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Tallerista - Grupo online

El asalto

Daria abrió la máquina registradora y sacó unos cuantos billetes. Luego, metió la mano, y sacó un puñado de monedas que dejó caer lentamente sobre la mesa. Estas se chorrearon haciendo un fuerte sonido metálico, algunas se cayeron de la mesa y rodaron por toda la tienda.

Santiago Ruiz 17 min de lectura
En una noche tranquila, una chica pasaba su turno nocturno aburrida detrás de la caja registradora. Trabajaba en un grifo viejo en medio de la carretera. Una moto se estacionó al frente y de ella, se bajó un hombre de no más de 25 años, castaño con rulos y un pequeño tatuaje de una serpiente en su brazo derecho. —Ok, ok. Esto será rápido —se dijo así mismo—. No hay cámaras y es solo una chica. Se puso a saltar frente a la entrada de la tienda para entrar en calor. En su pantalón llevaba una pistola oculta. Estaba a punto de entrar, pero se detuvo. —Vamos, de seguro le pagan una miseria. Además, el jefe la debe tratar hasta el culo. Si lo piensas, estás haciendo un bien. Aunque no se veía convencido, entró al grifo. La chica de caja ni siquiera le saludó. Su piel era morena, tenía cabello castaño lacio y unos lentes grandes como lupas. Ella solo miraba su celular, no se veía entretenida. El chico se dirigió hacia la caja. El camino de menos de dos metros se sintió eterno. Sus pasos empezaron a acortarse. Podía sentir el relieve del piso a detalle, se palpaba mojado y pegajoso, en cada pie respectivamente. Cuando estaba a un paso de la caja, se desvió y se movió a ver los estantes. “Tiene que parecer como que voy a comprar algo. Además, debo asegurarme que no haya cámaras, no vi cuando vine por la mañana” pensó él. Su búsqueda concluyó rápido, no había nada. Aun así, entró al baño sin consultarle a la chica. El lugar estaba sucio, parecía que nunca lo habían limpiado. No había jabón y el caño estaba cubierto de óxido. Asimismo, el inodoro carecía de la tapa para sentarse. El hedor a podrido proveniente del caño se mezclaba con la esencia de las heces del inodoro junto a una pizca de desodorizador de fresa. —No quiero imaginar cómo hará esa chica para mear aquí —se dijo con asco. Vio su reflejo en un espejo agrietado bañado con gotas de suciedad. Le pasó un poco de agua para limpiarlo, se miró a sí mismo y se dijo. —Nadie saldrá herido. Tú necesitas más ese dinero. Sacó el arma de su pantalón. —Mira, le pondré el seguro y todo saldrá bien. Él podía sentir su corazón latir, lo escuchaba retumbar en sus oídos. —Cálmate, no pasará nada. Se dijo mientras veía el arma a través del reflejo. Era la primera vez que notaba lo pesada y fría que era. Puso el seguro y… —Señor tiene que comprar algo si va a usar el baño —una voz le dijo detrás de la puerta. —¡Ah, la puta madre! —exclamó y soltó el arma. La pistola cayó en el lavatorio y el hombre se quedó congelado mirándola. —Por suerte tenía el seguro —suspiró. Observó de nuevo su figura en el espejo. Su rostro se encontraba en medio de la rajadura, dando una imagen fragmentada de toda su cabeza. El hombre recogió el arma y se la colocó de nuevo en el pantalón. —Sí, claro, ahora compro algo —le respondió a la voz. —Bueno, solo le aviso que no hay papel —contestó y se alejó. Se golpeó los cachetes para despertarse. —Es hora. Salió del baño intentando disimular. Pasó una última vez por los estantes y cogió algo sin pensar. Se dirigió hacia la caja registradora. La chica tenía una expresión sosa, no mostraba el más mínimo interés en nada, parecía disociada de la realidad. El hombre se acercó y puso lo que