Volver al blogTallerista - Grupo online
Casa Kuti
Tú eras todo en Casa Kuti: el dueño, el mesero, el barman, el cajero, el cantante, el amigo poeta de otros poetas y, principalmente, el esposo tierno de Sofía. La única mujer que aceptó acompañarte en esa aventura nocturna que te llevaría por fin a la ruina.
Juan Diego Delgado
12 de enero de 2026
18 min de lectura
Cristhian, todavía recuerdo aquella noche en que descubrí el castigo de un beso que no se irá jamás y el dolor de un corazón resignado que todavía palpita por ti, mientras cuida de otro corazón que abandonaste.
Recuerdo, además, que a las once en punto empezaste a expulsar amablemente a todos del bar. A pesar de tu enorme tamaño de gladiador romano, tus formas eran más bien de filósofo ateniense, o de cariátide paciente con aquellos pensadores del jirón Camaná. Así eras, con tu mirada perdida en tu propio infierno, tu voz solemne de hombre fuerte, pero también con la cabeza gacha frente a cada borracho que te ofrecía una nueva sustancia traída de otros rincones de la urbe.
Habíamos tomado y fumado lo suficiente para ser felices, entre libros viejos y cuadros de músicos suicidas, mientras nos regalabas tu cantar de huaynitos, junto a la melodía andina de un guitarrista afro que era tu amigo más reciente. Todo un espectáculo intercultural para los intelectuales que te visitaban a partir de las seis. Hermosa noche, así la recuerdo. Caía el sol y te caían ellos encima, agotados por sus vidas en bucle, a ver si tu noble conversación les hacía sentir los artistas que nunca fueron.
Ya casi el humo se había disipado por completo cuando empezaste a apagar las últimas velas que bailaban sobre las mesas. Pusiste algunas sillas de cabeza mientras te despedías de tus amigos fotógrafos y columnistas, fieles soldados del periódico de izquierda que tenía su local justo al frente. Tú eras todo en Casa Kuti: el dueño, el mesero, el barman, el cajero, el cantante, el amigo poeta de otros poetas y, principalmente, el esposo tierno de Sofía. La única mujer que aceptó acompañarte en esa aventura nocturna que te llevaría por fin a la ruina.
Ella sabía con claridad que un hombre como tú solo se podía amar con mesura, pero incluso así te soltó muy rápido frente a tus instintos. Confió en la igualdad que predicaba y se aventuró a la libertad compartida, en honor a los tratados que había leído en voz alta en la Plaza San Martín, hacía pocos meses nomás, en la marcha de las mujeres violadas que invadió las calles de esta ciudad de violadores. Le tomaste unas fotos maravillosas e imprimiste algunas para enmarcarlas y colgarlas en la pared central del bar. Así de enamorado te recuerdo.
A pesar de tus intentos por quedarte a solas con tu mujer, seis rebeldes no quisieron levantarse de los sillones que estaban en la esquina más apartada del salón, justo debajo de la repisa de libros, entre los cuales había algunos escritos por ellos mismos. No te dio el alma para negarte a la propuesta que te hicieron de acompañarte unas horas más y le pediste a Sofía que cerrara la entrada principal del bar. Ella solo juntó la puerta, porque cerrarla hubiera significado negar a los rebeldes el cuarto de baño que estaba cruzando el pasadizo, más allá de los límites del bar, pasando los otros salones de esa casona republicana que albergaba negocios disímiles que funcionaban a diferentes horas del día.
Yo era el sexto de los rebeldes, el último de la lista, porque a mis dieciocho años jamás me hubiera contado antes de los tres poetas, la pintora y el guitarrista afro. El primer poeta, un zorro viejo, fue el que propuso que recitáramos un poema por cada botella de cerveza. Sofía ya había colocado una grande en la mesa, junto a ocho vasos recién cosechados de la nevera.
El segundo poeta, que parecía el típico treintañero en crisis, animal de oficina, ofreció leer los nuevos versos que había publicado hacía un mes y cuya presentación de libro se hizo en Casa Kuti. Sin esperar respuesta, se levantó decidido, se acercó a la repisa de libros y sacó uno que estaba cuidadosamente sobresalido. Recitó algo sobre los cuerpos de las mujeres y cómo le eran útiles para romper con la rutina, hundiéndose entre las tetas de cualquier cándida que se asombraba con el relojazo dorado que exponía orgulloso en su muñeca izquierda. Sofía estuvo a punto de tirarle un vaso de cerveza encima cuando terminó de escucharlo, pero se contuvo porque estaba harta de ser vista como salvaje al lado de las formas suaves de su esposo.
