Volver al blogTallerista - Grupo presencial
Intimar (Capítulo 7)
En el grupo nadie comentó. Esperé. Sabía que el pez por la boca muere, el que hablaba primero se estaría delatando indirectamente. Al día siguiente, por la mañana, mi celular vibró. Takeshi había escrito, para mi sorpresa (o no). Se exculpó e indicó que él había cumplido con el reto planteado. Lorena hizo lo mismo. Y yo, por supuesto, también.
David Vidal
04 de diciembre de 2025
20 min de lectura
Ser escritor es principalmente una labor solitaria. Es un viaje introspectivo que uno realiza con una mezcla entre placer y dolor. Es un camino en donde uno se ve obligado a quitarse sus tapujos, sus capas, sus prendas. Uno está obligado a desnudarse y, para todo aquél que lo haya hecho, es mejor hacerlo en la comodidad de tu casa, protegido bajo cuatro paredes, y, principalmente, refugiado en una conveniente soledad.
Bukowski creía que las personas más hermosas que había conocido escribían en soledad. Hemingway afirmó que, finalmente, escribir es un acto solitario en donde nadie puede ayudarte. Kafka decía que la soledad le impulsaba a escribir, pero que escribir también lo impulsaba a la soledad.
Es más que evidente: un escritor está condenado a la soledad.
Yo no lo sabía a cabalidad, pero tenía el presentimiento de que mi soledad, mi ensimismamiento natural, mi introspección eran alicientes para que yo escribiese. Esa parte, la soledad, la tenía a mi favor. Y es por ello que cuando me enteré que la primera ronda del concurso era en grupos de tres algo dentro de mí entro en confusión. ¿Qué significaba ello? ¿Teníamos que hacer algún reto grupal? Si al final, el escritor era un ser solitario, ¿cuál era el propósito? ¿Incomodarnos?
Me resigné y opté por aceptar a ese silente grupo, tan desigual, tan diferente. Dentro de mí los detestaba, porque eran mi competencia, de los tres solo uno debería de pasar a la ronda final. Pero también sabía que, en algún momento, deberíamos de trabajar en equipo. No debería de ser tan difícil, al fin y al cabo solo éramos tres, y nos unía algo en común: la escritura. Ese era nuestro relato ficticio, escribir. Nos gustaba desangrarnos, hacerlo a como dé lugar, y por eso estábamos en este concurso.
Pero la pregunta seguía en pie: ¿Era necesario este grupo? ¿Con qué propósito se armaron los equipos?
La respuesta llegaría pronto y era más que obvia: por las historias. Eso, solo por ello valía la pena interactuar. Para robarme las historias, secuestrarlas, apropiarme de ellas y hacerlas mías. Solo por ello valía trabajar con mis compañeros forzosos: para robarme sus historias, o crear nuevas con ellos.
Solo el tiempo diría cuál de las dos alternativas sería la más propicia.
***
Me encontraba desnudo frente a un cuerpo cuya dueña pensaba provenía de España. Ambos nos encontrábamos desnudos, para ser más exactos. Dos desconocidos, o poco más que eso, obligados a vernos los cuerpos, a sentirnos a la distancia, a escuchar nuestros latidos, y hasta leer nuestros pensamientos, y es que la mirada a uno lo condena. En especial a mí, que me sentía increíblemente incómodo. Pero al fin y al cabo ambos sabíamos para qué estábamos allí: para cumplir con el reto. Nada más que eso.
¿Cómo había llegado hasta este punto?
Todo comenzó con una desgracia, o, lo que en ese momento, yo consideré una desgracia.
Al enviar el relato de mi “exitosa” incursión puteril, yo esperaba un gran puntaje, el mejor, pero no. Nada más lejos de la realidad y, es que a veces, el mundo se encarga de gritarte, una y otra vez, que el sentido de la vida es que no tiene sentido. No sueñes en grande, que al final la caída es más dolorosa.
En vez de un mensaje de felicitación, recibí uno escueto, frío, incruento, pero no por ello menos doloroso: Están pre-eliminados. En las siguientes 48 horas se les indicará el reto a cumplir. Recordar que al finalizar el reto, uno de ustedes terminará por ser eliminado.
