La escena parece sacada de una novela de Dan Brown: una abogada y activista boliviana es emboscada frente a un hotel en Santa Cruz, Bolivia, por dos sicarios en motocicleta. Ella sobrevive de milagro. Tiene cuatro semanas de embarazo y finge haber muerto con tres heridas de bala en el cuerpo; los sicarios no la rematan. Horas más tarde, ella señala a su expareja, Fernando Cerimedo, como autor intelectual del atentado. Resulta que ese Cerimedo es, además, un conocido consultor político y publicista argentino, operador al servicio de la derecha y la ultraderecha “trumpista” de la región.
Fue detenido esa misma noche, mientras se disponía a abordar un vuelo de emergencia en el aeropuerto Viru Viru, en el oriente boliviano. En su domicilio, en un barrio moderno de La Paz, hallaron dinero sin declarar y mensajes que lo incriminaban directamente con el atentado de su expareja. También equipos informáticos y un kit de proxy residencial, un aparato compuesto por varios módems USB, un concentrador de puertos (USB hub) y un microservidor descrito como el equipo estándar de propaganda. Cerimedo operaba miles de cuentas falsas a través de la rotación dinámica de direcciones IP.
Sí, una pequeña granja de bots capaz de evadir los filtros de Meta y las más importantes plataformas en donde la gente pasa, en estos tiempos digitalizados de la vida, más horas que en el mundo real. Ni galpones futuristas ni pantallas de la NASA: apenas un puñado de cables enchufados a una pared, suficiente para distorsionar la conversación pública de un continente que, en los últimos años, parece haberse convertido en el patio trasero del MAGA estadounidense. Un mecanismo silencioso e invisible que manipula la opinión pública a través de hashtags y campañas masivas de desinformación.
Aquel era el negocio de Fernando Cerimedo, la arquitectura de una posverdad funcional a los intereses de sus jefazos. Eso explica, también, el hallazgo en su teléfono celular de una cuenta asociada a una billetera digital de criptomonedas, vinculada a transacciones millonarias fuera del sistema financiero tradicional. Así, lo que parecía un escándalo de alcoba —la víctima estaba encinta de Cerimedo; él está casado con otra mujer— terminó destapando el entramado de una guerrilla digital cuyos hilos conductores aterrizan, para sorpresa de nadie, en las oficinas de campaña de Fuerza Popular.
Cerimedo es apenas una muestra del statu quo de la comunicación política en este siglo XXI. Un personaje con una biografía llena de mentiras: una beca de Harvard inexistente, un trabajo en la administración de Obama que nunca existió. Además, afirmaba haber recibido entrenamiento de los Navy Seals y ser copropietario de una de las empresas de Donald Trump. Todo era falso, por supuesto. Hace poco más de una década, Cerimedo se ganaba la vida haciendo taxi en Buenos Aires. Fue empleado administrativo, profesor de secundaria, sentenciado por el delito de estafa y defraudación. Este oportunista es el “genio” que llevó al poder a Javier Milei en Argentina, a Rodrigo Paz en Bolivia y a otros magnos representantes del “trumpismo” latinoamericano.
En el Perú, el vínculo con este oscuro personaje tiene nombre propio: Carlos Díaz-Rosillo, asesor cubano-estadounidense de Keiko Fujimori y director del Centro Adam Smith, que contrató a la hoy presidenta por la bicoca de 45,000 dólares anuales por… ¿dictar clases? ¿Mentorías e investigación académica? En fin. La caída de Cerimedo, apenas un peón en el juego de ajedrez de la derecha que arrasa en la región, revela que las autocracias del siglo XXI no necesitan de rudimentarias salitas del SIN ni de las torres de fajos de billetes filmados en VHS para socavar la voluntad de todo un país.
El affaire Cerimedo confirma algo que algunos ya sabíamos: que la posverdad y el control social se planifican con pulcritud desde oscuros think tanks, que se ejecutan a través de granjas de bots transnacionales capaces de intoxicar el debate público, difundir noticias falsas y demoler reputaciones. La esencia sigue siendo la misma: es el control de medios y la propagación de diarios chicha que conocimos en la década de los 90, adaptado a las nuevas tecnologías globales. Nueva piel para una vieja ceremonia.
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Granjas malévolas
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