Sin embargo, el tercer poeta, que era más bien poetisa, no dudó en mandar a la mierda al oficinista, le dio un beso en la mejilla derecha y un lapo en la cabeza. Todos se desternillaron en una risa exagerada y bebieron sus vasos por entero.
—La amistad entre poetas entra con dolor —decretó la pintora—, así es más rico.
Y animó a la poetisa a recitar algo en respuesta a la “explícita misoginia que se ha contrabandeado como arte en esta mesa, ¡no podemos permitirlo, hermana!”. Pero antes de que la poetisa extrajera otro libro de la repisa para cumplir con la réplica, el guitarrista afro se levantó, trajo su guitarra y se ofreció a darle un fondo musical a los versos que iban a dispararse a quemarropa.
Fue ahí cuando me di cuenta de tu mirada, Cristhian. Al inicio pensé que todavía te hincaba en el pecho el recuerdo de la guitarra de colección que vendiste para costearte los descomunales gastos que habías hecho en ese negocio, pero una vez que la poetisa empezó a leer su propio libro, tus ojos seguían clavados en cualquier otro lugar menos en la realidad que te rodeaba. ¿Qué te pasó, poeta? ¿Por qué nunca me hablaste de esto?
Al principio me concentré en lo que se recitaba sobre la emasculación de los hombres disminuidos por otros hombres. Tremenda teoría sobre cómo necesitaban afirmarse en el cuerpo de las mujeres por miedo de no poder afirmarse frente al cuerpo de otros hombres. La sonrisa cómplice del poeta viejo hizo también que yo riera discretamente mientras iban acabando esos versos. Pero te vi de nuevo y tú seguías colgado en otra galaxia. Tu ausencia transformó la curva de mis labios. Te habías quedado mirándome sin mirarme, cuidadosamente, como si quien recitara todo flamígero fuera yo y no la poetisa.
Miré a Sofía por el rabillo del ojo y ella sonreía también. Le daba sorbos de mentira a su vaso de cerveza, sin prestarle atención a otra cosa que a las páginas del libro abierto que flotaba sobre nuestras cabezas, recibiendo los escupitajos de la poetisa. Volví a mirarte y, de pronto, despertaste, te uniste al aplauso y a los vítores que celebraban a la ganadora del encuentro de plumas afiladas que había maquinado el poeta viejo.
—¡Ahora le toca al chibolo colágeno! —gritó la pintora, mirándome, ya muy sazonada, con un hambre sin disimulo.
La miré paralizado, al mismo tiempo que un profundo escalofrío me recorrió por cada hueso. De inmediato, me defendí diciendo que yo no había publicado ningún libro aún y que no tenía a la mano poema alguno que compartir con tan ilustre audiencia. Te diste cuenta de que mi humilde huida no iba a funcionar, porque conocías lo suficiente a ese grupo de depredadores nocturnos como para identificar cuando ya habían movido el juego con tal de atrapar al herbívoro de turno. Entonces, no te quedó otra salida que delatarme.
—Diego se ha quedado porque te admira y quiere leerte un poema tuyo— le dijiste al poeta viejo, mientras te levantabas, colosal, manso, y cogías un tercer libro de la repisa.
—¿Es serio? No jodas, hoy me duermo sin hacerme una paja de la emoción, ¿tú me has leído? —me increpó con incredulidad el poeta viejo.
Claro que te he leído, y te he aprendido. Por más que camines con esa pinta de mujeriegazo, rodeado siempre de falditas apretadas de octavo ciclo de facultad, contigo supe que me gustaban los hombres. En cada poema que te descubría, era evidente que se ocultaban los rasgos de muchachitos prohibidos, cuyas formas físicas cambiaban para protegerte de la teoría que alguna vez Cristhian me expuso en la barra del bar, mientras hablábamos de ti la vez que conocí Casa Kuti: “Quien a muchas mujeres ama, es porque a un hombre busca”. Viejo y cabro está bien, pero nunca cobarde a estas alturas.
No le dije nada de lo que pensaba en ese momento al poeta viejo. Solo me puse de pie, sonreí tímidamente, recibí el libro de tu mano, Cristhian, busqué la página veinte, esperé que el guitarrista afro empezara una nueva melodía y recité. Casi no tuve que leer, recité de memoria, dispuesto a convertir esos segundos en un homenaje al privilegio de mi juventud y del permiso que me daba de ser un rosquete de otra generación.