agarró sobre la mesa de caja. La muchacha tomó el objeto y dijo: —Papitas sabor a menta… Me sorprende que alguien realmente coma esa cosa. —¿Qué? Ay no, que asco —contestó confundido—. ¡No, espera! Solo la escogí porque me dijiste frente al baño que debía comprar algo. —Señor, yo no me he acercado al baño. —Pero, alguien me habló… —Antes trabajaba aquí una chica a la que no le gustaba que los clientes usaran el baño. Murió como hace un mes durante su turno. El hombre se volteó lentamente para ver hacia el baño. Notó por primera vez la poca luz que alumbraba la puerta. Se encontraba entreabierta y se balanceaba poco a poco unos milímetros, dejando observar el oscuro interior. Sentía que algo lo miraba desde allí. Unas gotas de sudor bajaron despacio por su frente. —¿De-de verdad? —le preguntó el hombre volviendo a verla. —... —... —No, solo se mudó a otro país —dijo sin cambiar su expresión—. Disculpe, es que estos turnos nocturnos son largos y pues una se aburre. La respiración del hombre se aceleró. Su credulidad lo hizo sentir como un tonto. Inspiró profundamente para recuperar la compostura. —Eso no importa, necesito algo —él le dijo mientras intentaba recuperar una posición de autoridad. —Buenas noches… —¿Cómo? —Le saludo, por educación, es lo mínimo al pedir algo —ella le contestó. —Buenas noches —se fijó en su carnet de identificación—, Daria, quiero que… —Buenas noches. —... —... —…como decía —continuó el hombre—. Dame las papas y… —¿Una gaseosa? —No quiero una gaseosa. —Vienen en combo. —No-no me importa el combo. —Sale más barato y… —Dame todo el dinero que tengas, esto es un asalto —la interrumpió bruscamente. Daria se quedó callada un segundo y respondió: —¿Todo el dinero en la caja registradora o en mi billetera? —En la caja registradora, no quiero tus cosas. —¿También el de la caja fuerte? —¿La caja fuerte? Sí, sí, también dame de ese. —Porque no tengo la llave. El hombre se quedó en silencio unos segundos. —¿¡ENTONCES POR QUÉ ME PREGUNTAS!? —gritó desesperado. Sin embargo, la chica se mantuvo inexpresiva. —Para que supieras y no te molestes cuando solo te lleves unos 150 soles. —No me importa —le apuntó con el arma—. Estoy harto de tus juegos, vas a darme el dinero y tu celular también. —Pensé que no querías mis cosas. —Me vas a obedecer o te dispararé hasta que… parezcas un queso. —Pero soy intolerante a la lact… —¡PERRA, CÁLLATE Y DAME LO QUE TE DIGO! —Está bien, está bien. Daria abrió la máquina registradora y sacó unos cuantos billetes. Luego, metió la mano, y sacó un puñado de monedas que dejó caer lentamente sobre la mesa. Estas se chorrearon haciendo un fuerte sonido metálico, algunas se cayeron de la mesa y rodaron por toda la tienda. El hombre no dijo nada. Se quedó mirando cómo la miseria de sencillo se derramaba. —Ponlas todas dentro de una bolsa y no te hagas la graciosa. La chica agarró una bolsa de plástico y la empezó a llenar. Al final, la pequeña bolsa terminó casi completamente llena con las monedas, unos billetes y el celular de ella. —Muy bien —dijo el hombre aliviado— ¿Alguna otra pregunta? —Sí, ¿cómo te llamas? —Erick, ¿por q-COÑOOOO! —respondió automáticamente sin darse cuenta. Dejó salir un grito de frustración y golpeó la mesa de la caja. Volvió a sentir su corazón palpitar, se puso como un tren. Un dato vital y se le escapó. Su mente entró en un espiral de pensamientos. “¡Carajoooo!” —gritó en su mente. Erick se había quedado inmóvil, tenía la cabeza inclinada mirando a la mesa. —¿Señor? “¡MIERDA! ¡¿Y AHORA QUÉ HAGO?! Ahora me van a encontrar, me encerrarán para siempre. ¿Me tendré que unir a una banda? ¿Intentarán violarme? ¿No volveré a ver la luz del día?”