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En engaño más honesto (Capítulo 10)

Respirar me costaba. No pude contenerme. Algo se apoderó de mí, y sin pensarlo, como cuando hice el amor, puse mis manos en su cuello, y lo apreté. Por mi mente no pasaba nada, solo la miraba, mientras la vida se le iba por esos gélidos ojos. No hesité, hasta creí disfrutar de su suplicio, de sus inanes esfuerzos por apartar mis manos. No pudo. Poco a poco dejó de moverse, hasta que su cabeza chocó contra el piso laminado en un golpe seco, ingrávido.

David Vidal
06 de marzo de 2026
23 min de lectura
Dante Alighieri reservó el lugar más profundo del infierno, el noveno círculo, para los traidores. Para él, no había pecado más horrendo que la traición, porque utiliza la confianza del otro, sus buenos sentimientos, y algo tan puro como la amistad para torcerla y convertirla en algo inefable e irreconocible. Es la desnaturalización del ser humano, como ser humano. Dante imaginó un lugar distinto para los traidores. A diferencia de lo que muchos concebimos al pensar en el infierno, Alighieri diseñó el noveno círculo como un lugar en extremo gélido, sin ningún tipo de calidez, donde el amor es imposible, y el calor humano también. Hasta que no te traicionan, la gelidez del infierno de los traidores resulta hasta incomprensible. Uno quisiera, en su imaginario, que los traidores fueran sometidos al fuego eterno, como los demás, a chamuscarse hasta oler sus miserias, pero esos son temores de un humano envuelto en carne, órganos y huesos. Los temores del espíritu, si existe uno, son diferentes. Y Alighieri concibió que es el frío el perfecto verdugo del espíritu. ¿Qué sucede en el frío? ¿Por qué Alighieri lo escogió como el perfecto asesino del espíritu? En el frío no sucede nada, y he allí la clave, porque, literalmente, no pasa nada. Ningún movimiento, ninguna palpitación, nada de nada. Todo se encuentra quieto en el frío más intenso. Todo, inclusive el espíritu, obedece a esa quietud, a esa orden de inamovilidad. Los átomos y los elementos más pequeños de la materia dejan de comportarse como partículas individuales y comienzan a actuar como un todo gigante, sincronizando esa quietud forzada, y convirtiéndola en un gran e insoportable estado de inacción. La materia, los átomos, todo, hasta el espíritu, pierden su individualidad. El traidor pierde, con ello, su último resquicio de humanidad, para convertirse en parte del paisaje del lugar más profundo del infierno. No concibo mejor castigo para los traidores que ello. *** Llegamos a mi edificio. Me detuve en seco en la portería, vi el cielo, todavía era de noche. —Lo siento Esteban. Sus ojos seguían gélidos como siempre. No desprendían ni una muestra de calidez, ni un ápice de humanidad. —No mientas. Mira, quiero entrar y dormir, nada más. Aquí nos despedimos, tú ya lograste tu cometido, tú…tú ya ganaste, ya me traicionaste al no enviar el reto de las preguntas. Ella se quedó en silencio un momento. Asintió con la cabeza. —Usted tiene razón, pero ello no significa que no me sienta mal…No crea que la última vez no sentí nada por usted. —Actuaste como si no sintieras nada. Escuché movimiento. El portero se estaba despertando. —Esteban, no se lo tome personal, esto es un concurso. Lo que hice lo hice para avanzar de fase. Era algo que tarde o temprano tenía que pasar, o lo hacía usted o lo hacía yo. —Y lo hiciste tú, en efecto… El portero empezó a vernos con curiosidad a través de la puerta de vidrio. Me reconoció, me saludó a la distancia, y continuó pretendiendo que no escuchaba nuestra discusión. —Esteban, mire, el siguiente reto… —Mira tú, Lorena, el siguiente reto ya lo ganaste. Ya lo ganaste porque fácilmente puedes escribir cómo traicionaste lo que sentía por tí, cómo lo hiciste sin parpadear, sin esperar siquiera que regresáramos de viaje. Me traicionaste mientras compartíamos la misma habitación, sabiendo cosas de mí, cosas que…que nadie más sabe… —Pero, ¿y qué harás con el siguiente reto? —En serio…¿en serio solo te importa el siguiente reto? Ya te dije, ya ganaste, ¿qué no entiendes? Hubo un pequeño silencio. El portero tosió para apaciguar un poco la incomodidad. —¿No enviarás nada? Me apreté los labios. Traté de controlarme para no espetarle toda la avalancha de epítetos que esperaban solo una orden mía para aplastarla. —No, nada, aunque quién sabe, tal vez