El problema de la humanidad
es que los estúpidos están seguros de todo
y los inteligentes están llenos de dudas.
BERTRAND RUSSELL
1
Cuando el primero abrió los ojos en la obscuridad hadopelágica de aquel sótano, sintió dolor en sus hombros y hielo en los muslos.
En segundos se dio cuenta que era lo mismo tener los ojos abiertos o cerrados, la penumbra era cegadora y profundísima. Sintió un húmedo frío y se halló desnudo, sintió el terciopelo de la cinta institucional abrazar su cuello y en el centro de su pecho, un disco de peso y textura metálica. Supo que era su medalla doctoral.
Al retorcerse, sintió el roce mordaz y rugoso de varias vueltas de cinta plástica oprimiendo sus muñecas pegadas la una a la otra, apretadas tras su espalda con ferocidad, cortando la circulación de su sangre y dejando las yemas de sus dedos entumecidas, hinchadas y azules. Al forcejear, un rasguño sordo resonó tras su nuca: sus muñecas no solo estaban encintadas entre sí, el plástico lo unía, a él y a su propia atadura, a la rigidez inexpugnable de una rejilla metálica incrustada en la pared. Cada tirón desesperado solo lograba que el borde helado del hierro se le clavara contra la columna y que la cinta plástica zanjara la carne viva de sus pulsos.
Tosió, le ardía la garganta, se preguntó cuánto tiempo habría estado allí de esa manera tan expuesta y volvió a toser.
El segundo habló.
—¿Quién está ahí? ¿Quién es? ¡Identifíquese!
—Soy el doctor Mamerto Mendoza. ¿Quién está ahí? ¡Hable!
—¡Soy el magíster Gonzalo Águila! No grite doctor, no se asuste, soy yo.
El tercero se despertó por los gritos.
—¿Por qué tanto grito, carajo? ¿Dónde estoy? ¿Por qué me tienen acá? ¡¿Quiénes son ustedes y por qué chucha estoy calato?! Tengo frío.
La imposibilidad absoluta de visión y movimiento provocaba la sensación de que el aire era más denso, helado y viscoso y que esa viscosidad impregnaba la piel de los presentes, el sudor frío contra el aire pastoso lograba una sensación de nerviosismo y pánico total.
—¡Hablen, ¿quién vive?!
—¿Quién eres tú?, dijo Mendoza.
—¡Soy el vicerrector académico, Greg Alce, ¿y ustedes?!
—Somos el magíster Águila y el doctor Mamerto, Sr. Vicerrector, dijo Mendoza, con su particularísimo y permanente tono lameculo.
—¿Y quién más?, replicó.
—Nadie más ha hablado vicerrector, sentenció Mamerto.
—Nadie más, balbuceó lloriqueando Águila.
* * * * *
2
Hacer la tesis de la maestría fue un parto y no porque la investigación fuera difícil, la burocracia era la mierda.
Que primero tiene un evaluador el cual juzgará si procede su proyecto de tesis, veinte días hábiles, que aprobado con observaciones, las observaciones más idiotas del mundo, como para que alguien crea que realmente el evaluador leyó la tesis, que luego dos jurados evaluadores para el borrador de tesis, treinta días hábiles, aprobado con observaciones, las observaciones eran igualitas en calidad a las primeras, para que les den su propina por haber evaluado la tesis disque, pero uno ve las observaciones y no han leído nada, más días hábiles para levantar las observaciones. Revisión de similitud e inteligencia artificial, tiene mucha inteligencia artificial pero nunca le dieron a mi asesora de tesis el acceso al sistema para evaluar la tesis antes de enviar el borrador, aplane usted el texto, escriba mal, reviente los adjetivos, no opine, no cite tanto que no hay quien lea, destruya su maravillosa prosa académica para escribir como un oligofrénico. Perfecto, así escrito está de maravilla, ahora sí que lo revise la terna de jurados calificadores para lo cual necesitamos otros treinta días hábiles.
Lo único hábil en la universidad parecían los días.
Terminé mi maestría en septiembre y la sustenté en julio del año siguiente.
Absurdo.
La sustentación tuvo su historia particular.
Y luego los papeles: declaración jurada de antecedentes penales, declaración jurada de antecedentes policiales, declaración jurada de no adeudar libros en la biblioteca de la universidad, declaración jurada de ser arequipeño, de no tener piojos, ni liendres, ni caries, ni oxiuros, ni ladillas. Formato número 314 original para trámite de licencia de permiso de consulta de formato 314. Hijos de puta.
