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El Kairos de Sebastián
Volvió a verla. Ya no como profesor, sino como confidente. Ella le contaba sus pensamientos, sus lecturas, sus sueños. Y un día, sin dramatismo, le confesó que estaba involucrada con un amigo: que se acostaban, aunque él no la oficializaba.
Gustavo Proleon
12 de enero de 2026
20 min de lectura
Hay historias que no se escriben, sino que se padecen. Yo fui testigo —y, de algún modo, cómplice— de una de ellas.
Durante años me negué a narrarla, temiendo que la ficción deshonrara su verdad.
Pero comprendí que lo ocurrido con Sebastián merecía no solo memoria, sino un lenguaje que lo sostuviera. Este texto es eso: mitad testimonio, mitad autopsia del alma. Hombres que se creen solo existen en los mitos o cuentos de hadas.
A veces pienso que Sebastián no nació en el tiempo correcto. No era un hombre del siglo XXI, sino un personaje desubicado en un siglo sin lirismo, un sobreviviente del romanticismo que aún creía que el bien debía triunfar, que el amor redimía, que la belleza salvaba.
Con el neuropsicólogo nos sentamos muchas tardes a ordenar sus escritos, sus notas, los borradores de aquel cuento que terminó siendo su epitafio. “No es sólo literatura”, me decía el doctor mientras giraba la hoja, “esto fue vivido. Hay una mente que se derrumba lentamente entre las líneas.”
Sebastián fue, en toda la extensión de la palabra, un hombre tranquilo. No buscaba destacar ni convencer. Su manera de estar en el mundo era silenciosa, casi inofensiva, como quien camina en un sueño que no desea interrumpir.
De niño creía ser un príncipe de Disney. Su madre, mujer fuerte y desconfiada, alimentaba esas fantasías como quien protege un cristal de las grietas del mundo.
“Hay personas malas afuera”, le decía. “Aquí estás seguro.” Y lo estaba, aunque esa seguridad se parecía más a una fortaleza que a un hogar.
El padre había desaparecido antes de su nacimiento. La madre, incapaz de soportar el abandono, inventó para él una historia más bella: que había muerto como héroe, salvando a otros en un accidente automovilistico.
Así creció Sebastián, dentro de un universo moralmente simétrico, donde el bien y el mal estaban ordenados, donde los héroes existían y el amor era promesa que era cumplida al justo.
El neuropsicólogo: “Fue educado dentro de una narrativa de vida cerrada. Su cerebro infantil en pleno desarrollo configuró un esquema de justicia perfecta. La frustración, para él, no era solo dolorosa: era incompatible con su esencia.”
En la casa había un cuarto vacío: el del abuelo muerto. Nadie entraba allí. Sebastián lo recordaba como un espacio suspendido, donde el tiempo no avanzaba. En un cajón dormía una pistola, la reliquia que su madre conservaba “por si el mundo se atrevía a tocar lo que amo” pensaría ella.
Esa arma, oculta bajo mantas viejas, se volvió un símbolo del límite entre la pureza y la violencia: el objeto que el niño sabía que existía, pero que nunca debía tocar. La vida de Sebastián fue, desde entonces, un intento de no contaminar su propio mito.
En la secundaria era reservado. No tenía enemigos, pero tampoco cómplices. Pasaba los recreos observando a los demás, con una ternura que lo mantenía aparte.
Un día, en clase de literatura, leyó —o más bien, lo leyó a él— un poema de Gustavo Adolfo Bécquer la Rima XI.
“Yo soy un sueño, un imposible…”
Aquellas palabras no eran metáfora, sino revelación, ¿sincronicidad?. La vida le decía a Sebastian entre líneas que su mundo perfecto y lo que quería construir a partir de ese mundo era un proyecto imposible, pero él no lo quiso entender así.
Así, desde entonces comenzó a memorizar los poemas como si fueran oraciones. “Yo también amaré lo imposible”, escribió en sus cuadernos. “Que sería de la vida si no lucháramos con fervor por los imposibles, algo insulso”
Su primer enamoramiento fue casto y torpe. Una chica de su clase, de sonrisa tímida y ojos claros. Era picara, amiguera, aventurera pero reflexiva a la vez, picara y reflexiva, conceptos que para Sebastian no eran compatibles de ser en una misma persona pero allí estaba ella.
