Volver al blogTallerista - Grupo online
La Seguridad del Feo
Con Hugo no hay nada que dudar. Nadie lo mira en las fiestas. Nadie lo va a mirar nunca.
Andrea Barrio de Mendoza
10 de agosto de 2026
12 min de lectura
Vanessa trabaja como publicista en Química Belga. Lleva quince años ahí. Usa Chanel N°5, el mismo perfume desde 1970, y trajes sastre de dos piezas que manda a hacer con una modista de Miraflores. Habla de Hemingway. Explica el Canal de Suez que a veces nadie ubica del todo. En las fiestas de fin de año los gerentes la rodean y las esposas de los gerentes la miran fijo y hablan de ella.
Conoce a Pierre en una de esas fiestas. whisky, hielo, música baja. Pierre es de Dijon. Es alto, delgado, guapo, y tiene una nariz larga y masculina. Fuma Gauloises, los saca de una cajetilla azul que deja siempre sobre la mesa, boca abajo.
Las mujeres lo miran y Vanessa lo nota. No dice nada.
Pierre se va. Durante dos años llegan cartas de Dijon a Lima, cada quince días, siempre en el mismo papel color hueso, siempre con la misma letra inclinada hacia la derecha. Vanessa las guarda en una caja de zapatos Bata, ordenadas por fecha.
Pierre vuelve. Se la lleva a Francia. Un año entero. Ciudades francesas, hoteles con vista a ríos, cafés donde Pierre pide siempre lo mismo: un café negro, sin azúcar, y ella un té con limón. Ella no dice si fue feliz. El texto tampoco lo dice.
Vuelve a Lima. Las cartas van y vienen.
-En Francia el amor es honesto -dice Vanessa en la mesa del comedor, mientras sirve el arroz. Honesto pero liberal. Mientras no haya matrimonio, cada uno puede ver a quien quiera.
Nadie contesta nada durante un momento. Después el sobrino mayor pregunta si eso significa que Pierre ve a otras mujeres. Vanessa dice que no sabe. Sigue sirviendo el arroz.
-¿Entonces qué va a pasar? ¿Se van a casar o toda la vida van a estar con cartas?
Pasan tres años. Las cartas siguen llegando cada quince días, siempre en el mismo papel color hueso.
Pierre vuelve a Lima con un anillo Cartier en una cajita azul con un moño blanco.
En Química Belga, en el mismo pasillo donde están los archivadores metálicos y las máquinas de escribir Olivetti, Vanessa conoce a Hugo. Hugo trabaja al igual que ella en publicidad. Es feo, muy feo. Usa camisas de manga corta de color beige, siempre la misma marca, siempre el mismo color. No fuma. Toma Inca Kola en el almuerzo, todos los días, de la misma botella de vidrio retornable.
Se ven todos los días. Hugo no dice nada la mayor parte del tiempo. Está ahí. Almuerza cerca de ella. Le presta el teléfono cuando el de su escritorio no funciona. Es una presencia constante en la vida de Vanessa.
Pierre se arrodilla en la sala de la casa de los padres de Vanessa. Las cortinas están a medio cerrar. Se escuchan los autos de la avenida. Abre la cajita azul. La mano le tiembla. Se lo pide en español, con acento, dice que pensó en ella cada noche durante tres años, que ya no quiere más cartas, y que la quiere en Dijon, con él, para siempre.
Vanessa mira el anillo. No mira a Pierre. Mira el anillo.
-No -dice.
Una palabra. Nada más. Pierre se queda arrodillado un segundo más. Después se levanta, cierra la cajita, se la guarda en el bolsillo del saco. No dice nada y se va.
La familia no entiende nada. Un ingeniero francés, alto, con un anillo Cartier, cruza el océano y ella dice que no.
Ella ya lo sabía. Lo supo antes de que él se arrodillara.
No es el idioma. Ella habla francés. Él aprendió español. Eso ya no es un problema entre ellos.
Es otra cosa. Con Pierre siempre hay una fiesta, una nueva mujer mirándolo, una honestidad que él llama liberal y que a ella la deja siempre un paso atrás de la duda.
Con Hugo no hay nada que dudar. Nadie lo mira en las fiestas. Nadie lo va a mirar nunca.
Elige quedarse en Lima. Elige al feo.
Sintió una enorme seguridad al elegirlo a él.