sí, y así te devuelvo tu estúpida traición, una bocanada de tu merecido. Vi preocupación en su mirada. Luego silencio, mientras el portero pretendía contestar una llamada, disimulando su avivado interés. —Mira, Lorena, ya ganaste. Ya ganaste, no haré nada. Solo…solo quiero dormir. Ella asintió. —De veras lo siento, Esteban. Lo siento mucho. Usted…usted es una buena persona. El mundo suele aprovecharse de las buenas personas. —Lección aprendida. Hice una señal al portero para que me abra la puerta de vidrio. El seguía inmerso en su papel de testigo desinteresado. Se demoró un par de segundos en abrirme. —Bueno… Lorena me robó un beso. —No quisiera despedirme así de usted. ¿Puedo pasar? Aquí hay un tercero algo incómodo, ¿no cree? Asentí. Entramos, a la vez que el portero cerraba los ojos y se acomodaba en su silla. Abrí la puerta del departamento y, como siempre, Bob me recibió, más ansioso que nunca. Solo hacía algunas horas mi prima lo había regresado de su hospedaje temporal. Su cola se movía con violencia, y sus jadeos me hacían acordar, una vez más, que sí había alguien que me amaba con devoción. Respiraba agitado, y saltaba, apoyando su pesado cuerpo en mis rodillas. La presencia de Lorena no lo alteró en lo absoluto y, a pesar de haberme traicionado, ello parecía no interesar a Bob. Para él ella era tan bienvenida como la primera vez que la vio. —Le sigues cayendo bien. Ingresé y me fui a sentar al sofá. La verdad no sé qué esperaba, quién sabe, solo quería tenerla una vez más para mí. Tal vez sabía que esta noche sería la última en la que podía asirla conmigo y pretender que aquello que nació en ese viaje no carecía de todo sentido. Que ese sentimiento era real, como ese beso que me dio en el ingreso, frente a los sorprendidos ojos del portero. Quién sabe, solo quería comprobar, una vez más, cuán real eran sus caricias, y que no eran recuerdos endulzados de un pasado que nunca existió. Ella vino y se sentó a mi lado. Me miró con sus ojos caramelos, más claros que nunca. No los sentí tan gélidos como siempre. Nos besamos, y se empezó a desvestir. Ella me guió hasta mi habitación, y me arrojó a las sábanas. —Espéreme un momento, voy a buscar los preservativos. Me sonrió ante una luz tenue y desapareció. Me ví en el espejo de mi cuarto. ¿Seguía siendo el mismo? Sí. No había cambiado. De repente mi cabello se encontraba más despeinado, y mi rostro más cansado, pero todo lo demás seguía teniendo mi esencia. Escuché unos jadeos, era Bob. Oí que una tapa cayó al piso, y más jadeos, y lamidas. —¿Todo bien? No hubo respuesta. Seguían los jadeos. Era extraño, Bob no solía jadear mucho, y a Lorena no le gustaban los animales. De puntillas caminé hacia donde venía el ruido. Lorena se encontraba de rodillas, con un pequeño pote de vidrio en una mano. Bob, cabizbajo, apartaba el hocico una y otra vez, ante los intentos deliberados de Lorena, que intentaba introducirle el contenido del pote a la fuerza. Bob lamía algo, y jadeaba, con ojos inocentes, mirando a la pared. Al pie de ambos, una tijera, con una cinta cortada. —¿Qué haces? Lorena se apartó con violencia. Bob vino hacia mi, y empezó a lamerme la rodilla. —¿Qué es ese pote? No dijo nada. Se quedó petrificada, con su mirada fija en mí, atenta a cualquier movimiento mío. —¿Qué tiene ese envase? ¿Qué le diste a Bob? Silencio. Bob seguía jadeando, y apoyaba su cabeza en mi pierna, cansado. Avancé, ella trató de escapar, pero logré asir uno de sus brazos. El pote cayó al piso. Su contenido rebalsó por el golpe. Era un polvo blanco, similar a la sal. De pronto recordé, y Madame Bovary me vino a la cabeza. Ese pote era el que Lorena dijo traer consigo por si un día quería terminar su existencia. —¿¡Qué mierda has hecho? ¿Envenenaste a Bob!? Ella, silente, me miraba, más fría que nunca. —¿¡Responde!? Silencio. Busqué a Bob con la mirada, se encontraba en la puerta de la habitación. Sentí unos pasos. Lorena me derribó al piso y con uno de sus brazos trató de alcanzar el pote. La sujeté con fuerza. —Por…¿por qué Bob?