En el grupo nadie comentó. Esperé. Sabía que el pez por la boca muere, el que hablaba primero se estaría delatando indirectamente. Al día siguiente, por la mañana, mi celular vibró. Takeshi había escrito, para mi sorpresa (o no). Se exculpó e indicó que él había cumplido con el reto planteado. Lorena hizo lo mismo. Y yo, por supuesto, también. Ninguno de nosotros había sido. Entonces, ¿quién? Me sentí mal, asumí que posiblemente era yo. Leí mi texto una vez más. Me parecía sincero, bastante, hasta disfrutable. No, yo no había pre-eliminado a mi grupo. Alguien más lo había hecho. Pero por más que esa certeza terminó por asentarse en mi cabeza, la duda continuó pululando por los recodos de mis pensamientos. ¿Era yo? Si lo era, no importaba. Igual tendríamos que realizar el reto.
Jonás me escribió. No quise responderle, me hice el loco por muchas horas, hasta que no pude más. Sus mensajes continuaban. No podía seguir ignorándolo. Tuve que contarle.
—¿Estás pre-eliminado?
—Ajá, así como escuchas.
—¿Fuiste tú, pendejo? ¿Te acobardaste y no te atendiste con ninguna chica? Huevón, si tenías el contacto de esa amig…
—Sí, sí me atendí. No sé quién pudo ser el que metió la pata. Tal vez ese chinito, no sé, algo me dice que fue él.
Hubo un silencio en la llamada.
—¿Y cuál es el reto?
—No sé. En 48 horas supuestamente nos lo envían. Pero ya me adelantaron por mensaje que uno de nosotros será eliminado.
—Huevón, eso quiere decir que tu grupo está un paso por delante del mío. Solo les faltaría otra pre-eliminación.
No supe qué decir. En parte tenía razón. Pero su tono de voz no destilaba pena, ni alegría. Parecía como si, en cierta manera, me envidiara por estar en una etapa más avanzada que él.
—Para mí que lo hizo el chino huevón. Para mí que el chino no envió nada porque ya quiere pasar a la siguiente etapa del concurso —dijo Jonás.
Lo medité por unos segundos. Tenía sentido lo que planteaba Jonás, podría haber sido el chino el que decidiera a mandarse con todo. No dije nada, solo esperaba que el reto no fuera tan desafiante. Ya me habían mandado a drogarme, a perder mi virginidad, ¿qué reto más podrían proponerme?
—A lo mejor les piden escribir un texto en conjunto, ¿te imaginas?
Cerré los ojos con fuerza. Ya me era lo suficientemente difícil escribir yo solo como para hacerlo a 6 manos. Aparte, ¿cómo rayos eliminaban a los miembros del grupo?
—Verdad, ¿no puedes preguntarle a tu amigo el que te pasó el link del concurso por cómo son los retos de pre-eliminación?
—¿Crees que ya no le he pedido? Es bien hermético ese huevón. Solo me dijo que esté preparado para todo. Me hizo la pregunta que también te hice a ti, ¿te acuerdas?
—¿Darías todo por escribir?
No dormí bien esa noche. En el trabajo traté de distraerme con pendientes acumulados, pero no fue suficiente, mis ideas me traían de vuelta al concurso. Pero, por más que traté de imaginar, nada me preparó para lo que leí ese día a las 7 de la noche. A diferencia de los demás retos, este venía con una introducción, que hasta legitimaba el estrambótico desafío.
“Hasta este momento ustedes no interactuaron, ni se conocieron, y es que escribir es, ante todo, un acto solitario por antonomasia. Sin embargo, es menester para el escritor romper paradigmas, ser rebelde. Para nosotros, no hay mejor manera de romper esta barrera que proponer un trabajo en equipo que los desafíe y obligue a intimar, tanto literal como figurativamente. Y es que, no hay mejor manera de compartir conocimientos e historias que intimando. Por ende, el reto es el siguiente: deberán de encontrarse en alguna ciudad de libre elección. El objetivo principal es conocerse, por lo que deberán de intimar y compenetrarse a través de una cópula grupal. Asimismo, tendrán que eliminar a uno de ustedes. En este punto es importante resaltar que son ustedes, como miembros de su equipo, los que escogen a quién eliminar, y cómo hacerlo. Como entregable del presente reto los miembros que no hayan sido eliminados deberán enviar un relato de entre 1800 a 2200 palabras de lo que aconteció. Sabemos que lo que se pide es enrevesado y muy desafiante, por lo que el plazo para cumplirlo será de exactamente 2 semanas (14 días calendarios), contabilizados desde el preciso momento en el que este mensaje apareció en su bandeja. Idioma del texto: cualquiera. Muchos éxitos.”