Luego, las reuniones cada vez menos elegantes: sesión oficial de reconocimiento de egresados, sesión especial de entrega de certificados modulares, sesión de reconocimiento de nivel de idioma extranjero, sesión espacial de colocación de nombre a la promoción de maestría y sesión peninsular a efecto de dar las palabras de agradecimiento y las notas sin hacerlas públicas para no incomodar a los clientes… digo, a los estudiantes.
En octubre me dijeron que ya podía recoger mi certificado. Fui en buzo.
* * * * *
3
No era que los neones generaran una cantidad de luz enorme, era que la negrura de la que estaba hecho el aire en esa habitación era de brea, era material, pesaba.
Cuando se encendió la luz en aquel sótano fue como si les explotara una bomba atómica en las narices a los académicos. Primero fruncieron los párpados con toda la fuerza de sus caras y de inmediato voltearon sus cabezas hacia el lado de sombra. Se oyó una puerta metálica chirrear y luego estrellarse al cerrar. Luego pasos en una escalinata que se hizo eterna. Cada paso hacía más eco mientras iba avanzando hacia abajo. Mamerto pudo observar que el cuartucho donde les tenían no era más grande que el baño de la oficina de su jefe.
Pero nadie apareció y aquella ausencia fue más aterradora que cualquier presencia.
En ese momento, pasado el susto, se dieron cuenta que efectivamente los tres estaban completamente desnudos y atados con cinta a una rejilla gruesa y lisa anclada a la pared con solo su medalla académica colgándoles del cuello. Sintieron una mezcla de pudor y asco. Durante unos segundos permanecieron inmóviles, intentando comprender si el sonido de aquellos pasos había sido real o una nueva forma de tortura elaborada por alguien que parecía conocer con exactitud la naturaleza del miedo humano.
El vicerrector Greg Alce levantó la cabeza con dificultad. La cinta que sujetaba sus muñecas parecía haber adquirido una voluntad propia, como si aquel material plástico hubiera dejado de ser un objeto y se hubiera convertido en una extensión cruel de la habitación.
—¿Quién está ahí? —preguntó intentando recuperar la autoridad que su voz había tenido durante años en oficinas, reuniones y ceremonias—. Exijo que se identifique inmediatamente.
Nadie respondió.
El silencio que siguió no fue un silencio vacío. Fue un silencio organizado. Un silencio preparado.
Entonces una pared ubicada frente a ellos emitió una tenue vibración. Los tres hombres observaron cómo una superficie que hasta ese momento parecía de concreto comenzó a iluminarse lentamente. Empezaron a aparecer documentos y una distorsionada y obscura voz en off que explicaba el origen, el contenido y quién había firmado cada papel. Primero un correo electrónico del doctor Mamerto exponiendo pestes al vicerrector sobre un profesor que le caía mal.
Después una resolución del área de Águila negando la contratación a un profesor adjuntando el voucher de coima que le había pagado otro profesor.
Y así, cientos.
Los tres observaron cómo aquella pared se transformaba en una especie de archivo infinito donde las hojas aparecían y desaparecían como recuerdos que alguien hubiese arrancado desde una memoria demasiado antigua hasta la actualidad de sus infamias.
El doctor Mamerto Mendoza entrecerró los ojos.
—Esto es absurdo.
Su voz todavía intentaba conservar la dignidad de quien estaba acostumbrado a juzgar y no a ser juzgado.
—Una manipulación barata —continuó—. Una especie de montaje sin valor probatorio.
Pero la pared no parecía interesada en sus opiniones. La pared continuó hablando.
Apareció entonces el primer expediente.
No tenía título, ni autor; solamente una fecha y una serie de observaciones.
El magíster Gonzalo Águila acercó cuanto pudo la mirada.
—¿Qué es eso?
Nadie respondió.
La imagen cambió. Aparecieron fragmentos de textos, párrafos idénticos, ideas repetidas, frases tomadas de otros trabajos y presentadas como descubrimientos propios.
El rostro de Águila comenzó a cambiar.
No entendía lo que veía, pero lo reconocía.
—Eso no significa nada —dijo rápidamente—. Todos utilizamos referencias.
El vicerrector giró la cabeza hacia él.
—Cállese, magíster.
Fue una orden automática, una frase nacida de años de costumbre.
La pared cambió nuevamente.