—dije, entrecortado. Era obvio. Quería lastimarme, tal y como el reto ordenaba. Y no había peor daño que envenenar a Bob, pero ¿acaso no había cumplido ya con el reto al traicionarme durante el viaje? No. Este reto era nuevo, y yo, atontado por su meliflua voz y un insípido beso, había cedido el paso a una completa desconocida, y Bob fue su víctima. Nuestra víctima. Ella logró zafarse y atrapar el pote. Bob seguía bajo el marco de la puerta, inmóvil, sin saber qué hacer. Lorena se puso en pie y caminó hacia él. —¡Bob, vete! Y el corrió hacia mí. Lorena lo atrapó de una pata, cogió su hocico. El pote empezó a inclinarse. El polvo se acumuló en una de sus esquinas, solo faltaba inclinarlo un poco más para que cayera, directo, a las fauces de Bob. Grité. Empujé a Bob, y él a ella. El pote volvió a caer. Ahora yo estaba de pie y ella, boca arriba, en el suelo. Bob seguía conmigo, no quería irse. Ella tomó el pote una vez más. Me abalancé sobre Lorena. No sabía qué hacer, ni dónde golpear, solo trataba de mantenerla inmóvil. Ella me mordió con fuerza. Grité. Zafó uno de sus brazos, y empezó a golpearme. De pronto una cachetada, que me dejó aturdido. Bob ladró. Trataba de alejarlo, pero no podía. Lorena me empujó, logró moverme unos centímetros, pero mi rollizo cuerpo se impuso. Empezó a arañarme. No sabía qué hacer. La abracé con todas mis fuerzas, esperando a que se calmara. Los movimientos cesaron. CHACK. Sentí que mi polo empezaba a mojarse, y que algo muy frío recorría mi columna. Una descarga eléctrica bajó por mis piernas y respirar me costaba un poco más. Volteé a verme el hombro. Logré ver un bulto sobre mi escápula, empotrado, inmóvil. Ella, en el suelo, me miraba con sorpresa. —¡Qué mierda hiciste!¡Qué has hecho! Respirar me costaba. No pude contenerme. Algo se apoderó de mí, y sin pensarlo, como cuando hice el amor, puse mis manos en su cuello, y lo apreté. Por mi mente no pasaba nada, solo la miraba, mientras la vida se le iba por esos gélidos ojos. No hesité, hasta creí disfrutar de su suplicio, de sus inanes esfuerzos por apartar mis manos. No pudo. Poco a poco dejó de moverse, hasta que su cabeza chocó contra el piso laminado en un golpe seco, ingrávido. Traté de respirar, no podía. Estaba preso de la agitación. Mi consciencia volvió y con él, un desespero que nunca había sentido. Tuve miedo. La había matado, sin querer, pero lo había hecho. Me acerqué, no la sentía respirar. Coloqué un dedo en la muñeca, no había pulso. Mierda, la maté, pensé de nuevo. Busqué en el cuello y, finalmente, un amilanado pulso hizo su aparición. Era lento y débil, pero suficiente para calmarme. Estaba viva. Comprendí qué significaba ello: volvería en cualquier momento. Cogí cinta, y le até las manos. Empezó a moverse. Se despertará pronto. ¿Qué hacer? Quería una venganza, era increíble saberme tan furioso con ella, a pesar de que hace solo minutos antes creía que la amaba. Vibró algo en la oscuridad. Era su celular. De pronto, se me ocurrió, tan rápido que no pude sopesar mis acciones, y solo las ejecuté. Cogí el celular y con su dedo pulgar lo desbloqueé. Abrí Chat GPT y le pedí crear un relato, acerca de una venganza, cualquiera, de poco más de 1500 palabras. Mientras la IA razonaba, ella despertó de golpe. Me vio con el celular y empezó a gritar. Me pateó, y caí al piso. Ella hizo fuerza y estiró las cintas con las que había mal atado sus manos. Agarré a Bob y fuimos celeros hacia la cocina, y allí nos encerramos. Busqué entre sus correos el link del concurso, hice click, y en la ventana de respuesta pegué el relato creado por la IA. Lo envié. Listo, venganza cumplida. PUM PUM PUM. Lorena chancaba la puerta de la cocina con una furia estruendosa. Bob aullaba. Ví el temor en sus ojos. Lo abracé, y le pedí que se calmara, que pronto todo esto pasaría. Los gritos, los golpes, era más que obvio que algo no andaba bien en mi departamento. Los porrazos se hicieron más fuertes. Cogí el intercomunicador. El conserje, para mi sorpresa, seguía despierto. —¡Llame a la policía! —Señor, ¿es usted del 207? PUM PUM PUM —Sí… —¿Señor, está usted bien? Mi polo estaba empapado de sangre y los oídos me zumbaban. Sentía algo caliente bajo mis pies, era Bob que se había enroscado. —Sí, sí, estoy bien. Llame a la policía, y a la ambulancia, mi perro necesita un lavado, por favor. —¿Su perro? —Sí, mi perro…mi perro tomó arsénico… PUM PUM PUM —Señor, ya están llegando pronto, resista… —Que rompan la puerta, no podré abrirles… PUM PUM PUM —¡Maldito gonorrea hijueputa! PUM PUM PUM —¡Maldito gonorrea! Abracé a Bob, le pedí ser fuerte, que esto pasaría. Pronto pasaría, de alguna u otra manera. Sentí un sonido estrepitoso retumbar detrás de la puerta. De pronto, silencio. —¡Al suelo!