Volver al blogTallerista - Grupo presencial

Alguien como ella

Al siguiente día no tuve el valor de acercarme a nadie en el instituto. Ya todos lo sabían, o de eso estaba convencida. Samantha seguía distante, sin mirarme ni una vez. Y a los amigos que me buscaron los alejé con sonrisas leves, incapaz de mirarlos a los ojos. Cuando al fin pude irme, me encaminé a toda prisa a mi paradero, suspirando con alivio al sentarme en la banca de espera.

Pilar Wallisch
27 de marzo de 2026
21 min de lectura
Jamás había conocido a alguien como Samantha. Tan hermosa y callada que deslumbraba. Con esa silueta voluptuosa, esa cabellera castaña y ensortijada que le rozaba la cintura, esos ojos ambarinos que siempre me miraban desde arriba con dulzura, y esa sonrisa risueña que contrastaba con su porte pulcro. Pero que lograba sorprenderte con una rebeldía silenciosa. No recuerdo cuándo fue, pero una tarde cualquiera en el instituto, busqué a mis amigos en la cafetería, y al acercarme a la mesa de siempre, ahí estaba. Sentada en la cabecera, sonriendo con nerviosismo, posando su mirada en cada uno, hasta que me acerqué lo suficiente para que me notara. —Leila, al fin llegas —dijo Joshua al verme—. Ella es Samantha, empezará a juntarse con nosotros. Por alguna razón enervante no pude dejar de mirarla. Su mera presencia me dejó muda en ese momento, quedando como una boba. Pero a ella pareció no molestarle, dedicándome una sonrisa apacible. Y creo que fue lo peor que pudo haber hecho. Sin intercambiar palabra alguna, pude asegurar que ya me irritaba, me aterraba, me hacía sentir insignificante, casi invisible. Era obvio que una chica como ella acaparaba miradas y atención, en especial la de los chicos. Y eso era algo que no podía soportar. Pero como si no hubiera decidido para mis adentros, que ya la detestaba, le sonreí de vuelta. Para entenderme mejor, y lo que pasó después, tendrían que saber algo sobre mí. Desde pequeña me enseñaron que el mundo se dividía en dos tipos de personas. Por un lado estaban los hombres que premiaban con aprobación; mientras que en al otro lado estaban las mujeres que daríamos lo que fuera por recibir un poco de esa atención. Lo comprendí a temprana edad gracias a mi padre, un hombre que se hacía notar alzando la voz, severo e inalcanzable. Cuando yo sacaba buenas notas, cuando me vestía "como una señorita", y cuando le sonreía como se esperaba al chico que mis padres me presentaban, el asentimiento de mi padre y su ligera sonrisa en el rostro eran como ver el sol después de la lluvia. Era todo lo que necesitaba para sentir que había hecho algo bien. Pero cuando fallaba, cuando desaprobaba en la escuela, cuando dejaba de arreglarme como se esperaba, dejando de recibir su aprobación, su silencio me paralizaba más que cualquier grito que pudiera darme. Mi madre también contribuía, por supuesto, repitiéndome desde que tengo memoria "Una buena mujer necesita a un buen hombre para vivir bien, Leila. No lo olvides". Desde entonces estuve convencida de que mi valor dependía de lo que un hombre pensara de mí. Así debía ser. Así que, sin darme cuenta, empecé a replicar ese patrón en cada ámbito de mi vida. En el instituto siempre buscaba la atención de los chicos. Riendo a sus chistes, vistiendo con faldas y blusas de colores suaves que sabía que les gustaban, y perfumes que dejaban un rastro dulce a mi paso. No porque me gustaran particularmente, sino porque sus miradas, el interés y la aprobación me devolvían esa sensación de valer. Y funcionaba. Hasta que llegó Samantha. Obviamente no compartí mi