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Saludos mortales (4)
El cadáver de Josephus avanzaba a tirones. Le habían encajado sus gafas oscuras y el puro apagado entre los dientes, como a un muñeco macabro. Su cabeza colgaba en un ángulo antinatural, que rebotaba contra el vacío, dejando un rastro invisible de humillación.
Gabriel Granda
23 de abril de 2026
24 min de lectura
El estridente volumen de la música y el océano de luces estroboscópicas taladraban las sienes del detective Osorio. Acostumbrado al sigilo, al silencio y a lavar los trapos sucios bajo la mesa, investigar en medio de aquel circo le resultaba insoportable. Solo el zaguán marcaba la frontera entre el ruido ensordecedor que ahora lo envolvía y el silencioso desierto donde había dejado, por un momento, al cadáver de Josephus. Unas pesadas cortinas de terciopelo caían como un telón teatral, ocultando aquel sector de la casa en el que la alta sociedad limeña ahí dentro, celebraba mientras afuera la muerte se mostraba virtuosa.
Harto del ruido, Osorio escupió en medio de aquella oscuridad teñida de colores. El esputo apenas manchó el borde de una alfombra turca que valía más que todos sus honorarios juntos. Sus propios pasos lo obligaron a retroceder para retomar la guardia del cadáver junto a Mengel. Al cruzar el zaguán de regreso, el paisaje se reducía a mesas atestadas de bocaditos y ostentosos arreglos florales que llegaban a superar el metro y medio de altura; el camuflaje perfecto para ocultar a la muerte entre la parafernalia del derroche y la algarabía.
Mengel lo oyó llegar. Sus ojos lechosos, vaciados de luz, rastreaban el hedor de la sangre en el amo acostado a su lado. Para el animal, la división entre los vivos que bailaban más allá del zaguán y el trozo de carne muerta en el suelo era solo una cuestión de grados centígrados, y quizás por ahí veía al fantasma de Josephus, parado junto a su falo encendido, como quien acaba de encamarse con la muerte.
—Ni la muerte te baja la pichula, viejo cabrón —murmuró Osorio y bajó la vista hacia el bulto que tensaba la tela del pantalón en pleno rigor mortis. El muy cabrón se iba al infierno con el mástil saludando a Lucifer. Un último acto siniestro de su conducta biológica, negándose a aceptar que la fiesta, el whisky y la putería se habían finiquitado. No era la primera vez que el detective veía a un occiso saludando a la guadaña con una erección, pero este tenía, a diferencia del otro, el pecho reventado por un proyectil que deambulaba en el misterio.
Osorio tecleó en su teléfono encriptado. Lucrecia apareció como un espectro de alta costura. Al ver el mástil erguido de su hermano muerto, su rostro, plastificado por el bótox, crujió al intentar una mueca. El chiste final de una estirpe podrida.
—Que lo vea un perito.
—¿A esta hora? Son casi las nueve, Lucrecia.
—Es la hora que yo diga que es —siseó ella, acomodándose un mechón inmaculado—. Sácalo por donde sea que no lo vean, Osorio. En diez minutos doy el brindis y no pienso hacerlo oliendo a muerto. Y que no gotee.
Osorio asintió. La dignidad es un lujo de pobres; a él le pagaban en dólares por ser el basurero VIP de los que se jactaban de ser dioses:
—Llévate al dóberman por favor. Debo examinar más el cuerpo.
—Adentro me esperan. Te pago por las soluciones.
—Me llamaste para resolver esto. Déjalo en mis manos. Tranquila.
—Que sea rápido. Llevo prisa por el discurso y tengo que lidiar con la tarada de la esposa de mi Julio César, que está en shock. Acaso la muy imbécil nunca ha visto un muerto.
—Encárgate de ella. Yo me encargo de Josephus.
—Mengel, chiquito, ven para acá. Ven con mami para que comas algo. “Chu Chu Chu”
El perro escuchó el crujido de la cadena y el chasquido de la lengua de su ama. Lamió por última vez el cuerpo de Josephus y se apartó con la mirada perdida. Su mente aún vagaba entre el más allá y el sabor de la sangre fresca, recordando el terror de los miles de sonámbulos que cruzaban las rejas externas de la propiedad de los Mendizábal en la busqueda de un atajo, solo para encontrar la muerte o el desmembramiento bajo sus colmillos.
