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Pantalla perfecta

Fabio intenta cambiar de tema. Lo intenta con una anécdota sobre un tío borracho cantando canciones folclóricas arriba de una mesa, en algún cumpleaños, en algún año que tampoco importa. Se ríe fuerte, más fuerte de lo que la anécdota amerita.

Andrea Barrio de Mendoza
19 de agosto de 2026
17 min de lectura
Dedicado a Edgard Elías tiene cuarenta y cuatro años y una tarjeta de presentación con el logo en relieve, del tipo que se manda a hacer cuando algo todavía no funciona, pero necesita parecer que sí. Tiene quince años de casado. Diecinueve si cuentas los cuatro de novios, y él los cuenta. Vende terrenos industriales. Usa mocasines Ferragamo y un polo Lacoste azul con líneas verdes. Tiene el pelo hacia atrás. Tiene dos hijos, de cinco y ocho años, y no recuerda el nombre del maestro de ninguno de los dos. Tiene una esposa llamada Mariana. Mariana tiene un pantalón negro pitillo. Una blusa color crema con líneas delgadas verticales negras. Botas de gamuza negras pegadas a la pantorrilla de tacón cómodo, medio bajo. Un bolso negro con una cadena gruesa que le costó algo que ya no recuerda. Lleva maquillaje que parece que no es maquillaje. Pelo castaño muy claro. Blow out de peluquería, ciento veinte soles, pagados en efectivo esa misma tarde para que la niñera se quede con los niños. Se mira en el espejo del auto antes de bajar. No sonríe. No le hace falta. El negocio es con Augusto Salazar, que quiere ser alcalde de Lima y probablemente lo sea, aunque eso todavía nadie lo sabe. Los socios lo llaman “una oportunidad”. Fabio Guerra organiza la cena. Fabio Guerra dice que las esposas tienen que ir. Lo dice dos veces, como si la primera no hubiera quedado clara. En el auto, frente al edificio nuevo de Chacarilla del Estanque, Elías dice: -Elvira es una mujer nerviosita por si acaso. Ella no para de hablar. No le vayas a hacer mucho caso ¿ok? -advierte -Creo que estoy algo nervioso. Necesito un cigarrillo. -piensa en voz alta. -No puedes entrar oliendo a tabaco -dice Mariana. No lo mira. -¡Vamos! Yo no los conozco y estoy tranquila. El ascensor se abre en el piso doce. La pareja anfitriona espera en la puerta del elevador, vestidos de gala para recibir invitados en su propia casa, y la desesperación se siente en el aire, es tan evidente que resulta casi tierna. Elvira Guerra lleva un vestido dorado. No es un dorado discreto. Tacones aguja altísimos color piel. El pelo platinado, muy liso, recién planchado. Fabio lleva traje completo y, en lugar de corbata, un pañuelo de seda que alguien le dijo que se usaba así. Los dos sonríen con la boca. Los ojos sonríen después, calculando quién más está mirando el edificio nuevo, el vestido dorado, el pañuelo de seda. Es la primera vez que Mariana los ve y ya sabe todo lo que necesita saber sobre ellos. Los ‘wanna be’ de Chacarilla del Estanque: no son nuevos ricos, pero necesitan, y con urgencia, serlo para poder seguir aparentando. Elvira abraza a Mariana como si la conociera. La sostiene más de lo normal. -¡Qué bueno verte de nuevo! Estás igualita. Solo el pelo, que lo tienes más oscuro. Estás regia, igual que hace trece años.-halaga a Mariana -¿Trece o doce años de la reunión de mi tío Federico.? -pregunta a Elías. Elías se pone pálido. Es un color específico de pálido, tirando a amarillo, el mismo que tendría si alguien mencionara un nombre en un contrato que él pensaba que nadie iba a leer jamás. -Trece -dice. La voz le sale más aguda de lo normal. Pasa saliva. Mariana le toma las manos a Elvira. Sonríe. Dice que es la primera vez que se ven. Elvira no entiende. Saca un álbum con fotos impresas, nadie imprime fotos ya, pero Elvira sí, y empieza a mostrarlas. Fotos del tío Federico. Fotos de ella misma, más joven, en un jardín. Ninguna foto de la reunión. Solo el recuerdo de cómo se veían en ese entonces, que insiste en mostrar, y que al parecer ella recuerda con una nitidez que a Mariana empieza a darle escalofríos. Trece años atrás, Mariana tenía un hijo de cinco meses, un cuerpo que no era el mismo y cero ganas de ponerse tacones para conocer al tío de nadie. Eso lo recuerda perfectamente. Lo que no recuerda es haber ido a ninguna reunión. Elvira dice que el pelo lo tiene más oscuro ahora. Eso es lo único que hace falta. Fabio intenta cambiar de tema. Lo intenta con una anécdota sobre un tío borracho cantando canciones folclóricas arriba de una mesa, en algún cumpleaños, en algún año que tampoco importa. Se ríe fuerte, más fuerte de lo que la anécdota amerita. Mariana no lo deja pasar. -No, en serio -dice, y sonríe, y el tono es el mismo que usaría para pedir la cuenta. Ahora sí que tengo curiosidad. ¿Fui yo, Elías? Porque no me acuerdo de nada. Qué raro no acordarme, con lo inolvidable que es Elvira. Se te habrá olvidado invitarme. O llevaste a alguna modelito rubia, lo suficientemente adiestrada para la situación. ¿De casualidad? ¿Sin querer, quizá? Y le sonríe a Elías con los ojos. Nadie dice nada. -Cuéntanos de esa reunión -insiste, todavía sonriendo. Yo también quiero saber. No estés tan nervioso. Cuéntanos de tu otra esposa de aquella noche a la que nunca fuiste conmigo. No nos dejes con las ganas. Vamos, estamos en confianza. Elías está completamente rojo. No dice nada porque no tiene nada que decir que no lo hunda aún más. Elvira mira a Elías fijamente. Lo mira como quien revisa un balance de cuentas y encuentra un número que no cuadra, dos veces, tres veces, hasta que entiende que el número siempre estuvo mal. Ella también fue madre. Dos veces. Sabe exactamente lo que cuesta ese cuerpo, esa etapa, esas ganas de no salir de casa. Sabe exactamente lo que significa que a una mujer la reemplacen por otra más ‘presentable’ para una foto en una reunión. No dice nada. Solo se lo queda mirando, y en una mujer que no para de hablar, ese mutismo dice más que cualquier frase que pudiera armar. Suena el ascensor. Llega Augusto Salazar con el resto del grupo, todos hablando al mismo tiempo, y la noche continúa exactamente como estaba planeada: cena de tres tiempos, mozos contratados para la ocasión, copas que se rellenan solas, sonrisas que ya nadie está calculando si son reales. Augusto Salazar pierde las elecciones. El negocio nunca se cierra. Elías pierde la casa. Pierde a los hijos. Pierde a los socios, que dejan de contestarle el teléfono en menos de un mes. Mariana tiene una prima que es abogada y que no pierde el tiempo. Al hombre que sabía exactamente qué botón presionar en cada mujer que conocía no le queda ya nada que presionar. Se muda a un departamento pequeño. Sigue usando mocasines Ferragamo. Ya no tiene a quién impresionar con ellos.

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