¡Manos donde pueda verlas! Convaleciente, abrí la puerta de la cocina. Debajo del marco, con un uniforme oscuro que se perdía en la insípida negrura de la madrugada, un policía me miraba confundido, mientras Bob le lamía las botas. *** Un leve abultamiento en el vientre era la prueba de lo inefable. Sus silencios a la hora de comer con sus hermanos eran más que patentes, solo acompañados por las quejas de estos por la poca comida y sus anhelos nostálgicos por los tiempos en que Pablo Escobar se paseaba por la colonia, regalando dinero y objetos que los vecinos recibían con alborozo y una sonrisa hipócrita en el rostro. Ella solo los escuchaba, cabizbaja, acariciando un vientre que sabía que crecía día tras día. Le impresionaba la sangre fría con la que su hermano mayor pretendía que todo estaba bien, como si aquello nunca hubiera ocurrido, como si ella se lo hubiera imaginado, y solo fuera producto de una mente perturbada y fantasiosa. Esa hipocresía la hacía sentir hasta culpable, y por ello se tocaba el vientre, para verificar, día tras día, que aquello inefable sí había ocurrido, y sus temores nocturnos eran más que solo meras pesadillas. A los tres meses era imposible negar lo evidente. A pesar de que su vientre todavía no era prominente, la prolongada sequía de sus antes caudalosos períodos le advertía que estaba sola en una carrera contra el tiempo, y desesperada acudió a pedir ayuda al jefe de su hermano, que un día se le presentó como Don Pepe. No le preguntó quién era el padre, pero por dentro Don Pepe envidió a aquel desconocido que había logrado mancillar el inmaculado cuerpo de la bella y deseada Lorena. Don Pepe hizo lo que su hermano no y la acompañó a abortar, le pagó los gastos y cuidó de ella durante ese día, en el que durmió, por primera vez, fuera de casa. Esa día, y esa noche, a Lorena le sorprendió al suntuosidad con la que vivía Do pepe, y en ese momento, ya sea por inercia, o por instinto, él le confesó que no solo era el jefe de su hermano, sino también el dueño del burdel más conocido de la zona. Él le preguntó si sabía lo que se hacía en un burdel, y ella le describió, sin miramientos, lo que imaginaba que ocurría. Don Pepe se impresionó, pero antes de que este pudiese formular pregunta alguna, Lorena le aclaró que todo lo que sabía provenía de su desmedido interés y de silentes e impúdicos libros. Don Pepe asintió, sorprendido, y reposó sus ojos en esos pechos que ya eran los de una madre que no había llegado a ser. Una idea emergió en su cabeza, impulsada por la figura de Lorena, y la dejó pasar, aunque revoloteó por su mente durante varios minutos, que se hicieron días, y luego meses, pero Don Pepe optó por callarlas y solo esperar. Si ha de ser, que sea, repetía siempre como su mantra personal. Y la espera dio frutos, y es que cuando la necesidad apremia, lo impensado se torna en posibilidad, y la posibilidad en certeza. Lorena llegó al punto de no poder soportar siquiera la presencia de su hermano, y una tarde fue a la casa de Don Pepe a pedir ayuda. Cuando llegó no sabía cómo solicitarlo, ni qué decir, ni cómo decirlo, solo tenía la certeza de que su situación no daba para más, que la comida escaseaba durante el día, y que su hermano la deseaba con fervor y taimada violencia durante la noche. Don Pepe abrió la puerta y solo con mirarla a los ojos supo el motivo de tan sorpresiva y esperada visita. Ella trató de articular su situación, pero él se le adelantó y, como leyéndole la mente, completó su mordaz petición. —¿Quieres trabajar para mí, no es así? Lorena asintió, avergonzada. Por dentro se imaginaba como Severine, dueña de su destino, saciando una sed que todavía no despertaba en ella. Don Pepe vio la inseguridad en ella, el temor que nace con espontaneidad ante la posibilidad de vender lo que no debes, de tramitar ilegalmente un cuerpo, a pesar de ser tuyo. —¿Sabes cómo? Ella negó con la cabeza, con un rubor rojizo en el rostro. Don Pepe sonrió y la invitó a pasar. Por dentro, los corazones de ambos retumbaban con intensidad, al compás del deseo y la ansiedad. Él la invitó a sentarse en un sofá, puso un vinilo, y el ambiente empezó a distensarse con cada uno de los jocosos comentarios de Don Pepe. Lorena rió con más soltura, como hace tiempo no lo hacía, y comenzó a notar que, a diferencia de muchos maduros, Don Pepe todavía conservaba la silueta