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Capítulo 2: Pablo

Pablo estaba concentrado, imaginando a trescientos espartanos atrincherados en el paso de las Termópilas, resistiendo el masivo embate persa, hasta que un silbido rompió su trance. Una melodía se colaba en su estudio; provenía de la ventana vecina, que miraba directamente a ese espacio...

Francisco Dahoud
11 de diciembre de 2025
16 min de lectura
Estaba sentada a media luz, en ese comedor vacío. El reloj pasaba de las once de la noche y el silencio se palpaba en el aire. Siseaba una canción de cuna, mientras acariciaba su abultado vientre con delicadeza. Aunque era primeriza, intuía que había llegado el momento. El parto la esperaba sola. Buscaba aplacar ese estrés, respirando profundamente; sin su soporte emocional, la tarea se hacía cuesta arriba. Se levantó con cuidado y se dirigió al dormitorio, donde tomó un maletín. Dentro guardó un par de mudas de ropa, algunos artículos de higiene y la infaltable estampita de Santa Mónica, esa que descansaba sobre su mesa de noche. Así, sin más, salió en busca de su vecina, Teresa. Tocó la puerta, y una espigada señora de porte elegante apareció del otro lado. Se miraron por un instante lleno de comprensión, y Teresa simplemente dijo: —Llegó la hora. Ani asintió con una sonrisa melancólica y los ojos brillando de emoción. Teresa tomó de la consola del ingreso las llaves de su escarabajo verde agua, y partieron cautas hacia la clínica. Eran tiempos oscuros. El gobierno había dictaminado toque de queda. En lo que iba del año, ya se habían derribado más de cien torres de alta tensión y los apagones marcaban el pulso de los días. Esa noche no fue la excepción: el característico ruido del motor del vocho vibró en la oscuridad. Teresa condujo con firmeza; no quería transmitirle el miedo que cargaba a Ani y se mantuvo estoica a través de las siniestras cuadras vacías que fueron sorteando hasta llegar a la clínica. Las contracciones eran cada vez más frecuentes. El personal médico actuó con diligencia y le acercó una silla de ruedas. Teresa los detuvo un instante, sostuvo con fuerza la mano de Ani, la abrazó y, dándole confianza, le susurró al oído: —Tranquila, yo estaré aquí esperando, y en cuestión de horas regresaremos juntas con un niño en brazos. —Gracias por todo —le respondió Ani con un nudo en la garganta. La enfermera las apresuró, interrumpiendo el momento. Teresa, cumpliendo con su palabra, se quedó expectante en esas bancas del escueto y frío corredor. Tomó del bolso su rosario y pasó las cuentas, buscando sosegar la carga emocional del suceso. La acomodaron en la cama de la sala de partos. Sus piernas se mantenían abiertas en lo que parecía un instrumento de tortura medieval. La enfermera cronometraba las contracciones, esperando el momento preciso para llamar al doctor. La atmósfera aséptica le provocaba escalofríos a Ani, que buscaba refugio en los recuerdos de cuando su esposo aún estaba a su lado. Justo en el instante que alcanzó el sosiego mental, fue cuando se requirió la presencia del doctor. —¡Puja! —le decía la enfermera mientras le apretaba la mano. —Otra vez. —¡Puja, vamos, falta poco! El esfuerzo se reflejaba en el sudor que empapaba su rostro y en su respiración jadeante. Ya se asomaba la coronilla. El doctor, oculto bajo las sábanas, estaba atento a halar al bebé. —En esta acabamos... ¡puja! Un alarido primigenio, que viene desde Eva, se aplacó con el llanto que dio el primer respiro a una criatura de unos tres kilos y medio. El doctor le entregó el bebé a la enfermera. Ella lo envolvió en unos paños tibios, quitándole todo rastro del líquido que lo había contenido durante meses. —Enfermera, las tijeras —decía el doctor. Le acercaron una bandeja con el instrumental solicitado, y el doctor liberó del cordón a la