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Presa ajena

Ya no había niños ni ancianos en el parque. Las farolas ya se encontraban encendidas, atrayendo polillas. El parque se encontraba en silencio, solo interrumpido por el ocasional claxon del tráfico a lo lejos.

Santiago Ruiz
14 de agosto de 2026
14 min de lectura
En un parque de Miraflores por el malecón, el sol resplandecía marcando a cada uno de los peatones. Los jóvenes salían a hacer joggin, las mujeres se juntaban para una clase de yoga y los niños disfrutaban de los juegos, a la vista de sus nanas. Un camino de vereda cruzaba y recorría el parque tal cual telaraña. Los perros jalaban fuera a sus dueños para no pisar este relieve caliente. Por supuesto, bancos de madera reposaban al costado de este pavimento, distanciados 10 metros entre ellos. Ancianos se sentaban para descansar, vagabundos dormían allí y en una estaba un señor mirando al horizonte. De unos 40 años, calvo desde hace 10, cargaba una delgada barba con unas pocas canas floreciendo. Llevaba una gorra azul oscura con un logo de una gaseosa empastado. Además, se protegía con unos lentes de sol que le cubrían por completo sus órbitas oculares. Su tez, levemente oscurecida por el sol, ardía de calor. En su panza podría poner a reposar una cerveza si quisiera, pero la humillación no lo valía. No debía llamar la atención. —Ni siquiera sé por qué vengo tan temprano. Nunca lo vale. Se quedó ahí, mirando. Mirando a las diferentes mujeres que pasaban. "Realmente ahora salen muy despreocupadas. Esos shorts no dejan nada a la imaginación, estoy seguro que les pude ver media nalga del culo". No giraba la cabeza, no movía su cuerpo, todo lo seguía con sus ojos. Los lentes de sol bloqueaban la culpa desde afuera y desde adentro. "Esa chica sí que tiene buen cuerpo. No sé cómo corre tanto con esas tetas rebotando así" pensó sin cambiar su expresión. "Aunque lamentablemente le falta ser rubia". Frente a él pasaron 2 mujeres adultas. El hombre las analizó, observó sus canas pintadas y sus pechos elevados por varios push ups. Las pudo oír conversar: –Hay que tener cuidado, últimamente han habido más secuestros de mujeres en la calle —dijo la de pelo castaño—. A la amiga de la hija de una amiga se la llevaron en un parque como este a unas cuadras de aquí. —Ay que horrible, por eso yo ya no salgo de noche sin mi esposo. Aunque sea un gordo viejo, algo les asusta a esos locos —la amiga pelirroja le respondió—. Pero, igual por cómo se visten y actúan las jovencitas de hoy en día, no me sorprende. Ya te digo que en la noche ya no sé quién es puta por profesión y quién por diversión. —¡Jajaja! Cojuda, no me hagas reír así. Luego una de estas nos graba y nos suben al Twitter ese. La conversación dejó de ser audible para el hombre, o tal vez tan solo de su interés. "Viejas, yo no me preocuparía si fuera ustedes. Aunque un culo gordo por la edad es rico, no creo que alguien se tomaría el esfuerzo de raptarlas." El sol siguió su camino y empezó su descenso. El hombre se había estado desplazando entre varios lugares del parque durante las horas que pasaron. Se comió un helado y charló con el heladero para saciar su aburrimiento. —¿Y tú has oído algo sobre estos secuestros? —le preguntó sin rodeos. —¿Secuestros señor? —le contestó inseguro. —Sí, a mujeres, jóvenes para ser exactos. Dicen que la policía no encuentra pistas. —No, no… bueno uno siempre escucha cosas mientras chambea, pero ¿quién sabe qué es verdad y qué es puro cuento? —Sí pues realmente. Es que tengo una sobrina que vive por acá y ya está en la edad de querer salir hasta la madrugada. —una simple mentira para sacar más conversación. —Uy seño, ya saben cómo son. Más le dice uno que no hagan algo, más van a joder para hacerlo. A mi hijita la mandé a una escuela católica y ni aun así se salvó. Igualito salía con poquita ropa y su mamita le quería sacar la mierda. —Así son. —Sí pe, y luego su mamita me quería meter en medio. Yo le dije que entre locas se arreglen. La charla continuó hasta que el sol terminó de ponerse. —Ya me retiro seño o no agarro micro —se despidió. El señor se despidió y volvió a su banco. <<Al menos, eso hizo pasar el tiempo>>. Ya no había niños ni ancianos en el parque. Las farolas ya se encontraban encendidas, atrayendo polillas. El parque se encontraba en silencio, solo interrumpido por el ocasional claxon del tráfico a lo lejos. En vez de niños y sus nanas, había adolescentes y universitarios fumando. "Me acuerdo cuando estos parques no olían a marihuana tan seguido". El frío se empezó a hacer presente. El calor intenso de hace unas horas había sido reemplazado por una suave brisa helada traída por el mar. El hombre estornudó y se le erizó la piel. "Ajj, esto me pasa por no traer mi casaca por el calor". Juntó sus brazos a su cuerpo y empezó a frotarse, pero sus manos heladas empeoraban la sensación. "Dudo que vaya a pasar" pensó frustrado. Sin embargo, a lo lejos vió una mujer trotando que se acercaba. Debía estar terminando su ejercicio del día y retornaba a casa. "Esa