de un deportista, y la jovialidad de un rapazuelo. Él la invitó a bailar, al compás de una salsa rimbombante, y ella aceptó. Ambos improvisaron una coreografía en donde él guió sus pasos y marcó el ritmo, con la parsimonia de un experto. En una de esas volteretas él la sostuvo de un brazo y, sin pudor, se lo dijo como si de invitarla a cenar se tratara. —¿Quisieras que te enseñe cómo? Antes de que ella manifestara su respuesta, el cuerpo de Don Pepe se acercó con vehemencia. Ella cerró sus ojos, apretó la mandíbula, tensó los brazos y sus latidos retumbaron más celeros en su pecho, atribulados y obedientes ante un dolor invisible. Ella esperaba con temor algún golpe, un forcejeo, alguna tensión, pero no. Sintió como los dedos de Don Pepe acariciaban su cuello, sus hombros, su espalda, y sus pechos, mientras que sus medrosos resuellos fueron cesando hasta convertirse en gemidos sordos. Don Pepe acercó su rostro y, como ya lo había hecho antes, esperó, mientras la miraba a solo centímetros de sus ojos claros. Quiso distinguir aquello que sentía, que recién cobraba claridad dentro de sí, pero antes de poder discernirlo, Don Pepe arremetió. Era el primer beso de Lorena. No supo cómo responder, solo cedió, dócil, ante los escarceos de un amante veterano, y a pasos dulces y melindrosos, la condujo hacia su alcoba, en donde el retumbar de la música se combinaba con la oscuridad de una noche sin estrellas. A ritmo furtivo, a la cadencia de sus latidos, ambos cuerpos quedaron desnudos, y ambas pieles se rozaron, hasta que ambos ya no fueron más dos cuerpos, sino solo uno. Los miedos de ella claudicaron ante la fruición, hasta que ella dejó de ser para solo dejarse llevar, y todo terminó pronto en una fugaz contorsión. Ella permaneció desnuda, a la espera de que Don Pepe le hablase, pero él solo la miraba, satisfecho. Sonrió, se levantó de la cama y fue hacia la sala. Ella se vio en el gran espejo que colgaba en el techo y se sorprendió de su desnudez y, por fin, pudo verse por completo. Admiró su nívea piel, y la caprichosa y sensual figura que el tiempo le había regalado. —Para tí. Don Pepe le entregó 50 dólares. Ella nunca había visto tanto dinero en su vida. Ahora podía comprar comida por un mes, o rentar un cuarto en el centro de Medellín. Ahora podía irse muy lejos de su hermano y olvidarse de sus problemas, si así lo quería, solo tenía que ceder, dejarse llevar hasta ser tragada por el deseo voraz de un cuerpo ajeno. Lorena comenzó a trabajar a espaldas de su hermano. Ella no iba al burdel, solo se le podía contactar a través de un tercero, y ese tercero era Don Pepe. Se convirtió en una escort de lujo, solo reservada para aquellos clientes que Don Pepe consideraba como “aptos”, y ahorró hasta que decidió mudarse e irse, feliz y sin decir adiós, de la casa donde había aprendido a leer. Varios meses después llegó a oídos del hermano mayor que Lorena era la escort de lujo más solicitada de la colonia. Se enfureció y, como era previsible, confrontó a Don Pepe, quien no tuvo más remedio que despedirlo, no sin pena, pues de cierta manera, el hermano mayor le recordaba a su fallecida madre y antigua amiga. Él juró venganza, con una mano levantada, con el dedo hacia Don Pepe, antes de desaparecer tras la puerta del burdel. Lorena llegó a vivir bien, lejos de esa casa donde había sufrido y disfrutado tanto, sin ataduras con el pasado, a excepción del libro Bella de día que le fue imposible dejarlo cuando decidió mudarse sin permiso, y la foto de su padre metida entre sus hojas. Llenó su habitación de cuantos libros pudo y comenzó a escribir un diario en el que desahogaba aquello indecible que la estrujaba por dentro. Allí plasmó sus temores más subrepticios y su más cruda iracundia. Las páginas de ese diario se encontraban repletas con los relatos y puntuaciones de cada cliente, así como de incesantes y sangrientas narraciones en donde no escatimaba en los detalles de cómo arrebataría la vida a su hermano mayor. No lo había olvidado, y el tiempo solo atizó su cólera hacia él, y su ira llegó a su culmen cuando el hermano mayor la esperó afuera de la casa de Don Pepe. Él no le dijo ni una palabra, solo se acercó, trató de ahorcarla, y de un solo y contundente golpe en el vientre la tumbó al piso. Se colocó sobre ella y, aprovechando la noche y la ausencia de testigos, le tapó la boca mientras la desvestía a la