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Capítulo 7: El tono

Rulos desfilaba frente al espejo, probando las infinitas combinaciones que le permitían sus prendas. Cuando se acomodaba las tiras del hombro, de un vestido estampado con insectos coloridos, sonó el teléfono. Tropezó con las exageradas agujetas de sus All Star rojas y terminó tirando el auricular del pobre Garfield.

Francisco Dahoud
17 de abril de 2026
19 min de lectura
Y llegó el día. Rulos subía y bajaba las escaleras del dúplex; sus bruscas pisadas desencajaban la estricta rutina del señor Álvarez. La avalancha de preguntas era inminente. Él entendía que en aquella efervescencia no había malicia; hinchaba los pulmones y la escuchaba como lo haría un sabio. — Papá, papá, ¿crees que vendrán todos? — No sé, Larita. Tú me dijiste que Sol y Pablo habían confirmado. — Sí, sí. También René y Pato… pero me gustaría que vinieran las chicas de mi cole. Les hice invitaciones a todas. Sol me ayudó: dibujó un guante con encajes, como el de Madonna, sosteniendo una nota con las indicaciones. Le quedó mostrazo. — Seguro vendrán. Y si no, igual vas a estar bien acompañada, además vienen tus primos. — Sí, pero son medio aburridos —respondió Rulos, arrugando el rostro. Una sonrisa rompió la parsimonia del señor Álvarez. Tomó a su hija de los hombros, le dio media vuelta y le palmoteó una nalga. — Ya anda, que debo terminar de corregir unos textos. Ella subió a su cuarto pisoteando los escalones: era momento de desparramar el closet. Rulos desfilaba frente al espejo, probando las infinitas combinaciones que le permitían sus prendas. Cuando se acomodaba las tiras del hombro, de un vestido estampado con insectos coloridos, sonó el teléfono. Tropezó con las exageradas agujetas de sus All Star rojas y terminó tirando el auricular del pobre Garfield. Desde el suelo, ignorando el futuro moretón, contestó: — Aló. — Aló, Rulitos, ¡feliz cumpleaños! —la voz de Sol sonó luminosa. El saludo dejó a Rulos en silencio, algo poco habitual en ella. — ¿Rulos? ¿Pasa algo? — Es la primera vez que tengo una mejor amiga en mi cumple. — su voz timbraba con un tibio gimoteo. — Y la tendrás en todos los demás. — Es un trato —respondió Rulos con inocencia. Cuando cada detalle del tono quedó cubierto con precisión quirúrgica, la charla viró a lo personal. — Me imagino que aprovecharás para bailar con Pablo. — Ay, no sé, espero… — Le puedo decir a Lore que ponga una lenta, aunque no creo que baile nadie. — No, ni se te ocurra —la sola idea crispó a Sol—. Además, deja que fluya con la música… Buena onda es la hermana de Pato. — Sí, lo máximo. Ella solita se ofreció de DJ; me dijo: “Es tu regalo, ¿y qué mejor que eso?”. —¿Ya sabes qué te vas a poner? —preguntó Sol. Rulos barrió su cuarto con una mirada circular y respondió: — Ni idea. — ¿Por qué no te pones tu vestido medio pop, el de insectos coloridos? —apuntó Sol. A Rulos se le escapó una sonrisa. — ¿Acaso me estás espiando? Es el que llevo puesto. — En serio, entonces ese es el vestido —concluyó Sol. — ¿Y tú, ya decidiste? — Uhm… Cuando fui a la playa me abrumé al elegir un vestido, y al final ni pude decidir. Aun así, todo salió perfecto. Así que esta vez tomaré lo primero que me llame y listo. — Claro, como a ti todo te queda bien, qué fácil. Tras una pausa en la línea. Se echaron a reír. La manecilla horaria en la sala de Teresa había dado más de una vuelta. Era momento de despedirse; aún quedaba mucho por rebanar y la fiesta ya golpeaba la puerta. Pablo era quien ahora cuestionaba su facha. El momento merecía una elección que trascendiera sus métodos preestablecidos. Se entregó al ritual con una concentración aguda: palpó texturas, se probó camisas, pantalones, zapatos; dejó que el instinto —y las sensaciones sobre la piel— lo guiaran hacia la combinación correcta. Nunca antes había dudado de su olfato para la moda, pero esta vez requirió la aprobación de Ani; no podía permitirse error alguno. Los faroles públicos se encendieron a las seis. Desde su ventana, Sol observó aquel evento cotidiano como una señal y sintió vértigo. Empezó a darse los últimos retoques en automático mientras la fantasía cobraba fuerza: «¿Sentirá lo mismo que yo? ¿Dará un paso más? Y si me acerco y me chotea... me muero. En poco tiempo me voy, mejor me olvido del asunto. No, no seas cobarde; si se da el momento, aprovéchalo. Prefiero atesorar ese recuerdo con nostalgia que vivir pensando en qué hubiera pasado si... ¿Qué opinará mi tía? Es muy amiga de Ani. ¿Le pregunto? No, no me atrevo». — ¡Niña! ¡Niña! —la voz de Teresa se entrometía en su trance. — Niña, están tocando el timbre. — Ah, sí... debe