De regreso al hotel iba pensando. La cumbia del ballat no me molestaba, al contrario, quería que fuera más estruendosa, para evitar que los pensamientos me invadan por completo. Pero por más que traté de concentrarme en la feliz melodía, me fue imposible. Esa chica me había crispado como no lo había hecho nadie en años. No entendía el origen de mi interés o, mejor dicho, de mi ligera obsesión. Aunque ninguna obsesión es ligera, así la sentía yo. Sopesé incluso la posibilidad de contactar con los orionitas, preguntarles qué tenía ella de especial. Reí entre dientes. Luego pensé en escribir de nuevo a mi psicólogo. Hace tanto que no lo veía que volver a hablar con él sería, en cierta manera, reconocer mi fracaso. Un fracaso que sabía que ocurriría de nuevo, pero jamás me imaginé que pasaría en Huánuco, investigando a un presunto abducido y en un culto extraterrestre. Y mientras iba pensando en todo ello, en la melodía de la canción, y en el mensaje que todavía me rehusaba a leer, me percaté que el bamboleo del ballat cesó. Habíamos llegado al hotel.
Me quedé un momento en recepción. Pregunté si podía cambiarme de habitación, a una más barata. La recepcionista, sin mirarme, rebuscó en un papel. Casi sin interés y, con algo de sueño, me dijo que sí, que podía trasladarme a otro cuarto, un piso más arriba, pero que tenía que hacerlo ya. Subí a mi cuarto, cogí mi maleta, mis apuntes y me fui a mi nueva habitación. Era más pequeña, así como el baño y el espejo. Sin embargo, la mesita de noche era más grande. La ventana, para mi sorpresa, también.
Me acomodé en la pequeña mesa y empecé a escribir en mi laptop como si todavía tuviera un trabajo. Sin embargo, Kristy no salió de mi cabeza, y tratar de hacerlo era inútil. Vi mi cuaderno de apuntes al costado. Mi lapicero también. No podía creer lo que iba a hacer, pero era eso o contactar de nuevo con mi psicólogo.
Cerré los ojos, mientras sostenía el lapicero sobre el cuaderno abierto. Respiré, como si estuviera relajado. Respiré de nuevo. Y mientras hacía eso traté de liberarme de mi ansiedad. Liberarme de todo pensamiento intrusivo. Liberarme de Kristy. Pensé en orión, en el retablo, en ese orionita de manos cruzadas. En esos ojos. Vi de nuevo esas manos. Los cinco dedos. Mi respiración se agitó. Vi esos ojos de nuevo, vivos, pestañeando frente a los míos. Le pregunté qué tenía ella de especial, por qué me había perturbado. Esos ojos seguían pestañeando. Aparecieron tres estrellas casi alineadas en esos ojos, y ellas me llevaron hasta el techo de la iglesia, y la iglesia de nuevo a Kristy. Abrí mis ojos.
Mi cuaderno estaba repleto de garabatos. No podía distinguir nada, ni una palabra, ni una imagen, y mucho menos un mensaje orionita. Miré la hora y vi, al mismo tiempo, el mensaje pendiente de Wenceslao. Suspiré y le respondí que con gusto podía hablar conmigo. No esperé mucho, habrán sido unos segundos, y mi celular empezó a vibrar.
—Un gusto estimado, le saluda el fiscal Flores.
—Buenas noches fiscal.
—Estimado, quisiera hablar con usted en persona, tengo unas consultas que hacerle.
—Entiendo.
—Perfecto. Mire, si no es mucha molestia, ¿por dónde se encuentra hospedado?
Miré hacia mi ventana. Vi las luces de la universidad y de algunos ballats.
—Estoy cerca de la Universidad Hermilio Valdizán.
—Ya, mire, por atrasito, hacia el cerro hay un parque, uno grande, con una canchita de fútbol, se llama Kawachi. ¿Usted cree que podríamos vernos allí mañana a las 7 de la noche?
Esperé unos segundos, como si tuviera algo pendiente.
—Allí estaré.
