El peso de su accionar la había reclamado.
Esperanza dormía, sumergida. Ajena, incluso, al propio acto de soñar. Era al fin arrancada del abismo congelado.
Su cuerpo había quedado suspendido en medio de la nada. Un brillo escarchado la envolvía, desembocando en pequeñas chispas cálidas que, lejos de mantenerse quietas, caían en distintas direcciones, como una cascada luminosa a través del vacío.
Dos siglos antes, Esperanza había quedado suspendida de la realidad, luego de romper la jurisprudencia divina.
Queen rozó la escarcha con el dorso de la mano; el aire parecía cálido a la vista. Sin embargo, al contacto, el solo toque se sentía como pasar la mano por agua helada.
Agitó su brazo bajo un movimiento limpio, invocó su arma. El espacio vibró al compás de su voluntad. Luego la clavó en el piso.
La propia realidad vaciló un instante, revelando un vacío casi infinito. Un blanco cegador que se expandía por dondequiera que se mirara. Detrás de ella, Justice ya sostenía su balanza y Mercy, un anillo rosa que no se atrevía a parpadear.
La estela blanca envolvió a Esperanza con un movimiento casi armónico, elevándola ligeramente por los aires.
—Vuelve.
Declaró Queen, pero no era un mandato, era un juicio.
Esperanza parpadeó varias veces antes de desplomarse sobre el suelo, vencida por su propio peso. Durante unos segundos, permaneció inmóvil, incapaz de reconocer dónde se encontraba. El mareo repentino no era nada en comparación con el dolor en el pecho, como si su alma nunca hubiera olvidado. Entonces los recuerdos comenzaron a regresar: el campo, la resonancia, ella.
Vaciló un momento, miró de lado a lado.
Al reconocer el dominio de Queen y a las otras dos observándola, Esperanza se irguió de golpe.
El rostro de Esperanza palideció hasta adquirir un blanco casi apagado. Pero no era blanco.
Era un amarillo muy frío.
—Pareces muy segura —admitió al verla respirar otra vez.
—No lo estoy.
Queen registró aquella ausencia de color como otra consecuencia de los dos siglos de encierro.
Dio unos pasos hacia atrás. Justice marcó hacia adelante.
No caminó en línea recta. Caminó en arcos perfectos; cada paso era marcado con la pulcritud de un ritual antiguo, porque era lo que el tribunal requería: no improvisación, no una corriente de pensamiento, sino claridad en el procedimiento.
Un azul oscuro contrastó con la pulcritud del lugar. La balanza brilló cuando Justice cuestionó.
—¿Eres consciente de que tus acciones han provocado miedo y cambios en el propio mundo?
Esperanza no respondió de inmediato. El calor del mundo que había conocido ya no la acompañaba.
No había caso, pensó. La permanencia siempre fue más importante que yo.
Bajó la mirada, abatida. Debajo de sus pies no había suelo alguno, solo un fragmento blanco, apenas lo suficiente para sostenerla.
Cerró los puños, obligándose a contestar. —Las volvería a repetir —dijo—. Una y mil veces.
La balanza apenas emitió un breve parpadeo. La voz de Justice no cambió; simplemente registró con su tono tan característico, melodioso, pero con la seguridad para cuestionar cada uno de los hechos presentados.
—Lo que dijiste también tendrá un peso.
Justice no la miraba con piedad o juicio, solo como alguien que registraba los hechos, buscando si lo que decía era valioso o peligroso. Esperanza no podía saberlo con certeza.
Justice giró hacia Mercy como si esperara algún tipo de defensa para la acusada.
Esperanza contuvo el aliento. Por un instante, creyó que vería el anillo vibrar, que vería ese color tan característico de su compañera asomar por el anillo en forma de defensa, de objeción, de algo…
El anillo permaneció inerte.
No vibró, no parpadeó, no mostró brillo alguno.
Allí Esperanza lo entendió.
Para Justice, la representación del ideal debía ser transparente. Siempre. No importaba que la esperanza pudiera operar fuera de aquella lógica, o que Esperanza, por su propia convicción, actuara más allá de lo permitido. Porque, al final, siempre palidecía.
Y al hacerlo, terminaba revelando, de una forma u otra, lo que realmente era.
Quizás siempre fui irrelevante.
Pero no porque no importara. Sino porque lo que había sido Eira, lo que había sostenido y su significado, la permanencia, la fe... siempre pesó más.
La balanza dejó de vibrar. Queen no se movió de su trono. Justice aguardó unos instantes antes de romper el silencio de la sala.
—Entonces, ¿no te arrepientes?
—No. —masculló entre dientes. El dolor de su corazón pesaba cada vez más—. Arrepentirse no cambiará nada.
La balanza apenas se movió. Un acto ya consumado no tenía el mismo valor.
—No te he preguntado eso —continuó Justice.
La balanza osciló lentamente entre sus manos.
—Te he preguntado si, sabiendo lo que sabes ahora, volverías a elegir lo mismo.
Esperanza cerró los ojos.
Por un momento, pareció volver a estar allí, en el campo. Las vio a ellas: Eira, ella y su portador.
