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Capítulo 1: La belleza

Sol había recreado un rostro que emergía de un río, con los ojos apenas visibles. Algo similar a la icónica escena de Apocalypse Now, con Martin Sheen saliendo del agua.

Francisco Dahoud
27 de noviembre de 2025
28 min de lectura
El corazón de Sol azotaba con furia. Cruzada de brazos, intentaba contener ese redoble de latidos que hacía saltar sus pechos. Se sentía asfixiada en ese enorme pero solitario apartamento que, a cada segundo, se encogía, intentando aplastarla. Un estrangulador intangible bloqueaba su tráquea, obligándola a forzar cada bocanada de aire. Buscó aplacar ese incendio con agua. Se plantó frente al lavabo y, temerosa, alzó la mirada. El espejo reflejaba un hermoso rostro empapado en lágrimas dibujadas con rímel, coronado por una vibrante y frondosa cabellera carmesí. Perdida en sí misma, contemplaba esa perfección reflejada en sus enormes ojos tanzanitas, que vibraban entre el azul y el púrpura. Estaba inmersa en el vacío absoluto, ese mundo donde se cuela un incisivo pitido que se entremezcla con sus pensamientos sombríos. Vencida, decidió silenciar esa maraña mental con la muerte; la misma que la libraría del yugo que cargaba desde que nació: su belleza física. *** Sol cursaba el último año de la carrera de Artes Plásticas en la UBA (Universidad de Buenos Aires). Ya se cumplían diez años desde que había partido de su natal Lima. Recién entrada en la adolescencia, y debido a las frívolas decisiones de sus padres, se vio obligada a dejar su ciudad. Abandonando a la tía Teresa -su mentora de vida-, y a Pablo el único amigo capaz de verla más allá de los ojos. Los padres de Sol eran de las parejas que gustaban frecuentar eventos que congregaban a la “high life limeña”. Continuamente, eran retratados por los avispados camarógrafos de la revista Cosas, apareciendo en incontables ocasiones en el apartado de sociales. El gancho era su única hija que, aun siendo adolescente, la presionaban para participar de esos eventos nocturnos y exhibir sus fotogénicos atributos. —Sole… a ver una sonrisita para la cámara- le decía su mamá abrazándola, mientras blandía una copa de Moet con la mano libre. Acataba las imposiciones de Ivana con timidez. No se atrevía a contrariarla, sobre todo cuando estaba en tragos —algo bastante frecuente en ella—. Hasta esa noche, su soporte emocional había sido su padre, Mario, sin sospechar que él también tenía sus debilidades. Aprovechaba los deslices etílicos de su esposa para coquetear con Mila, la esposa de Enzo —su jefe— y mejor amiga de Ivana. Mario, siempre atento al itinerario de Enzo, ansiaba el vértigo de aquellos solapados encuentros carnales con Mila. Se inclinó hacia ella, rozó su mano y le susurró al oído: —Aprovechemos que tu marido está de viaje. Ella se estremeció, dejando escapar una sonrisa de complicidad. —Y bueno… ¿qué decir de mi esposa? —replicó Mario, dirigiendo la mirada hacia la barra. Ivana se perdía en un rincón, apenas capaz de mantenerse de pie; tambaleante, con la mirada ida, concentraba todo su empeño en no perder su copa. Esa noche, Sol advirtió aquel gesto que, sin aviso, la enfrentó a la madurez. Su subconsciente cargaba la verdad desde hacía años; y, como una epifanía, emergió una ráfaga de imágenes que se engranaron para revelar las constantes infidelidades de su hasta entonces héroe. —Sol, ustedes vayan yendo; tu mamá ya se puso muy alegre. Ya hablé con el chofer para que les haga la carrera. Yo todavía tengo que ver unos asuntos. — Ya sé de qué asuntos hablas —murmuró Sol, sin apartar la vista del suelo. Mario se hizo el desentendido, mientras que Sol decidida, halaba a su mamá del brazo. —Deja esa copa que ya nos vamos. Ivana, sometida por esos stilettos de suela roja y las incontables bebidas ingeridas, trastabilló