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La habitación 28 de julio: Humedad

Miquelo miró por la ventana. La ciudad mutaba. Las casas bajas de colores chillones daban paso a torres de ladrillo sin terminar. No había arquitectura, solo acumulación. Un paisaje tísico donde, de pronto, emergió una catedral pintada de rosa...

Gabriel Granda
19 de diciembre de 2025
16 min de lectura
La lluvia no caía; agredía. Golpeaba las lajas del patio con el sonido agudo de mil dedos huesudos arañando la tapa de un ataúd de zinc. Miquelo irrumpió en la recepción, escupido por un vientre enfermo que lo abortaba. El aire allí dentro exhalaba un hedor a cera derretida y a tallos de flores pudriéndose en agua estancada. —Esperamos que su estadía haya sido... provechosa —dijo la recepcionista. Su sonrisa era exagerada. Sus encías se veían más grandes de lo normal y parecían querer devorar sus propios dientes. «Demasiado ancha y cucufata», pensaba Miquelo, sintiendo una náusea repentina. No respondió. Su garganta tenía una carraspera llena de alambre de púas; cada intento de hablar era un acto de mutilación. Asintió con la cabeza. —Tome asiento. ¿Desea tomar algo? ¿Agua o café? —La movilidad viene por mí —alcanzó a decir con su voz rasposa. Su piel aún ardía. No era calor; era una fiebre química. Se rascó el cuello con violencia, buscando bajo la epidermis algo que palpitaba y que no debía estar ahí. Sus dedos encontraron un bulto, duro y caliente. Se detuvo. Extendió la mano hacia la puerta abierta, buscando la lluvia. Necesitaba sentir algo húmedo para sentirse vivo. —Dentro de una hora vendrá alguno de mis colegas a recoger unos documentos que dejé en la habitación. Salió; la intemperie no ofreció alivio. El aire pesaba y el sol era de color azul. La recepcionista alzó los ojos, pero él giró la mirada con frialdad, interceptando la curiosidad que brotaba de las pupilas femeninas. Ella retrocedió, sorprendida por la intensidad de aquella mirada, fingió concentrarse en el libro de recepción y anotó la salida del huésped con prisa. El cielo del Callao era una costra gris a punto de supurar. Abajo, las casonas se pudrían en silencio. La lluvia cesó, dejando una neblina tenue que permitía ver algunos barcos oxidados cerca de la playa. Un sedán negro se detuvo frente a él. El motor rugía. Era un búfalo moribundo. La ventana del conductor bajó con un zumbido eléctrico que a Miquelo le sonó idéntico al de una larva a punto de morir. —¿Señor Miquelo? —preguntó el conductor. Tenía la cara picada con cráteres de viruela sobre piel muerta, la misma que Miquelo imaginó que tendría en unos días sobre el cuello. —Mauricio Jiménez, señor. El Comité me envía —comentó y deslizó su mano con hipocresía para saludarlo. Miquelo subió después de decir «buenos días», dejando la mano que lo saludaba en el aire y mostrando una tarjeta de identificación de color gris. El interior del coche olía a cuero sintético y a loción barata, un intento fallido de ocultar un olor más profundo que parecía ser sangre y berrinche. Cerró la puerta y el mundo se ahogó en el silencio mecánico del aire acondicionado. —A Lima —dijo Jiménez. Aquella expresión no era una pregunta. —Al Comité Latinoamericano. Me esperan. El diálogo dentro del auto era mezquino mientras devoraban la avenida, dejando atrás el Hotel del Callao. Entre la niebla desfilaban las fachadas coloniales con sus balcones de madera podrida exhibiendo las costillas rotas de un esqueleto republicano. Miquelo apretó el mango de la maleta, pues al subir no pensó en guardarla en el maletero. Dentro estaba la laptop y varios documentos que contenían el peso muerto de una burocracia caníbal. —El clima está raro —dijo Jiménez, mirando por el retrovisor. Sus ojos eran un par de puñales que mostraban desconfianza y zalamería. Esto incomodaba a Miquelo, pues sentía que se dirigía a un juicio de guerra—. Dicen que la humedad se está comiendo esta ciudad... —Eso dicen —respondió Miquelo, pero muy en sus adentros veía que la humedad trabajaba más rápido que el gobierno de turno asignado para demoler aquellos viejos trastes urbanos que olían a pobreza y subdesarrollo. Miquelo miró por la ventana. La ciudad mutaba. Las casas bajas de colores chillones daban paso a torres de ladrillo sin terminar. No había arquitectura, solo acumulación. Un paisaje tísico donde, de pronto, emergió una catedral pintada de rosa: un