Mierda.
Traté de procesarlo, mas no lo conseguí.
Traté de llamar a Jonás, pero me fue imposible.
Estaba solo en esto. Podía renunciar, quitarme del grupo, hacerme el desentendido. Que intimen ellos, que yo no me presto para esa locura. El concurso no lo era todo, o a lo mejor no quería escribir con tanto ahínco como hasta ahora venía presumiendo. No. A lo mejor solo lo creía.
Un zumbido me sacó de mis cavilaciones. Era mi celular. Tenía mensajes nuevos sin leer.
***
A Jonás nunca le gustó trabajar en equipo. Por más que era sociable, siempre, todas las semanas, al menos un día, se recluía en su departamento a escribir. Era típico que ese día no te contestase los whatsapps o las llamadas, por más urgentes que estas fueran. Era su ritual. Y un ritual caro, porque a veces se le ocurría hacerlo entre semana, o, peor aún, un lunes cualquiera. No le importaban sus compromisos laborales, ni las fiestas, ni nada. Cuando sentía ganas de escribir, o de alejarse de todos para pensar en qué escribir, simplemente lo hacía.
Como era de esperarse, no duraba mucho en sus trabajos. Siempre terminaba siendo despedido por sus reiteradas e injustificadas faltas. Es que nadie entiende que cuando uno tiene que escribir, tiene que hacerlo, me decía. Yo solo asentía. En una de esas veces me confesó que él era abogado de profesión. No sabes cómo detesto que los contratos sean así de aburridos, me decía. No entiendo cómo es posible que con las mismas herramientas con las que Dostoievski escribió crimen y castigo estos esperpentos hagan mierda pura y soporífera, me decía. Yo solo le sonreía. Solo eso podía hacer. Sonreír y escuchar.
Con el paso del tiempo se le acumularon los despidos. Ya casi era un paria en el mundo del derecho, y siempre era por lo mismo: faltas injustificadas. No servía para cumplir un horario de oficina, ni para responder a los mensajes de clientes asustados durante sus días de escritura. Y así, poco a poco, los contactos de su familia se le fueron terminando, hasta que se agotaron por completo. Nadie lo aceptaba, por más que prometiese, con los dedos cruzados, dejar de faltar sin justificación. En esos tiempos de vacas flacas se le ocurrió una idea: publicar un libro de cuentos, que ya los tenía escritos. Lo hizo. Pagó por unas entrevistas en algunos medios, tuvo cierta difusión en pequeños círculos, movió sus redes sociales lo mejor que pudo y, así como así, empezó a dar clases de escritura creativa. Su primer grupo lo conformamos unas cinco personas. Yo me inscribí más por él que por su libro, que ni lo había leído. Luego fueron aumentando, poco a poco, hasta ser 15. No era dinero suficiente para solventar sus gastos, ni sus aficiones. Se tuvo que mudar a un departamento más pequeño, de solo un cuarto, y postuló para ser profesor de literatura. La paga no era buena, además de que el horario lo comprometía a levantarse muy temprano por las mañanas. Se le ocurrió algo mejor: ser profesor de razonamiento verbal y lectura en una academia preuniversitaria. Era un trabajo a tiempo parcial, a media mañana, incluso tarde, o noche, si así lo quería. Fue aceptado, sus credenciales de abogado y su libro recién publicado lo avalaban.
De cuando en cuando hablábamos. Ya sea en su taller, o por mensaje, me contaba sus peripecias. Era como si aprovechara el tiempo que compartíamos para hacer borradores verbales de sus futuros cuentos. Me contaba que los chicos de ahora casi no leían, que pandemia había terminado por fustigar las pocas ganas que tenían para la lectura, que su capacidad de concentración era más corta que su duración en la cama, que sentía que cada clase era un monólogo cuyo propósito no era entender el texto, sino saber qué respuesta era la correcta. Cada día se mostraba más deprimido de que el sistema premiase solo a las respuestas correctas. Es que a veces las alternativas incorrectas tienen más sentido, me decía. Las opciones correctas son solo eso, correctas, pero si el estudiante realmente entendiera el texto, las repuestas correctas se quedan cortas. Si el que plantea el examen no menospreciara la capacidad del estudiante, la cosa sería diferente, insistía. Y, como siempre, yo solo escuchaba.