cual marioneta mal manejada, dejándose llevar, mientras su “bestie”, desde lejos, se despedía agitando la mano. —Chao, amix, nos vemos más tarde en el gim. Sol, con el pecho cargado de pena y cólera, contuvo el llanto que irritaba sus enormes ojos azules y salió rauda. Su madre apenas alcanzó a agitar el brazo libre, cual muñeco de hule, en su ridículo afán por despedirse. —Chao, chao —balbuceó. La sorda madrugada mantenía a Sol mariposeando en su cama. Descubrir que su sostén emocional era imperfecto la quebró por dentro y sintió miedo: miedo de afrontar la situación, miedo de actuar, miedo de hablar con su madre, miedo de hablar con su padre. No quería ser una cobarde, pero el miedo la sujetó y la hizo romper en llanto. Mordió la almohada, buscando vomitar esa opresión de su pecho, pero fue inútil: esa sensación consiguió enquistarse y estaría presente durante toda su vida. Esa mañana, Enzo regresó de su viaje minutos antes de que la mucama ordenara la alcoba principal. Mario acababa de salir, sin saber que un detalle lo delataría. Agobiado por las ocho horas de vuelo, Enzo se dio una ducha caliente. Al pasar la mano sobre el espejo empañado, notó que las tapas del inodoro estaban levantadas. «Si en la casa no hay más hombres, ¿quién pudo usar el baño anoche?», pensó, mientras recordaba los recientes comportamientos sospechosos de Mila. Decidió revisar esas cámaras de seguridad instaladas a espaldas de su esposa. No se atrevió a mirar las de la alcoba; bastó con ver a Mario entrar a las once de la noche y salir a las seis de la mañana, seguido de Mila envuelta en una bata entreabierta. Se alejó con arrebato de aquel espacio cargado de engaño. Atravesó el living sin dignarse a mirar a su esposa, que, suelta de huesos, retozaba en el sofá aún vestida con la misma bata con la que despidió a Mario. —Amor, ¿a dónde vas? —preguntó la hipócrita Mila sin recibir respuesta. Solo alcanzó a escuchar los 12 cilindros del Jaguar rugir en la calle. Enzo ofuscado, enrumbó hacia su oficina. En esos estratos sociales no es digno exponer los trapos al aire. Enzo, resuelto, tenía claro cuál sería su movida de gran maestro para zanjar el asunto con elegancia. Marcó el anexo del traidor y lo citó en su oficina. Mario se anunció tocando la mampara de vidrio, su jefe, que ocultaba la mirada a través del monitor, le hizo un ademán para que ingrese y moduló: —Pasa, pasa. Se acomodó en esa salita donde se recibía a las visitas. Enzo cruzó la oficina y desplegó las cortinas enrollables. Sacó de su bar una botella de Macallan 25 años, tomó dos vasos y sirvió a su invitado. —¿Así nomás, sin hielo y tan temprano? —decía Mario con sarcasmo. Enzo sonrió, soltando aire. Se sentó a su costado, levantó su vaso y con soberanía dijo: —Salud. —Y... ¿Por qué brindamos? —dijo Mario. —Hay una oportunidad, que beneficia a ambos —le mencionaba Enzo con un rostro perfectamente enigmático. Mario, con una mano inquieta y la otra cargando el vaso, dio un tímido sorbo a esa poción. —¡Puta, ¡qué bueno está esto, olvídate del hielo! —Fue su reacción inmediata al sentir en su lengua ese whisky numerado de más de tres mil dólares. Enzo nuevamente resopló, giró la cabeza y pensó: «Vaya imbécil me ha coronado». —Y cuál es esa oportunidad de la que me hablas —dijo Mario con la confianza que le daba haber bebido ya medio vaso. —Se abrió una plaza de gerencia en Buenos Aires, y he decidido que tú eres el indicado para el puesto. —¿Y Por qué? —preguntaba con inocencia Mario expectante por un refill de whisky. —Simple, por tu desempeño laboral. Las horas extras que te anotas en cada uno de mis viajes, me hicieron elegirte. Mario, confundido por las palabras, solamente atinó a sonreír y alzar el pulgar, mientras su mente buscaba sentido a lo dicho por Enzo: «¿De qué horas extras estará hablando?». Enzo tomó una