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Capítulo 6: La playa

Aquella melodía con aroma a Sol lo hizo abandonar las cuatro estaciones. Se dirigió a la ventana que confrontaba la de ella, destrabó el pestillo y la fragancia ingresó con fuerza en su estudio. Allí, apoyada sobre la baranda de su habitación, Sol aguardaba con sus ojos tanzanita llenos de emoción.

Francisco Dahoud
27 de marzo de 2026
18 min de lectura
— Pero tía, es solo por lo que duren las vacaciones. — Mario, Sol los necesita. — Es que... la invitación a Mar del Plata es clave para hacer contactos. No podemos llevarla, además se aburriría. Que mejor que pase el verano contigo, tú misma me dijiste que ya hizo amigos en San Felipe. A Teresa le dolía despedirse de Sol; se había acostumbrado tanto a su rutina de madre sustituta que, en el fondo, flaqueó ante sus propios deseos. — Que no se vaya a atrasar en sus estudios —alcanzó a decir, con un hilo de culpa en la voz. — No, tía. Antes de que empiecen las clases estará de vuelta con nosotros. — Eso espero. Colgó, dejando el espacio en un silencio amargo. Caminó a paso lento, cavilando cómo dar la noticia. Una puerta entreabierta la separaba de Sol. Suspiró como si buscara en el aire valor y, tras un tímido golpeteo, entró. Sol permanecía echada, abstraída por la música que vibraba en sus auriculares amarillos; al percibir de reojo una presencia, dejó a un lado el Corazón partío de Alejandro Sanz y dijo: — Hola tía. ¿Pasó algo? La mirada transparente de Teresa no ocultaba nada. — Pasaremos el verano juntas. — ¿Hablaste con mis papás? — Sí; todavía tienen asuntos pendientes y con eso los convencí para que te quedaras más tiempo. Sol percibió el engaño tras la seguridad de esas palabras. Si la cena de Navidad y el brindis de Año Nuevo habían sido apenas una voz distante a través del teléfono, añoraba que, en adelante, la suerte fuera distinta; se ilusionaba con un reencuentro que sanara las ausencias en Buenos Aires, aun siendo consciente de cuánto extrañaría a sus nuevos amigos. Sin embargo, el abandono de sus padres pesaba más. Teresa identificaba la postura de su niña cuando la tristeza aparecía: era como una flor que acaba de morir; aún no está seca, pero sabes que ya no está. — Y si nos vamos a la playa —mencionó Teresa lo primero que le vino a la mente, intentando animarla. — ¿Ahora? —respondió Sol con una pizca de inocencia. La respuesta le robó una sonrisa tierna a su tía; había atinado con el ofrecimiento. — No, mi niña —le decía mientras le tomaba la cara—. Sería este fin de semana. Le puedo avisar a Ani y, mientras me pongo al día con ella, tú puedes disfrutar de la playa con Pablo. ¿Te parece? — ¡Claro! — exclamó Sol—. Déjame contarle a Pablo. La noticia la embargó de una emoción que no supo disimular. Parecía que la impulsividad de Rulos se había apoderado de ella. Sentada en la cama, Sol se apoyó contra la pared que aún conservaba el calor del verano. Bajo esa inspiración, empezó a bocetar buscando distraer su mente inquieta, que aguardaba atenta la aparición de su vecino. Las notas de Vivaldi flotaron en el aire, y se colaron por su ventana: había llegado. Sol interrumpió los garabatos y se incorporó con delicadeza. A medida que se aproximaba a la ventana de su cuarto, iba silbando una melodía; poseída por el encanto de Hamelín, que terminó por atraer a Pablo. Aquella melodía con aroma a Sol lo hizo abandonar las cuatro estaciones. Se dirigió a la ventana que confrontaba la de ella, destrabó el pestillo y la fragancia ingresó con fuerza en su estudio. Allí, apoyada sobre la baranda de su habitación, Sol aguardaba con sus ojos tanzanita llenos de emoción. — Nos vamos a la playa —anunció Sol, sin preámbulos. — ¿Y cómo así? — Mi tía se ofreció a llevarnos este sábado; también iría tu mamá. La noticia lo dejó de una pieza. Si bien cada vez sentía más la necesidad de estar con ella, le inquietaba que lo viera sin camiseta; su entrega absoluta a la música lo mantenía delgado y pálido. Entendía que ambas condiciones, en el mundo visual, no resultaban precisamente atractivas. — Sabes que disfruto tu compañía —soltó Sol con coraje, al notar cómo la duda se instalaba