fuerza. Ella forcejeó, hasta que logró morderle los dedos, zafarse, y gritar lo más fuerte que pudo. Don Pepe salió con un revólver y le apuntó a la cabeza. El hermano mayor, confiado, acercó su rostro al cañón y retó a Don Pepe. Ambos sabían que no dispararía, no a él, que lo conocía desde pequeño. El hermano sonrió, escupió a Lorena, le dijo “puta malparida”, y se fue, a paso lento y confiado, a sabiendas que regresaría cuantas veces fueran necesarias. !PUM PUM! Se escucharon dos disparos, y un cuerpo cayó ingrávido en la acera. Los vecinos asumieron que era un ajuste de cuentas, y ni se asomaron a ver por la ventana. Lorena respiraba con agitación y Don Pepe la miraba con temor, mientras ella sostenía el revólver con ambas manos e inusitada pericia, como si hubiese ensayado ese disparo infinitas veces en su cabeza. El cuerpo de su hermano exhaló su último aliento mientras era trasladado por Don Pepe a un alejado descampado. En el camino ni él ni Lorena dijeron palabra alguna, y de regreso, todavía con el sabor ferroso en el ambiente, ella rompió a llorar, y Don Pepe la abrazó. —¿Él era el padre, no? El silencio de Lorena respondió a la pregunta. No tengo más detalles de lo que pudo haber pasado después, pero sé que ella continuó siendo una prepago de lujo hasta que a Don Pepe le tocó su turno. Tantos años, tantos amigos, y muchos más enemigos confabularon para que su final fuera tan cruento como el peso que el pasado demandaba. Ella, al enterarse de su muerte, viajó a Perú a hacer lo que ya se había acostumbrado a hacer, y para lo que creía había sido instilada a ser, y siempre con su libro Bella de día bajo el brazo, que releía cada vez que podía, la foto de su padre, y su diario de memorias. En Perú tuvo problemas con una de las muchas mafias que dominaban la zona norte de Lima, y se fue a Europa, para ser más precisos, España. Es allí que uno de sus múltiples y más asiduos clientes se enteró de la única pasión que evitó que Lorena sucumbiera ante la depresión y la locura: escribir. Al leer algunas de las hojas de su diario no le fue difícil sentir la pasión con la que todavía evocaba aquella noche en la que su hermano la violentó, o el día en el que optó por abortar. Habían páginas enteras dedicadas a ese niño que no pudo ser, a ese hijo sin partida, pero al que, pretendiéndolo o no, había nombrado como Esteban, en honor al escritor argentino Esteban Echevarría. En algunas páginas lo detestaba por ser el producto de aberrante tabú, y en otras se imaginaba llevándolo a la escuela, leyéndole capítulo enteros de bella de dia, y presentándolo a Don pepe quien, jocoso como siempre, lo hubiera apadrinado sin dudarlo. Por esas hojas se enteró también que ella había intentado terminar con todo usando el mismo método que una tal Madame Bovary. Lorena se la presentó, y con ella, su gran pasión por los libros y la escritura, pasión que el cliente no podía comprender del todo, aunque eso no fue excusa cuando decidió apoyarla y ponerla en contacto con un escritor allegado al concurso y allí fue donde toda esta locura comenzó, aunque no para ella, que desde siempre había vivido al borde del abismo. *** En el hospital me retiraron la tijera. Era una herida leve, sin mucha profundidad, y el daño había sido principalmente en el manguito rotador. Bob fue llevado a la veterinaria, mientras curaban mis heridas, y Lorena a la comisaría del distrito. Cuando el doctor terminaba de suturar la herida, un par de policías aparecieron, le hicieron una señal y el doctor, como si les leyera la mente, se esfumó, junto con la enfermera, a pesar de que todavía faltaban limpiar algunos puntos. —Estimado, nos toca informar al fiscal para que inicien las investigaciones— me dijo el más alto. Solo asentí con la cabeza, no podía apartar de mi mente a Lorena y su iracundo rostro al darse cuenta de que la había vencido en su propio juego. Se sentía bien haberse vengado. —Estimado, ¿sabe lo que significa eso? —No—respondí a secas. —Significa que el fiscal puede acusarlo de tentativa de feminicidio—los miré en ese momento. El policía sonrió al percatarse que ya tenían mi atención. — A menos, claro, que nos quiera dar un cariñito de su parte. —Pero si yo no hice nada. —Sabemos que la ahorcó. Tiene marcas en el cuello, usted tiene que cooperar si quiere librarse de una investigación fiscal, audiencias, careos, ¿no queremos eso, no? Solo negué con la cabeza, dándoles la razón. —Bien, bien, ya nos entendemos. Si nos da un cariñito de su parte nosotros reportaremos que todo fue un accidente y de seguro el caso quedará desestimado, ¿le parece? Me quedé callado un momento. —¿No hay forma de que no se reporte nada? —No, mire, sí o sí tenemos que reportarlo, aparte que hay muchos testigos de lo que pasó. Está el conserje, los vecinos, el doctor, la enfermera, ¿me dejo entender? Asentí, una vez más, en silencio. Acordamos un monto, que ya no recuerdo, y al mostrarle la transferencia el oficial sonrió, luego hizo una mueca a su compañero. —Ahora te falta la otra mitad. —¿Cómo?