Ahora aparecían correos electrónicos, solicitudes, reclamos, mensajes de estudiantes.
Palabras que durante años habían sido archivadas bajo categorías administrativas aparecían ahora iluminadas como pruebas de una historia que ellos habían preferido olvidar.
"Su observación no corresponde al tema de investigación."
"Debe reformular completamente su trabajo."
"El jurado solicita nuevos cambios."
"Se recomienda ampliar la bibliografía."
Frases pequeñas, aparentemente inocentes. Frases que, repetidas cientos de veces sobre cientos de estudiantes, podían convertirse en una forma lenta de violencia.
El doctor Mamerto Mendoza observó los documentos con creciente molestia.
—Esto es ridículo.
Su respiración comenzó a acelerarse.
—Pretenden juzgarnos por nuestro trabajo académico.
Y por primera vez desde que había despertado en aquel lugar, una palabra pareció atravesar la habitación como un golpe.
—Juzgarnos, gritó la endurecida voz en off.
El eco de esa palabra quedó suspendido. Esa era precisamente la naturaleza del castigo. No estaban siendo castigados por no saber.
Estaban siendo castigados por haber creído que lo sabían todo.
La pared mostró entonces un video.
Una ceremonia universitaria, tres hombres sonrientes, trajes impecables, medallas brillantes, manos estrechadas, discursos, aplausos.
Los tres reconocieron aquella imagen, era una fotografía institucional, la fotografía que aparecía en los informes oficiales, la fotografía que resumía años de prestigio. Pero debajo de ella apareció una frase:
"Lo que una institución recuerda de sus autoridades rara vez coincide con lo que sus estudiantes recuerdan de ellas."
Greg Alce dejó escapar una risa nerviosa.
—Esto es una estupidez.
Nadie contestó.
—¿Me escucharon? —insistió—. Esto es una estupidez.
Pero su propia voz comenzó a traicionarlo, por primera vez no hablaba para convencer a otros, hablaba para convencerse a sí mismo. El doctor Mamerto observó al vicerrector. Una pequeña grieta apareció en la lealtad que durante años había mantenido unidos a aquellos hombres.
—Usted debería explicar algunas cosas, señor vicerrector.
Greg Alce giró lentamente.
—¿Qué acaba de decir, doctor Mendoza?
—Dije que quizá algunas de esas imágenes tienen relación con decisiones administrativas que usted tomó a solas.
El rostro de Alce perdió la calma.
—Cuide sus palabras, doctor Mendoza.
—Yo solamente digo que algunas decisiones no las tomábamos nosotros.
El magíster Águila permanecía en silencio, lloriqueando, pero la pared ya había comenzado a mostrar su nombre y entonces comprendieron la verdadera dimensión de aquella habitación.
Estaban allí para permanecer vivos el tiempo suficiente para observar la destrucción completa de aquello que habían construido con más cuidado durante sus vidas: su reputación, su autoridad, su nombre.
Y en aquella pequeña habitación iluminada por luces blancas, bajo la mirada impasible de documentos que parecían tener memoria propia, los tres hombres comenzaron a descubrir que hay condenas mucho más largas que una cadena perpetua o que la muerte misma.
* * * * *
4
La sustentación ocurrió en un mediodía soleado, de esos que parecen no tener nada especial, pero que después uno recuerda con una precisión absurda. Me acuerdo del ruido de las sillas, la falta de aire acondicionado y de esa sensación incómoda de estar frente a tres personas que supuestamente estaban ahí para evaluar un trabajo académico, pero que en realidad no tenían idea de nada. Porque esa era la cosa. Uno llega a una sustentación pensando que va a defender una investigación.
Mentira.
Uno llega a defender meses, años incluso, de vida. Porque una tesis no es solamente un documento. Eso es lo que algunos doctores parecen olvidar. Una tesis es levantarse cuando uno está cansado, leer cuando ya no quiere leer, corregir cuando ya está harto de corregir, volver a escribir una página que demoró días en hacerse porque alguien decidió que la palabra elegida no era la adecuada.
Una tesis es tiempo.
Y el tiempo, aunque parezca una cosa abstracta, es en realidad, lo único tangible que tenemos en este mundo. Y tenemos solo una pizca. La pizca de una pizca.
La cosa es que ya había pasado por todo el proceso: proyecto, observaciones inútiles, cambios idiotas, 3% de similitud y la puta revisión de inteligencia artificial (IA) que la universidad no sabía cómo hacer y por eso les rebotaba con 40%.
