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El día del comité
Su padre había sido sindicalista; lamentablemente fue uno de los fallecidos en la toma de Cromotex. No tenía recuerdos de él; no supo quién había sido su padre hasta varios años después, al encontrar recortes de periódico de la época guardados en un sobre manila que encontró por casualidad cuando buscaba una libreta de notas.
Alicia Torres
02 de diciembre de 2025
12 min de lectura
Todo inició cuando le encargaron liderar al equipo de compliance y auditoría interna; inicialmente lo tomó como un ascenso, sin mucha expectativa. Sabía que el anterior gerente se había ido a la competencia, por lo que necesitaban cubrir este puesto de manera rápida y, como ya tenía varios años, le asignaron esa tarea. Era una persona bastante tranquila, aproximadamente 1.80 m de alto, delgado; su ropa usualmente era de tonalidades azules combinadas con beige; su voz era grave y, además, bastante comunicativo. Tenía un trato sumamente cordial con todos y todas, a pesar de sonreír poco. Había sido un alumno destacado desde muy pequeño; de donde venía no tenía otra opción que estudiar o delinquir. Era lo que algunos consideran un caso de éxito, esos que confirman la excepción a la regla; inclusive pudo acceder a una beca universitaria gracias a un reconocido banco. Además, era huérfano de padre.
El miércoles 16 de octubre se presentaban, en comité, los resultados del tercer trimestre. Para ello, él había agendado una sesión de revisión el martes 15, antes de su presentación, ya que uno de los analistas, mientras revisaba los datos, encontró una inconsistencia en ciertos valores. Juntos revisaron los códigos del modelo de estimación de provisiones, pero aparentemente todo estaba correcto.
Su padre había sido sindicalista; lamentablemente fue uno de los fallecidos en la toma de Cromotex. No tenía recuerdos de él; no supo quién había sido su padre hasta varios años después, al encontrar recortes de periódico de la época guardados en un sobre manila que encontró por casualidad cuando buscaba una libreta de notas. Tampoco se hablaba mucho de él en casa, ya que su madre, al poco tiempo del fallecimiento, se casó y formó otra familia. Él fue criado por los abuelos y tíos en una casona del centro de Lima, precisamente las que están a espaldas del Congreso. Una infancia y un pasado que deseaba borrar, por lo que muchas veces creaba una historia que era una especie de collage de historias de amigos de la universidad, para esconder tal vez no de dónde venía, sino lo que realmente pensaba.
La noche del martes 15, al salir del trabajo, había algo en el modelo de datos que no coincidía; esa inconsistencia no le permitía estar tranquilo hasta la presentación del siguiente día, y se dijo a sí mismo que, de repente, debería cambiar el modelo, a pesar de que ello significara trabajar hasta inclusive la madrugada. Le escribió a su novia diciéndole que iba a estar concentrado trabajando.
—Yo había iniciado la programación de estos modelos, creo que fue cuando empezamos a formar el área, por lo que recuerdo la solución debiera de estar en el diccionario de datos, así que empecé a probar con distintos códigos. Después de dos horas, me hice un café y me senté en el balcón mirando al edificio en construcción frente a mí. Tenía un letrero de “obra paralizada por la municipalidad”; tal vez era por esas estructuras de concreto a medio construir, o los andamios que parecieran un riesgo para cualquiera. Inclusive había unas planchas de mármol gris o mayólica gris en un rincón. Recordé que hacía meses no había ido al cementerio; siempre que me llamaban prefería inventar alguna excusa. En esa época hacía todo para no reconocer el pasado, o al menos eso creía, aunque años después leyera informes periodísticos que me dieran otra visión. Hasta ese momento no lo había hecho. Recuerdo que esa noche, después del café, seguí programando, y lo que inicialmente parecía un código incorrecto era solo el inicio del fin.
Al día siguiente, como siempre, después de correr 5 km, regresé a mi casa, me duché y tomé un café amargo, una antesala a lo que sería mi día. Ya en el auto y en plena Vía Expresa, mientras escuchaba la Sonata en fa menor de Stravinsky, el auto que estaba delante de mí se detuvo intempestivamente, chocando la parte delantera del mío. El impacto fue fuerte; bajé del auto algo ofuscado y buscando en el celular el número de la compañía de seguros. Cuando alcé la mirada, vi que no era solo uno, sino tres autos delante del mío: era un triple choque.
La escena era terrible; si bien aparentemente no había heridos, tampoco quedaba claro qué había sucedido. El primer auto tenía aún las luces direccionales prendidas; al parecer, y de la nada, el conductor del primer auto se detuvo. Estaban hablándole, pero parecía que estaba congelado. Entre gritos de los conductores afectados llegaban la ambulancia, la policía de tránsito, el serenazgo, los motorizados de las compañías de seguros.