criatura. Luego se detuvo a examinarlo con atención: su piel rebosaba de color y respiraba sin obstrucción. Mientras lo auscultaba, le aplicó unas gotas oftálmicas para evitar infecciones; el niño ni siquiera parpadeó. Tomó una linterna de bolsillo y apuntó hacia sus ojos. Estos no respondieron al estímulo. Ani, intrigada por los gestos de complicidad del personal médico, preguntó: —¿Todo bien, doctor? El médico, sin la certeza de sus sospechas, respondió con disimulo: — Sí, sí, le presento a su hijo. Colocó a la criatura sobre el pecho de su madre. El bebé se agazapó en esa cálida piel que lo había resguardado desde la concepción. Los latidos le eran familiares, y se dejó envolver por ese susurro que le daba paz. —¿Y cómo se va a llamar? —preguntó la enfermera, mientras llenaba los registros. Ani alzó la mirada buscando el cielo y le susurró al oído: —Pablo, igual que tu papá. Seguro nos está observando. —La dejamos unos minutos sola. Si necesita algo, presione el timbre — dijo la enfermera —¿Podrían avisarle a Teresa, la señora que me trajo, para que conozca a la criatura? —Enseguida le avisamos. El ambiente se palpaba sombrío. El personal salió lamentándose por la situación. El doctor, en voz baja y meciendo la cabeza, murmuró: —Habrá que hacerle algunos estudios… ese niño no ve. Teresa era una mujer reservada; rara vez se la vería socializar. Sin embargo, se sintió en la obligación de ayudar a Ani. Entendía bien la incertidumbre que conlleva la soledad: ambas habían perdido a sus esposos. Por eso, al verla enfrentarse sola a un embarazo, no dudó en presentarse en su puerta para ofrecerle ayuda cuando llegara el momento. Ingresó a la habitación. Para la dulce Ani, Teresa había dejado de ser solo una vecina; ya la consideraba una amiga. Detrás de ese carácter reservado se ocultaba un gran corazón, que se abrió al ver a la criatura descansar sobre el pecho de su madre. —Pase, pase —le decía Ani en un susurro, agitando la mano. Teresa se acercó con el sigilo que requería el bebé y moduló: —¿Cómo te sientes? La sonrisa que relucía en ese rostro cansado lo decía todo. —De verdad, muchas gracias. Anda, descansa. Cuando me den el alta regresaré en un taxi. Teresa sacó de su cartera un bolígrafo y en un trocito de papel, apuntó un número y se lo entregó a Ani. —Llámame, voy a estar en casa. Prométemelo. Ani asintió con el rostro emocionado y volvió a agradecerle. La extenuante noche hizo que Teresa se alejara arrastrando los pies, algo impropio en ella. Se retiró sin saber que, apenas unos minutos después de su llegada con Ani, habían registrado a Ivana, su sobrina política, en plena labor de parto. —¡Puja! —le decía la enfermera a Ivana, cuyo pálido rostro ardía como un tomate. —Una vez más… ahora sí, con todo. Nuevamente, el grito primigenio rugió en la sala contigua a la de Pablo, dando paso al llanto de una hermosa niña. El médico la sostuvo entre sus manos, y sus enormes ojos tanzanitas inundaron la habitación como rayos de sol abriéndose paso en la oscura madrugada. Mientras, en la sala de Pablo, todo permanecía en penumbras; la contigua, en cambio, rebosaba de color y emoción, contagiando a quienes presenciaban el nacimiento. La risa de la criatura iluminó los rostros, y el doctor, enternecido, la entregó a su madre preguntando: —¿Cómo se va a llamar? —Basta con mirarla —respondió su madre—. Ella es Sol. Mario e Ivana se quedaron contemplándola, orgullosos de la belleza de su hija. La enfermera se acercó y les dijo con dulzura: —Bueno, ya es momento de llevar a Solecita a la sala de recién nacidos. Sol no sabía que Pablo la esperaba, retozando en su cuna. La enfermera la colocó junto a él, y fue así como, sin memoria, se conocieron por primera vez. *** Teresa era una mujer con una elegancia comparable a la fantasía proyectada en las películas