Era bien sencillo. Si le hubiesen dado el usuario y la contraseña correcta para utilizar el Turnitin a mi asesora de tesis nunca hubiera rebotado porque nunca habríamos enviado una versión con 40% de IA sino que nos habría saltado en el sistema y habría tenido que aplastarle el lenguaje antes y así, probar, hasta que el sistema nos dijera que el documento tenía un porcentaje indeterminado de IA (como todo en Turnitin por debajo de 20% para evitar falsos positivos).
Pero no.
No les dio la gana o fueron suficientemente incapaces de darle sus accesos a mi asesora y por eso tuve que mandar mi tesis sin revisión de % de IA.
Ahora, tener el cuajo de preguntarme en público si tenía algún comentario sobre el retraso en la aprobación de mi tesis porque excedía el porcentaje permitido de IA, fue una conchudez descomunal del hijo de perra de Mamerto.
Primero, por la falta de acceso al sistema que ya mencioné, segundo, porque el fabricante del sistema advierte que los análisis que puede producir son de naturaleza medianamente eficiente:
“Nuestra evaluación de escritura con IA puede no ser siempre precisa (es decir, nuestros modelos de IA pueden producir resultados falsos positivos o falsos negativos), por lo que no debe utilizarse como la única base para tomar medidas adversas contra un estudiante”
Además, la plataforma enfatiza que el informe es solo un indicador que requiere una revisión exhaustiva y el criterio humano de la institución educativa.
Bueno, se cagaron en esto.
Y tercero, la herramienta Turnitin indica claramente que puede identificar contenido de IA en textos de entre 300 a 30 mil palabras.
Mi tesis tenía casi 300 mil palabras.
Y Turnitin no tiene fórmula oficial para promediar resultados por partes.
¡No se puede!
¡Pero manan!
Ahí está la universidad, ¡para joder sí somos los mejores!
Llegué a la sustentación tranquilo.
No confiado.
Tranquilo, que es diferente, porque uno sabe cuándo ha hecho las cosas bien.
Yo sabía lo que había investigado, sabía de dónde salía cada idea, sabía por qué había tomado cada decisión metodológica.
No necesitaba que nadie me regalara nada.
Solamente esperaba que me evaluaran con justicia, eso era todo.
Pero ahí estaba Mamerto Mendoza, cara de niño con alma de Dorian Gray, la señora Águila dispuesta para todo lo que pida y mande el señor siempre que tenga grado doctoral o más y presidía la mesa un anciano con peinado de La Tongolele que parecía divertirse con manotear un portaminas, lo cual me hizo pensar en el circo.
¿En qué circo? En cualquier circo donde hay una mujer barbuda mal geniada, el payaso tonto y triste y el anciano travesti con un IQ de 26. Expuse en 30 minutos.
¡Y empezó la función!
Primero me soltaron al jurado más fácil, Águila hizo siete preguntas, habló por todo lo que no lo dejaban hablar en su casa. Huevo.
Luego Alce se sobajeo con mi tesis y luego la untó con toda su vanidad intelectual de amistades norteamericanas y vivencias parisinas. Casi ni hablé.
Finalmente, me soltaron a Mamerto.
Mamerto no quería demostrar que yo tenía o carecía de argumentos en mi tesis, Mamerto me quería atacar directamente a mí. Era personal para él.
Había convertido mi respuesta por correo de hace meses, donde le decía que era lo que no iba a cambiar en mi tesis porque era correcto, en la razón para verme como un enemigo y tratar de desprestigiarme. Por eso hizo la pregunta sobre el Turnitin y la IA.
No feliz con eso, cometió el peor error de su vida.
—Señor Rivera, quisiera hacer una consulta respecto a la elaboración intelectual de este documento.
Esa frase.
Esa maldita frase no fue una pregunta.
Fue una acusación disfrazada de pregunta.
—Mi preocupación, señor Rivera, es determinar si usted es realmente el autor del trabajo presentado. Usted, ¿realmente es el autor de esta investigación? ¿realmente escribió esta tesis?
Ahí pasó algo.
No afuera.
Adentro.
Porque uno puede recibir una crítica.
Uno puede aceptar que alguien diga que una metodología está mal planteada, que una hipótesis debe reformularse, que una conclusión necesita mayor sustento. Todo eso forma parte del proceso.
Pero que alguien sugiera que todo lo que uno hizo no es suyo... es bien diferente.