Es cierto, había ido para recitarle esos versos al poeta viejo, lo admiraba tanto. Con tu ayuda supe el día exacto en que estaría en el bar y falté a mi última clase para verlo antes de que se escapara con alguna pesca de la noche. Pero aquella vez se quedó de largo con tal de ver a sus discípulos sacarse los ojos a verso limpio. Cuando acabé, recibí otra ola de aplausos y miré al poeta viejo: tenía los ojos inundados, su vaso alzado y los labios fruncidos. Sentí compasión.
—Tu poesía es especial para mí, porque me animó a salir del clóset —le respondí con cautela. Él lanzó una carcajada solitaria, exagerada, nerviosa, me agradeció y me rogó que solamente no me enamore de su encanto.
¿Y si estuve enamorado de ti, Cristhian? Salí del grupo excusándome para ir al baño. Me dijiste que estaba cerrado con un candado y que tenías que acompañarme para abrir la puerta con tu llave. Pudiste darme el llavero e indicarme qué llave era, pero era evidente lo que estabas buscando. Salimos juntos de la sala, cruzamos el pasadizo y antes de abrir el candado te volteaste a mirarme. Me abrazaste fuerte, muy fuerte, te agradecí por haberme regalado tan bonita velada y me agradeciste de vuelta por seguirte en tantas conversaciones durante ese año.
Entonces, un beso tuyo por primera vez se impregnó en mis labios, y fui incapaz de separarme de tu rostro, o de tus brazos de coloso infranqueable, o de ti nomás. Y dejé que me llevaras dentro del cuarto de baño, abriste rápidamente la puerta y los besos continuaron más intensos. Te bajaste la bragueta, me apretaste las nalgas, me invitaste a arrodillarme con un susurro en el cuello y que sucediera lo que hace rato fantaseábamos.
—No, espera, espera —te dije, temblando—. Tu esposa puede venir en cualquier momento y no quiero tener problemas con ella.
—No importa, hay que seguir —respondiste, agitado, mientas llevabas mi mano por debajo de tu bóxer. Tierna roca caliente.
—Pero hay que vernos en otro lado, mañana a las… —te propuse sin éxito, sin poder escapar del roce de su barba que anuló mis sentidos.
—Ya has visto cómo me calientas, chibolo. Te quiero reventar aquí hoy, no mañana —y me volteaste de un solo golpe. Tu respiración en mi espalda, mi pantalón en el suelo junto al tuyo.
De repente, la música del guitarrista afro se escuchó con mayor cercanía, los versos recitados ahora por la pintora atravesaban el pasadizo, y unos segundos después alguien tocó la puerta del baño con fuerza.
—Es Sofía, te dije que iba a venir, ¡carajo, y ahora qué le decimos! —reaccioné y me reincorporé asustadísimo, tú te subiste el pantalón de un solo golpe. La puerta tembló otra vez anunciando nuestra sentencia.
Entonces, abriste tú, poniéndote de escudo, al frente, dispuesto a asumir tu destino, tus diez años de matrimonio, las súplicas de tu mujer rogándote que ingreses a rehabilitación, las deudas compartidas del bar, el embarazo de cuatro meses, tu incapacidad de mantenerte con vida… Ya todo te importaba una mierda. Estabas cansado, poeta. Te despediste de mí esa noche y no me di cuenta.
Abriste despacio y viste la desesperada silueta del poeta viejo en medio de toda la oscuridad bohemia que nos aplastaba. Se retorcía luchando por no mearse encima. Nos miró y expulsó una risita chillona.
—Ya pues, poeta, la mariconada se perdona, pero la próstata no tiene piedad. ¡Salgan, salgan, que no aguanto!
Regresamos al grupo intentando parecer risueños, algo agitados, fingiendo unos chistes sin sentido. No me mantuve ni cinco segundos sentado en el sofá, cuando Sofía me miró como un águila a punto de almorzarse a un conejo, me cogió firme del brazo y me arrastró despacio fuera del salón, otra vez.
El terror que me invadió se fue a estancarse en mi garganta, traté de decir algo, pero una convulsión insuperable de mi mandíbula me dejó inerme, solo alcancé a balbucear un “lo siento”, o tal vez un “no quise”. Pero antes de volver a intentar otra defensa irrisoria, Sofía me tomó de ambas manos y, con una voz trémula, sin despegarme sus pupilas dilatadas, me disparó toda su desesperación en un exhalo. Me disparó para siempre.
—No eres el primero, no tienes que fingir. Solo dile que no lo vuelva a intentar, por favor, tal vez a ti sí te escuche. Su hijo lo va a necesitar. Yo lo necesito.
Pero a la noche siguiente, Casa Kuti no volvió a abrir, nunca más.
¿Te gustó este artículo?
Compártelo con otros escritores que puedan encontrarlo útil