Un día, tras mucho titubeo y encontrar las palabras perfectas, le escribió una carta, llena de metáforas que hoy parecerían ingenuas, pero que a él le nacían con facilidad. La muchacha respondió con cortesía: le agradeció sus palabras y le deseó “suerte en la vida”.
Dos semanas después, otro chico —Juan Diego, alto, bromista, ajeno a toda poesía— comenzó a salir con ella. Duraron cinco meses, hasta que él la engañó con una chica 2 años menor. Sebastián observó todo desde lejos, sin odio ni envidia, solo con la sensación de haber asistido a un eclipse moral.
“Ella no era la indicada”, me diría años después. “El kairos no había llegado.” Esa palabra, kairos, la aprendió en la universidad, y la adoptó como eje de su vida: el momento justo, el instante perfecto en que el destino se abre y el alma reconoce su lugar en el universo.
Ingresó a la carrera de Literatura convencido de que su existencia debía obedecer a un argumento superior. Leía a Dante con fervor místico. A veces lo encontraba subrayando pasajes de La Divina Comedia, como si buscara en ellos un mapa hacia su propio paraíso. Leía a Goethe, a Flaubert, a Sábato. Se identificaba con Werther, pero también con Emma Bovary: ambos condenados por la intensidad de lo que soñaban. A diferencia de otros compañeros, Sebastián no leía para acumular ideas, sino para transformarse. Yo cursaba Filosofía, y lo admiraba en silencio. El era único.
“Era un hiperesteta emocional —diría luego el neuropsicólogo—. Su sistema dopaminérgico se activaba ante la belleza como en otros lo hace ante la recompensa física. El arte suscitaba romanticismo platónico del mismo modo que el amor.”
Durante el cuarto año de universidad conoció a su primera Beatriz —una estudiante de enfermería—, en un encuentro breve que él interpretó como revelación.
Caminaba por el parque conmigo y otro amigo. Llevaba varios libros en las manos —Dostoievski, Rilke, un manual de estilística—, cuando una chica tropezó con él.
Los libros cayeron al suelo. Ella se inclinó rápidamente, los recogió y se los entregó con una sonrisa breve, casi celestial. “Perdón, fue mi culpa”, dijo. “Fue el kairos”, pensó para sí Sebastian. El instante perfecto. El romántico apenas alcanzó a responder su nombre.
Ella era estudiante de enfermería. Antes de irse, Beatriz agregó riendo: “En enfermería hay pocas chicas que se topen con un chico así. Algunas buscan, por si acaso.” Esa broma inocente se clavó en él como un presagio. Después me contaría que en ese instante —solo en ese— el tiempo se detuvo.
El aire, la luz, el ruido de la avenida: todo quedó suspendido. Los dos jóvenes comenzaron a cruzarse en los pasillos. A veces ella lo saludaba con una sonrisa distraída; otras, se detenía a conversar unos minutos.
Hablaban de cosas simples: la universidad, las películas, la vida. Una tarde, al despedirse, ella le tomó el brazo para guiarlo hacia la salida. Sebastián retrocedió instintivamente, como si lo hubieran tocado en el alma. Luego se arrepintió.
Esa misma noche me llamó para contarlo, culpándose por su torpeza. “Fue el kairos, y lo desperdicié.” Desde entonces comenzó a buscarla con una mezcla de fe y cautela. Se encontraban a veces en el parque. Ella hablaba de sus clases, de sus pacientes, del cansancio. Él la escuchaba como quien asiste a una música que no se atreve a interrumpir.
Era feliz así: viéndola, oyéndola, sin exigir nada. El amor hacia una chica, para Sebastián, no era una conquista hecha por un galán, sino una forma de devoción como de aquellos caballeros antiguos de los cuentos de caballería.
—¿Te imaginas? —me dijo una vez, casi susurrando—. Se llama Beatriz. ¿Cómo no creer en el destino?
Ella lo invitó a una pequeña reunión con amigas y compañeros. Sebastián fue conmigo y otros dos. La música era fuerte, había risas, vasos de cerveza, cuerpos que bailaban. Beatriz también bailaba. Un chico le tomó la cintura y ella, riendo de manera coqueta, no lo apartó. Sebastián se quedó quieto, como si hubiera recibido un golpe invisible.