—Pregunté, no sin alteración. —Pagaste por ti, pero falta que pague por la señorita. Entorné la mirada. —¿Por qué habría de pagar su parte? Ella puede y debe pagar la suya. —La señorita no trae efectivo consigo, estimado. Y nos dijo que usted, como caballero que es, se encargaría de pagar su parte del arreglo, ¿me entiende? Estaba emboscado, no tenía otra opción que aceptar el trato. Me irrité al saber que, a pesar de todo, a pesar de haberla derrotado, todavía se las arreglaba para darme manotazos de ahogada, era su forma de morir de pie. —Es…está bien. Deposité la cantidad y los policías cumplieron su parte del trato, aunque me advirtieron que era posible que el fiscal me cite a declarar, solo por protocolo, y para desestimar el caso. Al retirarse, ambos oficiales se despidieron de mí como viejos amigos, hasta me recomendaron un abogado que podría darme la mano cuando quisiera. —Él nos entiende, habla nuestro idioma— y el oficial me guiñó el ojo. El otro oficial me dio un par de palmadas en el hombro. —La próxima vez que contrates a una puta evita llevarla a tu casa, muchacho. Para eso están los hoteles… —Pe…pero Lorena no es una puta… —¿No?—ambos oficiales se rieron.— Pero claro que sí. Ella ya fue arrestada hace algunos años. Se le capturó antes en una batida. No supe qué decir. Estaba estupefacto, y mis expresiones así lo explicitaban. Pensé en Karina, y en su historia con los tres hombres, pensé en Lorena, sentí pena, ¿y si ella tenía una historia similar? Era una víctima, y yo casi su victimario. Por un segundo quise salir del hospital, ir a la comisaría y decirle que la perdonaba, mientras de rodillas también le pedía perdón por haberla traicionado. Cuando volví en mí los policías ya se habían ido y me encontraba solo, mirando a la nada, con los ojos brillosos, resistiendo el impulso de pararme y estrellar mi cabeza en la pared. Cuando fui dado de alta recogí a Bob del veterinario al que lo habían llevado tras mis súplicas al momento de la intervención. Estaba todavía débil, y con la cola alicaída, caminaba lento y tenía una mirada suplicante que todavía transmitía el espíritu tierno y leal de Bob, aunque parecía que se extinguía por momentos, justo cuando sus ojos reposaban en mi, como si al verme se diera él mismo el permiso de morir, pero yo no quería eso. Yo lo quería conmigo todo el tiempo que pudiera. No recuerdo si pasaron tres, cinco, o una semana, pero ese mensaje me desencajó por completo, como si mi vida no fuese más la mía, si no la de alguien más, como si la pluma que relataba mis desventuras hubiese sido regalada, de buena voluntad, a una mano ajena y caprichosa. El mensaje comenzaba felicitándome por haber pasado a la fase final del concurso, y líneas abajo, con la frialdad de un verdugo, el siguiente reto: elimina a tu perro, y crea un relato acerca de ello. Describe tus sensaciones y plásmalas en un texto que valga la pena leer. Si se detecta insinceridad serás eliminado. Plazo: 48 horas. Estaba jodido. Miré a Bob, todavía convaleciente, todavía con esos ojos que más que súplicas denotaban la alegría e inocencia de alguien que se sabe recuperado y a salvo. No podía, simplemente no podía cumplir el reto. Ese día, más tarde, llevé a Bob al parque a pensar, aunque ya estaba decidido a no continuar, cuando una voz me sacó de mis cavilaciones de golpe. —Hola Esteban… Bob la reconoció y, a pesar de todo el daño que ella le había hecho, Bob agitó la cola de emoción al recordar su rostro, como si ya hubiera olvidado el incidente de hace unos días, como ya le hubiera perdonado por todo. —¿Qué haces aquí?