de la época dorada de Hollywood; solo que ella era real. Su presencia atraía miradas como la Tierra a la Luna, manteniendo en órbita a sus vecinos. La mayoría de hombres cuchicheaban, observándola con deseo, mientras que las mujeres también murmuraban, aunque con un leve tufillo de envidia. En cada salida, Teresa debía sortear rostros lujuriosos y miradas malintencionadas. A pesar de las miradas inquisidoras, siempre salía impecable, dejando a su paso un rastro con aroma a Chanel. Caminaba con ese porte propio de un manual de modelaje, donde te enseñan a enderezar la espalda y mantener el mentón erguido mientras equilibras un libro en la cabeza. Nunca revelaba su edad; cuando alguien se atrevía a preguntársela, decía tener treinta años, aunque hacía más de treinta que los había cumplido. Enviudó joven. Su esposo, un mayor de la Fuerza Aérea, estrelló aquel Sukhoi mal mantenido durante una maniobra de práctica, dejándola sola, sin hijos, con un amplio departamento vacío en un barrio de clase media y una pensión vitalicia destinada a los deudos de los caídos en servicio. Desde entonces, se había habituado a convivir con la soledad. Aunque aquella aventura junto a Ani le había conseguido una amiga. Era de hablar directo, aunque siempre con clase; podía mandarte al infierno con un susurro exento de vulgaridad. Por eso, cuando su sobrino Mario le pidió hospedaje para Sol, al no agradarle la petición le respondió como era debido. —Tía, solo serán un par de meses. Mientras Sol termina el colegio, nosotros ya estaremos instalados en Buenos Aires. —Eso no será posible. Ahora, si me haces el favor, debo continuar con mis pendientes. Te acompaño. Se levantó y, con un gesto de la mano, le indicó la salida. Mario insistió: —Pero, tía, puede perder el año. Además, la noticia no creo que le siente bien, y más aún estando en plena adolescencia. Qué mejor que pasar el trago con su tía favorita. Teresa no se detuvo a reflexionar; respondió enseguida: —Deja que lo piense con la almohada, mañana te respondo. Ahora anda yendo, que tengo cosas que hacer. Mario se despidió, sabiendo que su tía había aceptado. —Muchas gracias, tía. Teresa entendía el peso de la adolescencia; veía en Sol un reflejo de sí misma. A ambas les había tocado transitar el paso de la infancia a la juventud, donde el acoso que conlleva la belleza resultaba por demás agobiante. Por eso se sintió en la obligación de recibirla, como quien ofrece refugio a su propio yo del pasado y le susurra aquello que alguna vez necesitó escuchar. Por lo que, en el año de 1998, uno de los dormitorios de Teresa se convirtió en albergue para alguien más, sin saber que el destino la usaba como nexo para el reencontrar a Sol con Pablo. Sol fue instalada en el cuarto más pequeño, donde una cama sencilla recibía cada mañana los rayos de sol que se filtraban por la única ventana, enfrentada a la del vecino. Era el rincón más discreto, y también el más práctico, por estar junto al baño secundario. El baño principal, en cambio, era territorio sagrado de Teresa: su espacio vital. Allí comenzaba cada día su ritual frente al espejo, aplicándose esos menjunjes que prometían borrar las líneas que surcaban su rostro, acentuadas por la tristeza y la soledad que cargaba con estoicismo. Cada arruga resistía al tiempo, y su cabello rojo carmesí debía ser renovado con tintes que ya dejaban entrever las raíces blancas, delatando el paso de los años… Lima es una ciudad de contrastes; una avenida basta para marcar el límite entre las clases sociales. Sol vivía con sus padres en la calle Roma, en el distrito de San Isidro, uno de los más exclusivos de la ciudad. La posición de Mario le alcanzaba para costear un departamento que ya cargaba sus años. A Ivana no le importaba que el lugar requiriera refacciones constantes, con tal