hoja y escribió un monto. —Esto es lo que recibirás al año, además de viáticos. La grosera cifra excitó a Mario mucho más que sus encuentros con Mila, por lo que, casi por reflejo, respondió: —¿Dónde firmo?... Mario llegó a su dúplex dando tumbos. Enzo, en un acto siniestro, lo había hecho beber toda la botella de whisky. No le dio tregua: el vaso siempre estaba lleno, pareciendo que quería propiciarle un coma etílico. El único vestigio de aquella botella reposaba en el vaso de Enzo. La sala en penumbras y en silencio hacía suponer que el departamento estaba vacío. La migraña punzante, producto de las botellas de champán ingeridas en el evento, no cedía con el ibuprofeno, por lo que Ivana se refugió bajo las sábanas. Los enrollables blackout de la habitación bloqueaban toda incidencia de luz, robándole la noción del tiempo. Sol también se había recluido en su dormitorio, desde la noche del evento. Se desplomó como un trapo en el la cama, arrugando su brillante vestido de gala, que en ese instante lucía opaco. Su hermosa cabellera roja, quedó informe y deslucida; la rigidez que le daban los productos de fijación, lacas, gel y mousse, habían propiciado ese alboroto. Agobiada por esos pensamientos que machacaban sin descanso su inocencia, le fue imposible conciliar el sueño. Apenas si se levantó un par de veces al baño, impulsada por esas arcadas consecuencia de la desazón; sin comida en el estómago, solo expulsó bilis. Mario decidió esperar hasta la mañana para revelar la noticia. Subió a su cuarto intentando sortear con sigilo los escalones del dúplex. Llegó al umbral de la alcoba y abrió la puerta con la delicadeza que le permitían sus temblores de borracho. Sol, al advertir su presencia, se aproximó con ilusión. Asomó su maraña carmesí por la puerta entreabierta, pero la imagen decadente que observó fue una cachetada de realidad que la devolvió a la cama. Mario, sin percatarse de que su hija lo espiaba, ingresó encogiendo los hombros, como si con eso pudiera pasar desapercibido. Se desvistió y casi tropezó con el pantalón. Aventó las prendas sobre una silla que hacía de colgador y se desplomó junto a Ivana, vistiendo solo calzoncillos y medias. Ni la bulla ni el hedor etílico lograron hacer reaccionar a su esposa, que minutos antes había ingerido un potente somnífero. Mientras sus padres descansaban cual bultos en la habitación contigua, Sol, aún sin poder dormir, experimentaba el inicio de sus trastornos. Mario, emocionado por las novedades, se levantó más temprano de lo habitual: ese Macallan de 25 años no le había dejado resaca. Meció a Ivana con el ímpetu de un niño que quiere jugar con sus padres. El somnífero aún no abandonaba del todo totalmente el torrente sanguíneo, por lo que difícilmente balbuceó: —Dime. —Ya levántate, tengo algo que contarles. Además, ya has dormido más de un día —insistió Mario, mientras desenrollaba el blackout permitiendo el paso a los primeros rayos matutinos. Ivana inquieta, literalmente, hizo una pataleta como respuesta a la lata de su esposo. —¡Ya! Déjame descansar tranquila. Ese berrinche terminó de activarla y se vio envuelta por la curiosidad. Achinó los ojos, lo miró iracunda y soltó: —Habla de una buena vez. —Dame un segundo, que voy a buscar a mi Sol. —Anda, pues, entonces y deja de fastidiar —le respondía Ivana, resoplando mientras se tapaba la cara con el almohadón de plumas. Mario golpeó la puerta entreabierta de Sol, pero no recibió respuesta. Con delicadeza, ingresó susurrando: —Solecita. Se sentó junto a ella, intentando llamar su atención acariciándole el cabello. Sol vagaba en ese umbral donde se está dormido y despierto a la vez. Permanecía acurrucada bajo una colcha de parches. Se mantuvo dando la espalda, temerosa de mirarlo y reconocer esa imagen que la había quebrado la noche anterior. —¿Qué quieres? —respondía