Osorio se colocó unos guantes de látex que guardaba en el saco y examinó el cadáver hasta girarlo un poco. Efectivamente, fue lo que sospechó al ver el saludo mortal: dos balazos. Uno de ellos terminó de salir por el pecho. La bala debía estar por ahí perdida, más allá de los límites de las baldosas. Sobre el césped, donde los casquillos de metal no resuenan. Allí donde las pistas formaban parte del laberinto orgánico, junto a los insectos y pulgones que, dentro de poco, serían atraídos por la viscosidad de la muerte.
Echó un vistazo más bajo el cuello de la camisa empapada y encontró unos tajos finos salidos de alguna navaja pequeña, quizás una de afeitar o un saca corchos.
—Alguien intentó defenderse de ti, putito —murmuró—. Pero ¿quién mierda dentro de todo este nido de escorpiones?
Las puntas de los zapatos franceses de Josephus señalaban que venía del baño e iba hacia el jardín. Huía. O perseguía. Sobre la línea divisoria de arena, entre el jardín y el mármol impoluto por la limpieza que ordenó Lucrecia, había tres pastillas verdes que brillaban como neones diminutos rodeadas por la luz tenue del led que iluminaban algunos puntos desde el subsuelo.
Tomó unas fotos rápidas con su teléfono, cuidando que el flash no delatara su posición. Se comunicó con un perito y luego con sus antiguos colegas de la gendarmería:
—Alo, mi patrulla.
—Lumbertito Osorio ¿qué hay de nuevo en el mundo de los vivos?
—Hay una chambita, pero se requiere discreción.
—Y para que más está la policía nacional del Perú.
—Los espero. Quince minutos no más.
—Allá vamos mi capitán.
En la patrulla, ninguno había sido tan imbécil de confundir el silbido de una calibre 38 con pirotecnia festiva. Olía a plomo, a sangre de abolengo y a sobres manila reventados de efectivo. La noche recién empezaba a facturar:
—Tzzz, te lo dije cuñado donde va Lumbertito siempre hay guita.
—Acelera patrulla. Más money para estos pechitos.
Osorio rozó ligeramente su arma. Estaba fría, dispuesta a calentarse en cualquier momento.
***
Adentro, en el salón principal, bajo la lluvia de luces psicodélicas, el tacto helado del acero era el mismo que sentía Mayrith en el mango del cuchillo mientras trazaba su porción de carne glaseada con precisión quirúrgica. Sus ojos grises eran dos péndulos oscilando sobre su plato y un postre de tiramisú frente a ella. Su marido, Josephus, no ocupaba la silla de al lado; al percibirse como un perro olvidado en medio del fragor de la fiesta, dejó la labor del cuchillo, apoyándolo sobre un plato con panes de centeno y mantequilla suiza.
«Borracho miserable, ¿dónde te metiste?», pensó y sintió.
Sabía muy bien con quién compartía la cama. Su mente y el tiramisú al que acababa de darle un bocado, la transportaron cuarenta años atrás. Cuando conoció a un joven de cabellera ondulada, de gafas oscuras y bigotes espesos, en una tarde de primavera en la que el ácido del esófago subia hasta la garganta, obligándola a tragar saliva amarga y a camuflar su propia cobardía masticando el chicle de un chupetín rojo reventado a mordiscos. Uno de esos que compraba en el quiosco frente al Instituto de Modelaje, donde solía esperar a la prima que andaba embrujada por la virilidad insolente de los bigotes de Josephus Mendizábal. Una prima que, al igual que ella, presumía de las miradas de los señoritos imberbes de un barrio Miraflorino en el que vivían.
Mayrith habitaba una cuarentena perpetua. El mundo más allá de su piel era un pantano con un aire lleno de gérmenes que se porfiaba con la luz de los abrazos.
Por eso, cuando el brazo de Luz de Belén —la sobrina que bebía coñac en la silla contigua, rozó accidentalmente su codo— la hizo acreedora a una mirada forjada en el Elm Street.
Mayrith sintió que un esmalte de grasa invisible le cubría la piel, desatando un impulso carroñero de arrancarse la dermis a arañazos. Fantaseó con sumergirse en una tina de lejía pura, rogando que el químico le arrancara de la piel la vulgaridad de esa mujer. Necesitaba borrar cualquier rastro de esa mudblood, esa mísera sangre que se había mezclado con violencia con el torrente blanquecino de su marido: una realidad que ella se obstinó en negar con vehemencia, aferrada a su ceguera voluntaria hasta en los días en que las sesiones de quimio la redujeron a nada. Esos momentos de agonía, que ennoblecen a cualquier moribundo, a ella solo la volvieron más patética.
