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Ella, Él
Sintió como suyos los gritos, insultos, lamentos, gemidos, las lágrimas y la pena, la decepción, la amargura, la rabia reventando en sus costillas...
Javier Rivera
08 de setiembre de 2026
12 min de lectura
Y ahora estás en mi lista de promesas a olvidar
Todo arde si le aplicas la chispa adecuada
ENRIQUE BUNBURY
Él se fue de viaje de trabajo a un pueblito escondido, al otro lado del país.
Ella tenía una compañera de trabajo que se sentaba a su costado, que estudiaba en la universidad y que bailaba en el grupo de danzas típicas de la misma.
La compañera se fue ese fin de semana, con todo su elenco universitario, a bailar danzas típicas a un pueblito escondido, al otro lado del país.
La compañera le tomó una foto a él, en el almuerzo del domingo, en el único restaurant decente de ese pueblito escondido, al otro lado del país. Le tomó una foto desde el otro lado del salón, mientras una compañera de trabajo de él, le decía que le dejara un beso, pues ese día él partía hacía otra ciudad y él la besó.
Nadie le creyó que solo fue un beso.
Él mismo no podía creer que la besó.
Ella, sobre todo ella, no creyó que le hubiese dado solo un beso y lloró tres días y sus noches, lo maldijo por teléfono y mezcló la ira con el despecho en un crujir de colmillos y quemó la casa que habitaba su corazón.
Él le rogó por teléfono que le creyera mil veces y mil veces le dijo que no y escuchó sus gritos, sus insultos, sus lamentos, sus gemidos, sus lágrimas, su pena y su decepción, su amargura y su rabia reventando en sus costillas, inflamando sus pulmones, arrebatándole la garganta; mientras aquel ardido humo que la cocía por dentro, se derramaba en el aire por su nariz.
Ella tomó la noche de aquel sábado para irse a beber con sus amigas, terminaron en casa de una de ellas. Allí estaban bebiendo la hermana y sus amigos. Luego de un rato de bebidas y coqueteos, uno de ellos se la llevó al hotel y tuvieron sexo: ebrio, salvaje y sin protección. Ella liberó su amargo despecho en rabias contadas: dulce, primero; luego rápido y tosco, luego sucio y duro, luego dulce otra vez, dulce hasta sin calor ni calorías, dulce hasta lo desabrido, dulce hasta quedar dormidos: satisfechos, cansados y borrachos.
Luego de un par de semanas, él regresó de su viaje.
Fue a la casa de ella. Se expuso ante su padre, su madre, su hermano, que la habían visto destruida. Se expuso ante ella, ya más calmada, pero desdeñosa. Al cabo de unos días de explicaciones y recuentos, logró convencerlos: Solo le dio un beso y nada más.
Ella volvió con él a regañadientes, esperaba ser definitivamente convencida y también esperaba que le bajara la regla, esa que ya se había tardado.
A los días, ella se convenció definitivamente que él, solo le dio un beso a aquella chica y dijo perdonarlo. También se convenció de que estaba embarazada usando una prueba de orina.
No le cerraban los números, pero ella sabía -por las cuentas en su ciclo- que era más probable que aquel niño fuese hijo del amigo y no de él. Ella le hizo saber de su preocupación a él, sin contarle por supuesto del amigo, recordándole que la noche antes de su viaje habían tenido sexo sin usar algún anticonceptivo.
Él se emocionó tanto, tantísimo, sintió que otra vez la amaba como el primer día y la abrazó, diciéndole que todo estaba bien pero que había que estar seguros, que una prueba de orina no era del todo fiable. Él conocía un lugar donde hacían pruebas de sangre y decidió decirle a ella para ir juntos, luego del trabajo, esa misma noche.
Y así fue, ella se hizo la prueba en presencia de él y esperaron los resultados, él ansioso pero contento, ella ansiosa pero azul.
Cuando la enfermera les dijo que serían padres, él se puso feliz y ella solo agachó la cabeza. Él entendió que su reacción inmediata podía deberse a que no se lo esperaba, a que no estaba planificado; en su feliz ilusión, no se imaginaba que dentro de ella, ardía el vórtice de un infierno que caía arremolinándose, arrastrando emociones y vísceras hacia un lugar tan oscuro que ella no sospechaba dentro de sí.
Tomaron juntos el taxi, ella le pidió que fueran al departamento de él.
Una vez allí, ella entró directamente hasta la habitación y se quedo paradita al otro lado de la cama, con la cabeza agachada y las manos a los costados. Su cara tenía la geografía de un país arrasado por la guerra, la presión con que cerraba sus manos era la que encuentran en los muertos de hipotermia y empezó a llorar.
Él no tuvo que preguntar nada, ella se lo contó todo; con lujo de detalles, a pedido de él.
Mientras ella contaba su noche descontrolada de alcohol y sexo, él sentía que todo el dolor que ella había sufrido cuando lo imaginaba a él, teniendo sexo con otra, transminaba bajo el tejido de su piel y se insertaba, como una aguja, en su sangre.
Sintió como suyos los gritos, insultos, lamentos, gemidos, las lágrimas y la pena, la decepción, la amargura, la rabia reventando en sus costillas, inflamando sus pulmones, arrebatándole la garganta; mientras aquel ardido humo en que se cocía por dentro, se le derramaba en el aire por la nariz.
Él estaba sentado al otro lado de la cama, inmóvil; sin embargo sentía arder el vórtice de un infierno que caía arremolinándose, arrastrando emociones y vísceras hacia un lugar tan oscuro que él no sospechaba dentro de sí.
Ella se durmió llorando sobre la cama de él y él pasó toda la noche quemando la casa donde guardaba su corazón, con él adentro.
A la mañana siguiente, muy temprano, él llamó a un médico amigo que le sugirió que le practicasen a ella una ecografía endovaginal, para que le dijeran cuantos días y hasta cuantas horas, tenía de vida aquella vida. Le dio la dirección del mejor lugar de la ciudad, del más caro y confiable. Fueron en el acto.
Ella entró sola a la ecografía, él pasó tres vidas en veinte minutos que ella demoró.
No estaba embarazada, quistes ováricos tenía y la cara exacta de un preso apenas recuperando su libertad.
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