Sol con desgano. —Vamos, a levantarse, tengo una noticia que contar. Sol, algo cortante, replicó: —Ok, dame unos minutos. —Listo, mi amor, nos encontramos en la sala en quince —Mario le dio un beso en la mollera y salió del cuarto. Sol, fue directo a la ducha. Abrió solo la llave de agua fría y se mantuvo firme bajo ese gélido suplicio, que le hincaba los nervios como agujas. Necesitaba sentir algo antes de reencontrarse con la realidad. Se vistió con un pijama de lunares rojos, y resignada, bajó por las escaleras rumbo al encuentro que tanto deseaba evitar. Sus padres ya estaban acomodados en el sofá de la sala tomando un café. Mario divisó a Sol bajando las escaleras y ansioso le hizo un ademán para que se apure: —¡Ven, ven! Sol mantuvo la cabeza gacha; su melena le cubría el rostro, que cargaba unas marcadas ojeras por el desvelo. Se acomodó en el sofá junto a Ivana, aun manteniendo la mirada indirecta. Mario se plantó frente a ellas y sin tanto preámbulo les dijo: —Nos vamos a vivir a Buenos Aires. —¿De qué estás hablando? —le preguntaba Ivana con incredulidad. —Sí, Enzo me ofreció una gerencia y con un sueldo, uhm, cómo decirte… Para que me entiendas, de Coach pasamos a Prada. —¿Y cómo así, mi amor? —Reconocimiento a mi desempeño. Sol sonrió, resoplando, y con ironía murmuró: —Si supiera... —Y bien, ¿qué opinan? —decía Mario, haciendo caso omiso al murmullo. —Lima cada vez está más horrible, por mí armo ahora mismo mis maletas. —¿Y tú, Sol? —le preguntó su mamá. Se quedó unos segundos meditando: —Si ya tienen todo decidido, por mí está bien —respondió Sol, aún con mirada de soslayo. —Claro, mi amor. Ahí vas a poder estudiar Arte en una universidad de prestigio o, ¿quieres postular a Bellas Artes y tener que ir al centro a diario? No me quiero ni imaginar a mi hijita cómo la mirarían esas gentes —Ivana soltaba sus improperios, apapachándola. Sol se quedó meditando en las ventajas que podría traerle vivir en Buenos Aires. No le hacía ilusión el glamour ni el dinero, pero se vio seducida por la idea de estar en una ciudad habitada por las mujeres que copan las portadas de las revistas de modelaje, esas que apilaba su tía Teresa. «Si en esa ciudad existen mujeres como Valeria Mazza, pasaré desapercibida». Por fin se libraría de esas miradas que solo veían la cáscara. Ella anhelaba sentir que alguien la admire más allá de la belleza física. —¿Y cuándo partimos? —preguntó Ivana. —De inmediato, me necesitan ya —respondió Mario decidido. —¿Y el colegio de Sol? Estamos en septiembre, por tres meses no va a perder el año. Mario ya lo había planeado. Dirigió su atención hacia Sol y, con tono dulce, le dijo: —Sol, mi amor, vas a tener que quedarte un tiempo con la tía Teresa. Necesito que tu mamá se encargue de buscar departamento, yo voy a estar trabajando y no tendré tiempo. —Hizo una pausa, y con tono sarcástico prosiguió—: Además, tú sabes que a ella le gusta controlar todo lo que respecta al hogar. —¡Oye! —respondía Ivana propinándole un codazo de burla a su esposo. —¿Qué piensas? —preguntó Mario, buscando la mirada de su hija, que aún la mantenía oculta. Sol, tibiamente, alzó el rostro y, con mirada triste, dijo: —No me vendría mal alejarme un poco de ustedes —musitó esbozando una sonrisa socarrona, que buscaba ocultar su tristeza. —Vas a ver cómo nos vas a extrañar —le dijo Ivana. —Seguramente —respondió Sol meciendo la cabeza. Así fue como Sol terminó siendo huésped de la tía Teresa. No imaginaba que esa estadía imprevista sería una pieza clave en el rumbo de su vida. *** Sol llevaba diez años viviendo en Buenos Aires. Apenas alcanzó la mayoría de edad, decidió vivir sola, alejándose del caos que le provocaba la relación con sus padres, quienes seguían aferrados a su vida de apariencias. El acoso visual no había disminuido; al contrario, cuando alcanzó