ser Pablo. — Abre, entonces. Su tía le sonrió; era el guiño que Sol tanto esperaba. Caminó lento, haciéndose esperar. Al llegar al umbral se detuvo y respiró. Sabía que era él, pero aun así se asomó a la mirilla. La ventisca que produjo el abrir la puerta llegó a Pablo cargada con aroma a Sol y Nina Ricci. Él apareció sujetando su bastón con ambas manos. Unas zapatillas de gamuza negra y filo blanco destacaban sobre el jean gris oscuro y la holgada camiseta blanca donde solo se leía "ZERO" acompañado de una estrella. Precavido ante el intermitente clima limeño, llevaba también una camisa a cuadros celestes y azules atada a la cintura. — Nos vamos —Pablo le tendió la mano. Sol la tomó. — Vamos —respondió ella, cerrando la puerta mientras despedía con la mirada a Teresa. Llegaron al cruce donde lo vio por primera vez, flotando en la bicicleta bajo la sombra del ficus. Transitaron por la extensa vereda que une Las Magnolias con Los Arrayanes, el edificio de Rulos. Los faroles ganaban protagonismo con la progresiva llegada de la noche. Se mantuvieron en silencio, disfrutando del momento; tenían mucho que decir, pero no sabían cómo. Esperaban que la fiesta les aclarase las palabras. Desde el ingreso, presionaron el botón del 401. Les respondió una voz agitada que abrió de inmediato. En ese instante llegaba Pato; apenas si alcanzó a entrar antes de que la hoja se cerrara. — ¿Y René? —preguntó Pablo; ellos siempre llegaban juntos. Pato se encogió de hombros. — Le silbé, pero no asomó nadie. El silbido era el celular de la época: un código de calle donde cada grupo poseía su propia melodía representativa. Los recibió la hermana de Pato, que había llegado minutos antes para acomodar sus equipos. — Pasen, chicos. ¡Qué buena camiseta! —le dijo Lore a Pablo. De inmediato, buscó en su playlist y arrancó el tono con el clásico de Smashing Pumpkins. Rulos, atenta a la pista, bajó las escaleras y se unió al eufórico grupo soltando su melena al viento. “And God is empty, just like me…” La selección de canciones no daba respiro. Lore manejaba las emociones de los invitados con el eclecticismo propio de los noventa: esa década donde se podía saltar del grunge al reggae, o del punk a la salsa, sin que nadie cuestionara el cambio de ritmo. Para sorpresa de Rulos, en medio de ese torbellino de sonidos, tres chicas del colegio hicieron su entrada; sin embargo, de René seguía sin saberse nada. — Puta, y René ni me ha llamado — despotricaba Rulos gritando al oído de Sol — Seguro ya llega. El trío de compañeras del cole cuchicheaba en un rincón. La más alta señalaba alzando el rostro hacia el grupo danzante y soltaba una risotada que llegó al oído afinado de Pablo, capaz de distinguir entre una risa alegre y una burlona. — Y esas cojudas para qué vienen —le soltó Pablo a Pato, sin ocultar su fastidio. — Esperan a René. Le tienen ganas desde que nos vieron recoger a Rulos a la salida del colegio. Rulos hizo una pausa en el baile. De su frente bajaban gotas de sudor que enmarcaban sus pómulos chaposos. Se acercó a sus tres «amigas» y se empinó hacia la más alta; esta se retrajo de inmediato con una mueca, pero algunas gotas de sudor la alcanzaron. — Mira, sécate la cara —le soltó la chica, limpiándose. — Pucha, sorry —respondió Rulos, retrocediendo apenas—. Gracias por venir. Les presento a los chicos... — Estamos bien. Y tu amigo, el de la BMX... ¿viene, no? — Ah, René. Sí, seguramente; no creo que falle. — Ya pues, ahí nos lo presentas. — Sí, claro —asintió. Se dio media vuelta; no miró atrás. Apenas se alcanzó a colar el zumbido del intercomunicador entre la música y el bullicio. Rulos sabía quién era y se apresuró a contestar. — Rulitos, feliz cumpleaños —exclamó René. — ¡Sube, sube! —respondió ella con la euforia del momento. Antes de entrar, se aplicó unas gotas para aclarar el blanco de sus ojos reventados. En esos días, una marihuana ponzoñosa era la válvula de escape a la mente. Rulos abrió la puerta y se estrelló con una sensación ajena que le hizo hervir la sangre. René se carcajeaba junto a una chica que, fácil, le sacaba un año. Tenía el pelo oscuro con un mechón morado que le cubría uno de sus ojos delineados en negro; el piercing de su nariz hacía juego con las pulseras. Un polo manga cero, falda escocesa y botines Dr. Martens. Fue la imagen que la cumpleañera escaneó de inmediato. — Rulos, te presento a Magda. — Tú eres la famosa Rulos —comentó la invitada. — Sí —respondió ella. Aprendiendo de Teresa, se mantuvo estoica, aunque no podía dejar de apretar la mandíbula, mientras evitaba mirar el mechón morado. "En un rincón de la sala, el trío de colegialas permanecía