—Discúlpeme, tía Mayrith. No fue mi intención. —balbuceó Luz de Belén, encogiendo el brazo.
—¿No?, ¿no lo fue? —respondió ella en voz alta y cortante. Pero su mente continuó en un jadeo rabioso—: Tampoco fue tu intención empiernarte con mi marido.
—¿Le ordeno algo para acompañar la comida? —insistió la chica, temblando.
Su actitud lasciva provocó que una lágrima incipiente se asomara a los ojos de Luz de Belén. Desesperada por evitar algún conflicto público, se levantó de golpe y se acercó a uno de los pocos mozos que comandaban ciertas áreas del festín, para preguntarle si había visto a su cuñada Lucrecia o Lulu como ella la llamaba con una falsa familiaridad o a su esposo Josephuz.
El empleado, que conocía a la perfección los silencios tortuosos y las reglas escritas en los rostros de aquellos personajes de la sociedad, bajó la mirada simulando atención y le indicó que la señora Lucrecia se estaba preparando para el discurso de la Unión Eterna y no quería ser molestada.
—El discursito que nos dará esta pendeja... Ya la quiero ver.
—¿Desea que le traiga algo? —preguntó el mozo, con los labios casi torcidos por la tensión de salvaguardar el luto de un crimen que estaba prohibido de volverse chisme y que de ser así se iba a pagar con los pies en la calle.
—Gracias, no te preocupes —respondió. Sus ojos grises escaneaban la juerga, esquivando besos falsos y abrazos sudorosos como si fueran ráfagas de metralleta.
Para el recién casado Julio Cesar, que bailaba entre sus amigos, el ambiente le resultaba glorioso. Fue entonces cuando Mayrith se percató de que, en medio de la juerga, no había ninguna otra mujer vestida de blanco, a excepción de las cuatro damas de honor; que llevaban un chal brocado que hacía juego tanto con el ajuar nupcial de la novia y como las miradas descaradamente coquetas que intercambiaban con el nuevo marido.
Perras de pedigrí, pensó. Agarró una copa de agua helada del azafate que pasaba flotando a su lado y bebió un largo sorbo, intentando apagar el incendio que le perforaba el estómago.
Hastiada de la farsa, Mayrith cruzó el umbral del zaguán y se quedó en el interior. El aire estaba impregnado del aroma del tabaco de su marido. «Josephus, Josephus, Josephus». Su mirada resbaló por la penumbra de la habitación, hasta sostenerse de un óleo impasto gigantesco: un matador en un traje de luces azul cobalto. Con la espalda elegantemente arqueada, el torero sostenía una muleta roja, guiando a la bestia de cuernos y lomo negro, hacia el vórtice del engaño. Exactamente como Josephus la había guiado a ella estos últimos años.
Volvió a repetir:
«Josephus, Josephus, Josephus» y salió hacia el jardín en búsqueda de su marido.
Al salir se dejó deslumbrar por la mesa rebosante de bocaditos, incienso y jazmines de leche.
Intentó acercarse, pero un llanto ahogado la detuvo. Venía del tocador. La casa misma parecía supurar secretos y la empujó a preguntarse quién era el animal atrapado:
Empujó la puerta del tocador y esta no cedió. La manija estaba húmeda, helada por el sudor de alguien que acababa de limpiar frenéticamente la evidencia de su propia miseria:
—¿Todo bien por acá?
Adentro la voz perturbada fue sofocada de un hachazo invisible y un sonido gutural se moduló en un agudo más audible:
—Bien. Todo perfecto.
—¿Necesitas ayuda?
—Lucrecia fue por un trago para mí, gracias.
—Llamaré a Lulú para que se apure —respondió Mayrith, reconociendo la voz de Miriam.
—Gracias ¿Quién habla?
—Mayrith, Tía de Julito.
—Oh Dios. —Miriam cerró los ojos, maldiciendo su suerte.
—¿Todo bien, querida?
—Qué vergüenza la mía Tía. Me he doblado el tobillo de una mala pisada.
—¿Te puedo ayudar en algo?
—Descuida me arreglo un poco el zapato y salgo.
Miriam sabía que solo una aspirada podría devolverle el aliento y quitarle énfasis a su rostro avergonzado. A esas alturas de la noche, ya ni siquiera sabía si el muerto era real o si solo estaba borracho, como le había reprochado Lucrecia. Lo único cierto era el temblor de sus manos y el labial que, frente al espejo, se esparcía más allá de sus comisuras. Aquella diligencia cosmética, tan bien dominada desde su adolescencia, había quedado arruinada. Su sonrisa se asemejaba más a la mueca de un payaso que a la de una novia enamorada y recién casada.
