la mujer mayor.
Asentí con la cabeza. Sentía que el gafete de prensa pesaba más que nunca.
—Todos tenemos una historia así, estimado. Yo me hice orionita porque vi a los OVNIs, y ellos me trajeron aquí. Ella, por ejemplo, la hermana Lía se convirtió en orionita cuando perdió a toda su familia, ¿no hermana?
—Así es hermana. Yo…bueno, yo perdí a mi familia en un accidente de carro. Aquí eso es muy normal. El Kenneth me ayudó, me presentó a los hermanos mayores y…y ellos me dieron un mensaje. Ese mensaje es el que me salvó, estimado. Aquí todos tenemos historias similares.
Wilson y la otra hermana asintieron. Nadie dijo nada por unos segundos. Me invitaban a hablar, o al menos así lo creía yo.
—Veo…veo que Kenneth es alguien fuera de lo normal…
—Así es, estimado. Kenneth nos ayudó a encontrar el rumbo. Es fácil de comprobarlo, solo tiene que venir a uno de nuestros retiros. A la prensa vendida no le gusta ir. Tienen miedo de conocer la verdad, quieren que permanezcamos viviendo en la mentirita que nos vienen contando.
—¿Todavía hacen retiros a pesar de que Kenneth...bueno…no se encuentra presente?
Las dos mujeres y Wilson levantaron las cejas. Se miraron unos a otros y, finalmente, fue la mujer de mayor edad la que tomó la palabra.
—Lo hacemos con los apóstoles, que son los miembros fundadores de la iglesia orionita. Yo soy una de ellas.
—Un…un gusto conocerla…señora…
—Dina, me llamo Dina.
Le sonreí. Viré la mirada otra vez hacia los dibujos de OVNIs en las paredes. Me percaté de que uno tenía ventanas y, en algunas de ellas, se podía ver a los tripulantes. Eran pequeños seres grises, de ojos almendrados.
—¿Usted cree en los OVNIs?—preguntó Dina.
Tragué saliva. Miré con más detenimiento el OVNI en la pared. Se me puso la piel de gallina. Me pareció que el OVNI brillaba, que se movía, como aquel día.
—Claro que sí cree, ¿no amigo?—dijo alguien que recién llegaba.
Reconocí la voz. Era Ruth, la contadora que me contó acerca de aquel primer y exitoso avistamiento sobre el cerro Marabamba. La que me enseñó cómo contactar con los orionitas.
—Él ya recibió el mensaje de los hermanos mayores, ¿se acuerda todavía, no?—preguntó Ruth, algo insistente, con una sonrisa.
—Sí. Bueno, no sé si de los hermanos mayores, pero sí, escribí algo.
—¿Se puede saber qué escribió?—preguntó Dina, acercando un poco el rostro hacia mí.
Todos me miraban, expectantes.
—Ver…Verdad—hice una pausa. Nadie dijo nada. —Ese fue su mensaje: verdad.
Ruth me sonrió y me dio unas palmadas en el hombro. Wilson, Dina y Lía también celebraron el mensaje.
—Uy amigazo, me hubieras dicho que ya habías contactado con los hermanos mayores pues.
Reí, algo incómodo.
—¿Quiere ver a uno de ellos?—me preguntó Ruth.
La vi en silencio. Traté de procesar la pregunta. A qué se refería, mejor dicho, a quienes se refería Ruth que, con las palmas abiertas, parecía ofrecerme la respuesta que buscaba.
—Disculpe, ¿ver qué exactamente?
Wilson rió. Ruth se acercó y con un dedo señaló hacia el techo. No me había fijado, pero sobre nuestras cabezas había una inmensa pintura que mostraba tres brillantes puntos en medio, alineados casi a la perfección. Alrededor de estos, esparcidos sin obedecer a un aparente orden, decenas y decenas de puntos luminosos.
—A uno de ellos. A un hermano mayor. A un orionita.
***
Nuestros pasos resonaban sobre las losetas. El pasadizo me parecía infinito y, pese a querer ocultarlo, mis puños apretados me evidenciaban. En esos instantes quería acelerar, sobrepasar a mis acompañantes, pero me contuve. Hasta quise empujarlos.
El pasadizo terminaba en una mampara pavonada. Mientras Ruth la descorría con delicadeza, pude ver un perfil, una sombra. Su cabeza era grande, o al menos así se veía. La mampara seguía abriéndose. Cerré los ojos, quería verlo de golpe, no por partes. Respiré. Los abrí.
No sé con certeza si Ruth o Wilson me invitaron a ingresar. Solo caminé, hipnotizado por eso que ahora veía con claridad. Como lo sospechaba, tenía la cabeza grande. Un cuello escuálido la sostenía. Era un ser famélico, de mirada penetrante. Sus ojos parecían dos elipses y tenían encapsulados pequeños puntos brillantes. Creí distinguir la constelación de Orión en esos ojos, aunque no estoy seguro. Su piel era gris, y de textura granulada, similar a la corteza de la luna. Estaba de pie, con los brazos cruzados, mirándome directamente a los ojos, pese a solo medir poco más de un metro treinta. Me acerqué. Lo toqué sin pedir permiso. Estaba frío. Me detuve en sus manos, repasé sus dedos, tan largos como delgados. Podía incluso ver los pliegues de su piel.
—¿Impresionante, no? Hasta parece que estuviera vivo. De noche algunos hermanitos hasta afirman haberlo visto parpadear…—dijo Ruth.