en los gestos de su amigo—. Además, quiero que me describas la playa. — Creo que tú la conoces mejor que yo —respondió Pablo, con una sonrisa que aún cargaba algo de timidez. — No creas —replicó ella, aferrándose a la baranda para asomarse un poco más hacia él— Mientras yo solo la veo, tú me harías sentirla. Pablo percibió esas palabras como una puerta que se abría, invitándolo a pasar. Su vientre era un revoltijo de miedo y goce; debía actuar, pues Ani no había criado a un cobarde. — Entonces, el sábado tenemos nuestra primera cita. — Pero con chaperonas —respondió Sol, aliviando la cálida tensión del momento. Ambos liberaron sonrisas. Las labores llamaban y era momento de despedirse. Retomaron sus deberes, y aunque volvieron a las melodías y los bocetos, sus mentes permanecieron ancladas en lo genuino de aquel instante. Ese día, el amanecer llegó antes de tiempo; la ansiedad había ganado la partida al sueño. El astro rey destellaba en su máximo esplendor, como si aprobara aquel encuentro. Desde su habitación, Sol se fundía en la agobiante tarea de elegir el ajuar preciso, acumulando una ruma de vestidos playeros sobre su cama. «¡Ay, pero si él ni me ve!», se decía. Aun así, necesitaba de su propia aprobación frente al espejo para aplacar, aunque fuera un poco, el estruendo interno. Por su parte, Pablo nunca había tenido problemas para vestirse; incluso le resultaba más sencillo que a una persona vidente. Se valía de un orden estricto donde las prendas descansaban combinadas, como si aguardaran en el escaparate de una tienda elegante. Ani se hizo presente y le encasquetó su gorra de los Yankees. Pablo resopló; sabía que el tema deportivo no encajaba con el mundo playero. Luego, ella hurgó en su bolso de paja y extrajo una lata similar a la del betún que contenía un menjunje azul eléctrico. Lo embadurnó a discreción sobre la ñata de su hijo mientras este se retraía, como negándose al ritual. — ¡Shhh! Es por tu bien, para que no te salgan pecas —le decía ella, sin darle opción al reclamo. Al otro lado, Sol aún no decidía qué vestido usar. Su tía, sorprendida por la ruma de ropa, la apresuró: —Ya, mi niña, ese te queda bien. Son las nueve y en quince minutos debemos partir para alcanzar un buen lugar en la arena. Sol permanecía abstraída frente al espejo, dudando, hasta que Teresa aplaudió un par de veces para devolverla a la realidad. —Estoy saliendo; no es correcto hacer esperar a nuestros invitados. Teresa caminó decidida hacia la salida. A Sol no le quedó más remedio que seguirla con lo que llevaba puesto, no sin antes tomar al vuelo su maletín y la bitácora de arte donde esperaba captar las bondades del mar. El motor del Escarabajo verde agua vibraba en neutro. Teresa esperaba a que alcanzara la temperatura correcta cuando, de pronto, aparecieron. Ani se acercaba guiando a Pablo y agitando la mano desde unos metros atrás. Sol, atraída por el gesto, lo vio; sintió entonces esas mariposas que aparecían ya con recurrencia cada vez que la pareja hacía contacto. Esta vez, el asiento trasero del vocho haría de cómplice: les regalaría una hora de viaje imposible de escapar. Apenas si se alcanzaron a saludar y Teresa ya estaba desplegando el asiento del copiloto para que entren los chicos. — Pasen, pasen, no queremos que nos agarre el tráfico. Acomodaron los bolsos junto a la sombrilla, en el hueco que se forma entre la luna trasera y el asiento. Pablo había contrabandeado un órgano a pilas de un par de escalas, y lo acomodó con extremo cuidado entre sus cosas. No era que le importara tanto aquella baratija, pero era un elemento clave para su primerizo cortejo. Transitaron con fluidez hacia el sur hasta que alcanzaron la garita del peaje; allí, de la nada, se toparon con una marea de vehículos que centellaban bajo el sol matutino. El calor en los asientos de falso cuero negro se incrementaba con la proximidad del motor y el desatino del diseñador que dejó las ventanas traseras fijas. Todo rastro de aire provenía de los cristales delanteros, siempre y cuando el auto se mantuviera en movimiento constante; pero ese no era el caso. Las gotas de sudor se hacían presentes en el rostro de Sol, su copiosa