. —Señooor —le dijo Daría chasqueando los dedos frente a él. Erick no respondía. Su corazón parecía que saldría corriendo antes que él. Cada latido era un terremoto retumbando desde su pecho hasta sus dedos. Sentía como si tuviera un cuchillo atravesándole de oído a oído. Su cuello contraído lo jalaba como si intentara levantarlo. Unas náuseas intensas le ahorcaban la garganta, pero no le dejaban vomitar. Sus piernas temblaban y sentía una debilidad extenderse desde la espalda. Su espiración acelerada le había secado la boca y sus inspiraciones nasales con las justas inflaban su pecho. “Yo, yo…”. De repente, su ventilación fue interrumpida y su nariz sintió una presión intensa. —¡Ah! —retrocedió. Daria le había presionado la nariz para llamarle la atención. Erick la vio a la vez que recuperaba su aliento. Seguía igual de apática. No había ningún cambio, era como si se burlaba de él. “¿Acaso soy solo un chiste? ¿No me ve como una amenaza? Pero ya me dio el dinero. No lo habría hecho si no sintiera que está en peligro, ¿verdad?”. Se recuperó apoyándose sobre la mesa. Ya no aguantaba más, su paciencia estaba al límite. Le apuntó directamente a la cabeza a Daria. —¿Algún… comentario… más? —le cuestionó entre suspiros. Aunque levantó sus brazos, el rostro de ella permaneció. Su cara inexpresiva era inmutable. Erick sentía que su mirada le perforaba directamente al alma, viendo sus miedos. Lo miraba como si fuera una mísera hormiga. El del problema era él o ella, se preguntaba. “¿Cómo es que no reacciona? ¿Por qué soy yo el que se caga de miedo y no ella?”. La pistola empezó a temblar. La agarró con su otra mano para detenerla. —N-no dirás nada de lo que pasó aquí. ¿Me oíste? Daría continuaba con los brazos elevados. Lo chequeó de pies a cabeza. —Ok… pero, ¿qué le diré a los policías que acaban de estacionarse? —¡Qué! Erick se volteó inmediatamente. No vio ninguna patrulla afuera. Rotó la cabeza buscando a los policías. “¿Dónde? ¡¿Dónde?! ¡Donde!”. Sus manos estaban cubiertas de sudor. Su corazón se aceleraba cada vez más y más. Revisaba cada rincón con la mirada y volvía a hacerlo una y otra vez. Ya no confiaba en lo que veía, pensaba que simplemente algo le fallaba. Desesperado, se volteó para ver de nuevo a la cajera. No obstante, no había nadie. —¡¿Qué?! ¡¿Dónde está?! ¿Acaso es el fantasma? ¡¿Estuve hablando solo todo este tiempo?! Percibió que el mundo se agitaba de arriba a abajo. Las piernas le temblaban y pudo sentir un líquido caliente fluir por sus pantalones. Un zumbido agudo cruzaba a través de sus oídos y todo su cuerpo se empezaba a enfriar. Las arcadas regresaron más fuertes que nunca. Su visión se volvió borrosa y todo se veía doble. Sentía que, si vomitaba, escupiría hasta su propio corazón. Finalmente, cuando la acidez de su estómago empezaba a rebalsar por su nariz, se desplomó. Daría salió debajo de la mesa después de unos segundos de silencio y se acercó a Erick. —Ok… no me esperaba eso, yo solo bromeaba con lo de los policías —tocó el cuerpo con la punta de su zapato—. ¿Cómo era su nombre? Eee…Elías, ¿estás bien? Erick no se movía, no respondía a los estímulos. —¿Debería llamar a la policía o una ambulancia? En ese momento, notó un líquido amarillo fluir de los pantalones de Erick. —Aj, no puede ser —exclamó con rechazo y asco—. No me pagan lo suficiente para esto. Tomó sus cosas y se marchó. Antes de irse le dijo: —Si te despiertas antes de que llegue la policía, te puedes quedar con el dinero.

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