Este ciclo vuelvo a dictar un curso que se llama Historia de los Medios. Debo admitir que esta es una de las materias que más disfruto, ya que me permite abordar el periodismo desde la ética o la teoría de la comunicación, sin los intríngulis de la carpintería técnica que hoy les resulta tan ajena a los nativos digitales. Así, en lugar de explicar cómo se estructura la pirámide invertida, intento despertar en los jóvenes una reflexión sobre cómo los medios de comunicación influyen en la realidad que percibimos.
La semana pasada recordamos algunos momentos que cambiaron la historia y quedaron inmortalizados por la caja boba. Una forma de probar el poder de la imagen televisada. La llegada del hombre a la luna, por ejemplo. La caída del muro de Berlín o los atentados de las Torres Gemelas, que tuvieron cobertura en tiempo real y toda la espectacularidad de una película de Hollywood. La mayoría, nacidos en el siglo XXI, piensan en el fútbol y en la clasificación al Mundial de Rusia 2018, en el inicio del confinamiento por el Covid-19. Muy pocos recuerdan el terremoto de 2007, a los comentaristas y conductores que estaban transmitiendo en vivo cuando el piso comenzó a temblar.
Hasta que surge el punto de quiebre inevitable: septiembre del año 2000. Les enseño a mis alumnos el registro granulado en VHS donde Alberto Kouri recibe quince mil dólares de manos de Vladimiro Montesinos para pasarse a la bancada oficialista. Hasta parece una comedia burda. La salita del SIN alfombrada, los sillones de cuero, el fajo de billetes saliendo del sobre de manila y la libreta donde se anotaban las traiciones a mano alzada. La prueba definitiva del transfuguismo congresal, la captura del Estado transmitida por televisión. La función tras bambalinas de una arquitectura de control.
Primero fue el “vladivideo” Kouri-Montesinos difundido ese 14 de septiembre de 2000, suficiente para que el régimen de Fujimori se tambalease desde sus cimientos. Algo que ni la “Marcha de los Cuatro Suyos” ni las denuncias de fraude de los observadores internacionales habían conseguido. La hemorragia de los “vladivideos” fue incontenible: muy pronto se supo que por la salita del SIN habían desfilado políticos, jueces, militares y, notoriamente, los dueños de los principales medios de comunicación. Esto último era fundamental para Fujimori-Montesinos: pagaban cien veces más por la línea editorial de un canal de televisión que por un congresista tránsfuga.
Toca explicar entonces la lógica del control de los medios de comunicación por parte del régimen. En vez de recurrir a la censura abierta o a la estatización generalizada, optaron por sobornar a los más importantes canales de televisión. De ahí la impresionante torre de billetes entregada a los hermanos Crousillat, entonces dueños de “América TV”, o los millones que recibiera Ernesto Schütz por “Panamericana”. La compra de estas líneas editoriales representó, sin duda, una de las operaciones clandestinas más costosas del régimen. El tándem Fujimori-Montesinos supo usar el poder de la televisión no solo para silenciar la crítica, también para controlar a la opinión pública.
Veintiséis años después del primer “vladivideo” nos persigue la misma podredumbre. Es cierto que la era de los mass media culminó. El poder que tuviera la televisión y la prensa de cincuenta céntimos en la década de los 90 solo se estudia en cursos como Historia de los Medios. Pero esa pulsión autoritaria y el ánimo de control social se han mudado a un ecosistema aún más peligroso: las nuevas tecnologías de la información. Por eso, no me canso de repetir a mis alumnos: las redes sociales no son medios de comunicación; al menos, no en el sentido tradicional. Su naturaleza es muy distinta. El algoritmo fomenta la microsegmentación: distribuye el contenido creando burbujas informativas.
Si los medios tradicionales eran las pantallas con las que solíamos interpretar la realidad, el ecosistema digital contemporáneo nos ha condenado a habitar ficciones paralelas e irreconciliables. La agonía del periodismo de masas no trajo una deliberación más libre, sino el agua estancada donde proliferan las granjas de bots, los linchamientos de trolls y las fake news. Aquel registro Kouri-Montesinos es una reliquia de una época remota. En ese VHS lo abyecto adopta una forma nítida, incontestable y denunciable. El primer “vladivideo” mostró cómo se veía la corrupción desde adentro. Hoy, las granjas de bots están aprendiendo a reproducir esa misma podredumbre sin que la veamos.
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De la salita a la granja
Si los medios tradicionales eran las pantallas con las que solíamos interpretar la realidad, el ecosistema digital contemporáneo nos ha condenado a habitar ficciones paralelas e irreconciliables.
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