Eso toca otro lugar.
Yo seguí respondiendo.
Porque todavía estaba ahí Javier Rivera, el que había aprendido a soportar.
El que había aprendido a quedarse callado cuando alguien con un cargo superior decía una barbaridad.
El que pensaba: "ya pasará".
Pero algo comenzó a moverse, era una incomodidad pequeña, una molestia, una especie de ruido interno. Una mezcla de emociones cercanas a la ira se hizo de mí, o eso era lo que yo creía, pero la emoción gravitacional del centro no era ira, era otra cosa más ensordecedora.
Algo entre el orden y el caos.
Al final todos dicen "muchas gracias", todos se estrechan la mano, todos mantienen la educación.
Pero algunas cosas no desaparecen porque alguien diga "muchas gracias".
Ese día salí de ahí con mi aprobación unánime, mi nuevo grado académico, con todo lo que supuestamente había ido a buscar.
Pero también salí con otra cosa.
Algo que no tenía nombre todavía.
Durante mucho tiempo pensé que lo peor había sido la burocracia, los trámites infinitos, los formatos innombrables, las esperas salvajes, los días perdidos.
Me equivoqué.
Lo peor fue descubrir que después de todo ese camino todavía había alguien capaz de mirar todo ese esfuerzo y reducirlo a una sospecha, una duda, una insinuación.
"No sabemos si usted es realmente el autor del trabajo presentado."
Era increíble cómo unas pocas palabras podían contener tanta soberbia.
Como si yo mismo fuera una copia.
Esa noche, antes de dormir, ocurrió algo extraño. No sentí ganas de discutir contra la pared del baño, como es mi costumbre, para decir todo aquello que no pude decir en su momento, no sentí ganas de demostrar nada, no sentí siquiera ganas de reclamar.
Sentí algo peor.
Sentí tranquilidad, una tranquilidad rara, una tranquilidad que no había sentido jamás. Por primera vez dejé de pensar en convencerlos y empecé a pensar en entenderlos.
Entender por qué hombres como ellos podían hacer daño sin sentir que hacían daño, entender cómo alguien podía destruir la confianza de otro mientras mantenía una sonrisa amable, entender cómo funcionaba ese mundo donde los títulos pesaban más que las personas.
Y mientras más pensaba, menos extraño me parecía todo.
Porque ellos no eran monstruos, eso habría sido demasiado sencillo.
Los monstruos uno aprende a reconocerlos.
Ellos eran algo más peligroso, eran hombres promedio con diploma.
Hombres con cargos, oficinas y reconocimientos.
Hombres que podían decir palabras crueles utilizando siempre el tono correcto.
Y ahí fue cuando sentí que algo dentro de mí había cambiado.
No sé explicar exactamente qué fue.
No fue odio.
El odio es una emoción demasiado caliente, demasiado rápida.
Lo que apareció dentro de mí era otra cosa.
Algo más frío y paciente.
Como si una parte de mi mente hubiera dejado de pedir justicia y hubiera empezado a imaginar equilibrio.
Esa noche comprendí que algunas personas pasan toda la vida creyendo que nunca tendrán que responder por sus actos.
Y quizá ese es el error más grande que puede cometer alguien.
Creer que todo termina cuando cierran una puerta, creer que todo desaparece cuando archivan un documento, creer que una humillación queda olvidada porque la persona humillada se queda callada.
Yo también pensé durante mucho tiempo que me había quedado callado.
Pero estaba equivocado.
No había estado callado.
Había estado aprendiendo.
* * * * *
5
Durante algunos segundos, ninguno de los tres hombres pudo hablar.
Javier Rivera se presentó delante de ellos con una sonrisa sutil en la cara y una Smith & Wesson Modelo 642 en la mano derecha.
Los académicos estaban congelados, ateridos, completamente incrédulos de lo que sus ojos les anunciaban, no habían visto a este sujeto hacía dos años.
En ese preciso instante se hizo la obscuridad absoluta, propia de esa sala, y se marcó en el aire el haz de luz que salía del proyector que estaba sobre las cabezas de los detenidos. El video que empezó en ese momento daba cuenta del ojo del magíster Águila acomodando la cámara encendida en un rincón de la oficina del vicerrector Alce.
Ambos hombres empezaron a gritar:
—No, por favor, no lo hagas. No pongas eso por favor, te lo suplico, gritaba Alce fuera de sí.