«Aún no hemos perdido, Esperanza», le había confesado Eira.
«El error más grande es perderse a sí mismo», había dicho Joshuna.
Por un instante, Esperanza recuperó parte de su color habitual. No retrocedería.
La balanza vibró. Justice continuó:
—¿Aunque te condenen y vuelva a costarte todo?
—Sí —dijo a regañadientes.
Justice miró hacia Queen. Ella había inclinado la cabeza sobre una mano, desde el trono en el que se encontraba. Parecía haber tomado ya una decisión.
—A todos los presentes, es momento de mostrar las pruebas.
Una luz azul envolvió la balanza. Las imágenes comenzaron a fluir. En ella, aquellos eventos donde Esperanza había influido.
Queen observó la escena con impaciencia. No necesitaba que cada hecho fuera pesado eternamente.
El primer acto apareció como un destello: una ciudad desolada y un niño huérfano, el portador de Eira. En ella, Esperanza aparecía guiando al portador desde su niñez.
Queen no reaccionó. Pero sus ojos siguieron la proyección hasta que desapareció.
El segundo acto llegó como relámpago en tormenta: un campo de resonancia que se extendía por el cielo. Y, en medio de él, la pregunta que Esperanza había sido obligada a responder:
¿La humanidad aún puede ser salvada?
Durante un instante, el presente dejó de existir. Los tambores en el cielo volvieron a sonar. Esperanza se encontraba allí, anunciando el despliegue final del portador de Eira.
El calor de aquella resonancia la quemó y deseó con todo su ser haber estado en su lugar.
No podía.
En su lugar, su propia memoria la obligaba a revivir el momento. No era el recuerdo lo que le dolía. Era la obligación de revivirlo todo una vez más, ahora que estaba consciente.
—Por favor, paren —susurró.
Nadie se detuvo.
Queen se levantó de su lugar y se colocó detrás de Justice. Iba a revivir los últimos momentos de su compañera. Esperanza abrió los ojos. Todo estaba en contra. Ella estaba allí. Podía haberlos salvado. Podía haber intervenido de otra forma. Pero ellos le pidieron que no lo hiciera.
Y eso fue lo que más dolió.
Desde el estrado, el anillo de Mercy vibró apenas por un instante. Fue imperceptible para todos, excepto para Justice, que creyó ver resplandecer un ligero destello rosa por el rabillo del ojo.
Cuando volteó, Mercy observaba la proyección de la balanza.
La consecuencia apareció.
La balanza volvió a brillar con un azul intenso.
En ella se mostraba un campo desolado y un arma fragmentada: los restos de lo que alguna vez había sido la unión entre un portador y su Inner, Eira. Ambos habían sido destruidos.
—Yo hice lo que era necesario.
Esperanza tomó el arma fragmentada de la balanza y la sostuvo contra su pecho, como si pudiera devolverle el calor a su corazón.
Queen cambió su expresión al notar el brillo húmedo en la mirada de Esperanza.
No apartó la mirada, pero sus dedos se cerraron sobre la empuñadura de su arma.
—Había elegido olvidar que podías haber estado allí. Hablando con ella. —Queen hizo una pausa—. ¿Cuántas veces violaste el código, Esperanza?
—Actué dentro de lo permitido.
—Hace mucho que te saltaste los límites, Esperanza.
✨✨✨
Queen soltó la empuñadura de su arma; el tribunal guardó silencio.
—No habrá piedad esta vez —dijo Queen con voz definitiva. El mundo ya no sabe en qué creer, y es culpa tuya.
Mercy dirigió su mirada a Esperanza, luego a Queen. No habló, no vibró. Pero su silencio hacía la distinción de que aquella decisión ya no le pertenecía. Mercy posó su mano derecha sobre la izquierda, tocando ligeramente el anillo. ¿Qué era lo que hacía falta ahora? —pensó.
Las últimas palabras cayeron como una sentencia.
Queen alzó su arma.
El abismo congelado volvió a abrirse. De él surgieron cadenas invisibles para cumplir su función.
Esperanza no se resistió al confinamiento. Sintió cómo el fragmento blanco bajo sus pies, que tanto la había atormentado, comenzaba, por fin, a desintegrarse. Las cadenas la envolvieron y comenzaron a elevarla lentamente.
Debía volver al abismo.
Pero, en sus últimos momentos de conciencia, no fue el frío ni el dolor aquello a lo que se aferró su mente.
No luchó. No se resistió. Ella… Recordó.
Los vítores.
El abrazo cálido.
Y, sobre todo, a la humanidad festejando que había sobrevivido a lo imposible.
Una última lágrima brotó de sus ojos. Era más dorada que todas las lágrimas que había derramado antes.
Preciosa. Limpia. Brillante. Pero, sobre todo, era una lágrima de esperanza.
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Infinity Shine
Desde el estrado, el anillo de Mercy vibró apenas por un instante. Fue imperceptible para todos, excepto para Justice, que creyó ver resplandecer un ligero destello rosa por el rabillo del ojo.
Emerson Sandoval 9 min de lectura
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