—dije con una voz artificialmente grave. —Descuide usted, no le haré nada. Solo vine a despedirme. La miré con incredulidad. —Me voy, Esteban. Este país siempre despierta en mí una frialdad que me obliga a hacer cosas…cosas feas, cosas como clavar tijerazos—apuntó a mi herida—pelear con policías o, hasta incluso, arrojar a gente a los rieles de un tren. Mis ojos se plantaron en los de ella. Estaban tan fríos como cuando murió Takeshi, esa mañana en la estación. —¿Fuiste tú?... No, imposible, tú no lo empujaste. Ella sonrió con sorna y me miró de pies a cabeza, tratando de auscultar mis pensamientos. —No importa—dijo y percibió mi agitación, la cadencia de mis latidos, y la palidez de mi rostro—. No se preocupe, Esteban, usted está a salvo. Una parte de mí lo odia por haberme eliminado, pero simplemente no podría hacerle más daño que clavarle tijerazos en el hombro—hizo una pausa. Cuando me miró sus ojos eran más dorados que nunca—. El reto de las preguntas, ese maldito reto desencadenó todo esto, por lo que me hizo sentir, por eso fue que decidí no enviar el relato y pre-eliminarnos. Eso, y el hecho que usted también se llama Esteban…ese nombre, no sé. A ese nombre le tengo mucho cariño, y fue por ese nombre, en parte, que desde un inicio me planteé eliminar a Takeshi. Ese nombre me hizo débil, y ahora míreme. —No…no entiendo. ¿Mi nombre? —Te llamas como alguien a quien hubiera querido demasiado. Hubo un silencio. Bob empezó a mover la cola, un perro lo había alterado con morisquetas indescifrables para humanos. Lorena se acercó, mis latidos volvieron a acelerarse, sentí sus pasos secos reposar sobre el césped, lentos, inseguros. Se detuvo y acarició a Bob. —Espero haga usted los retos que vienen. Me quedé callado un momento. Bob seguía moviendo la cola, y respiraba agitado, como si supiera lo que el último reto me solicitaba hacer. —N…no creo poder continuar, hay retos que no…que no… —Usted me ahorcó, y se dio el tiempo de pensar en cómo eliminarme. Usted ya perdió su inocencia, usted ya puso un pie en el abismo, no le costará mucho poner el otro y saltar. Si usted no sigue es por cobarde, porque bueno ya no es… Solo la miré, enmudecido por su lectura. ¿Me consideraba bueno todavía? La había ahorcado, había sobornado a policías y la había traicionado. No, ya no era el mismo, pero estos escarceos con el mal no me daban la licencia para deshacerme, así por así, de mi mejor amigo, del único ser vivo del que estaba seguro que me amaba. Sentí una mirada penetrante. —Aquí me despido, Esteban, hasta pronto—me miró una última vez—. Escribiré sobre usted. No pude responderle, solo la vi desaparecer tras la vegetación del parque, hasta que sus pasos no fueron más que pequeños latidos que yo creía escuchar en mi cabeza. De regreso a casa, en el silencio más incómodo, solo acompañado por los ansiosos jadeos de Bob, seguí salivando. No, no era bueno, era otro, pero ¿alguna vez fui bueno? ¿O solamente un cobarde? No me importó mucho ahorcarla y ¿lo hice por defender a Bob? ¿O simplemente esa fue la excusa para dejarme llevar? Sí, eso era, Bob fue la excusa para saltar al abismo, y ahora se me presentaba otra oportunidad para hacerlo de nuevo. ¿Lo podría hacer? ¿O usaría de nuevo a Bob como excusa? Miré mi celular, ya había pasado la mitad del plazo. Miré a Bob, ¿este concurso realmente valía la pena? No, pensé. Por supuesto que no, pero saltar al abismo sí. Ya estaba en el infierno, solo me queda descender más y más, hasta tocar el último círculo. Me imaginé que conseguir arsénico no sería difícil, dárselo tampoco, Bob tenía entera confianza en mí. No demoró mucho en hacer efecto. Primero empezó a gimotear incansablemente, reposó su cabeza en mis rodillas, como siempre, buscando refugio, pero fue inútil. Sus gemidos incrementaron hasta llenar por completo la habitación y mis pensamientos, este era el precio que pagaba Bob por ser la excusa, el único que se interponía entre yo y el abismo. Empezó a temblar con vehemencia, arrojó espuma por sus fauces y, aún en sus últimos momentos, su mirada destilaba la misma calidez de siempre, calidez ajena a mí, que lo había traicionado y, pese a ser yo un judas, supe, a través de sus inocentes ojos, que él me perdonaba, que se iba en paz. Y así fue. Dejó de convulsionar e, ingrávido, su cabeza terminó por desplomarse en mi para que sintiera como, minuto a minuto, su cuerpo se enfriaba hasta asemejarse a esos ojos que ahora también eran los míos. Reto cumplido.

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