Se casan al poco tiempo. La madre de Vanessa lo llama "el cuco" cuando Hugo se da la media vuelta. Nunca en su cara. Solo en la mesa, en voz baja.
Esta es la historia de mi tía Vanessa. La fui armando con los años, entre chismes de sobremesa, comentarios sueltos de familiares, una vecina que un día se cansó de guardárselo. Nadie me la contó en un solo día.
Me acuerdo de esas cenas. Comida china, siempre, pollo tipakay. Hugo comentando entre bocado y bocado que la soya causa migraña, que él leyó algo sobre el glutamato monosódico, y yo, hipocondriaca, sintiendo ya la punzada detrás del ojo derecho a punto de que me dé una. Nadie le preguntaba nada. Nadie se reía con él. No tenía chispa. Tenía datos. Era feo, plano y aburrido, sin más, y las cenas con él se sentían más largas de lo que realmente eran.
Los años pasan. Vanessa sigue visitando a su familia con la misma frecuencia de siempre. A los cuarentipico decide que no van a tener hijos. Hugo está de acuerdo, sin dudar. No hay debate al respecto.
Después las conversaciones se acortan. Los silencios se hacen eternos. Las noches se comparten menos.
Todo se va apagando.
Viven en un edificio de Corpac, en San Isidro. Hugo empieza a llegar tarde. Primero minutos. Después horas. Las tres de la madrugada se vuelve la hora habitual. Nadie lo sabe. Yo tampoco, hasta que un día voy de visita, tengo veintitrés años, no soy más una niña, y la vecina se me acerca, casi susurrando. No es puro chisme, se le nota que está preocupada por mi tía, que quiere que alguien de la familia lo sepa, que pueda cuidarla de algún modo. Sabe cómo es Vanessa: demasiado elegante para armar un escándalo a Hugo a las tres de la mañana delante de todo el edificio. Me cuenta lo que vio. Las llegadas. La hora siempre igual. Vanessa no dice nada al respecto. Es un tema de la pareja. Mejor no meterse, pienso yo en ese momento.
Suena el teléfono un martes, a las diez de la mañana. Hugo está en la oficina. Vanessa contesta con un trapo de cocina en la otra mano.
-¿Aló?
-¿Hablo con la esposa de Hugo?
Vanessa dice que sí.
-No me conoces. Tenía que llamar. Acabo de tener una hija y es de Hugo.
Vanessa no dice nada. El trapo gotea en el piso.
-¿Sigues ahí?
-Sí -dice Vanessa, y cuelga.
Se queda mirando el teléfono un rato largo.
La mujer no es ninguna colega de la oficina. Es puta. Trabaja en un bar nocturno para hombres, en Barrios Altos, cobra por hora, y cobra más si te quedas hasta después del cierre. Hugo es cliente VIP. Llega temprano. Se va tarde. Lo conocen por nombre. Las tres de la madrugada eran, simplemente, la hora en que cerraba el bar.
Hugo va a ver a la niña al departamento de la mujer, en La Victoria, un lugar que huele a talco y a leche cortada. La mujer lo deja pasar sin decir mucho. Hugo se acerca a la cuna con las manos en los bolsillos. La niña duerme. Hugo la mira un rato largo, sin tocarla. Después la carga.
-Es igualita a mí -dice, y se ríe, con la voz entrecortada, mirándola como si fuera lo primero que ve de verdad en años. Era igual de fea que él.
Vuelve al día siguiente. Y al otro. Deja a Vanessa. Se va con la hija idéntica a él.
Nadie sabe si Hugo siempre quiso tener hijos o si fue solo esa niña en particular, esa cara igual a la suya. Eso no se va a saber.
Dos años después, mi tío Pablo, se encuentra con Hugo en un centro comercial. Hugo está solo, mirando una vitrina. Pablo lo saluda. Le pregunta cómo va todo. Hugo contesta poco, como siempre.
-Bueno -dice Pablo, ya casi de espaldas. Ahora que ya no estás con mi hermana, te tendrás que conformar con la puta que tienes en casa.
Se queda un segundo mirándolo.
-Espero que la disfrutes. Aunque dudo que la puedas presentar en alguna cena, como hacías con Vanessa.
Se va. No da respuesta. Camina hacia la salida con las manos en los bolsillos.
La seguridad del feo no existía.
Nunca existió.
¿Te gustó este artículo?
Compártelo con otros escritores que puedan encontrarlo útil