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Pepito

Salí corriendo al pasillo. Pepito se había ido y no volvería ni en media hora, ni la mañana siguiente, no volvería nunca, Pepito había muerto solo...

Thalía Correa
31 de diciembre de 2025
13 min de lectura
Entró en mi vida el 2021, con pequeños ojos negros y saltones, era pequeñito, muy pequeñito, con unas manitos delicadas y pelo gris. Me asusto su fragilidad, era escurridizo y suavecito. —¿Es la única mascota que puedo tener? Yo quería un perrito, mamá. —Un perrito es mucha responsabilidad, Tati. Ese hámster será por ahora tu compañero. Además, puedes ponerle el nombre que quieras. —¿El nombre que yo quiera? No es un beneficio, ma, pero está bien, pensaré en uno, gracias. —Descansa, cariño. Lo lleve a mi cuarto. Cada vez que lo intentaba agarrar se escapaba, al parecer no le gustaba jugar. Cubrí su casa con una sábana y me dormí. Cuando desperté lo busqué y no la encontré, salí corriendo mientras gritaba: —Mamá, ¿Agarraste a mi hamster? —No, Tati. Búscalo bien. Tiene que estar donde lo dejaste. —¡No está, mamá! —Búscalo bien, con calma Tati. Ahorita no puedo ayudarte, estoy ocupada. Volví a llamarlo, no aparecía, metí la mano en su casa, pero la saqué rápido porque no quería hacerle daño con mi mano temblorosa. Busqué por los alrededores, debajo del escritorio, de la cama, recorrí todas las esquinas y nada. Ya cansada me senté a esperar algún rastro. Media hora y no sabía nada de mi nuevo amigo. Sacudí su casa, pero nada. Sentí por un momento alivio, igual, no era el Cocker Spaniel que tenía en mente, y ya no tendría que cuidarlo. Paso un minuto y empecé a llorar al darme cuenta que otra vez me había quedado sola. Jalé una silla y me puse en frente de la casa de mi amigo fugitivo, no podía controlar el llanto, las lágrimas bajaban sin freno. Sola otra vez. Sin hermanos, sin mascota, sin pap… Las virutas de papel se empezaron a mover, y me asusté. Su naricita apareció como si buscara encontrarme, me mostró su carita con los ojitos cerrados todavía, y me dio mucha ternura, estiro sus manitos y poco a poco despertó, yo lo observé en todo momento, y finalmente él me vio, se asustó y volvió a esconderse. De los nervios volví a sacudir su casita, quería verlo, conocerlo, él a mí no. Fui corriendo a la cocina a buscar las semillas de girasol y le dejé una, se asomó y pude ver una diminuta sonrisa de agradecimiento por la comida. Se quedó, y con sus manitas y dientes iba abriendo su comida. Le acerqué otro par y esta vez no huyo. Nuestro acercamiento fue progresivo. Me la pasaba todo el día hablando con él y aunque no me contestaba, me escuchaba muy atento. Le hice muchos juguetes, aprendió a salir de su casa y acostarse en mi mano. Me gustaba verlo dormir y también verlo correr en su ruedita. Después de un año éramos mejores amigos, ya había crecido. Lo llevaba a todos lados y siempre lo protegía. Al año y medio me enteré de que era probable que Pepito, mi hermoso y delicado hámster muriera, su tiempo de vida era de dos años, dos años y medio si lo cuidaba bien. Se me tranco el pecho, no podía respirar bien, lo fui a ver y ahí estaba él, todo hermoso y juguetón, sonriéndome. Me enoje, no lo quería ver. Empecé a dejarle la comida en las mañanas, justo antes de que despertara. Él no me iba a dejar a mí, estaba muy equivocado. Yo lo dejaría a él. Ese pensamiento me duro una semana. No podía no estar con él, era mi Zorro y yo su Principito. Volvimos a ser inseparables. Llegó mi cumpleaños y me iría a la playa todo el fin de semana. Aunque insistí, mamá no me dejo llevarlo, temía que se perdiera. Le dejé comida y agua suficiente para dos días. Extrañaba la playa, tenía años sin ir. Disfrutaba mucho de la arena en los pies y el viento sabor a sal que corría por mi cara. Llegué a casa corriendo a contarle a Pepito toda la experiencia, pero al llegar un olor extraño me hizo frenar en seco. Me acerqué y moví su casita como ya era costumbre, pero no apareció Pepito. Ya lo sabía, había llegado el día, pero no estaba preparada, la cabeza me dio vuelta y empecé a gritar: —¡Pepito, sal! ¡Por favor, sal! ¡Pepito! Mamá vino corriendo. Al parecer ella si estaba preparada. Busco con su mano y encontró a Pepito sin vida. Me lo confirmó con un movimiento lento de mano y con sus ojos de condolencias. Grité más fuerte, mis ojos se inundaron, mamá me decía algo y que no escuchaba, mis gritos y desesperación se volvieron dueños de mí. —¡Pepito! ¡Pepito, no! ¡Te odio, Pepito! Mamá me abrazo y la aparte, no quería nada, ni siquiera sus abrazos. —¡Te odio Pepito! ¡Te odio! Salí corriendo al pasillo. Pepito se había ido y no volvería en media hora, ni la mañana siguiente. No volvería nunca. Había muerto solo, seguro que me buscó, y yo no estaba. ¿Qué clase de amiga era? Sin duda la peor amiga que pudiese existir. Él había muerto mientras yo disfrutaba de mi cumpleaños en la playa. No recuerdo en qué momento me dormí, pero desperté en mi cama. Me salté el desayuno como nunca lo había hecho. —Enterré a Pepito en el jardín, le tomé una foto al lugar y puse una rosita. Puedes ir a visitarlo cuando quieras. Vi la foto de reojo, la rosa era hermosa, me quedé en silencio. Casi no podía abrir los ojos y cuando pensé que me había quedado sin lágrimas empecé a llorar otra vez. —Tranquila, Tati. Compraremos el perrito que siempre has querido. Todo va a estar bien. —Mentirosa, nada va a estar bien. ¡Pepito ya no está! y ya no quiero un mugroso perro. Pepito se fue hace dos años y yo me volví un poco más fría.

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