Ahogó un alarido contra el mármol del lavabo. Rebuscó en su bolso de diseñador hasta dar con un estuche plateado. Quedaba una línea de coca. Aspiró con desesperación, clavó sus pupilas rojas en el espejo y esputó a su reflejo roto: «Por mi puta felicidad».
Corrigió los trazos patéticos del labial y salió al pasillo, ensayando un cojeo de héroe de guerra.
—Ay disculpa este escándalo, me doblé un poco pero no parece un esguince grave.
—Los nervios querida. Son los nervios de la noche de bodas.
—Por cierto, el segundo vestido también te quedo de maravilla.
—Obvio querida lo hizo la mejor modista de Lima. Mayrith alzó la barbilla como estaba acostumbrada.
—Regio. —Miriam unió la punta de los dedos índice y pulgar para formar un círculo cóncavo que resaltara la o de la regiedad.
Miriam caminó hacia el pasillo con la coquetería mecánica de una barbie rota. Antes de doblar la esquina, la voz de Mayrith la decapitó por la espalda:
—Sobrina, se te quedó el estuche del…polvo.
Miriam se congeló. El pánico le subió por la tráquea:
—Uy, Tiíta . Qué despistada. Voy por él.
Mayrith sonrió y entró al rescate del estuche plateado antes que ella. Lo abrió. Al ver que no quedaba rastro del polvo mágico, retrocedió hacia el marco de la puerta. Sin apartar la mirada de los pechos abultados de Miriam, deslizó su pulgar por el escote sudado de la novia, recogiendo el residuo blanco atrapado en su piel, y se lo frotó en las encías con lentitud caníbal.
—Para los nervios de la noche de bodas, ¿verdad, querida? —siseó.
Miriam, que creía compartir aquella fase turbia de su vida solo con Julio César, soltó una risita estúpida, de presa acorralada.
—Algo para alegrarnos juntas —respondió, aferrando el estuche que Mayrith le tendía. La piel le ardía allí donde la intocable esposa de Josephus acababa de violar su espacio.
Sus miradas se enredaron en esa complicidad venenosa que caracterizaba a los Mendizábal. Miriam abrió la boca para soltar una carcajada, pero el sonido murió estrangulado en sus labios colorados. Enmudeció de golpe al ver que los ojos de Mayrith se cristalizaban. Esos dos témpanos grises permanecían fijos, congelados, mirando más allá de los hombros de la novia, hacia el jardín oscuro.
Al girar la vista, Miriam también se quedó sin aliento. No sabía si aquello era otro espejismo provocado por la cocaína o la confirmación de su psicosis.
Bajo los cerezos en flor que enmarcaban el arco nupcial, dos hombres de casaca negra arrastraban al tío Josephus simulando cargar a un borracho. Lo conducían hacia la puerta por la que solo ingresaba el personal de servicio, escoltados por Lucrecia y Osorio.
El cadáver de Josephus avanzaba a tirones. Le habían encajado sus gafas oscuras y el puro apagado entre los dientes, como a un muñeco macabro. Su cabeza colgaba en un ángulo antinatural, que rebotaba contra el vacío, dejando un rastro invisible de humillación.
—Maldito alcohólico —atinó a susurrar Mayrith, aferrándose al marco de la puerta.
Al ver esos zapatos les bleus arrastrándose por el pasto, su mirada volvió a ser la de un perro abandonado, con la misma devoción ardiente y retorcida de hace cuarenta años, cuando el deseo de ser vista a través de esos cristales negros la llevó a darle la bienvenida a su paraíso a un joven Josephus de bigotes espesos, a las afueras del instituto de modelaje.
Ocurrió en uno de aquellos días de primavera en los que solía esperar a su prima con un chupetín rojo en la boca, con el look de Pat Benatar y la canción Heartbreaker pegada a la mente: una prima ingenua que nunca logró poseer el corazón de aquel hombre. Mayrith se lo había ganado con gemidos falsos en la cama, obligándola a conformarse con las migajas de los recuerdos de un cuerpo compartido cuando, tiempo después, la pareja oficializó su compromiso durante una caminata de amigos por el parque Reducto. Sellando un pacto de sangre, fantasías eróticas por las pieles blancas. La decadencia hoy, bajo los cerezos en flor, era arrastrada hacia la puerta por donde se sacaban las bolsas de basura.
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