su madurez física se volvió aún más desfachatado. Al menos, esos atributos le valieron para conseguir su independencia, gracias a los trabajos esporádicos que se le presentaban en el mundo del modelaje. Cierta tarde, un sujeto a lo lejos miraba con descaro a Sol mientras ella aguardaba en la estación la llegada del metro. Ella se precipitó a ingresar en un vagón rebosante de personas, intentando camuflarse entre la muchedumbre. Parecía haberse librado del hombre y buscó distraer su mente subiendo el volumen de sus auriculares. En ese hervidero de hedores y agobio, Sol sintió que alguien se le pegaba de más. Sentía la respiración de ese ser muy cerca al cuello, lo que le provocó escalofríos. Volteó su rostro con cautela y quedó petrificada al reconocer esa mirada que la había acosado minutos antes. Descaradamente, empezó a frotarse contra sus muslos, buscando el clímax. Sol aterrorizada, se abrió paso a empellones, buscando la salida. El sujeto, dominado por la lascivia, la persiguió hacia la puerta. Cuando el metro se detuvo, Sol esperó la alarma de las puertas que indicaban que estaban por cerrarse y se lanzó del transporte, golpeándose contra el suelo. El acosador se alejaba, babeando tras la ventana. Ese episodio traumático la obligó a esconderse bajo ropa holgada y distintas gorras que velaban su melena. Además, Sol decidió alquilar un piso a unas cuadras de la facultad, pues le aterraba siquiera la idea de cruzar las estaciones del metro. Se trataba de un amplio departamento de arquitectura neoclásica de principios del siglo XX. Al caminar por el recinto, se oía el rechinar de los tablones machihembrados de pino Oregón, deformados por los años. Las tuberías de cobre emitían un rugido metálico que crispaba los nervios a los visitantes. Aunque los techos eran altos, las ventanas resultaban escuetas, lo que envolvía el ambiente en una penumbra acogedora para Sol. La amplitud del lugar le permitió transformar el antiguo comedor en su taller. Pincel en mano, descargaba sus miedos sobre los lienzos, atiborrando el espacio con infinitos colores. Amanecía, y los rayos solares se colaban por la ventana despertando a Sol con una cálida caricia. Los martes Sol despertaba con otra aura: ansiaba llegar a la clase de Facundo, donde podía ser ella. Era de los pocos maestros que la miraban sin intención, quizá porque su visión estética era distinta a la del resto: al enseñar anatomía humana, los cuerpos pasaban a ser solo un instrumento donde el reto del artista recaía en captar el alma a través del lienzo. Caminó por esas cuadras con una particular inocencia infantil, saltando los charcos que aún brillaban en la acera, producto de la lluvia nocturna. Llegó a la universidad y atravesó los pasillos con rumbo a su taller favorito. Las miradas y los cuchicheos a su paso aún se daban, pero con menor intensidad. Al menos, en algo le había beneficiado ocultarse con esas holgadas prendas. Sin embargo, en ese taller el miedo no la alcanzaba. Ingresó al taller minutos antes de que llegara Facundo. Su caballete la esperaba: faltaban unas pinceladas para terminar la pintura que venía trabajando hacía varias clases. Se ubicó junto a la ventana que daba a la explanada del campus, y desde allí lo divisó. Facundo era, por demás, atractivo. Superaba el metro ochenta de estatura, y sus hombros amplios y abdomen plano coincidían con el ideal que describían sus libros de arte sobre la Grecia clásica. Su rostro afilado, con barba a medio crecer, armonizaba con una nariz de carácter —sin llegar a lo grotesco—; y sus ojos pardos, enmarcados por cejas pobladas, eran la descripción no escrita de la masculinidad. Pero lo que realmente atraía a Sol era su trato sobrecogedor. Se dirigía a ella con una calidez que rozaba la ternura; quizá, sin saberlo, le recordaba a su héroe de infancia: su