Quise preguntarle qué quería conversar conmigo, cómo había conseguido mi contacto, pero ya había colgado. Miré el reloj de nuevo. Ya eran casi las 10 de la noche.
Traté de dormir, pero las pesadillas volvieron, y soñé de nuevo con esos cinco dedos callosos y asfixiantes. Prendí el televisor y silencié el volumen. Seguía sin poder dormir. Pensé en Kristy y, casi por instinto, sentí una ligera tensión en la entrepierna. Traté de masturbarme pensando en ella. Cerré los ojos, me la imaginé desnuda, mirándome como lo había hecho en la iglesia. Cuando estuve cerca de terminar, la imagen de Kristy se tornó más real. Me tocó y me pidió subir encima. Penetrarla. Mi excitación empezó a disminuir, poco a poco. Traté de revivirlo, pero ya estaba flácido. Suspiré, mirando al techo. Pensé otra vez en retomar las sesiones con el psicólogo. Me dormí pensando en eso.
***
A las 7 de la noche el cielo huanuqueño ya estaba oscuro. El cerro Marabamba casi no se distinguía, aunque las casas iluminaban tenuemente sus laderas. El parque Kawachi estaba alumbrado por luces amarillas. Había una pequeña cancha enrejada, en donde cinco personas jugaban fútbol, o trataban de hacerlo. Subí por unas escaleras hasta una especie de mirador en donde se leía “Bienvenidos al parque Kawachi”. Me apoyé en las barandas y esperé.
En menos de quince minutos apareció una persona vestida con un buzo azul. Traía zapatillas de fútbol y un gorro blanco. Se detuvo en medio del parque y vio a todos lados. Detuvo su mirada en mí y comenzó a caminar hacia donde estaba. Mientras subía por las escaleras lo reconocí: era el fiscal Wenceslao. Sus zapatillas blancas resaltaban bajo el filtro sepia de las luces. Me hizo una seña con la mano. Interpreté que quería que me quedara donde estaba, mirando hacia la canchita. Se apoyó a mi costado. Era ligeramente más bajo que yo. Nos saludamos sin vernos al rostro.
—Bueno, a lo que vinimos… —dijo el fiscal.
—Antes, si no es mucha molestia… ¿cómo dió con mi número?
No lo vi a la cara, pero sabía que sonreía.
—Ayer, cuando salimos de la sentencia, no sé si se percató, pero cruzamos miradas. Vi su gafete, y el medio para el que trabaja. Es uno de Lima, y los medios de la capital casi ni se interesan en nosotros, para serle honesto. Me alegré, debo reconocerlo, que el trabajo de una fiscalía en Huánuco llame la atención. Y bueno, me dio curiosidad, busqué en las redes, y no me fue muy difícil encontrar su artículo y su nombre, estimado—hizo una pausa. Se escucharon pelotazos en la cancha—. Y de allí conseguir su número fue pan comido.
Se escucharon varios gritos de gol.
Ahora sonreí yo.
—Bueno, ¿y por qué tanta molestia, señor fiscal?
Wenceslao dio un suspiro. Su respiración era lenta, aunque percibí que se agitó ligeramente.
—Es obvio, estimado. Quiero que el caso tenga más rebote a nivel nacional. Y usted es el único periodista de un medio relativamente importante que se interesó por este casito que, valgan verdades, hasta da risa si uno lo escucha. Por eso, estimado, quería hablar con usted. Quiero ver si me puede ayudar a rebotar una noticia.
Me quedé un momento en silencio. Ya no había gritos de goles. Los jugadores ahora se insultaban con desmesura, como si nosotros dos no existiéramos en su radar.
—Mire, señor fiscal, la verdad es que ya no trabajo para ningún medio. Renuncié ayer por la mañana porque decidí quedarme.
Volteé a verlo, pero él seguía mirando hacia la cancha. El fiscal apretó los labios. Hizo una mueca poco disimulada.
—Pero… pero igual supongo que tiene conocidos en su medio limeño que podrían rebotar la noticia, ¿no?
Cruzamos miradas. Fingí cavilar una solución ingeniosa.