Nuestra amistad se volvió más periódica. Dejé de inscribirme a sus talleres, ya me hartaba en cierta manera tener que ver una y otra vez los mismos temas, las mismas dinámicas, hasta las mismas caras. Todos con un mismo sueño: ser escritores. Pero la verdad era que solo algunos escribían. Y yo, para variar, nunca mostraba mis textos. Por más que Jonás me insistía, yo solo asentía y escuchaba, como siempre. Usaba excusas tontas, pero nunca presentaba texto alguno.
Esa atracción que en un momento quemaba como los buenos textos terminó por convertirse en poco más que un pequeño e inane amago, una mísera chispita mariposa. Nos volvimos amigos distantes, pero no por ello perdimos la confianza. Con Jonás podía dejar de hablar por meses, pero cuando alguno de los dos escribía, la amistad parecía renovarse con las mismas fuerzas de siempre, como si nunca hubiésemos perdido contacto. Y es que eso es la impronta de las buenas amistades. A diferencia de las relaciones, las amistades no requieren de contacto, de responsabilidad, de presencialidad. No hace falta nada de eso. Solo se requiere de una buena charla, un hola, o un qué tal para revivirla. Y es allí que la realidad se impuso y terminé por aceptar que Jonás nunca sería nada más que un buen amigo. Tal vez el mejor y único amigo que tuve en la vida. Un amigo que me entendía, que se reía de mis chistes, que quería leer mis cuentos.
A veces lo extraño.
Como ahora que escribo acerca de él.
O como cada vez que escribo.
***
Mi corazón latía a mil. Tenía demasiadas dudas, no sabía qué hacer. ¿Importaba tanto este concurso? ¿Dónde nos veríamos? No tenía ni VISA, a las justas un pasaporte sin ningún sello. Más importante, ¿con quién dejaría a Bob? ¿Cómo nos eliminaríamos? ¿Al que follaba peor? En ese caso Lorena tenía la ventaja. ¿Cómo haría con el chino? Si la tenía chiquito al menos no me dolería, pero ¿y si era tamaño estándar? ¿Dolería? ¿A él le dolería? ¿En qué estaba pensando? Nunca había hecho un trío, a las justas un dúo. Y este no era cualquier trío. Era el trío prohibido, con choque de espadas incluído. No, no podía. Escribir era importante, pero no lo era todo. Este reto era una locura y no había manera de cumplirlo.
Mi celular vibró. Era una notificación de WhatsApp. Tuve miedo de leer el mensaje, pero qué más daba. Si iba a salirme del grupo mejor si lo hacía al comienzo de este reto.
Para mi sorpresa no era Takeshi quien escribió. Era Lorena.
Hola, yo ahora estoy en Colombia. Vine a visitar a unos familiares. Esteban, Takeshi, ¿por dónde se encuentran?
Esperé a que Takeshi respondiera, como siempre, pero nada, parecía haberse esfumado.
Mi ansiedad se impuso.
Hola Lorena, yo estoy en Lima, Perú, parece que estamos cerca, escribí.
Bien, me parece bien. ¿Conoces Colombia?
No.
Ok. Yo sí conozco Lima, viví allí por algunos meses.
Eureka, me dije.
Genial, ¿podrías venir?, escribí
Sí, pero si es que me ayudan a costear el pasaje. Yo pondría una parte, ustedes otra al destino que elijamos. De momento parece que Lima es el punto ideal. ¿Qué dices, Takeshi?
Takeshi no leía los mensajes. Era probable que estuviese dormido, por la hora, pero nos resultaba extraño. Takeshi siempre se conectaba.
Takeshi, ¿estás allí?, escribió Lorena.
No hubo respuesta.
Takeshi, danos tu opinión, ¿estás de acuerdo con viajar a Perú?
Seguía sin responder.