melena aceleraba el proceso. Se acomodó el cabello con una cola que dejó su cuello expuesto; despidiendo un aroma que no pasó desapercibido para Pablo. Aún atrapados en ese infierno vehicular, se permitían disfrutar de momentos silenciosos. Las miradas disimuladas de Sol, roces de manos y los aromas compartidos formaban parte de una comunicación natural, pero encriptada para las avispadas chaperonas. Siguieron avanzando a paso de procesión. Un camión, con el radiador en plena ebullición, bloqueaba uno de los tres carriles de la infinita carretera Panamericana. Teresa tuvo que abrirse paso con violencia para escapar; los destellos de la luz direccional eran insuficientes para que alguien les cediera el paso. El calor incrementaba la vehemencia de los choferes en una Lima que, de por sí, se caracteriza por liderar el ranking de conducción imprudente. Al fin circulaba el aire con notas marinas que iban in crescendo a medida que se aproximaban a su destino. Teresa divisó un aislado pino en medio de una trocha desértica: el anuncio natural para virar y alcanzar el balneario de Santa María. Un sujeto ondeaba un trapo, dirigiendo el Volkswagen hacia un estacionamiento libre. Teresa aprovechó el espacio y bajó solemne: un sombrero de ala ancha le cubría el rostro, junto a unos anteojos similares a los que Audrey Hepburn usara en su icónico papel de Breakfast at Tiffany's. — ¡Jefa, se lo cuido! —vociferaba el individuo que les había «reservado» el espacio. Teresa no reaccionó al llamado. Ani se bajó liberando a los chicos, quienes cargaron las cosas; esta, con un gesto de aprobación, le daba a entender al cuidador que a su regreso recibiría una propina. Sabía que, de negarse, se exponía a un rayón; Teresa, en cambio, no se dejaba amedrentar. Si bien la playa aún mostraba claros entre la multitud, Teresa decidió caminar de más, evitando el tumulto. No quería exponer a Sol a miradas que ella conocía de primera mano. Acomodaron las toallas y plantaron las sombrillas cerca de unas peñas donde las olas reventaban con furia. Era el hito disuasivo para el resto de los bañistas, que evitaban las rocas. Nadie del grupo se adentraba más allá de la orilla; así, disfrutaban de la soledad sin riesgo. Teresa jaló a Ani a un costado, distanciándose unos metros. — Hay que dejar a los chicos que conversen — susurró Teresa, bajando sus gafas a modo de espía. Ani se giró con disimulo mientras acomodaba su toalla y sonrió. El sol, actuaba por su propia cuenta, obligando a la pareja a reducir el espacio hasta quedar guarecidos bajo la sombrilla. Pablo palpó entre las cosas hasta dar con su teclado, orientó su rostro buscando el de Sol, y dijo: — Me pediste que te hiciera sentir la playa. Solo respira y escucha. Pablo se concentró como lo haría un monje tibetano al rozar el nirvana. Exhaló, expulsando el bullicio, y comenzó a asirse de notas que viajaban sin rumbo aparente pero que, al encontrarse en su oído, creaban una melodía única, esa que solo el mar sabe susurrar. Sol quedó atrapada en esa composición donde se percibía: el silbido de la brisa marina, el vaivén de las olas, las conchuelas rozando la arena, el graznido de la gaviota; toda esa tinta acústica que emanaba de la playa. Esa misma tinta inspiró a Sol. Abrió su bitácora y se dispuso capturar a ese par de señoras que gozaban de su compañía con una naturalidad propia de la orilla, fusionándose en el paisaje como un elemento eterno. Pablo tecleó la última nota y quedaron en un silencio pleno. Sol pensó en mostrarle el dibujo, en guiar sus dedos por el papel para que sintiera el relieve del trazo; pero se contuvo. La música aún vibraba entre ellos. El tiempo, en ese espacio, se volvió inexistente. Mientras el sol se ocultaba en el horizonte anunciando el fin del día, la niña se detuvo a observar la puesta como nunca la había percibido. Miró a Pablo y sintió tristeza. ¿Cómo describirle ese milagro intangible? Aquel lienzo donde Dios juega con rojos y azules para regalarnos una inmensidad púrpura. Esa emoción la sobrecogió al comprender que los colores eran el único lenguaje que esa alma noble nunca podría descifrar.

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