—Sí, creo que sí…
—¿Se lo pasará a un editor?
—A mi jefe de redacción, aunque para serle honesto, a él no le interesaba el caso…
—¿Entonces?
Su mirada se entornó.
—Se lo pasaré a amigos del medio para que lo compartan en una nota web. Pero el rebote depende mucho de la gravedad del caso, si escandaliza…
—¿Eso ayudará a dar rebote a la noticia?
Di un ligero suspiro.
—Depende mucho de cómo esté redactada la nota… y de su viralidad en twitter.
El fiscal no dijo nada. Los jugadores de la canchita aplaudían y lanzaban vítores.
—Tengo experiencia escribiendo notas. Si es posible se las enviaré hechas para que el medio solo las publique…eso puedo hacer.
Wenceslao meditó un momento.
—En ese caso, su nombre no estará en la nota, ¿no?
—No. Estará el nombre de otro, o solo figurará el nombre del medio.
Wenceslao sonrió. Sus dientes eran muy blancos.
—Entonces… ¿tenemos un acuerdo, estimado?
—Siempre y cuando tenga acceso a la información del caso.
—Si no me mencionas, no hay ningún problemita.
Ambos asentimos. El fiscal colocó una mano en su bolsillo y sacó un pequeño objeto que reflejaba la luz de los postes. Al fondo se escuchaban risas y el choque de latas de cerveza.
—Veo que le interesa mucho el caso.
En ese momento vi hacia el cielo, en dirección al cerro Rondos.
—La verdad, señor fiscal, sí. Me quedé justo porque quiero ver cómo termina todo esto.
No dije nada durante unos segundos. Wenceslao me miraba con curiosidad.
—Creo… creo que este caso merece… merece ser contado. Creo que hasta incluso podría merecer un libro…—confesé.
Wenceslao rió en voz baja.
—Bueno, entonces esto le interesará.
Me mostró esa pequeña pieza que brillaba. Era un USB.
—Esta es una nueva carpeta de investigación. Es un caso que promete—su voz se hizo casi un susurro—contrataciones irregulares en la municipalidad de Huánuco.
—¿Es interesante? Porque contrataciones irregulares hay en todos lados…
—Es interesante para mí y para todos los huanuqueños. Una evidencia más de la porquería de alcalde que fue Kenneth y…y de lo locos y depravados que son esos orionitas —Wenceslao apretó los puños. Su rostro parecía más enrojecido.— Pásalo cuanto antes a un medio de Lima, sino no hay trato.
Acepté el recado y me dio el USB. Nunca me olvidé la forma en la que describió a los orionitas: locos y depravados. No le entendía. Quise decirle que los había visto en persona, que eran buenos, hasta inocentes. Me recordé de Kristy, de su mirada. Son buenos, quería decirle. No son locos, menos depravados. Quería decirle, pero no dije nada. Me quedé viendo a los peloteros contar sus aventuras, haciendo gestos con las manos y fingiendo protagonizar goles imposibles. Volteé la mirada hacia el cerro Marabamba. Sobre este ya se empezaban a notar algunas estrellas.
—No creerá que los OVNIS existen, ¿no, estimado?
Seguí mirando hacia el cerro.
—Eso es lo que quiero saber.
Una estrella parpadeó en el cielo. No se movía, pero su brillo empezó a difuminarse, hasta que desapareció frente a nuestros ojos.
—Fascinante, ¿no? —me preguntó Wenceslao.— Una lástima que solo sea una estrella. Se la tapó una nube, de seguro va a llover más tardecito…
No dije nada. Seguí mirando el cielo.
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Abdúceme que soy realidad (Capítulo 8)
Acepté el recado y me dio el USB. Nunca me olvidé la forma en la que describió a los orionitas: locos y depravados. No le entendía. Quise decirle que los había visto en persona, que eran buenos, hasta inocentes. Me recordé de Kristy, de su mirada. Son buenos, quería decirle. No son locos, menos depravados. Quería decirle, pero no dije nada.
David Vidal 17 min de lectura
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