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La primera y última mentira
¿Confirmaste, al verme, ahí, luego de todo este correr del tiempo, que siempre fue una gran decisión haberte evadido o acaso, te hundiste en dudas, acaso lloraste por dentro sin llorar por fuera; te atacó una serie de punzadas secas y retorcidas?
Angelo Martínez
19 de junio de 2026
10 min de lectura
¿Qué pensaste cuando saliste de ese lugar, después de verme, luego de cuatro años y apenas logré responderte el silencioso saludo que me ofreciste, con el mismo reflejo de una sonrisa con los labios pegados? ¿Confirmaste, al verme, ahí, luego de todo este correr del tiempo, que siempre fue una gran decisión haberte evadido o acaso, te hundiste en dudas, acaso lloraste por dentro sin llorar por fuera; te atacó una serie de punzadas secas y retorcidas?
Yo, apenas salí ese sitio donde te vi, en esa oficina de votaciones presidenciales, llegué a casa y se lo conté a mi madre. Le dije, me di el encuentro con una vieja amante muy querida, pero, que, por alguna rara razón, siempre fue rara vez recordada. Madre, ¿puedes creer que muy pocas veces buceaba en mi pasado y pensaba que debía decirte algo que se me quedó atorado?, ¿por qué mujeres que, en su momento, durante la época que nos frecuentamos y nos acostamos y tuvimos una serie de charlas propicias de excelentes cómplices, nunca me hicieron temblar de pasión tanto como, en su debido momento, ésta mujer recién vista consiguió, muy naturalmente, estremecerme?, ¿por qué a todas esas, en desde un inicio y muy en el fondo, poco valoradas mujeres, ahora, a la lejanía, las pensaba una y otra vez durante el mes?, ¿a qué se debía que todo tenía que ser tan absurdo, o sea, al ponerme a meditar en éste repentino caso tan revelador? Así que le resumí toda nuestra historia a mi madre, y luego, le pregunté: ¿Qué crees signifique un saludo así por ambas partes, qué simboliza esto de cruzar sonrisas cerradas para una mujer? Mamá interpreto sin titubeos: esta avergonzada de haber hecho lo que hizo, eso de ser ella la que te propuso ir a un hotel apenas se conocieron un par de días, ve su vida como es ahora, una madre de una niña de dos años y sabe que no sería algo agradable, cuando su hija crezca, verla desnudarse así de fácil, tan a ligera, sabe que cuando le prohíba una que otra salida con uno que otro vago, tú empezarás a filtrarte en sus recuerdos y sabrá que cada palabra que manifiesta es un absoluta hipocresía y se sentirá avergonzada otra vez; digamos, en resumidas cuentas que, se siente una moralista farsante desde ya, desde ésta mañana. ¿Te parece vergonzoso que alguien experimente un enlace casual y sexual con alguien como yo? ¿crees que son atacadas por escalofríos desagradables al volver a medio sentirme o recordarme encima de ellas? Mi madre, que estaba cocinando un postre, y acababa de abrir el horno y esperaba que la humareda de disuelva, comenzó a reírse y luego, con un tono de voz relativamente fuerte, expresó: claro. ¿de qué te sientes, tú, orgulloso a tus veintinueve años, dime unas cuantas palabras sobre eso, de lo cual ellas puedan sentir lo mismo que tú? ¿Hay algo que puedas decir, esto me costó demasiado tiempo y sudor conseguir? Me quedé un rato, sin el mínimo rencor ante éste tipo de sinceridad, pensando en que decirle, ella sacó la bandeja de pudín y cerró el horno, para cuando empezó a darle cortes a lo que tenía frente a ella, yo ya tenía una respuesta y le dije: creo que sí hay algo, sabes que, de cierta manera, en cada persona, por más aterradora que sea o una fila de etiquetas más aterradoras que esa, debe existir algunas cosas muy preciadas que expresarían, sin duda, mucho mérito, ¿cierto? Mamá comenzó a reírse otra vez y luego se calló y se quedó quieta mirándome, esperando cualquier cosa que la haga, incluso, divertirse más; pero eso no fue lo que en verdad ocurrió. Le dije: creo que soy una buena persona. Creo que podría darle, de lo más tranquilo y firme, un buen pedazo de mi último platillo a lo largo de un par de meses de hambruna obligada, a alguien más, sin importarme su edad, ni su sexo, ni su pasado, ni nada. Si viera que, en ese momento, al parecer, parece necesitar ese trozo de fideos más que yo, sabiendo que hay un buen porcentaje que me equivoque, que este timándome; a pesar de este controversial punto, se lo daría, porque necesito, siempre, desplazarme por la vida con la menor cantidad de remordimientos. Creo que eso no pueden hacer muchos otros y creo, sólidamente, que es un gran logro. Mamá dejó el cuchillo a un lado y comenzó a caminar hacia mí y una vez estuvo muy próxima a mis oídos, me susurró: ella cerró la boca en su sonrisa y tú la tuya, porque si la abrían le ibas a decir tonterías como éstas y ella, (es lo más probable), recapacitó al llegar a casa y ver que no puede llamarte o aparecer frente a ti en esta casa y decirte: su silencio es tan abominable como cualquiera de tus mentiras y necesito que me digas algo, cualquier bobada repentina, para que se diferencien un poco mejor y pueda dejar de pensarte; ojala entiendas que sigo creyendo que no mereces ningún fragmento de mis días. Una vez dijo eso y yo me quedé, en resumidas cuentas, petrificado sin reacción alguna, finalizó con: debo ir a mear. Lo que quieras decirme, me lo dices al vovler. Siguió su camino y comencé a darle cucharadas al postre hirviendo mientras meditaba en que, mi madre solo podía tener la seguridad de algo así, con una evidente y entendible razón: ella me había criado, ella había oído mi primera mentira y acababa de reconocer la última. Así que cuando ella estuvo de regreso y volvimos a cruzar miradas, comenzamos carcajearnos intensamente a cierta distancia, el momento se quebró cuando vio lo que había cocinado lucía un centenar de deformaciones a punta de cucharazos, fue cuando vino hacía mí a gran velocidad y me abrazó tan fuerte que exhalé un gemido de dolor, el cual se cortó cuando retomó hacia la escena de los susurros, esta esta ocasión, me dijo: no mereces nada bueno en la vida y eso bueno lo sabe y tú al saberlo te preguntas porque lo sabe y eso bueno nunca gastara minutos en explicarte lo evidente, solo con gestos que logren lo mismo que tu sueles lograr: impactar y finalmente lastimar, deformar; cercenar todo impulso de alegría y placer.
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