angustia con nadie, ni con mis amigas más cercanas. Me limitaba a sonreírle, hablarle de chismes y escuchar con oídos sordos lo que tenía que decir. Pero cuando decidía memorizar sus palabras, me daba cuenta de que era una chica sumamente agradable, dulce, incluso divertida cuando su timidez pasaba a segundo plano. Aunque me descolocaba su despreocupación hacia las miradas masculinas. Casi nunca se maquillaba, reía demasiado fuerte cuando alguien bromeaba. Hablaba de beber como si no afectara en la opinión que algún hombre podría tener hacia ella. Algunas mañanas su cabellera larga aparecía desmarañada, y a pesar de ser alguien tímida, no parecía importarle en absoluto. Se excusaba con una leve sonrisa “Hoy no tuve tiempo para arreglar mi pelo”. Y cuando estábamos entre mujeres, hablábamos de los chicos constantemente. Pero Samantha era la única que no mostraba interés hacia alguno en particular, ni hacia Joshua, quien mostró interés en ella desde que nos la presentó. Me confundía su desinterés. Y a pesar de todo, me sentía intimidada por ella. Su belleza me sacaba de quicio. Y mi corazón se aceleraba de golpe cuando nuestras miradas se encontraban de casualidad. ¿Se daba cuenta de que me irritaba? ¿De lo mucho que me aterraba su rareza, sus ojos dorados, sus labios finos, y su figura malditamente proporcionada? No lo sabía, pero lamentablemente nunca dejó de ser amable conmigo. Un año después de conocerla, las fiestas eran el pan de cada fin de semana en nuestro grupo. Y ese sábado no fue la excepción. Era el cumpleaños dieciocho de una amiga. Las botellas de smirnoff, ron y gaseosa acaparaban toda la mesa. Y yo, obviamente, terminé algo ebria. Lo suficiente para reír de cualquier tontería que escuchara. Pero ni siquiera el alcohol disipó mi inquietud por cómo lucía. Incluso así, quería ser vista y deseada, aunque apenas pudiera mantenerme de pie sin tambalear. Cada tanto me encerraba en el baño para inspeccionar mi reflejo. Mis dedos alisaban mi cabello negro mientras las puntas acariciaban mis hombros, me acomodé los lentes, observando mis iris oscuros a través de las lunas, y con una sonrisa dulcemente provocadora que ya tenía ensayada, me retoqué el brillo labial. Me veía irresistible, al menos bajo el velo de mi propia ebriedad. Y regrese a la sala con los demás. Riendo me encaminé hasta el sofá y me senté al costado de un amigo que recién segundos después noté, me sonrió e hizo un torpe brindis con el vaso en su mano. Sin pensar demasiado me le acerqué un poco más, acortando la distancia entre nosotros. Conversamos de algún tema irrelevante, luego hubo coqueteos sutiles. Mi mano acarició su brazo, y justo cuando un beso estaba por suceder, Samantha apareció. El grupo le dio la bienvenida con ruidoso entusiasmo. Y entre saludos, su mirada ámbar se encontró con la mía. Se acercó y se dejó caer al costado vacío del sofá. Normalmente me habría tensado bajo su mirada, me habría levantado incapaz de soportar su presencia, pero esa vez, por alguna razón me alegré de verla. Quizá el alcohol tuvo que ver. —¡Sami! —exclamé, sintiendo mis comisuras alzarse sin medida. Mis brazos subieron a abrazarla y me quedé colgando de su cuello, seguramente con la sonrisa más boba que jamás había tenido. Mientras ella parecía sostenerme con una mano en mi costado, sin tocar demasiado—. No sabía que vendrías. —La verdad, yo tampoco. Pero me alegra verlos. Estás increíble —Su mirada bajó por un instante, como si me escaneara sin disimular. ¿O lo había imaginado?