Volver al blogTallerista - Grupo online

Bonsái y Cactus

Pocos meses de haber terminado la carrera me llamó llorando, estaba afligida porque se enteró de una infidelidad de su novio que vivía a 4 horas de distancia de ella. Le dije que todo estaría bien y que yo estaría ahí para ella.

Thalía Correa
03 de diciembre de 2025
9 min de lectura
Hola, mi nombre es Marina, tengo 29 años y medio y vivo en Lima. Hace poco leía sobre la amistad en los tiempos modernos y cómo se clasifican los amigos, están los amigos cactus o los amigos bonsái. En resumidas cuentas, los Bonsái son aquellas personas que requieren atención constante en una relación, mientras que los amigos Cactus son aquellos que no necesitan de un contacto constante para mantener una relación sólida. Me fue inevitable terminar de leer el artículo sin clasificar a mis amigos y familiares, cactus, bonsái, Diego, eres bonsái y tú querida tía Magnolia, tú también eres bonsái. Ojalá hubiese conocido estas clasificaciones años atrás, tendría más amigos y creo que me hubiese ahorrado muchos malestares. Con esto no busco decir que he sido víctima o que me han tratado mal, un poco lo contrario. Cuando conocí a Valentina, íbamos en segundo año de secundaria. Ella y yo no teníamos nada en común, además de su mamá, que para mí era una buena amiga que había hecho en las salidas del colegio. Hacer amistades con gente mayor siempre se me daba bien, eran por lo general gente paciente, segura e inteligente. En mi casa no contaba con la supervisión de gente segura, paciente y tampoco inteligente, por eso me toco convertirme en una de esas desde muy pequeña, aunque me costaba un montón ser inteligente, pero aprendí a quedarme en silencio para demostrar mi falta de conocimiento sobre algún tema. Mi amistad con Tina se hizo con el tiempo más sólida y aunque siempre se molestaba por no contarle detalles de mi vida, nuestra amistad seguía. ¿Qué le iba a contar? ¿Mi desastrosa vida fuera del colegio, la poca atención que recibía en mi casa, los vicios terribles de mis dos hermanos mayores? Yo no era la más famosa del colegio, tampoco era la más desastrosa, pero tenía una reputación que cuidar, un perfil que yo misma había creado. No perdería mi tiempo contándole mis penas a ella, porque si lo hubiese hecho… ¿En qué hubiese ayudado? Al finalizar el colegio ella empezó a estudiar idiomas y yo ingeniería. Mi vida no se volvía menos dramática con el tiempo. Ella consiguió un novio y cada vez nos vimos menos, pero todos los días nos mandábamos mensajes. Iba a sus cumpleaños, al de los padres, era fácil mantener contacto con Tina, ya que yo no era muy social. Cuando nuestras amigas del colegio hacían reuniones ella no podía asistir. Yo parecía un puente de información entre mis amigas del colegio y ella. Al parecer Tina tenía prioridades y su novio encabezaba su lista. Pocos meses de haber terminado la carrera me llamó llorando, estaba afligida porque se enteró de una infidelidad de su novio que vivía a 4 horas de distancia de ella. Le dije que todo estaría bien y que yo estaría ahí para ella. Pasaron cinco años más y nos volvimos más unidas, pero nuestra comunicación no iba más allá de mensajes de texto, era a lo que estábamos acostumbradas. Fue demasiado, parecíamos novias y ya no me estaba gustando aquella situación. Me celaba con mis otras amigas y tenía que escribirle en el desayuno, almuerzo, merienda y cena. No me había dado cuenta en la relación tan tóxica que nos habíamos convertido hasta que un día leí un mensaje: —¿Qué haces? 2 horas después —¿Todo bien? No respondí porque estaba ocupada, después fui al gimnasio y sinceramente se me olvido responder. Cuando iba llegando a casa la encuentro sentada en el pasillo. Me asusté. —¿Qué pasó Tina? ¿Estás bien? ¿Por qué lloras? —¡Mariana! No contestabas mis mensajes y pensé que te había pasado algo. —Te he dicho que si no contesto es porque me olvido, o porque me ocupo, no puedes ponerte así cada vez que dejo de responder. —Sí, pero igual me da nervios. Tienes que responder. —Vamos te acompaño a casa, Tina. Al poco tiempo encontró un noviecito, y eso me puso feliz. Ella era feliz, estaba emocionada con su nueva relación y yo me alegraba de verla bien. Un viernes le pregunté: —¿Qué haces? — y ella respondió: —Bien, bien. Dejé de contestar porque asumí que estaba ocupada y que seguro se alistaba para salir con su novio, ya que ni siquiera había respondido a mi pregunta. Desapareció el fin de semana y lo agradecí porque justo me había dado un fuerte dolor de cabeza y no quería hablar con nadie. El lunes al mediodía recibí un mensaje: —Mariana, ¡¡¡gracias por responder!!! Quedé un poco sorprendida, mi dolor de cabeza no desaparecía, y el primer mensaje que recibía de ella era un reclamo. Estaba cansada. Empecé a replantearme muchas cosas de nuestra amistad. No le contesté como muchas veces anteriores. No iba a seguir en este juego absurdo y aburrido del gato y el ratón. Quería paz en mi vida. No necesitaba reclamos ni peticiones de nadie y mucho menos de mis amistades. Respire profundo y guarde el teléfono. Rompí mi amistad de más de diez años y no me arrepiento. Entonces, empiezo de nuevo. Hola, mi nombre es Marina, tengo 29 años y medio, vivo en Lima y soy un Cactus.

¿Te gustó este artículo?

Compártelo con otros escritores que puedan encontrarlo útil