Me di cuenta de que esto no se solucionaría antes de la reunión del comité. Era todo tan extraño; más de 20 minutos y el conductor del primer auto aún no respondía ni salía del auto. Llamé al que era en ese entonces mi jefe, le expliqué el problema y le envié la presentación. Casi una hora después llegué al trabajo; apenas salí del ascensor, una de mis analistas me miró abriendo los ojos, como asustada. Creo que trató de decirme algo con un gesto, pero no le presté atención. Dejé el blazer en mi escritorio y fui directamente a la sala del comité; con suerte aún podía explicar mi presentación.
En la sala del comité, al conocer del accidente, cambiaron el orden de las presentaciones y se concentraron en revisar temas de control interno y de recursos humanos, dado el reciente robo a una agencia del banco y los últimos intentos de hackeo que habían sucedido en el último mes. Ya con ese ambiente algo tenso y con más culpables que responsables, entró él, como siempre, con un aspecto taimado y algo famélico, a pesar del choque de la mañana. Con voz profunda y una media sonrisa dijo “buenos días o tardes”, se sentó en la única silla libre, respiró hondo, mientras la vicepresidente de RR. HH. lo miraba con bastante disgusto y mirada juzgona. El vicepresidente de Control dijo: “Bueno, ahora pueden poner la última presentación; ya llegó José”.
Empecé explicando las nuevas variables incorporadas (códigos de ubigeo, detalle de partidas arancelarias, posición cambiaria, detalle de todas las cuentas del activo, posición de instrumentos de derivados, detalle de las cuentas del patrimonio…) en línea con los lineamientos de las próximas adaptaciones contables que vendrán realizando nuestros clientes categorizados según volumen de ventas y rubro; con lo que he detectado, tal como muestra este mapa de calor… cuando escuché una voz que me interrumpió: “Disculpa, eso es banca mayorista región norte”. Miré y era uno de los gerentes del área comercial. “Sí”, respondí. “¿Y cómo tú tienes ese detalle o puedes inferir lo que estás mostrando? Es un modelo probabilístico, pero no necesariamente es lo real”. —Después de esa mañana, lo que menos quería yo era confrontar a otra persona—. Asentí diciendo que podíamos revisar las variables en otra reunión y brindarle más detalle, pero el gerente de Riesgos interrumpió antes de que yo terminara de responder y dijo: “Lo que estás mostrando nos genera suspicacia; pareciera que estamos frente a un fraude masivo, ya que tantas empresas están acumulando activos corrientes y volumen de ventas, aunque no hayan aumentos de capital. ¿Estás seguro de ello?”.
Me sentí como un imbécil. Volví a la noche anterior, en la que efectivamente había revisado el modelo casi 30 veces y no había inconsistencias. Me quedé callado. Me miraron; hubo un silencio incómodo al que solo atiné a decir: “Es la información que envían y, entiendo yo, está auditada. Siempre pueden haber modelos que tengan fallas, pero este no es el caso”. En ese momento, no sé quién dijo, con voz incisiva: “¿Estás diciendo que estamos financiando fraudes?”. Respiré y dije: “No he expuesto eso, además ni siquiera había llegado a la mitad de la presentación”.
“Podemos revisar este modelo con otras áreas o con consultores externos, a fin de mitigar alguna posible auditoría”, hablaron de RR. HH., tratando de conciliar más. Mi jefe asintió con su rostro. Yo, después de ese día en el que había sufrido un choque, previo al shock del comité y que sí, pues, se estaban financiando actividades fraudulentas… no quería ni pensarlo o estaba en negación; negación que podría llevarme a cometer un delito de omisión. Hubiera preferido no estar ahí; claramente estábamos frente a una mafia interna y, por alguna especie del azar de la ciencia de datos, había sido detectada en mi modelo. Hubiera preferido no saberlo; esa exposición y ese estrés no eran lo que quería para mí. Inclusive, esos años había olvidado mis sueños y mis ganas de vivir, de vivir una vida que merezca ser vivida…
A pesar del absurdo de ese momento, mi actitud ante esta situación solo fue aceptarlo y no cambiarlo; no podía hacer nada al respecto. Al salir de la reunión, pasé a mi escritorio, miré al analista y al practicante; bajamos los tres. Ya en el estacionamiento, con mi auto algo rasguñado por el choque de la mañana, mientras les explicaba las implicancias de lo que se había discutido en el comité, los invité a almorzar. Un ceviche, pensé, pero ellos preferían makis; bueno, ni a ellos los podía convencer sobre qué almorzar. De pronto, en un semáforo mientras veíamos a una malabarista, volteé a verlos y les dije: “Los voy a sorprender”, sonriendo, pero la verdad es que solo se me ocurría ir a un buffet. Antes de llegar a La Bistecca, estacioné en el Olivar. Ya para ese momento habían comprendido que sus puestos y permanencia también estaban en peligro; lo supe por su entrecejo y expresión dura. Así que solo atiné a decir: “Son cosas que normalmente no suceden y que, cuando suceden, escapan de nuestro control”. Busqué una canción de Bob Marley, salí del auto y empecé a intentar bailar con el fondo de “Buffalo Soldier”. Sandra, la analista, salió después de mí; la siguió Fernando, el practicante. Al menos, solo por un instante, ese tiempo fue nuestro.
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