tiene que ser. Jovencita, no más de 25 años, con pelo rubio amarrado como para jalarlo. Una piel blanca como un queso, cubierta de sudor. Esa huevada debe ser dulce. Lo seguiría con la lengua hasta llegar a su tetas. Pucha esas tetas, más pesadas que su cerebro de seguro, cada una rebotando independiente de la otra. Ese top cortito que lucha por retenerlas, ojalá que se escapen". La mujer cruzó en frente de él sin ni siquiera notarlo. Estaba enfocada en el podcast de sus audífonos. "Puta y ese culo" se dijo emocionado. "Tan perfecto que una moneda rebotaría en él. Aunque el putishort te lo cubra, le marca toda la forma. Es como un sello y lo que haría para ser su papel". Se levantó y empezó a seguirla a la distancia. "Al final, tal vez el día sí haya valido la pena". La chica bordeaba el malecón, mientras que el señor caminaba por la calle al frente. Procuró no llamar la atención, nadie podía saber que estaba allí. Recorrió unas tres cuadras hasta que la chica se detuvo. La observó desde la esquina de un edificio. No veía a nadie más desde allí. Las luces de la calle la iluminaban pobremente debido a su antigüedad. Con las justas la alumbraban a ella. Había parado para atarse las zapatillas. Era el tiempo perfecto, el lugar perfecto, la presa perfecta. Sabía que no debía, pero se quería acercar a ella. Tal vez era diferente a las otras mujeres que había tenido el infortunio de conocer. Empezó a pensar en los pros y en los contras, pero fue interrumpido. Vio una figura acercarse a la chica. Estaba encapuchada y era un poco más alta que ella. Le preguntó algo y la chica vio su reloj, luego se levantó. "¿Será que se conocen?" se preguntó el hombre. La chica estaba hablando con la figura. Le preguntó algo más y la otra sacó su celular. Parecía buscar algo. El extraño insistía con algo y la chica le señaló en una dirección. "Debe haberle preguntado una dirección". La chica le seguía hablando hasta que se volteó para señalar en otra dirección. Apuntó hacia donde estaba el hombre y allí lo notó. Las miradas de ambos se cruzaron. ¿Fue casualidad o ya sabía que estaba allí? Los ojos de la chica se abrieron por completo. El hombre pudo ver el terror en ellos. "Mierda, mierda, mierda". La chica quiso girar para correr, cuando la figura a su costado se abalanzó sobre ella y le metió un pañuelo en la boca. Ella luchó para liberarse. Sus ojos pasaban de gritar de exaltación a quedarse dormidos. El hombre salió de su escondite y gritó: —¡Alto, policía! El extraño salió corriendo inmediatamente. La chica cayó al suelo, le costaba respirar, pero al menos podía. El hombre aceleró para no perderlo. El extraño corrió unos metros y cruzó la calle. Se dirigía hacia un carro estacionado. Sin embargo, al intentar rodearlo para subirse al asiento del piloto, se resbaló y cayó sobre la vereda. Aunque intentó levantarse, ya era muy tarde, el hombre se le puso encima. Le retiró la capucha y vió que se trataba de la mujer pelirroja de la mañana. —¡Suéltame imbécil, esas perras se lo merecen! —gimió. El hombre solo la esposó, no le cuestionó nada. Se quedó ahí reteniéndola hasta que llegaron los refuerzos. Ya era la mañana del día siguiente, el hombre estaba sentado solo en la oficina del jefe de policías del distrito. No decía nada, recordaba lo que había pasado el día anterior. No esperaba que realmente pasara algo, o más bien, que él lograra algo en su carrera. La puerta se abrió de repente y entró un señor mayor. No tenía ni cabello ni barba, llevaba unos lentes gruesos que le pesaban en la nariz y su gordura superaba a la del hombre. Este se paró para saludarlo: —¡Buenos días, comandante! —Buenos días, suboficial León. Si que tuvo una noche ocupada anoche —se expresó con una sonrisa picarona—. ¿Quién iba a decir que El Abductor de Miraflores era una mujer? Y una muy molesta al parecer. ¿Sabes que nos dijo? —se interrumpió para tomar un sorbo de café—. Que lo hizo porque encontró a su marido con otra, una jovencita blanca de 25 años. Pucha que bendición. Al parecer no pudo probar en el divorcio que había una relación entre esos dos y el marido la empezó a tildar de loca. Bueno, las amenazas de muerte de la señora contra la chica tampoco ayudaron. Al final, parece que su exmarido se llevó a la chica a otro país para casarse con ella y esa fue la gota que derramó el vaso. Desde entonces, ha estado secuestrando mujeres parecidas a la “zorra” para matarlas después. El hombre no dijo nada. —Chico, te has ganado un ascenso y varios días de descanso. Sé que ya todos estaban hartos de estos patrullajes en parques, pero lo bueno es que funcionó. Ahora ve y descansa. Mañana toma el día libre. —Gracias comandante. Se dieron un apretón de manos y el hombre salió de su oficina. "Finalmente, ya no tengo que estar vigilando a las personas de un parque todo el día". Sin embargo, la imagen de la chica todavía permanecía en su cabeza, cada parte de su cuerpo, cada idea que se le había cruzado. —Tal vez, mañana haga otra ronda de vigilancia.

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