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Preparada para evacuar el alma
La confusión llegaba por las mañanas. Él se convertía en todos los hombres que me habían enseñado a involucrarme en el sexo solo por el placer. Tyler me amaba en las noches, pero en las mañanas era un idiota más. Decidí no volverlo a ver.
Alejandra Infantes
21 de mayo de 2026
11 min de lectura
Tu cabeza colapsará
Pero no hay nada en ella
¿Dónde está mi cabeza?
No recuerdo cuándo el mundo perdió sus colores vibrantes para volverse gris. Ni cómo poco a poco el vacío existencial empezó a ganar espacio en mi armario. Tal vez fue resultado natural del consumismo: un día somos muy especiales y el centro de atención, al otro somos olvido, tal y como un árbol de Navidad. Este contraste absurdo y muy rápido fue mi puerta al nihilismo.
Lo que sí tengo claro es cuando el placer dejó mi habitación, fue en grade school. Desde entonces sabía que podía morir en cualquier momento, pero la tragedia era que mis ojos me exigían despertar con habitual frecuencia. Seguía viva, y era pobre. Entonces aprendí a robar. Saqueaba ropa de lavanderías para venderlas en tiendas de segunda mano, usurpaba identidades de personas muertas para poder cobrar sus beneficios. Nada grave en comparación con lo que hacen las grandes industrias o los políticos.
Un día me descubrieron dentro de un cine sin el ticket, y desde ese día no pude regresar más. Tuve que buscar una nueva forma de entretenimiento. Me convertí en una gran turista de grupos de apoyo a enfermos terminales: tuberculosis, parásitos cerebrales y cualquier tipo de cáncer, incluido el testicular. En este último encajaba perfecto, porque ya me habían quitado las bolas. El café gratis y estar cerca de la muerte me gustaba. Aunque debo admitir que la sensación de ser escuchada de verdad y poder llorar me empujaba a no perderme las sesiones. Un día, sin aviso previo, apareció él o ellos. La primera vez que lo vi estaba abrazado del chico de tetas. Me miró como quien se reconoce a sí mismo: dos farsantes que buscaban ir a su cueva y encontrar a su animal espiritual a través de la meditación, o tal vez, solo salir del entumecimiento de ser los hijos de Dios no reconocidos.
–Te voy a delatar –me dijo mientras me abrazaba y yo fingía llorar.
–Hazlo –le dije, con ese tono de reto de quien sabe que no tiene nada que perder.
Sentía su odio. Yo, Marla Singer, representaba lo que él quería ser pero no podía, yo no tenía miedo.
–Negociemos –me propuso–. Dividamos las noches y los grupos, agregó.
Pensé que podía quedarme con tuberculosis, al fin y al cabo, no iba a dejar de fumar. Mientras él me exponía su plan, crucé la calle sin mirar a ambos lados, si alguien me hubiera arrollado alguna vez me hubiera hecho un favor. Le grité desde la acera del frente que aceptaba esa propuesta, y que me diera su número para coordinaciones de último momento. Lo vi corriendo hacia mí, con precaución innecesaria frente al tráfico.
Creo que fue el Xanax, o tal vez solo mis hormonas a tope antes de la muerte. Me sentía excitada, caliente. Pensé en llamarlo y describirle cómo se sentía evacuar el alma. Creo que mi pulsión por la autodestrucción le pareció sensual. Llegó rápido a mi edificio. Me arrancó de la muerte y luego tuvimos sexo. El Eros y el Thanatos siempre van de la mano. Debajo de las sábanas descubrí que, a veces, se llamaba Tyler.
Era maravilloso en la cama. No podía creer que ese chico que lloraba su muerte terminal en un club de desconocidos era el mismo que me hacía venir de forma intensa. Tal vez no era el mismo.
La confusión llegaba por las mañanas. Él se convertía en todos los hombres que me habían enseñado a involucrarme en el sexo solo por el placer. Tyler me amaba en las noches, pero en las mañanas era un idiota más. Decidí no volverlo a ver.
Pasaron semanas sin saber de él. Hasta que me encontré tarareando try this trick and spin it, mientras escuchaba sus excusas.
–Marla, realmente me gustas y me importas –me dijo.
–¿Es cierto? –le respondí como quien sabe que no puede ser querida.
–No quiero hacerte daño, pero a veces no soy yo, es mejor que no nos veamos más. Vete de la ciudad –me ordenó.
Le creí, aún sin entender su lógica. Mi instinto de supervivencia dio un salto de fe y me subió a ese bus para salir de la ciudad.
Luego, llegaron los eventos confusos. Un grupo de hombres armados me acorraló por órdenes de Tyler. Me llevaron a una oficina donde él, o ellos, me esperaban con la cara desfigurada. Solo pude acariciar sus heridas desde la ternura que era proporcionalmente igual a mi confusión.
Una seguidilla de explosiones desmoronaban la ciudad frente a mis ojos. Cogió mi mano, me dijo que todo iba a estar bien.
–Me conociste en un momento muy extraño de mi vida –se disculpó.
La adrenalina me invadió. Reconocí que estaba viva, y por primera vez no me molestaba. Estaba con los pies en el aire y la cabeza estaba en el suelo.
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