—Leila, ¿te sientes bien? —¿Mh? —no me di cuenta de que seguía colgando de su cuello, ignorando por completo al chico que estuve a punto de besar—. ¡Me siento muy bien, Sami! Siento que podría besar a quien sea ahora mismo. Repentinamente sus ojos se abrieron más de lo necesario, tal vez sorprendida, o incómoda.—Digo… ash, olvídalo —deseé que la tierra se abriera y me tragara. —Leila, ¿cuánto bebiste? Solo pude responder con una carcajada, pero fue suficiente para que ella se levantara y me ayudara en el proceso, para luego guiarme a la cocina rodeando mi muñeca con sus dedos, como si temiera que la perdiera en el camino. Al atravesar la puerta, la luz fría me cegó de golpe, teniendo que cerrar los ojos con fuerza hasta de acostumbrarme. Ella rió suavemente y me ofreció un vaso de agua que ni vi en qué momento llenó, pero bebí sin rechistar. Enfocando mi vista nublada en ella, noté que estábamos muy cerca, creo que demasiado, pero ninguna dijo nada. Recién ahí pude apreciar su rostro, sus ojos ambarinos enmarcados con finura por el delineado, sus párpados más ensombrecidos, sus mejillas se apreciaban más rosadas, y sus labios pintados con un rosa suave. Entonces caí en cuenta de lo ineludiblemente hermosa que lucía incluso su melena bajo la luz gélida. Parecía una diosa. —Gracias —murmuré, intentando disimular el temblor en mi voz. Descuidadamente dejé el vaso sobre la encimera. —¿Te sientes mejor? Me estás preocupando, Leila. No deberías tomar tanto la próxima vez. —Sami, no finjas seguir siendo linda conmigo —las palabras salieron de mis labios antes de pensarlas. Irritada por su belleza y preocupación, fue como si estallara todo lo que callé desde que la conocí. —¿Qué? —Me tienes lástima, ¿verdad? Por eso siempre eres así conmigo. —¿Eh? ¿Por qué te tendría lástima? —Porque… ¡Mírate! Es como ver a una maldita princesa medieval... y casi todos los chicos te prestan atención cuando apareces. —Entonces, ¿todo este tiempo me tenías envidia? —frunció el ceño apenas, con ¿desilusión?—. Creí que te gustaba. —Me confundes. Eres la primera chica que me hace sentir de esta forma. Soltó una risa nasal, sonriendo con una paciencia cansada a pesar de todo. Sin pensar, levanté una mano para tocar un rizo de esos que tanto me hipnotizaban y lo enrosqué en mi dedo con curiosidad. Entonces oté la ligera tensión en ella. ¿Me había sobrepasado? ¿O tal vez en su mente germinaban las mismas ideas subversivas que en la mía? De repente todo se volvió más fácil. Me apoyé en las puntas de mis pies, y antes de darme cuenta, mis labios se habían encontrado desgarbadamente con los suyos. Soltó un jadeo ahogado que casi me hizo temblar. Creí que me apartaría, pero no, se inclinó lo suficiente para corresponderme con facilidad. Y antes de darme cuenta, mis dedos tocaban sus mejillas. No estoy segura de cuánto tiempo estuvimos así, simplemente el tiempo dejó de existir para mí. Mientras sus labios guiaban los míos, me atreví a morder su labio inferior, tirando ligeramente de él hasta arrancarle un gemido. Pero el momento no duró mucho. —¿Chicas? Una voz masculina nos regresó a la realidad. Era Joshua, mirándonos desconcertado desde la puerta. No pensé, solo reaccioné, casi empujándola con ambas manos. Pero antes de que yo, o alguno de ellos pudiera decir algo, me anegó la repentina necesidad de regurgitar. No recuerdo lo que pasó después. Cuando abrí los ojos, ya no estaba en la fiesta, mucho menos en esa cocina junto a Samantha, ni bajo la mirada atónita de Joshua. Tardé un poco en reconocer mi propia habitación. La cabeza me daba vueltas. Estaba tirada en la cama con el hedor del alcohol