padre, antes de la decepción. Facundo ingresó al taller y empezó a serpentear entre los caballetes, robando más de un suspiro. Cuando llegó a Sol, se detuvo. Tomándose la barbilla y, en silencio, contempló su obra hasta que dijo: —Che, viste, esos ojos no me dicen nada. Sol había recreado un rostro que emergía de un río, con los ojos apenas visibles. Algo similar a la icónica escena de Apocalypse Now, con Martin Sheen saliendo del agua. La mirada en el lienzo era deslucida, perdida, pero Sol era consciente de ello y respondió: —Son los ojos de Pablo. Facundo, sorprendido, gesticuló como buen porteño: alzó los hombros, abrió las manos y musitó: —Y bueno —Hizo una pausa—. Uhm… Sole, ¿qué onda de exponer conmigo este finde? Hace tiempo que vengo observando tu laburo y he tenido la dicha de contemplar tu evolución. El ofrecimiento la dejó sin aliento. Por primera vez, alguien valoraba su arte más allá de su apariencia, y con un dejo de inocencia respondió: —¿De verdad? Claro que me encantaría. ¿Cómo hacemos? —Elegí vos —le dijo Facundo—. Traé unas cinco obras, de esas que te hacen sentir algo en las entrañas al mirarlas. No hay mejor crítico que las tripas del autor. Mientras hablaba, Facundo colocó su mano sobre el vientre de Sol, rozando apenas su pubis. Ella se retrajo, cohibida por el gesto, aunque no percibió malicia en él, sino una imprudencia nacida de su pasión por el arte. Sol tenía claro qué cuadros expondría. Su etapa azul le producía una melancolía inexplicable, como si aquellas formas abstractas guardaran un mensaje que aún no lograba descifrar. Siguiendo el consejo de Facundo, se dejó guiar por las tripas y tomó cinco lienzos al azar de esa vasta colección. Esa noche especial, decidió darse un respiro de sus holgados harapos. Rebuscó entre sus prendas olvidadas y halló un sobrio, pero entallado, sastre blanco con vivos negros que realzaba su figura con una elegancia similar a la de su musa, Teresa. Completó el atuendo con unos zapatos de tacón bajo, de un rojo charolado que deslumbraba, en armonía con su melena suelta. Entre sus mechones asomaban unos aros de gitana que hechizaban con sus ojos delineados en rímel. Llegó a la exposición y habían colocado sus obras en una esquina junto al baño —irónicamente, el espacio destinado a las “obras de mierda”—. Pero nada podía quitarle a Sol la ilusión de transmitir sus sensaciones. Permanecía quieta, observando con sus melancólicos ojos azul tanzanita, que brillaban con la misma fantasía que sus zapatos de Judy Garland en El Mago de Oz. Desde el fondo del salón, percibió la llegada de Facundo. Cada paso suyo atraía susurros, sonrisas y miradas que alimentaban su ego. Cuando llegó frente a Sol, ya no era solo el mentor sobrecogedor: su postura evocaba la de un seductor en plena cacería. Tomó su mano y le susurró al oído: —Sole, es momento de brillar; tus obras son tu reflejo, simplemente divinas. La recorrió con la mirada, desde el rojo de sus zapatos hasta el fuego de su melena, deteniéndose unos segundos en esos profundos ojos. Sol consciente o no de las sutiles insinuaciones respondió con una sonrisa. —Gracias, Facundo, por la oportunidad. —No es nada. Más bien, terminando este quilombo, nos vamos a un bar. Sol intentó responder, pero él la interrumpió, poniendo el índice sobre sus labios. —Shhh, no digas nada. Se giró y volvió con los aduladores, dejando a Sol con la incertidumbre palpitando en su pecho. El evento había resultado penoso para Sol. Apenas se acercó alguno de los asistentes que, tras excederse con el espumante, le urgía el baño. Simulando interés, asentían a sus explicaciones, pero sus miradas decían otra cosa: se enfocaban en su cuerpo y no en los lienzos. El más descarado se acercó, acomodándose la bragueta, provocando escalofríos a Sol… Caía la noche y el recinto solo albergaba a Sol y a