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Condenados
Primero se hizo un silencio antinatural, como si toda la selva retuviera el aliento por unos segundos, el tiempo se detuvo, las hormigas pararon su incesante fila, el viento frenó en seco, hasta los niños dejaron de crecer.
Luis Enrique Abarca
11 de junio de 2026
5 min de lectura
Hay un lugar en la selva húmeda y profunda, olvidado hace mucho por los caprichosos ríos que mueven su cauce, un próspero lugar donde vive una tribu tan antigua que ya no tiene memoria de sus primeros días. Evitaremos las descripciones antropológicas, para no agregar más polvo a los anaqueles de los sabios, eran seres humanos tan complejos como cualquier otro grupo étnico. Su último deseo era perpetuarse en sus hijos para continuar existiendo, porque se consideran especiales. La aldea es una isla en el océano verde que lo cubre todo. Aquello que es verde crece en todos los rincones imaginables, sobre las rocas, bajo los árboles, en la osamenta de la presa beneficiada, menos sobre la propia piel de los vivos, pero un día ignorado por presagios y eclipses, aquello que es verde dejó de vivir.
Primero se hizo un silencio antinatural, como si toda la selva retuviera el aliento por unos segundos, el tiempo se detuvo, las hormigas pararon su incesante fila, el viento frenó en seco, hasta los niños dejaron de crecer.
Luego comenzó un rumor, como si una piedra lejana comenzara a rodar en el fondo de la tierra, era un grito de la cadena alimenticia en su conjunto que se volvió ensordecedor, y que pareció durar una eternidad. Cuando se hizo silencio otra vez comenzó un éxodo, en la medida de sus limitaciones todas las criaturas comenzaron a arrastrarse, a volar, a correr en todas las direcciones como si la aldea fuera el epicentro de la muerte.
Los hombres, las más limitadas de las criaturas de la selva, no supieron que hacer y miraron hacia su líder. En nuestra cultura se le diría héroe o semidiós, un ser especial que nace cada 100 generaciones, él dictaba el porvenir de su tribu, era el mejor en todo lo necesario para subsistir, de cualidades sobresalientes tanto física y mentalmente, los niños querían ser como él, las mujeres querían que compartiera su lecho y los otros hombres se sentían orgullosos de seguir sus órdenes y sentarse a su lado.
Nuestro héroe resistió la urgencia inicial de huir como las demás criaturas, contrajo sus músculos en una reflexión tanto mental como física, sabiéndose observado por todos en la tribu, pasaron unos pocos tensos minutos hasta que su mente se aclaró. Su rostro reflejó la seguridad de la decisión indubitable que acababa de tomar y decretó, que no se moverían de su sitio.
Comenzó su discurso con razones filosóficas, teológicas y astronómicas, en su erudición habló de los ciclos naturales como si los estuviera palpando, recordó con su infalible memoria el conocimiento acumulado de miles de generaciones para transmitirlo de forma sencilla y convincente. Uso las palabras justas mirando a los ojos a su audiencia y anticipándose a las preguntas que veía surgir en los ojos de su gente, imbuyo conocimiento y seguridad en los suyos.
Nadie nunca ha dado un discurso asi en toda la historia de la humanidad, ni antes ni después sin importar la lengua o la geografía. La bendecida tribu de la selva regresó a sus quehaceres con el alma sosegada.
Al día siguiente, aquello que es verde comenzó a crecer en cada rincón, hasta sobre la propia piel.
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