contaminando mis sábanas. Sin poder moverme. Las imágenes de la noche anterior se repetían en mi cabeza como una cinta destinada a torturarme. No supe cómo llegué a casa, y mucho menos, qué pasó después del beso y de que Joshua nos descubriera, pero comencé a sentirme horrible, horriblemente confundida. Los días siguientes fueron un infierno para mí. Entre la vergüenza, la confusión, e ignorar los mensajes preocupados de todos los que estuvieron en esa fiesta, especialmente los de Samantha. No supe cómo sobreviviría el lunes. Mi vida social podía tener sus pausas, pero el instituto no. Al volver a la rutina académica, mi atención no podía anclarse en los libros ni en los temas que vendrían en los exámenes. Solo podía torturarme recordando cómo se sentían los labios de Samantha, la suavidad de su mano rodeando mi muñeca. Y el hecho de que esa noche, al menos un instante, no fue la Samantha que me irritaba. Fue la primera persona que contradijo todo lo que creía. Y luego, el rostro confundido de Joshua. Si se atrevió a contárselo a alguien, estaba muerta. Después de clases, en lugar de ir directamente a la cafetería, como siempre hacía, me refugié en el baño, deteniéndome frente al espejo para alisar mi cabello con más fuerza de la necesaria. Pero en eso, la puerta se abrió y a través del reflejo vi a una preocupada Samantha detenerse a pocos pasos tras dejar la puerta cerrarse a su espalda. Entre nosotras se prolongó un incómodo silencio. —Leila, ¿cómo estás? Me tuviste preocupada desde la fiesta, pensé que… —Estoy bien. Interrumpí cortante. Bajando la vista para no tener que enfrentarla. —Quería disculparme por lo que pasó. Estabas tomada y yo… sé que no debí dejar que pasara. —¿De qué estás hablando? —mi voz salió más alta de lo que esperaba, sorprendiéndome incluso a mí. Samantha no dijo nada por un largo rato. No sabía si respondería, hasta que exhaló un desganado.—Claramente de nada. Y se fue. Todo contacto con ella se extinguió, nuestras ligeras pláticas, nuestras miradas casuales, como si nunca hubieran existido. Pero ese sentimiento agridulce, esa certeza de que aún no podría dejar de pensar en ella, era imposible de soportar. Mi único alivio era mencionarla. Así que comencé a hablar de ella sin medir mis palabras, cuando no estaba presente. Desquitando mi propio enojo. —Es demasiado callada ¿no?, ¿se quiere hacer la misteriosa o qué? —rodé los ojos. Era un fin de semana tranquilo en el que salí a caminar por la plaza con algunos amigos del grupo, incluido Joshua. —Oye, Leila —interrumpió él—, si tu intención es demostrarnos que estás enamorada de Sami, ya lo lograste. Los demás rieron. Mientras yo solo alcancé a congelarme, sintiendo mis mejillas calentarse contra mi voluntad. —¿De qué hablas? No me gustan las chicas. —No parecía cuando la besaste en esa fiesta. —¿Cómo lo…? Me detuve casi tan rápido como empecé, pero los demás estaban lo suficientemente atentos como para haberme oído. Jamás me había atrevido a confrontar a Joshua después de esa noche, no tuve agallas. Solo pude anhelar con todas mis fuerzas que la tierra me tragara viva y que todos me olvidaran. —¡Wow, Leila! —¿Quién lo diría? —Eso explica muchas cosas… —Creí que eras pick me. Empezaron a bromear algunos. Pero solo pude mirar a Joshua como si eso fuera suficiente para asesinarlo. Con un nudo en la garganta me fui. Tal vez me lo merecía por haber hablado mal de Samantha, pero… no habían peros, no tenía excusa. Algo debía estar mal conmigo, ¿verdad? Samantha no era parte de lo que se esperaba que debía ser, mucho menos desear. “Una buena