invitado elegante en un velorio de pueblo. A su lado, un pasaje adornado con cintas multicolores vibraba con una euforia salsera, desafiando la gangrena del entorno. El sedán redujo la velocidad hasta dar con un cartel de neón vivo que decía: «El Mejor Pan con Pejerrey». Bajo la luz intermitente del sol teñido de azul, los comensales en la acera disfrutaban de aquel aperitivo. Se inclinaban sobre sus platos con un apetito carnal de cultura, desgarrando el pescado con movimientos espasmódicos que unían el cuerpo y el espíritu, empujados por el son de una canción que coreaba: “Sé que tú no quieres que yo a ti te quiera, siempre tú me esquivas de alguna manera”. —Sabroso —susurró el conductor. La gente continuaba danzando un eterno baile de la alegría y se alentaban entre ellos mismos diciendo: «¡Chimpúm, chimpúm!». A Miquelo le pareció ver un espectáculo de poca monta y, por una fracción de segundo, sintió que lo que comían no era pescado, sino algo que se retorcía, algo con demasiadas patas que les dejaba la nariz sangrando. —¿Le apetece algo, don Miquelo? —la voz de Jiménez sonaba cordial pero no perdía el tono hipócrita—. Aquí la comida es fresca. Recién salida del mar. —Del agua negra debe ser. Solo conduzca —susurró Miquelo. Se rascó la muñeca con fuerza hasta que la piel cedió despellejada. —Como ordene. El Comité debe tener prisa. El coche giró hacia una callejuela estrecha, pintada con grafitis de personajes que Miquelo desconocía. El vehículo continuó en dirección a una pista que salía muy cerca, hacia el borde del mar. Se podía oler la sal, el guano y las algas muertas. —Más rápido —insinuó Miquelo. Sentía que la fiebre le subía por la columna vertebral. El conductor lo veía algo mareado, casi afiebrado, por lo que pisó el acelerador y el búfalo rugió con más fuerza: 80, 90, 100, 120 km por hora. La niebla se abría ante ellos, rasgando cortinas de gasa sucia. Otros vehículos se apartaban, temerosos de la bestia negra que cruzaba con un emblema oficial del Estado. La lluvia regresó de golpe, martillando los cristales con gotas enormes y espesas. No estallaban al chocar; se adherían al vidrio palpitando cual insectos moribundos, sacudidos finalmente por el por el chillido de los neumáticos al clavarse frente a un edificio pintado del color del acero. —¿Hemos llegado? —Miquelo intentó que su voz no temblara. —Hemos llegado. Miquelo descendió del vehículo con prontitud. Sus piernas temblaban y sus manos aferradas a la maleta, eran su única ancla a la realidad. De pronto una gota roja cayó de su nariz sobre el asfalto. Luego otra y otra. En la mancha de sangre, algo casi microscópico y negro, comenzó a reptar. Era un parásito que se retorcía buscando regresar a él, a su calor. Jiménez apagó al búfalo y dijo: —Bienvenido al Comité Latinoamericano de Desarrollo. Miles de banderas regionales ondeaban con rigidez sobre el edificio, hasta el viento tuviera miedo de tocarlas. En la caseta de seguridad que custodiaba la entrada, uno de los guardias tragaba una empanada que le dejaba un aderezo amarillo sobre el filo de la boca y, al ver que uno de los jerarcas del Comité Latinoamericano de Desarrollo acababa de descender de un sedán negro, sus ojos se desorbitaron y se apresuró a limpiarse la boca con documentos sellados que por ahí había. Jiménez descendió del auto con prisa para ocultar al colega tras su espeso cuerpo y habló con reverencia. —¿Algo más en que lo pueda ayudar, señor Miquelo? Miquelo miró el edificio. Sentía a las cosas moviéndose en su sangre, nadando por sus venas, listas para ser entregadas. —Sí, Jiménez —dijo. Su voz ya no era rasposa; era fría y metálica—. He dejado papeles en blanco en la mesa del hotel. Vuelve. Dile a la recepcionista que olvidaste algo. Haz que te acompañe a la habitación. —Sí, señor. Miquelo hizo una pausa. Miró la gota de sangre en el suelo, donde la cosa negra ya había dejado de moverse. —Deshazte de ella. Y limpia el desastre. Nosotros nos encargaremos de los pronunciamientos oficiales. Jiménez se alejó montando a la bestia, disolviéndose en la bruma. Miquelo se quedó solo, sintiendo cómo una capa de sudor helado le cubría la piel bajo la ropa. Su misión biológica le pareció de pronto políticamente estrafalaria. La certeza de convertirse en una rata de laboratorio se le pego al cuerpo , viscosa y pesada como la niebla.

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