Volver al blogTallerista - Grupo online

La niña de los pies descalzos (2)

Durante los minutos siguientes la conversación fluyó de manera normal, como siempre, nada que me hiciera sospechar que había algo que temer. Pero ya avanzada la noche, se apareció una camioneta con lunas polarizadas frente a la casa de Erick. Los de adentro parecieron reconocer a Luchito y lo saludaron. Él se acercó a hablar con ellos desde la ventana, y en menos de un minuto bajaron a acompañarnos tres personajes que no había visto antes...

Julio César Jerí
01 de setiembre de 2026
17 min de lectura
—Soy yo, Alexandra. Quiero volver a verte. —Alexandra? Hola. –Comencé a sentir miedo, tal vez era una broma, o tal vez le habían hecho llamarme para verificar efectivamente que tuve algún contacto o insinuación con ella. —Disculpa que te llame, y tal vez te sorprenda que tenga tu número, pero es solo que mi prima está saliendo con tu amigo Erick y un día él dejó tirado su Nextel en mi casa y conseguí tu número de su agenda. —Pues si me sorprende que me llames. –Dije de una manera tranquila sin ánimos de mostrar algún tipo de emoción. —Me quedé pensando en nuestra conversación y me gustaría conversar más contigo, tú crees que nos podamos ver algún día. —No sé si sea buena idea. —¿Por qué lo dices? ¿Por mi hermano? Él no sabe nada que te estoy llamando y tampoco tiene porque saber, solo sé que quiero volver a verte y conversar. Mira este nextel me lo ha dejado mi prima porque su papá le ha comprado otro y se quiere deshacer de este número, creo que hay un chico que le llama siempre y ella no quiere saber más de él. Como sea yo solo tengo este teléfono porque quiero conversar contigo. —Bueno creo que, si podemos conversar por Nextel, pero no creo que sea buena idea vernos. Durante los siguientes días estuvimos conversando en las noches. Sobre su familia, sus ganas de salir, lo que hacía o dejaba de hacer, hablaba con la misma seguridad de siempre, esa que no le pedía permiso a nadie. Pero apenas la conversación se acercaba a otro terreno, algo en su voz cambiaba. —Nunca he estado con nadie —me dijo una noche, casi en un susurro, muy distinto al tono con el que minutos antes me había contado cómo le gritó a su hermano por no llevarla a alguna fiesta. —No sé cómo es eso de verdad. Tengo miedo, pero también quiero saber. —¿Miedo de qué? —De no saber qué hacer, de que no te guste, de todo. —Se quedó callada un momento. —Tú podrías enseñarme, ¿no? Como se enseña algo por primera vez. Sonaba distinta a la chica que minutos antes se jactaba de hacer siempre lo que se le daba la gana, la misma que decidía sola, sin pedirle permiso a su padre ni a su hermano ni a nadie. Ahí, de golpe, era una niña que no sabía nada y necesitaba que alguien la llevara de la mano. No supe entonces y sigo sin saberlo del todo, incluso ahora que lo cuento, si esa mezcla era quién era ella de verdad o si había aprendido, mejor que nadie que yo conociera, que la inocencia bien actuada abre puertas que ni la insistencia ni el capricho logran abrir solas. —No sé si sea buena idea —le dije, sabiendo que ya no le estaba hablando a la chica vociferante de la calle, sino a esta otra, la que parecía necesitar que yo decidiera por ella. —Tú decide entonces. —Y su voz volvió a sonar suave, expectante, como si de verdad no supiera lo que estaba pidiendo. —Yo solo quiero que tú me digas qué hacer. Pero no podía negarlo me gustaba demasiado, en toda mi vida era la chica más guapa que se había interesado en mí, aun así, siempre me decía a mí mismo que no podía verla o cruzar esa barrera física, pero Alexandra era insistente, supo cómo sonsacarme, me decía que quería estar entre mis brazos, probar mis besos, que deseaba estar con un hombre de verdad, que se sentía lista para entregarse totalmente a mí y que le enseñe a hacer el amor y que haría lo que fuese para complacerme en todo lo que quisiese, dentro y fuera de la cama. Esa imagen me estuvo torturando durante días. Como podría yo hacer eso, no solo era no respetar el código de amigos, era traicionar a su padre que me había ayudado, a su madre que me trataba como un hijo y sobre todo era quitarle la inocencia a una chiquilla de la cual le llevaba demasiado en edad. —La próxima semana cumplo dieciséis. –Me dijo. –Y quiero pasar la noche contigo como regalo de cumpleaños. –No supe que decir en ese momento, solo pensaba: ojalá fuera diecisiete años los que cumpliese, así si estuviéramos juntos solo tendríamos que escondernos unos cuantos meses; y si luego su familia se llegase a enterar de lo nuestro podría apelar a que ya faltaría poco para que tuviera dieciocho y sería más razonable o aceptable la cosa, pero no, faltaba por lo menos un año para llegar a ese punto. Durante los siguientes días la dinámica