de pertenecer a ese entorno donde se movía su círculo cercano. Aun así, el lugar tenía su encanto. Desde las ventanas se contemplaba un parque de césped verde azulado y árboles podados que, en primavera, rebosaban de flores, dando cobijo a una bandada de avecillas silvestres. Al atardecer, se encendían las farolas de una auténtica cafetería de aire parisino, que invitaba a tomar un café mientras se contemplaba el paisaje. Cuando Sol se asomaba, parecía conjugarse con esa belleza, como si perteneciera a ese cuadro natural. Ese lugar era una burbuja suspendida en un tiempo mejor. Aunque bastaba con caminar una cuadra y la realidad te golpeaba de frente. El caótico tráfico limeño ardía en las horas punta; estudiantes y oficinistas se agolpaban en los paraderos, esperando la llegada del micro destartalado que dejaba a su paso un halo de humo negro. Para cruzar la avenida Salaverry había que encomendarse a Dios: no existía semáforo que se respetara. Los microbuseros, en su afán de captar un pasajero, olvidaban los frenos, mientras los conductores particulares hacían resonar sus bocinas en un caldo de contaminación que disparaba contra los sentidos. Así fue como Sol, arrastrada por las frívolas decisiones de sus padres, se vio obligada a cruzar esa avenida —esa frontera invisible entre dos realidades — para vivir un tiempo en la residencial San Felipe. Sin saberlo, compartiría placenteros recuerdos adentrándose en esa visión del mundo que le revelaría la solitaria Teresa. *** Acomodada en una silla de ruedas, Ani sostenía con amor a su niño, que parecía un buñuelo envuelto. Esperaba al doctor que debía darle el alta; ansiaba llegar a casa para acostarlo en su cuna de madera blanca, de la que pendía un carrusel de ositos musicales. El doctor apareció algo presuroso, firmó unos papeles y, antes de dejarla ir, le dijo: —Creo necesario que programes una cita con el oftalmólogo. La madre, al oírlo, cargó su mirada de emoción contenida. Apenas si podía articular una frase; con un balbuceo entrecortado preguntó: —¿Pasó algo, doctor?… Le pido, por favor, que sea franco. El rostro apesadumbrado de Ani le dificultaba al médico ser directo. Evadiendo esos ojos, respondió: —El niño no reaccionó a algunos estímulos visuales. Es muy pronto para sacar conclusiones, por eso considero pertinente que regresen en un par de semanas, para que lo evalúe el oftalmólogo. El doctor, en su afán de darle calma, hizo una pausa. Le tomó la mano, buscó su mirada y añadió con voz serena: —No se preocupe. Su hijo nació fuerte; cualquier inconveniente podrá superarlo. Ani se quedó sin palabras. Solo pensar que algo pudiera pasarle a Pablo le oprimía el corazón. Atravesó la mampara de vidrio, y vio a Teresa esperándola junto al Volkswagen rojo. La perspicaz mujer adivinó que algo turbaba a Ani; respetando su silencio, la abrazó y le susurró al oído: —Vamos a que conozca su casa. Ambas se encaramaron en el escarabajo y, tal como Teresa había prometido, regresaron juntas con un niño en brazos… Las sospechas del doctor eran ciertas: el examen confirmó AML, Amaurosis Congénita de Leber. Pablo nunca podría ver. El penoso diagnóstico despertó en Ani un instinto maternal que la inundó de valor. El miedo a la incertidumbre en soledad intentaba colarse en sus pensamientos, pero debía proteger a su criatura. Entonces, recordando a Teresa, afrontó los golpes de la vida como ella lo haría: de frente. Ani se embarcó en la maratónica labor de buscar la forma de agudizar los cuatro sentidos con los que viviría Pablo. Tenía que prepararlo para ese mundo en tinieblas que el destino había deparado para él. Decidió cambiar las melodías de cuna por piezas clásicas. Día tras día, instruía su oído con los consagrados. Ani rescató aquella colección de discos olvidada por su esposo y, junto a la cuna, los