—Por favor por favor por favor, sollozaba Águila con la cara llena de lágrimas y mocos.
—¿Por qué no?, soltó Rivera. Siempre estamos buscando la verdad, ¿no?, dijo sin cambiar de sonrisa.
—¿De dónde sacaste eso?, dijo Mendoza rechinando rabias.
La escena que captaba la cámara era el sofá completo de la oficina del vicerrector Greg Alce. En poco tiempo apareció una joven llorosa, presa de la desolación. Águila la hace pasar a la oficina y le dice que espere. Pasan un par de minutos donde se ve a la muchacha llorar mientras ve un documento en su mano temblorosa. Entra en la sala rápidamente el coordinador de extensión profesional de la universidad, el doctor José Luis Tones Villena, Pepe Tones, para los amigos.
Él la toma del brazo y la jalonea, la golpea con toda la mano abierta en la cara.
Le grita que se calme, que se vaya poniendo gatita que sino la cosa no se resuelve y va a tener que dejar la universidad por un punto.
Entra Alce rápidamente en la toma y sin mediar comentario alguno, se baja los pantalones y se sienta en el sofá.
Se ve que la muchacha se pone de pie y luego de rodillas, acomodando su pelo para que no se le enrede en los labios a la hora de chupar.
En ese momento, donde ya se sabe lo que sigue en el video, se vuelven a encender los neones y Javier Rivera da la vuelta para mirar a sus académicos con la sonrisa más grande que su rostro puede sostener, una sonrisa de satisfacción que probaba su punto del equilibrio. El video se seguía reproduciendo tras él.
Mira al magíster Águila y le pega un tiro en la cara con la 642.
—Por alcahuete y chupapinga, te moriste, magíster Águila, dice Rivera.
Voltea sesenta grados a la derecha, pasa el revólver frente a la cara de Mendoza y apunta al vicerrector Alce que está rogando a gritos y le mete dos balas, una en cada pierna.
Los gritos de Alce son aterradores e inhumanos.
—¡Hijo de puta!, gritaba babeando y escupiendo, ¡Hijo de puta!
—Tú sí te mereces sufrir un buen rato antes de morir, cabrón. Mira que encontré lo de las coimas para aprobar, las contrataciones a dedo, los bonos institucionales que te pagaste por logro de metas que no conseguiste; pero armar un chonguito en tu oficina para violar a las chibolas que iban a tener que dejar la universidad o que iban a perder su beca porque tú querías, eso sí no lo vi venir.
Volteó al centro de los dos hombres, donde estaba el doctor Mamerto Mendoza. La sonrisa de Javier Rivera se volvió una mueca sarcástica. Se acuclilló frente a Mamerto y le dijo mientras oscilaba la boca del arma frente a su cara.
—Has sido un niño malo, Mamerto; dijo Rivera sonriendo y jugando con la pistola.
El tipo agachó la cabeza.
—¿Sabes dónde encontré el usb con este y otras decenas de videos parecidos? ¿Sabes quién los tenía bien escondiditos en su casa? Por eso no podían tocarte, ¿no? ¿Por eso te hacían caso en todo? Eres una buena mierda. Buena mierda, para qué. ¿Sabes lo que le pasa a un cuerpo vivo cuando se lo deja para que se muera al costado de un muerto y un desangrado? Escucha. Yo te cuento. Javier Rivera se levantó y explicó como en una sustentación magistral. Las primeras 24 a 48 horas vas a sentir olor a heces y orina debido al relajamiento de los esfínteres, a partir del día tres comienza la emisión masiva de compuestos orgánicos volátiles resultantes de la putrefacción (putrescina, cadaverina, sulfuro de hidrógeno, metano y escatol). El olor en un espacio cerrado y ventilación limitada (como este) se vuelve extremadamente denso, penetrante y nauseabundo. Produce tos, arcadas incontrolables, vómitos y dificultad para respirar de forma profunda. El mismo día 3 está también la experiencia visual: observarás en tiempo real la pérdida de color en la piel, el cambio a tonos verdes y negruzcos, la hinchazón masiva por gases (fase enfisematosa) que deforma las facciones de los cadáveres, el purgado de fluidos oscuros por boca y nariz, y el posterior colapso o "desinflado" de los cuerpos. Al estar atado e inmóvil, no podrás apartar la mirada ni cambiar de posición para evitar el contacto visual directo con la degradación de tus compañeros y además la falta de agua te empezará a pasar factura. No te preocupes, no vives más de cinco a siete días sin agua. Digamos que vivirás lo suficiente para morir de asco, como yo