de la conversación fue la misma, hablar de todo un poco y luego de unos minutos Alexandra salía nuevamente con el tema de poder vernos. Tengo que aceptar que me fue imposible no ceder a tales proposiciones. Efectivamente Alexandra, como me dijo en algún momento, hacia lo que se le daba la gana y lo conseguía. La llamé el día de su cumpleaños bien temprano, tal cual me lo había estado pidiendo y quedamos en vernos. -Ven por mi casa y te recojo en el auto de ahí. -Le dije. –No puedo ir a buscarte yo, porque nos pueden ver por tu casa. Llegó a los 20 minutos se subió al auto y nos besamos casi instantáneamente, sin decir casi palabra, por ratos se me venían imágenes de Luchito con algunos de sus secuaces dispuestos a golpearme, pero sus besos borraban casi automáticamente esa imagen. Tenía una habilidad para besar que en definitiva no parecían de una chiquilla de dieciséis, sino más bien alguna mujer ya experta en los artes amatorios. Mi intención nunca fue que esto llegara a más que unos besos y abrazos, pero no pasaron más de quince minutos que estuve atado a sus besos que me dijo. –Vamos a un hotel. –No podemos. —Te prometo que nadie se va a enterar. –Me dijo mientras me acariciaba el cabello con una mano y la pierna con la otra. Era imposible no sucumbir ante ello. Así que tomé el auto y nos fuimos a un hotel de Santiago Surco, pensaba que llevarla a un hotel pichicruchis de San Juan de Miraflores no sería digno de este encuentro y mucho menos quería que ella se sintiera poca cosa. Llegamos a la recepción y ella se sentó en el mueble de espera, con las piernas cruzadas y con una calma que no le había visto ni una sola vez cuando me la cruzaba por su casa. Por suerte, en aquella época solo pedían un DNI y no verificaban más que eso. El recepcionista ni siquiera levantó la vista dos veces. Subiendo la escalera tuve, por primera vez esa noche, un segundo entero para pensar. No el pensamiento largo y organizado de los días anteriores, el padre, la madre, Luchito, la diferencia de años, sino algo más corto y más honesto, todavía podía dar la vuelta y evitar que esto pasara, nadie me lo iba a impedir. Ella caminaba dos escalones delante de mí, descalza otra vez porque se había sacado las sandalias en el auto, y pensé que ese detalle, los pies desnudos sobre la alfombra gastada del pasillo me decía más de ella que cualquiera de sus llamadas nocturnas. No supe entonces si era libertad o desamparo. Sigo sin saberlo. Abrí la puerta y no dije nada, ella tampoco, ahora que lo pienso, eso ya era una respuesta. La acaricié de una manera tierna, tratando de que ese recuerdo —el que yo suponía sería su primera vez— fuera lo más hermoso posible, aunque en el fondo ya sospechaba que estaba construyendo esa ternura tanto para ella como para poder perdonarme después. La desnudé con delicadeza. Ella se dejó hacer con una quietud que en ese momento interpreté como nerviosismo y que solo mucho después entendería distinto. Cuando por fin estuvimos juntos, esperaba la dificultad que se supone acompaña a un primer encuentro. No la hubo. Fue una facilidad que no encajaba con nada de lo que ella me había dicho los días anteriores, y ese desajuste, tan pequeño, tan físico, fue lo primero que sembró la duda que después no pude sacarme de encima. Aun así, hice mi mejor esfuerzo por olvidar ese gran detalle y para poder hacerle sentir lo mucho que la quería y la deseaba de la manera más honesta y tierna que podría lograr. Luego de acabar, nos quedamos un rato así, abrazados, en silencio. Fue ese silencio, más que cualquier otra cosa, el que me hizo hablar. —¿Por qué no me dijiste que ya no eras virgen? —Sí lo soy. Bueno, lo era hasta hace unos minutos. —No tengo ningún problema con que lo seas o no. Solo quiero que confíes en mí. —¡Pues ya te dije que no! ¡Qué te pasa! ¡Por quién me tomas! Y ahí, de un momento a otro, volvió a ser la Alexandra de siempre —la feroz, la que gritaba en la calle, la que no le pedía permiso a nadie— solo que ahora esa versión de ella me la estaba dedicando a mí. —Tranquila. Ya no hablaremos más del tema —Le dije, aunque lo decía solo para calmarla, y también, tengo que admitirlo, para no tener que seguir mirando de frente lo que acababa de descubrir. Te voy a llevar cerca a tu casa. –Le dije. –No puedo llegar tan tarde al trabajo. Durante los siguientes días trate de regresar a mi día a día, pero los sentimientos de culpa y el miedo a ser descubierto por la familia me seguían acechando, aun así, seguía en contacto con Alexandra con las regulares llamadas por Nextel en altas horas de la Noche. Cada cierto tiempo nos veíamos a escondidas en el auto y si ella podía escaparse una buena cantidad de tiempo sin levantar sospechas nos íbamos al hotel donde la tuve por primera vez. El negocio