Facundo. —Me fue mal —se lamentaba Sol, cabizbaja. Facundo le agarró el mentón y, levantándole el rostro con delicadeza, le dijo: —Cambiá esa carita. Es tu primera vez. La vida enseña que las primeras experiencias no suelen ser placenteras. Olvidemos esto y vamos por un fernet. Abandonaron esa Sala dejando esos cuadros cargados de arte y melancolía sumidos en la penumbra. Sentados en el bar, un Facundo picado por el alcohol la animaba a seguir bebiendo: —¡Dale! Así es como los artistas lidiamos con las derrotas. Apresada por ese vórtice de sensaciones que circundaban su cuerpo, Sol se dejó llevar. Facundo se inclinó hacia Sol y, con un tono inocente, le propuso: —Sole, Es difícil hablar aquí. Mejor vamos a mi departamento, así conversamos tranquilos sobre tu experiencia de hoy. —No sé… ya es un poco tarde y no quiero desvelarme. —Sí, mañana no hay clases. Hacelo por mí. Sintiéndose comprometida accedió, aún dudando si su decisión era acertada. Algo abrumada, Sol esperaba a Facundo sentada en el sofá de la sala. Él preparaba un brebaje que ella no alcanzó a distinguir. Luego se sentó a su lado; bebieron juntos y mantuvieron una breve charla. De manera solapada, Facundo la invitaba a su habitación. —Acompáñame; sobre mi cama hay una pintura que me gustaría mostrarte. Tomó la mano de una Sol adormilada, y la condujo hasta su dormitorio, cerrando la puerta tras ellos. La colocó al pie de la cama para que contemplara el mentado cuadro. Facundo, desde atrás, le apartó el cabello, dejando expuesto su blanco cuello que empezó a besar. Sol apenas balbuceaba: —No, por favor… no. Facundo hizo caso omiso a la súplica, la empujó, y Sol quedó boca abajo al filo de la cama. Este desabrochó su cinturón y se bajó a medias el pantalón, dejando expuesto su miembro erecto. Le alzó la falda, le arrimó el calzón, y empezó a penetrarla con movimientos bruscos, cual martillazos secos, uno tras otro, tras otro. Sol balbuceaba sin poder hilar palabra: «No está pasando. No está pasando. Me duele, por favor, detente. No está pasando, despierta Sol, por favor, despierta. Me duele. Me duele. ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí? Ayúdenme, ayúdenme. ¡Pablo, ayúdame…!» Se escuchó un gemido de bestia exhalante, y cesó el martilleo. Sol se mantuvo en esa posición por un tiempo desconocido. Al reaccionar, respiró aterrada, como si hubiera despertado de un espantoso sueño; para su desgracia, todo había sido real. En ese instante, comprendió a qué se refería Facundo cuando le dijo: «Las primeras veces no suelen ser placenteras». Sol se incorporó. Facundo dormía sin atisbos de remordimiento, como un psicópata que encuentra paz al tener éxito en sus trampas de manipulación. Apenas pudo acomodarse el calzón manchado y, aterrada, huyó corriendo por las desoladas calles de la madrugada bonaerense. Entró a su departamento. La decisión ya había sido tomada. Hurgó en su gaveta, buscando asirse de ese frasco lleno de píldoras que hacía tiempo había abandonado. Caminó hacia su espacio, su taller: era allí donde había decidido morir. Se sentó en el centro de la habitación, rodeada de sus lienzos, destapó el frasco y observó, lentamente, plano a plano, sus cuadros de toda una vida. En ese doloroso trance, se reveló. Todas sus pinturas eran fichas inconexas de un rompecabezas que, de pronto, se alinearon para esclarecer su subconsciente. Cada pieza representaba los recuerdos que vivió con Pablo, cuando el azar la hizo huésped de la tía Teresa. Entonces, Sol lloró como nunca lo había hecho, pero como siempre había anhelado. Lloró y lloró, hasta que expulsó a ese estrangulador intangible que no le permitía respirar. Inhaló con fuerza, y sus pulmones oxigenados le aclararon la mente, que le susurró: «Llegó el momento de reencontrarme con Pablo».

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