morí de asco contigo. ¿Recuerdas? Bueno, no me interrumpas, también empezarás a oír cosas: en el silencio del sótano, escucharás los ruidos propios de la descomposición; el escape gradual de gases atrapados en los cuerpos por la presión abdominal, el goteo de los fluidos corporales al filtrarse hacia el suelo y los sonidos del ablandamiento de los tejidos. Lindo, ¿No? Para ese entonces las moscas de la carne ya habrán llenado la descomposición de tus amigos de huevos y luego larvas. ¡Señor doctor Mamerto Mendoza!, gritó Rivera. ¿Sabe a qué distancia distingue putrefacción una mosca de la carne? No sabe. Dos kilómetros. Esto se va a llenar de moscas enormes, panzonas y de ojos verdes. Después, aunque haya ventilación básica, la concentración de gases como el sulfuro de hidrógeno y el metano en un espacio reducido le producirán irritación ocular, ardor en las vías respiratorias, mareos y dolor de cabeza constante. Los vómitos recurrentes provocados por el asco acelerarán dramáticamente su propia deshidratación, la acumulación de fluidos cadavéricos en el suelo del sótano y la proliferación bacteriana crean un foco de infección grave. La imposibilidad de moverse ni escapar convertirá la situación en una tortura psicológica extrema. La mente entrará en un estado de sobreatención permanente, hipervigilancia y ataques de pánico reiterados. Entre la deshidratación, la privación de sueño por el olor/estrés y la sobrecarga sensorial de ver a sus compañeros descomponerse, comenzará a experimentar alucinaciones visuales y auditivas, episodios de disociación severa y brotes psicóticos o estupefactos antes de perder la conciencia. Ver el proceso exacto de muerte y putrefacción en las dos personas a su lado le ofrecerá un reflejo directo y explícito de lo que le ocurrirá a su propio cuerpo en cuestión de días u horas, eliminando cualquier margen de negación psicológica. Esto quiere decir que, si en cuatro días no te has muerto por falta de agua, desearás con toda tu alma estar muerto, dijo Rivera mientras le dio dos palmaditas en la cabeza al doctor Mendoza y procedió a retirar la medalla académica del cuello de Alce (que se retorcía de dolor) y ponerla en una bolsa de basura, hizo lo mismo con la medalla del muerto y antes de poder quitarle su medalla a Mendoza, este regañó:
—No te atrevas.
—Si no, ¿qué?, ¿me vas a acusar con la policía?, ¿con las autoridades académicas de la universidad?, ¿con quién? Este video y todos los documentos llegarán a manos de la policía, no te preocupes. Así sabrán que hacer con todos los demás que participaron en esto. Es decir, después de perder la vida, perderás el nombre. Ningún título académico se salva al pender del cuello de “los sinnombre”.
Mendoza era un tipo tirado entre un moribundo y un muerto y empezó a sentir un vértigo que le ardía en la boca del estómago.
Javier Rivera se fue lentamente con la misma sonrisa de cuando entró, pero más liberado, descargado; diría yo.
Tras sus pasos por las escaleras se escuchaban puertas cerrándose, muchas puertas sonaron. Las luces de neón siguieron encendidas y las fotos y videos siguieron su ritmo en la pared, se veían y se escuchaban perfectamente.
"Lo que una institución recuerda de sus autoridades rara vez coincide con lo que sus estudiantes recuerdan de ellas."
Mamerto, recordó ese dicho y al padre de familia con la hija violada que había ido al festejo de Navidad de la universidad solo para hacerle la denuncia. Pero si dejaba caer a su vicerrector y a él mismo como cómplice silente, ¿qué quedaría de la universidad?, ¿de tantos otros muchachos que dependían de ella? No podía permitirlo, había un bien más grande que cuidar, según él.
Mamerto Mendoza, ya sin su medalla de doctor, tuvo la mala suerte de vivir 5 días más.
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Dictamen final
Esto se va a llenar de moscas enormes, panzonas y de ojos verdes. Después, aunque haya ventilación básica, la concentración de gases como el sulfuro de hidrógeno y el metano en un espacio reducido le producirán irritación ocular, ardor en las vías respiratorias, mareos y dolor de cabeza constante. Los vómitos recurrentes provocados por el asco acelerarán dramáticamente su propia deshidratación...
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