Le escribí a Lorena al privado. Le dije que mejor sería esperar al día siguiente, que tal vez Takeshi estaría durmiendo. Ella coincidió conmigo. Es allí que me di cuenta que esa fue la primera conversación que tuvimos. Vi una vez más su foto de perfil, había cambiado. Ahora se mostraba en París, frente a la torre Eiffel, con una sonrisa en el rostro, el cabello largo y recogido, con una silueta bien trabajada. Sin dudas se preocupaba por su físico. Esta vez no traía lentes de sol. Sus ojos eran claros y almendrados, felinos, escoltados por una nariz respingada. Era hermosa, no había dudas. Empecé a imaginarnos, a los tres juntos, desnudos. Me di cuenta que me gustaba fantasear con ello, pero cuando pensaba en ejecutar el reto sentía que las tripas se me revoloteaban. Cobarde, me repetí en silencio.
Al día siguiente Takeshi todavía no respondía.
Takeshi, por favor, responde, escribió Lorena.
Nada, no hubo respuesta.
Pasaron las horas y al medio día Takeshi se manifestó.
Hola, no conozco Perú, mejor vengan a Japón, dijo.
Takeshi, a mí y a Esteban nos queda mejor Perú. Yo estoy en Colombia y Esteban ya se encuentra en Lima.
No conozco Perú. Vengan aquí.
Hola Takeshi, te ayudo a pagar tu pasaje y los viáticos, ven a Perú, escribí.
Lorena apoyó mi mensaje y prácticamente lo repitió.
El grupo se silenció por unos minutos.
No. Vengan a Japón o nada.
Ese mensaje me enojó y, al parecer, a Lorena también.
Takeshi, somos dos contra uno, escribió Lorena.
Japón o nada. Yo soy el admin del grupo. Si no aceptan elimino a uno y con el otro coordinamos.
Lorena me escribió directamente. Ambos coincidimos en que lo mejor era abandonar el grupo y crear otro donde estuviéramos solo los dos. Así que dimos un golpe de estado coordinado. Al mismo tiempo, ambos nos retiramos del grupo. Si no iba a cooperar, para qué insistir. Aparte, tanto yo y Lorena coincidimos en que muy probablemente había sido Takeshi el que había hecho que nos pre-eliminaran. Fue un golpe duro para él, de eso estoy seguro, pero no tuvimos otra opción. Aunque la verdad no me dolió nada encestar el golpe. Takeshi era antipático, hasta mandón y en ese momento me sentí bien que fuera él el eliminado.
Ahora solo quedaba un problema: ejecutar el reto.
Lorena tomó un vuelo de Bogotá a Lima a los tres días. Recuerdo que acordamos en que iría a recogerla para interactuar y conversar, después de todo, tendríamos que intimar como parte del reto. Aunque sea un poco de confianza era menester.
De camino al aeropuerto miraba su foto de perfil. Me imaginaba cómo sería su cuerpo desnudo, sus pezones, su vientre. De hecho tendría abdominales. Estaba en forma. Me imaginé desnudo, todo fofo, con ginecomastia adquirida a base de frituras, y los hombros manchados por un acné mal curado. El contraste sería notorio. De saber que este concurso sería así habría hecho algo de dieta aunque sea, pensé. No te mientas, pensé otra vez. Me alegré no ser yo el que tendría que copular conmigo.
Ingresé a la zona de arribos internacionales. Muchas cabezas, muchos colores, muchas figuras. Muchos rostros alegres, muchos felices. Muchas despedidas y muchos encuentros. Mi cara no coincidía con ninguno de ellos. Yo iba a encontrarme con una desconocida por la que no sentía ningún tipo de afecto. Se sentía más un trámite obligatorio que una bienvenida. Me miré en las lunas pavonadas del aeropuerto, mi rostro estaba tenso, con ojeras, y fofo. Dormir mal siempre me hinchaba la cara.
Ya eran las 10 de la mañana. Miré mi celular, todavía no me enviaba ningún mensaje. Miré nuestro chat, le había enviado un selfie con mi ropa y mi cara. Ella había hecho lo mismo. Tendría que sentirme feliz, maldición, me dije. Era una hermosa mujer. La desdichada era ella.
Escuché el traqueteo de unas ruedas acercándose hacia mi. Tensé la mandíbula, no quería voltear a comprobar si era ella. Tenía miedo. El traqueteo cesó. Alguien me tocó el hombro. Volteé a verla. En efecto, era ella. Su piel era blanca, hasta nívea, sus ojos caramelos, y su pelo rojizo. Estaba vestida con un buzo entallado. Su figura era venusina, opuesta a la mía, con amplias caderas, una cintura estrecha y pechos turgentes. Si no fuera por algunas arrugas en el rostro y un ligero retroceso en su línea capilar podría haber pasado fácilmente por una adulta joven. Ví que movía la boca, con mirada extrañada.