mujer debe encontrar a un buen hombre…”, recordar aquella frase comenzaba a darme náuseas, ¿realmente era eso lo que quería? Jamás me lo había cuestionado. Al siguiente día no tuve el valor de acercarme a nadie en el instituto. Ya todos lo sabían, o de eso estaba convencida. Samantha seguía distante, sin mirarme ni una vez. Y a los amigos que me buscaron los alejé con sonrisas leves, incapaz de mirarlos a los ojos. Cuando al fin pude irme, me encaminé a toda prisa a mi paradero, suspirando con alivio al sentarme en la banca de espera. Pero para mi mala suerte, mi bus no aparecía. —¡Hola, Leila! —la voz de Joshua se filtró entre mis pensamientos, apareciendo a mi lado, ya sentado en la banca.—,hoy estuviste desaparecida, ¿pasó algo? Suspiré sin ocultar el fastidio que me provocaba su presencia, después de lo que hizo y él lo sabía. —Estoy bien, ¿por? No respondió de inmediato. Se limitó a observarme con una ligera sonrisa que delataba burla y comprensión. Demasiada comprensión para mi gusto. —¿Sabes? —murmuró—. Cuando conocí Sami, al principio me pareció increíblemente linda. Intenté acercarme a ella varias veces, pero nunca me mostró el mismo interés —hizo una breve pausa, como si recordara antes de continuar—. Cuando me di cuenta de cómo se miraban ustedes, entendí que yo no tenía nada que hacer ahí… y después de verlas besarse en la fiesta, fue más que obvio. Mi corazón dio un golpe tan violento contra mi pecho que creí que se escucharía. —No sé de qué hablas —crucé los brazos sobre mi pecho como un escudo, incapaz de seguirlo viendo. Joshua sonrió con cierta ternura. Sin burlas esta vez. Parecía incluso esbozar una mueca compasiva. —Eres más transparente de lo que crees, Leila. La forma en que la miras, cómo cambia tu humor cuando ella está cerca, cómo te pusiste cuando las descubrí... —negó con la cabeza suavemente—. No hace falta ser un genio. Quise negarlo. Quise inventar alguna excusa absurda sobre celos de “amiga” o competencia femenina. Pero las palabras no aparecieron, solo pude mirar el suelo, sintiendo que me hacía pequeña. —No le digas nada —susurré al fin. —No me corresponde —respondió él—. Pero, Leila... si sientes algo por ella, no la lastimes con más juegos. No se lo merece, incluso si estás confundida. Me tensé en mi sitio, con vergüenza, incapaz de responderle. —Y hablando de la reina de Roma —dijo con sarcasmo. Alcé la cabeza y seguí su mirada, encontrándome con la figura de Samantha cruzando la pista, alejándose de nosotros—. Es tu oportunidad, si realmente la quieres. —No… —susurré, sin verdadera convicción. Luego, como si hubiera sentido las miradas sobre ella, giró la cabeza hacia nosotros. Podría jurar que mi corazón se detuvo un segundo, antes de latir con renovada fuerza. —Buena suerte —dijo Joshua con una baja risilla antes de irse sin esperar respuesta. Ahora estaba en mis manos elegir. Por primera vez. Mientras Samantha retomaba su camino, alejándose cada vez más. ¿Qué debía hacer? ¿Ir tras ella, y comprender esa parte de mí que me aterraba, o quedarme en la seguridad de lo que ya conocía? No sabía cual era la elección correcta, pero obedecí a mi impulso, el mismo que me dominó cuando la besé. Me puse de pie, sin pensar en nada más y me eché a correr hacia ella. —SAMANTHA. Volvió a mirarme, deteniéndose. Pero su rostro lentamente cambio a una emoción que no esperaba, ¿miedo? No entendía, hasta que un golpe colosal más un pitido estruendoso me lanzó a un lado y todo se oscureció. —¡LEILA!

¿Te gustó este artículo?

Compártelo con otros escritores que puedan encontrarlo útil