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El peor día de mi vida
Dicen que el vacío de las palabras pesa. Pero ese vacío en los ojos de quien amas, aplasta.
Alejandra Infantes
14 de mayo de 2026
9 min de lectura
Las visitas al hospital era un highway en la perdida de la inocencia. Dejaba que los de seguridad me miren los pechos de adolescente para engañarlos y poder subir a la habitación de mi mamá. Era la única ventaja de haber tenido la regla a los once años. Ese día yo llevaba puesta su dismofia y su ropa. Y ya había visto retorcerse de dolor a su compañera de habitación, para que, acto seguido, desapareciera.
—Por favor, que mi mamá no sea la siguiente en desaparecer, pensé mientras veía esa cama vacía.
—No seas tonta, Alejandra, siempre vuelve. Me dijo mi voz optimista, a la que desde entonces, no le creo.
Ahí estaba ella. Llena de agujas, sentada, perdiéndose en el infinito blanco de su habitación. ¿Habrá estado pensado si vivió lo suficiente?
—Hola mami, le dije.
Ella volteó y me sonrió.
—¿Mamá?
Esto ya lo habíamos vivido antes. La fiebre estaba tan alta que ella no hablaba.
—Mamá, soy yo, Alejandra. —Le dije para ayudarla a recordar.
Mi cara encajó en su mano. Y me sonrió, como quien se conmueve de ver a una niña, pero desde el vacío de no encontrar en su memoria los maravillosos doce años que habíamos estado juntas.
—¿Mamá?, soy yo, háblame.
Dicen que el vacío de las palabras pesa. Pero ese vacío en los ojos de quien amas, aplasta.
Fui a llorar al baño. No quería que sufriera, porque sé que a alguna parte suya también le dolía no verme.
¿Sabía ella que iba a ser la última vez que nos veíamos?
No es culpa del lupus. Es mi culpa, no debí haberle dicho lo de mi papá y esa señora. Yo hice que ella desapareciera de pena.
No fue mi culpa, yo solo era una niña.
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