—¿Hola? ¿Es usted Esteban o qué?
Tragué saliva antes de responder.
—S..sí. ¿Lorena?
—Claro que sí. ¿Usted que cuenta? —y me regaló una inmensa sonrisa.
Sus líneas de expresión la delataban. Debería de tener unos cuarenta y tantos. Le sonreí también, pero mi sonrisa fue más insincera que la suya.
—Bueno, no mucho. Algo nervioso.
—Ah bueno, pero no se me preocupe usted, que yo creo todo va a salir bien.
Mientras salíamos del aeropuerto no pude evitar preguntarme su nacionalidad. Creía que era española, pero no. Su dejo, la cadencia de sus palabras, el tono de sus frases, todo destilaba un fervor latino bastante particular. Hasta su andar, que vi de soslayo, era acompasado, lejos de la frialdad del andar de cualquier lego europeo.
—Bueno, ¿y qué pasa con usted? ¿No suele hablar mucho?
Esa pregunta me agarró desprevenido.
—N..no, la verdad que no.
—¿Es bien tímido, no?
—Ajá.
Lorena empezó a reír.
—Ay, qué pena con usted. Igual, ¿sabes que después nos va a tocar tirar, no?—y su rostro destiló una mirada pícara.
Me puse rojo como un tomate.
—Ajá, sí, claro que lo sé. Solo que, bueno, prefiero no pensar en eso.
—Ay usted es tan lindo, se ve tan inocente. ¿Es virgen?
Hubo un pequeño silencio.
—No. Pero no tengo mucha experiencia, que digamos.
—Entiendo.
—¿Y usted?
Sonrió otra vez. Esta sonrisa era más sincera que la mía.
—Más que usted, eso de hecho.
Continuamos caminando hasta que llegamos a la salida, a la zona de los taxis.
—Bueno Esteban, fue usted muy amable al acompañarme.
—Gracias. Era lo menos que podía hacer. ¿Quiere que la lleve a su airbnb? ¿Estará hospedado en uno?
—Airbnb no. En un hotel a donde solía llegar aquí hace algunos años.
—Ok —asentí la cabeza en silencio, a la espera de que siguiera la conversación. No lo hizo—¿Quisiera que la acompañe en el taxi?
—No hace falta Esteban. Es usted muy bueno, me da pena robarle algo de esa inocencia. Mire, me gustaría dejar todo coordinado.
—Claro.
—No sé si puedes venir a los Olivos. ¿Conoce usted?
—Sí. No suelo ir, pero sí conozco.
—Vea pues, nos vemos en Megaplaza, vamos a comer y de allí hacemos lo que vinimos a hacer. Pero eso sí, Esteban, todo con protección.
Asentí y nos despedimos.
Esos dos días hasta el sábado no pude dormir bien. Solo pensaba en ese momento, cómo se vería, el color de sus pezones, sus formas, sus aureolas.
Pero ahora los tenía al frente. Eran hermosos, casi rosados, perfectos. La baja iluminación del cuarto atizaba las sombras, incrementando las dimensiones, agrandando todo, hasta mi nerviosa virilidad.
—¿Te gusta lo que ves? —dijo Lorena.
Se había quitado el sostén y ahora hacía lo mismo con su pantalón. Su vientre se encontraba tonificado, muy a diferencia del mío, que bailaba fofo tras quitarme el polo. Mis latidos se incrementaron. Mi boca empezó a secarse. Empecé a recordar lo que ya me había sucedido con Karina.
—¿Me ayudas?
Solo tenía una bragas. Con manos temblorosas se las retiré. Allí estaba, frente a mí, el origen de mis temores. Era agradable de ver, hasta de respirar. No soy ginecólogo, pero podría asegurar que cuidaba mucho de aquella tentadora cavidad domadora de hombres. Se echó en la cama y abrió las piernas, como esperando algún movimiento de mi parte. Yo seguía parado en medio del cuarto, frente a ese espectáculo hecho mujer. Lorena me vio directo a los ojos. Sonrió.
—Ay amor, ¿en serio no eres virgen?