expectante: brazos cruzados y la vista fija en la intrusa. — Miren con quién llegó —susurró una de ellas—. Tiene una pinta de fácil… El equipo de sonido se cortó de imprevisto. Tocaron la cubierta, estaba ardiendo. Por mucho que intentaron refrescarlo con el ventilador, el aparato se negaba a responder; el silencio se instaló en la sala como un invitado no deseado. — Rulitos, ya nada puedo hacer —decía Lore mientras ordenaba sus discos en el maletín. Rulos estaba a tope; el escándalo era inminente. René tuvo un espacio de claridad, se acercó a su amiga y la abrazó. — Mira, estamos todos, aún hay tono para rato. — ¿Qué, sin música? — Podemos hacer otra cosa. — ¿Cómo qué? —La respuesta en seco avispó a Magda. — ¿Y si jugamos a la botella borracha? Por ahí que animamos la cosa. — Ya —respondió Rulos, impulsiva, sin saber bien de qué trataba el juego. De la cocina tomaron una botella de Coca-Cola, de las retornables. René propuso jugar en el hall del ascensor, donde la oscuridad del entrepiso era propicia para los encuentros del azar. Aunque Rulos le había advertido al señor Álvarez que no se asomara ni por casualidad, René entendía que en estas situaciones nunca se es demasiado precavido. Las reglas eran claras: el pico y la base señalarían a la pareja con derecho a cinco minutos de privacidad. Salieron del departamento. El parpadeo de los fluorescentes acentuaba la palidez de aquella turba que avanzaba en un silencio tenso. Nadie se atrevía a opinar; se dejaban llevar por lo intrigante del juego. La más alta del trío fue la única que rompió la quietud: — Yo me voy. René guiaba a Pablo. Los demás se sentaron en círculo, apoyándose en esas losetas frías que hacía años habían perdido el brillo. Sol se acomodó junto a Rulos; le presionó la mano inquieta y suspiró. René, atento al gesto, ubicó a Pablo frente a ella. Magda arrancó. Giró la botella y esta se mantuvo como un remolino que iba desacelerando; el grupo seguía el movimiento, como víctimas de una hipnosis colectiva. Se detuvo. Uno de los primos de Rulos y la más amable de las chicas del cole fueron los primeros elegidos del ritual. Se levantaron y caminaron como quien va al patíbulo. El alarido infantil no los hizo retroceder; habían aceptado su destino. Subieron y se ocultaron en el descanso de la escalera, donde el foco, hacía tiempo, había dejado de alumbrar. La botella continuó girando sin control… Sentenció: Pato y Magda. Él se volvió hacia René con rostro de culpa; un guiño coqueto fue el sello de aprobación. Pato intentó recordar todo lo que había absorbido de su sensei, pero Magda era un ser que pocos podrían domar. Hizo lo mejor que pudo. El pico observaba con su único ojo, sentenciando a Rulos. Ella, miró a la ronda, rostro a rostro, mientras el mundo se nublaba en cada respiro. Se detuvo en la pareja elegida por el azar; entonces, pateó la botella, corrió al ascensor y marcó todo el tablero. Para cuando regresó, el juego ya se había reanudado. La atmósfera mantenía la tensión; la ruleta rusa se acortaba y, en cualquier momento, dispararía. Le tocó el turno a René; su desempeño fue de trámite. Era él quien ahora tenía el control. Detuvo su mirada en Pablo y la impulsó. Fue el azar, o quizás la maña, lo que acompañó el giro. La botella se detuvo y sentenció el encuentro: Sol y Pablo quedaron atrapados entre el pico y la base. Sol se levantó y lo tomó de la mano. Los alaridos resonaron con más fuerza; ellos los oían llegar desde la oscuridad. Rulos se plantó y, con un gesto seco, mandó a callar a la turba. La pareja quedó sumida en un silencio incómodo; esos cinco minutos prometían volverse eternos. Estaban frente a frente, tomados de las manos y con la mirada fija; en esa oscuridad, ambos eran ciegos. Sol había aprendido de Pablo; inhaló captando su esencia y sintió que las manos de él estaban tan inquietas como las suyas. Incluso en el silencio absoluto, lograron escuchar sus voces. Resonó un susurro; Pablo se permitió avanzar — ¿Puedo tocarte el rostro? Sol aceptó en silencio. Sintió que aquellas manos empezaban a recorrer su cabello; descendían desde la frente, rozando las cejas, los ojos, la nariz pequeña y refinada. Las mejillas de ella eran la piel más delicada que él hubiera tocado jamás. El vello en los brazos de Pablo se erizaba. Cuando llegó a su boca, se detuvo; alcanzó a percibir ese aroma a cereza que lo llamaba, dándole permiso Buscó esos labios orientado casi por instinto. El beso fue torpe, primerizo; no sabían cómo acomodarse, pero aquel sello trascendería en el tiempo, endulzado por esa fuerza invencible llamada nostalgia.

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