hacía sonar. Las piezas iban desde las notas expansivas de Wagner hasta el equilibrio apolíneo de Mozart, de la arquitectura sonora de Bach al lirismo melancólico de Chopin. El niño, de a pocos, fue absorbiendo la música, vibrando en las distintas armonías, guiado por los matices que le ofrecían los maestros. Se esmeraba también en hacerle experimentar con diversos aromas. Le presentaba frutas y esencias que iban de la lavanda al jazmín, junto con olores neutros como la tierra, el césped o cualquier otro que aprendía a reconocer aun sin tocarlo. Cada vez que Ani esparcía un disparo de Chanel en el ambiente, Pablo, con apenas unos meses de nacido, destellaba en sonrisas: ya reconocía el aroma de la querendona Teresa. Ani le ponía una fresa en la mano. Las pepitas y las hojas rozaban su delicada piel, haciéndole arrugar el rostro. La apretaba logrando que estallaran sus aromas y acercándola a sus labios le susurraba: —Eso es una… Fresa. Aunque no tuviera la certeza de que el bebé comprendía los estímulos, la obstinada Ani continuaba con sus enseñanzas primitivas, guiada por lo que le dictaba su instinto. No pasaba un día sin que Pablo conociera, al menos, diez cosas nuevas. El tiempo transcurrió entre risas y descubrimientos, pero también entre berrinches y frustraciones que Ani afrontó con paciencia. La mesa del comedor presentaba un colorido buffet. Pablo disfrutaba escuchar el tira y afloja de Piggy y René, por lo que los vasitos, sombreros y decoraciones eran de The Muppets. Ani remató con tres velitas aquella torta de chocolate, que era el centro del festín. Con todo listo, empezaron a llegar los niños invitados. Entre juego y juego, las criaturas no medían sus impulsos y hacían tropezar a Pablo, que cayó en varias ocasiones de bruces, únicamente amortiguado por su pañal. Aunque eso parecía molestar más a Ani que al niño, que reía a cada sentón. En el fondo, Ani sabía que debía exponerlo a ese torbellino infantil; así lo prepararía para la calle, y los niños del barrio también aprenderían, conviviendo con él de forma natural. Teresa se acercó a Ani con disimulo. —¿Por qué no tocas un Happy Birthday para el niño? —le dijo, señalando el piano de la sala, que no hacía más que juntar polvo. —Estoy algo oxidada... —Es solo el Happy Birthday, así que nada de tontas excusas —replicó Teresa, fiel a su carácter. A Ani no le quedó más que aceptar la petición. Desde que su esposo falleció, se había alejado de su pasión, y Teresa lo sabía. Acarició la tapa del piano, buscando reencontrarse con ese instrumento olvidado. Se acomodó en la banca y, al tocar la primera nota, sintió que el tiempo no había pasado. Comenzó con la versión clásica del Happy Birthday y, poco a poco, se dejó llevar por las notas, improvisando un suave jazzeo. La reunión se colmó de rostros asombrados, pero quien más parecía disfrutar del improvisado concierto era Pablo, que, sonriente, aplaudía intentando seguir el ritmo de la melodía. Le daba tristeza disfrutar del piano sin su esposo, quien solía acompañarla con la guitarra. Pero aquella tarde, algo despertó en Ani. A la mañana siguiente, Ani armó el corralito en la sala, para poder vigilar a la criatura. Se sentó frente al piano, cerró los ojos, inhaló con suavidad y dejó que sus dedos flotaran sobre el teclado, cayendo cautiva de la Arabesque n.º 1. Pablo se encontraba distraído con su Gonzo de peluche. Al escuchar la música, lo dejó a un lado y, paciente, se dejó absorber por aquel festín de notas. A medida que avanzaba la melodía, empezó a balbucear: —Bushi, Bushi. La madre se detuvo, prestándole atención. —Dime, mi amor, ¿qué quieres? El bebé insistía: —Bushi, Bushi. Mientras intentaba descifrar las palabras de su hijo, sus ojos se posaron sobre las partituras que descansaban en el atril del piano. El encabezado decía: Arabesque n.