Sentía la boca seca. Unos gemidos se escuchaban. Una mujer gritaba de placer en otro cuarto, muy cerca de donde estábamos. Eso quería yo. Solo tenía que hacer eso. Era sencillo, ¿no? Si lo era, ¿por qué estaba tan nervioso? Lorena se levantó, me agarró el cuello con una mano y me dio un beso. Fue tierno, suave, despacio. Me miró a los ojos. Volvió a besarme. Nuestros labios se acariciaron.
—Tranquilo amor. No hay apuro.
Me quitó el pantalón. Se agachó, y retiró lo demás. Allí estaba, mi virilidad, escamoteada por la baja iluminación. Los gemidos del otro cuarto incrementaron, acompañados de aplausos.
—¿Qué pasa? ¿No le gusto?
Tensé la mandíbula.
—No…no es eso. Me gusta mucho su cuerpo. Solo que…no sé. Es mi segunda vez. No sé hacer esto…
—Tranquilo, no te preocupes—Lorena se sentó en la cama.—Es normal estar nervioso. Respire, tome aire, camine. ¿Qué te gusta hacer?
—Esto está bien. Conversar me pasa los nervios.
—¿En serio? —Ella sonrió.
—Sí. En mi primera vez me pasó igual. Y, bueno, ella hizo algo y funcionó. Como que despertó algo en mí, no sé.
Me miró con ternura. Sus ojos destilaban una mezcla de empatía y sensualidad.
—¿Qué fue lo que hizo? Que acá lo podemos hacer mejor.
Tragué saliva con dificultad. Mi boca seguía seca.
—Lo hicimos fuerte. Me hizo apretarle el cuello, mientras…mientras me contaba como lo hizo con tres hombres.
—¿A la vez?
—Sí —dije con vergüenza—me excitó su historia, y eso despertó algo en mí, mis manos se fueron a su cuello, le tumbé en la cama, y solo me moví. No…no estaba en total control de mí. No pensaba, solo actuaba.
Lorena me miró con complicidad.
—¿Con que entonces te gusta fuerte ah? Y las historias. Bueno, eso se puede arreglar.
Lorena se levantó de la cama. Me atrajo hacia ella. Me dio un beso intenso, tan profundo que su lengua pareció extirparme las amígdalas.
—No te toques, amor. No pienses en ello. Solo mira, siente.
Elevó el volumen de la música. Me arrojó a la cama y empezó a bailar alrededor de la habitación. Se empezó a tocar, mientras se contorneaba. Sus piernas eran tonificadas. Sus pantorrillas parecían masas turgentes, curvas sinuosas. Se colocó sobre mí. Me agarró el cuello.
—Dime que te gusta—me dijo.
Solo la miraba, parcialmente excitado.
—Saca la lengua.
Obedecí.
—Vamos, sé que quieres. Esta será una buena historia que contar, imagínanos allí, en esa cama, haciéndolo bien rico… y fuerte.
Me dejé llevar e hice lo que tenía que hacer. No sé si el instinto me guió, o si ya venimos con instrucciones, pero supe de antemano los movimientos que había que hacer. Nos convertimos en uno. Por esos momentos, aunque escasos, me convertí en cristiano y sentí que nuestra carne era una sola. Empezamos a desarrollar una coreografía desenfrenada, al ritmo de la música y gemidos vecinos. Nos unimos a ellos también. Éramos un coro de gimoteos hedonistas; y se sentía bien ser el nuevo integrante de la orquesta.
Continuamos el desenfreno. Ella hizo de profesora, me guió con la paciencia que te da la ternura y la vehemencia de la pasión. Ahora los aplausos eran nuestros, ya no ajenos. Se sentía bien. Me movía por inercia, mis pensamientos se habían ido, y el miedo también. Seguimos hasta que una melodía ajena invadió nuestra coreografía. Era el celular de Lorena. No hicimos caso, continuamos en lo nuestro. Luego sonó mi celular. Nos miramos con extrañeza, era una rara coincidencia, pero optamos por continuar. No podíamos dejar ir la pasión. Ya la habíamos asido, era menester no parar.
Sonó el celular de Lorena una vez más. Nos detuvimos, y ella se levantó de mala gana. Miró su pantalla. Su rostro era de sorpresa.
—¿Qué pasa? ¿Todo bien? —dije agitado.
Me mostró su celular. Allí, en la pantalla, decía claramente: “Takeshi concurso de escritura”.
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