de los autos seguía viento en popa, las visitas a la casa de los Flores Riojas seguían sucediendo como antes, chelas de por medio con Luchito, conversaciones con Don Lucho sobre los autos y fumar uno que otro cigarrillo con Doña Amalia cuando me encontraba esperando en la sala. Eso sí, apenas veía aparecer Alexandra en la casa o en la calle, descalza como le gustaba andar y vociferando algo como siempre, la ignoraba con una frialdad que cualquiera podría decir que no me movía ni un solo átomo de mi cuerpo. Cada vez la actuación me salía mucho mejor, tanto así que llegué a perder el miedo de ser descubierto. Pero mi supuesta felicidad no me duraría mucho. Unos dos meses después de mi primer encuentro con Alexandra, Erick vino a visitarme a la casa. —Cholo, te vimos con la hermana de Luchito. —Puta madre. ¿Tú y quién más? —Yo, con Fabiola. Su prima. —¿Dónde? —Reconocimos tu auto en la entrada de un hotel de Surco, y como joda, Fabiola me dijo: quedémonos un rato a ver con quién anda tu amigo. —Ya me cagué. —La cagaste bien, cholo. Al principio Fabiola me dijo que no iba a decir nada, pero el chisme le ganó, y empezó a joder a Alexandra el otro día delante mío. Ya sabe que se hablan por Nextel también. ¿Qué esperabas? —¿Le habrá contado algo a Luchito? —No sé. Según ella, no lo haría, tampoco quiere cagar a su prima. Además, si se enteran, nos cagan el negocio a todos, así que yo mismo le pedí que no dijera nada, y como la hembrita está templada de mí, seguro me hace caso. —Ojalá, cholo. Me voy a la mierda si esto sale. Quién sabe qué me haría Luchito o su familia. —Pero dime la verdad: ¿te la comes no más, o estás templado? —Los dos —le dije, con aires de resignación. —Está buena la chibola. No te temples mucho, que se nota que es una bandida. —¡Qué hablas! —Solo te digo lo que veo, y su prima también me dice entre líneas, que Alexandra es así. —Se han confundido, además no me importa lo que piensen. Ustedes no la conocen como yo. —Erick soltó una carcajada. —Cholo, ya te templaste... Bueno, prepara tu discurso, porque tarde o temprano esto explota. —Espero que no. —Más bien, no te olvides que hoy quedamos para tomar unas chelas con Luchito en mi jato. Tengo una sed de la puta madre. —No sé si lo pueda ver a los ojos ahora. —Vamos, no seas huevón, si supiera algo, ya te lo hubiera hecho saber. Además, ahí lo pulseas, ves cómo te habla, sacas tu línea. Solo estaremos los tres, no creo que pase nada más. —Puede ser, ya nos vemos en la noche. Bajo tipo diez a tu jato. En las horas siguientes no pude pensar en otra cosa que, en Luchito, si sabía o no lo que había pasado con su hermana, pero, después de todo, me pareció buena idea verlo con algún testigo delante, que al menos le impidiera tomar alguna represalia demasiado extrema. Ya más tarde me fui a la casa de Erick. Luchito ya estaba ahí, parado en la puerta junto a él, lo saludé con la tranquilidad que llevaba días ensayando. —Habla loco. —¿Qué fue? —Nada, tranqui. ¿Tu? —Acá tomando unas chelas con Erick desde hace un rato. —¿Qué pasó? ¿Por qué están afuera, en la calle? —Nada, el hermano de Erick está tomando con unos amigos en la sala, así que nos mandaron pa' fuera. —Ya bueno, ya fue. Tomemos acá no más. Durante los minutos siguientes la conversación fluyó de manera normal, como siempre, nada que me hiciera sospechar que había algo que temer. Pero ya avanzada la noche, se apareció una camioneta con lunas polarizadas frente a la casa de Erick. Los de adentro parecieron reconocer a Luchito y lo saludaron. Él se acercó a hablar con ellos desde la ventana, y en menos de un minuto bajaron a acompañarnos tres personajes que no había visto antes, eran amigos de mal vivir de Luchito, de esos con los que solía tomar en otros lados. Una sensación extraña me recorrió el cuerpo. No supe si eran secuaces que había llamado para "encargarse" de mí, o si solo era una casualidad que mi cabeza, ya rendida a la paranoia de dos meses de secreto, estaba convirtiendo en amenaza. Traté de mantenerme tranquilo, lo cual no duró mucho. Erick decidió emborracharse esa noche hasta perder el conocimiento, y su hermano tuvo que venir a llevárselo a rastras a su casa. Me quedé solo con los cuatro. Durante los minutos siguientes intenté seguir la conversación a estos tipos que, de un momento a otro, se habían vuelto indeseables, y mientras, en mi cabeza pensaba en alguna excusa para irme sin levantar sospechas y me preguntaba si el solo intento de irme sería la señal que estaban esperando para empezar lo que fuera que hubieran venido a hacer. —Me voy yendo —le dije a Luchito, armándome de valor. —Tengo que levantarme temprano a hacer unas cosas. —De acá no te vas, compare.

¿Te gustó este artículo?

Compártelo con otros escritores que puedan encontrarlo útil