—No pasa nada —le dije, intentando bajarle la intensidad. Pero él ya estaba lejos, en su herida.
Esa noche bebió por primera vez. Fue una ebriedad distinta: no para olvidar, sino para soportar. Cantó, rió, lloró, bailó y fingió ligereza. Al día siguiente me dijo:
—Creo que anoche dejé de ser quien era.
El neuropsicólogo, al escuchar esa frase, la anotó con cuidado en su libreta. “Eso es un punto de inflexión. No lo dice un adolescente, lo dice un yo que comienza a disociarse de su propio ideal. Un microtrauma afectivo puede generar una mutación identitaria si hay predisposición límbica y un modelo afectivo rígido.”
Yo lo miré y no supe qué responder. Sebastián no parecía enfermo; sólo parecía humano. Pero quizás en su pureza había una enfermedad que la ciencia aún no sabe nombrar. Pero aquella historia se disolvió sin tragedia; fue apenas la antesala de otra más profunda y más real.
Su tesis de licenciatura se tituló La desilusión posromántica en la novela contemporánea. Leía a Dostoievski, Balzac y dejó a Bequer para poner en su lugar a Giacomo Leopardi, el poeta del dolor. Decía que Emma Bovary no era una mujer, sino una metáfora del alma enamorada de lo imposible. “Yo soy Madame Bovary”, me dijo una vez, sin ironía.
Los años pasaron, se volvió profesor de academia y universidad. Enseñaba con un fervor raro, con esa mezcla de misticismo y lucidez que sólo los desengañados conservan. Y sin embargo, en ese contexto el kairos volvería. De otra forma, en otro rostro.
El neuropsicólogo, mirando con desolación comentó en voz baja: “No hay diagnóstico en el DSM que abarque eso. No hay psicofármaco para lo que él sentía. Algunos vínculos son como llaves y cerraduras: abren lo que estaba sellado, despiertan lo que dormía. La neurociencia aún no sabe explicar por qué ciertas presencias activan regiones tan profundas del sistema límbico.”
Sebastián parecía haber alcanzado cierta serenidad. En sus clases de literatura enseñaba con rigor, con una calma que inspiraba respeto.
Hasta que, en el curso de Introducción a la Literatura, algo ocurrió. Eran doce alumnas y cuatro alumnos aquel semestre. Entre ellas, la primera clase, vio a una joven recién egresada del colegio que lo descolocó por completo.
No supo explicarlo entonces: fue como si una sustancia extraña hubiera entrado en su sistema nervioso. Un veneno de efecto retardado que se expandía con los días, multiplicando su intensidad.
Después supo que era estudiante de psicología, que le interesaban los crímenes y las mentes oscuras. No era solo su físico —aunque era de una belleza que hería—, sino algo más: una mezcla de lucidez e inocencia, una distancia mística que lo hipnotizaba.
Veía sus defectos con claridad racional, pero los interpretaba como virtudes. Se lo repetía con culpa: es mi alumna, esto no puede ser, pero el kairos no se elige, el destino es así. Luchó cuanto pudo. Pasaban las semanas y la resistencia se volvía fatiga. No dormía bien.
Se despertaba y lo que su ser sentía es que la vería y eso lo hacía extremadamente feliz. Comenzó a llegar temprano a la universidad solo para verla cruzar el pasillo.
Dijo una vez que estar frente a ella era como mirar el amanecer desde el fondo del agua: bello y doloroso al mismo tiempo.
Veía en ella un reflejo suyo: introvertida, contemplativa, ajena al bullicio. Para el, ella era no solo diferente, sino única. Pero por eso mismo ella no participaba en clase, el a veces la tenia que forzar, pero aún así era muy cauteosa en lo que iba a decir y el no quería incomodarla.
Era como el en su época de escolar, ella pasaba desapercibida, llegaba tarde y se iba temprano.Tenía que hacer algo.
Reorganizó su malla curricular, alteró el plan del curso —un acto que después lamentaría—, para incluir lecturas que despertaran el interés de ella. Empezó a analizar Crimen y castigo desde un enfoque psicológico, introduciendo lecturas, conceptos y teorías psicológicas que eran totalmente ajenas a la literatura y que no estaban en el silabo.