—¿Fue Kenneth el que les dijo que ellos se ven así?
—Así es, estimado. Kenneth invirtió mucho en esta imagen. Quería que fuera lo más fiel posible a un orionita, para que cuando ellos decidan bajar no tengamos miedo—respondió Dina.
Me quedé en silencio unos segundos. No podía dejar de ver sus manos, sus dedos.
—¿Co…cómo saben que tienen cinco dedos? La mayoría los representa con cuatro, o incluso tres…
Wilson rió. Ruth se acercó a la imagen y señaló hacia sus manos cruzadas.
—La mayoría no sabe cómo se ven los orionitas, pero nosotros sí. La mayoría tiene una idea, pero nosotros lo sabemos con certeza. El Kenneth nos ha dicho que tienen cinco dedos. Si no me cree vea las manos cruzadas de Kotosh. Esas manos son de orionitas. Cuente sus dedos: son cinco, como los nuestros…
Recordé esos dedos fríos apretando mi cuello. Esa cabeza abultada, con un rostro sin gestos, con solo los ojos que, como lentes, reflejaban la luz de la habitación. Y vi esas manos de nuevo, tocándome. Los dedos eran largos. Y eran cinco.
—Ellos construyeron Kotosh junto con nuestros antepasados.
Wilson y Lía asintieron, mientras Dina caminaba lentamente alrededor de la imagen, como si la estuviera viendo por primera vez.
Levanté la mirada y vi, ya con detenimiento, el hermoso retablo de madera que había detrás del orionita, iluminado con pequeños faroles. Todo relucía. El orionita formaba parte del retablo que ocupaba toda la pared, de piso a techo. Sobre este, en el nicho superior, se encontraba, para mi sorpresa, un Jesús crucificado. Sus detalles no eran tan exhaustivos como los del orionita, pero no había dudas, era la imagen de Cristo. Más arriba, el nicho tenía un remate particular. No había la figura de un Espíritu Santo, típicamente representado por una paloma. Había un platillo volador, con rayos saliendo de sus entrañas, similar a un pequeño sol.
Iba a preguntar por la imagen de Cristo, por si creían en él, por si leían la Biblia, por si creían en el cielo y en el infierno, pero no pude. Las palabras se me fueron de la boca cuando apareció. Era joven, de figura esbelta. Su cuello era largo, y su rostro moreno, hasta casi dorado. Su cabello lacio y oscuro le llegaba hasta más arriba de la cintura. Brillaba, como la madera del retablo. Wilson movía la boca, pero yo no lo escuchaba. No podía. Wilson le sonreía a esa chica, y ella le sonreía. Yo también le sonreía, ¿por qué no me sonreía a mí también?
Wilson me tocó el hombro y me sacó del trance.
—Amigo, impresionante, ¿no? El orionita.
Asentí, tratando de no verla.
—Hermanito Wilson, me voy ya para mi casita, es tarde ya…
Su voz era aguda, casi infantil. Me sonaba más melodiosa que la de los demás.
—Hermanita, ¿cómo te fue en la predicación?—respondió Wilson.
—Sí Kristita, ¿qué tal te fue predicando la palabra?—preguntó Ruth.
Dina y Lía también la miraban. Aproveché, y también la miré. O, mejor dicho, admiré.
—Me fue bien hermanitos. Justito traje a un futuro hermanito nuevo. Están que le hablan, a ver si vuelve, o si se anima ahorita a hacerse orionita…
Wilson y Dina aplaudieron. Lía solo sonrió. Y yo también. En ese momento Kristy me descubrió sonriéndole. Me miró, no se percató de mi gafete, solo se quedó en mis ojos, como escudriñando mis pensamientos, como si supiera que le tenía miedo.
—Hermanita Kristita, él es un periodista de Lima, vino a escucharnos, ¿no amigazo?
Asentí. Ella me seguía mirando, en silencio. No me percaté si los demás hacían lo mismo.
—Trabajo para…para un medio de Lima. Vine a cubrir el caso de Kenneth y me animé a venir también a la iglesia orionita. Sus historias son…son muy increíbles…
—Todos tenemos historias así aquí. Todos hemos visto a los hermanos mayores, sus navecitas, deberías de venir, ¿no hermanitas? A uno de los retiros…
Ruth me sonrió. Dina viró el rostro hacia la imagen del alienígena.
—Te podemos invitar a un futuro retiro—dijo Ruth.
Agaché la cabeza en señal de agradecimiento.
—Sería…sería un honor…
Me sentí bienvenido. Kristy me sonrió por unos instantes más. Se despidió de todos, incluso de mí, y desapareció por el pasadizo. Wilson y Ruth me hablaban, pero mis oídos solo escuchaban los pasos de Kristy, alejándose, hasta que me fue imposible seguir escuchándolos. Me hubiera quedado más tiempo, pero algo me apremiaba a volver a mi cuarto. A estar solo. A pensar en ella. ¿Por qué me atraía tanto?
Mi celular vibró un par de veces. Miré la pantalla.
Hola, soy el fiscal Wenceslao Flores, un gusto. Quisiera hablar con usted…
Hace solo unos días me hubiera alegrado. Pero el mensaje me crispó. Preferí seguir pensando en Kristy. Jugando con la posibilidad de abrir el mensaje y leerlo en su totalidad.
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