º 1 – Claude Debussy. Sus ojos brillaron de emoción, quedando atónita ante lo revelado. Al fin tenía la certeza de que sus constantes enseñanzas, a lo largo de esos tres años, habían dado fruto. Respiró aliviada, expulsando la incertidumbre que incesantemente la había acosado. Tomó a la criatura, la acomodó en su regazo y le susurró: — Debussy, Debussy. Guió su diminuta mano sobre las teclas. Pablo aceptó el frío marfil sin sobresaltos, y así quedaba encantado ante su primera nota. *** Ani había acondicionado uno de los cuartos del departamento como estudio para Pablo. A sus trece años, entraba a la adolescencia, y su meta de vida estaba cada vez más próxima. No pasaba un día sin que, al menos por un par de horas, practicara para asegurarse ese puesto en el Conservatorio Nacional. Pablo, acomodado en el escritorio del estudio, repasaba unos textos en braille. Solo quería tocar, pero Ani lo perseguía para que cumpliera con sus deberes escolares. —Pablo, concéntrate; mañana hay examen de historia y hay que mejorar esas notas. Aunque era un estudiante que destacaba del promedio, Ani había adoptado una filosofía que solía compartirle: —Al igual que en las piezas que tanto disfrutas tocar, solo alcanzas la perfección con las horas que le dediques, y eso aplica para todo en la vida. Pablo estaba concentrado, imaginando a trescientos espartanos atrincherados en el paso de las Termópilas, resistiendo el masivo embate persa, hasta que un silbido rompió su trance. Una melodía se colaba en su estudio; provenía de la ventana vecina, que miraba directamente a ese espacio, separada apenas por unos tres metros del pozo de luz. Pablo, atraído por las notas, se desplazó hacia su piano eléctrico y comenzó a tocarlas sin alzar demasiado el volumen, procurando no alertar a Ani. Sol aún tenía algunas cajas apiladas que le faltaba acomodar. Teresa ya le había advertido que no quería ver un día más ese desorden; por lo que, buscando animarse, se puso a silbar una melodía inédita que le rondaba la mente. A medida que sus silbidos se volvían más intensos, oyó que alguien la seguía en el piano. Intrigada, Sol se asomó a la ventana y vio a Pablo, concentrado, intentando captar esas notas que flotaban en el aire. Esa escena la conmovió, y comenzó a tararear la melodía. Pablo subió el volumen, liberando la emoción que le produjo aquella voz, y sus dedos empezaron a cabalgar con libertad sobre el teclado. Así, enlazados por la sensibilidad musical, regalaron a los vecinos un concierto inesperado. Durante algunos minutos permanecieron conectados en aquel jammin’ cargado de emociones, hasta que se oyeron dos voces femeninas que exclamaron al unísono: —¡Ya deja de distraerte y continúa con tus labores! Sol y Pablo soltaron una sonrisa cómplice. Él se acercó a la ventana, inhaló profundamente, alzando el rostro, y quedó cautivado por el aroma que emanaba del alma de Sol. Los perros perciben el temor a través del olfato; Pablo, en cambio, creía captar los sentimientos, y así, envuelto en esa esencia cargada de melancolía y bondad, se despertó en él una emoción ajena que lo desconcertaba. —Hola, soy Sol —se presentó su nueva vecina, con esa inocencia impulsiva que la caracterizaba. —Yo soy... —Pablo —lo interrumpió Sol, antes de que el nervioso chico pudiera concluir. —Tengo que seguir con mis cosas antes de que aparezca mi tía Teresa. Otro día seguimos conversando... te mando un par de besos. Sol juntó la ventana sin dejar de mirarlo. Luego, con delicadeza, se dio media vuelta y prosiguió con sus cosas, aunque su mente seguía cautivada por el momento. Pablo, a su vez, se encontró con una nueva sensación que hacía palpitar su corazón, y quedó intrigado meditando el hecho de que aquella extraña conociera su nombre.

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