La estrategia funcionó: ella comenzó a participar más, a quedarse después de clase, a preguntarle cosas. “Ese tipo de desplazamiento intelectual —apunta el neuropsicólogo— no es manipulación, sino sublimación. Su deseo encontró un cauce simbólico: el aula se convirtió en escenario de la transferencia.”
Sentía que debía acercarse personalmente, ella nunca lo haría. Y lo hizo.
-Señorita Valdez interesante respuesta en el examen al interrogante de cuáles fueron los factores psicológicos que condicionaron al protagonista a materializar el asesinato.
-Gracias profesor (respondió escuetamente)
-¿Por qué eligió psicología?
-Porque quiero entenderme a mí misma, entender a los demás, en especial a los que son diferentes.
Sebastián con sus respuestas se transformaba. Sus pies temblaban al estar frente a ella; el aire del aula parecía distinto. Decía sentirse vivo por primera vez en años. Y sin embargo, sabía que estaba cruzando una frontera invisible. “Ella no era mi estudiante —me dijo una vez—, era mi maestra secreta. Yo aprendía de mí mismo a través de ella.”
Comenzaron a salir. Café tras café, conversación tras conversación. Cada salida quedaba grabada en su mente con precisión certera. Ella lo escuchaba con atención, con esa curiosidad limpia del estudiante frente al maestro que admiraba.
Y él, sin notarlo, se iba entregando, mostrando no solo lo bueno de él sino y lo más especial que nunca había hecho con nadie, enseñando su sombra. El resto lo observaba con malicia. Los rumores crecieron.
Un día, el rector lo llamó a su despacho. Le pidió que se alejara de la estudiante, “por su bien y por el prestigio de la institución”. Él lo negó todo, pero entendió el mensaje: era mejor desaparecer un tiempo. Pidió licencia académica.
“Obedezco solo a mi vocación”, dijo antes de irse. Durante ese retiro, escribió como nunca. Su calidad literaria se disparó. Su prosa tenía una fiebre contenida, una belleza que dolía. “Ella es espejo de mi inconsciente”, escribió. “Mi reflejo en carne viva.” “mi anima”.
Volvió a verla. Ya no como profesor, sino como confidente. Ella le contaba sus pensamientos, sus lecturas, sus sueños. Y un día, sin dramatismo, le confesó que estaba involucrada con un amigo: que se acostaban, aunque él no la oficializaba. Le pidió su consejo, como aquella hija desorientada que busca dirección en su padre.
Sebastián sonrió, fingiendo calma. Pagó la cuenta, cambió bruscamente de tema, la acompañó a su casa. Luego subió al bus, este estaba demasiado abarrotado y sucio, aunque no sentía nada de incomodidad física, su dolor era espiritual.
Sonaba Tan cerca, tan lejos de Zero Balas una y otra vez. Miró por la ventana y no vio nada. Solo sintió el silencio del kairos roto.
Entonces pisó tierra, en apariencia sereno, él no pensó en matarse; deseo dejar de existir. Ambas son cosas distintas, pero a veces el alma no distingue la diferencia.
Llegó a su casa. Entró en el cuarto del abuelo. Abrió el cajón. El mismo cajón prohibido de su infancia. Allí seguía la pistola, envuelta en una toalla. La sacó con cuidado, como si tocara un símbolo.
—Neuropsicólogo, con voz contenida: “En términos neuropsiquiatricos, el circuito del dolor afectivo se sobrepuso al de la identidad. No fue decisión, fue colapso.
El cerebro, cuando no puede distinguir entre pérdida simbólica y amenaza vital, ejecuta el mismo mecanismo: defensa terminal.” Nadie escuchó el disparo. Lo encontré días después, entre papeles y libros abiertos. Encima del escritorio, una nota:
"El kairos no llegó. No existe la indicada para mí, al menos no en esta época”.
"Quizás yo nací en el tiempo equivocado."
Neuropsicólogo:
“No hay síndrome que describa eso”
Y añadió, casi en susurro:
"Solo un corazón que amó y apostó más de lo que su cuerpo podía soportar”.
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