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Sobre fumar y otros placeres
Cuando se acabó el cigarrillo, Cynthia lanzó la colilla al pasto con una técnica que solo lo hacen aquello que están acostumbrados a hacerlo, como si fuera una habilidad inútil digna de admirar o por lo menos eso es lo que alucinaba yo.
Julio César Jerí
19 de junio de 2026
24 min de lectura
Fumar, qué acto tan desagradable y a la vez tan placentero. Cómo me gustaría poder dejarlo sin sentir esa adicción o conexión con ese elemento que a veces puede resultar tan simpático. Sí, simpático, tener un cigarro entre los dedos de las manos, acercarlo a la boca, exhalar el humo de aquella sustancia que se va quemando de a pocos, viendo el humo aparecer y desvanecerse, sintiéndome de alguna manera distinto a los demás, distinto por tener la capacidad de disfrutarlo mientras se sostiene la atención en algo o en alguien con un adorno entre los dedos de las manos que puede generar un toque de misterio o rebeldía, o por lo menos así lo veía yo.
Hacía ya tiempo que quería dejarlo, pero mis intentos inútiles me hacían pensar que no podría lograrlo, ¿Cómo dejar algo tan placentero y adictivo? Sumado a la parafernalia alrededor de ello, abrir una cajetilla, sacar un cigarrillo, tomar el encendedor y accionarlo con eses sonido metálico único, ver el fuego entre tus manos, dar la primera bocanada y sentirse por un momento completo.
Todo comenzó en la universidad, en la banca en donde nos sentábamos con mis compañeros luego de que se terminaran las clases o al tener algún descanso largo antes de iniciar otra. Al principio no podía tolerarlo, recuerdo que hasta nauseas me ocasionaba si fumaba mas de los que en ese momento podía soportar, que eran muy pocos la verdad. En esa época era eventual y lo evitaba porque mis padres no querían que fumase, tenía ya varios familiares que habían fallecido de cáncer y siempre que llegaba a casa trataba de disimular el olor con unos halls o alguna fruta, como plátano o manzana que comencé a llevar en la mochila cuando comencé con este hábito más seguido, además de sacarme la casaca o la chompa y esconderla en mi cuarto por el olor. Siempre iba directo al baño a lavarme para evitar cualquier confrontación que podría generarse al saludar a alguno de mis padres que estuviera en la casa.
Pero lo peor vino mucho después, cuando comencé a trabajar en una empresa que me destacaba a obras en provincia y vivía solo, ahí no habría quien me rete, quien me resondre, simplemente lo podría hacer cuando quisiese. Pasé de fumar uno o dos al día a una cajetilla de 20 completa y más si salía a tomar, esa ración se duplicaba.
Sentía el tabaco como un compañero constante, una sombra que me seguía a todas partes, marcando mis días y mis descansos con cada bocanada. Esa necesidad, esa especie de devoción silenciosa, es la que me definiría cuando menos lo esperaba, personificada en una figura que llegaría muy pronto a mi mundo con un aire distinto.
Sin embargo, ya lo había decidido, ese día sería el último día en que fumaría un cigarrillo, o por lo menos eso pensaba yo. Por esa época trabajaba en provincia, la obra era un caos controlado de polvo y estructuras metálicas grises bajo el sol radiante de Tacna. Nos encontrábamos en la etapa de definir los acabados de cierto sector del proyecto y me habían avisado de que llegaría una arquitecta desde Arequipa para ver los avances, en ese momento, recibí su llamada, se presentó cordialmente y me indicó que ya estaba en la ciudad y quería reunirse conmigo para realizar un recorrido en la obra y revisar el proyecto en detalle.
De inmediato reconocí ese dejo característico, con una cadencia rítmica donde se alargaban las últimas silabas de las palabras y le daba una curva melódica al final de cada frase. En mi vida había conocido a muy pocos arequipeños y para mi mala suerte me las había pasado mal con ellos, perpetuando ese estigma de que a los arequipeños no les caen los limeños ni los de otras provincias, pero sobre todo los limeños y viceversa.
Coordinamos para encontrarnos en la entrada del local y cuando llegó, la vi bajar de un auto, destacando inmediatamente por sus aires de elegancia e indiferencia, se podría decir que era o parecía una “pituca creída”. Recuerdo que vestía pantalón blanco con una correa negra, una blusa caqui y una casaca roja, contrastaba fuertemente con el entorno arenoso y polvoriento de la construcción. Nos saludamos con formalidad, y de inmediato percibí un atisbo de curiosidad en su mirada.
Se llamaba Cynthia, una mujer que irradiaba un aire de sofisticación y cierta altivez, como alguien de la nobleza que solo buscaba cumplir con su tarea protocolar y marcharse rápidamente de ahí. Me presenté con timidez, cautivado al verla la verdad, cruzamos las primeras palabras y noté su refinamiento y su aire delicado. Después de un beso en la mejilla, la invité a subir a la oficina de la obra para continuar nuestra conversación.
Una vez en la oficina, empezamos a revisar los detalles del proyecto. Cynthia se mostraba muy seria, concentrada en cada punto y haciendo preguntas muy específicas sobre los avances y el cuadro de acabados de cada sector, tenía una mirada seria y concentrada, no se desviaba en ningún momento del tema en cuestión ni daba pie para tornar la charla a algo más informal, solo preguntas, cuando está listo para enchapar este sector, cuando podemos hacer una prueba de pintura, donde están los planos de escantillones, etc.
En un momento, nos acercamos a la mesa de los planos para mostrarle la distribución inicial de los parlantes. Al querer cambiar de nivel, tuve que alcanzar con mi mano un manojo de planos que estaba a su izquierda; mi mano pasó muy cerca de su rostro al levantarlos. En ese instante, ella percibió el persistente olor a cigarro impregnado en mis manos, y un destello de sorpresa y atracción cruzó por su rostro, transformando su expresión formal.
Es fascinante cómo la percepción puede cambiar tan rápido. Ese aroma, que para muchos podría ser desagradable, se convirtió en un puente que unió nuestros mundos de manera inesperada. Al detectar esa afinidad, Cynthia suavizó su tono y su mirada se transformó, reflejando una nueva calidez y un interés que antes no estaba, al principio no lo entendí, en mi mente pensaba si se habría suavizado con los minutos que pasamos conversando, tal vez algo que hice o dije le gustó, solo me pareció extraño en ese momento.
Salimos de la oficina y entramos a mitad de la obra. Cynthia tenía una presencia magnética; cada paso suyo hacía que los ingenieros, arquitectos y trabajadores detuvieran sus miradas en ella, había una curiosidad por entender quién sería este ser nuevo ser que pisaba por primera vez este lugar al que parecía no corresponder.
En la obra, Cynthia mantuvo una actitud profesional y directa, evaluando el trabajo con precisión, nada fuera de lo común, todo tan normal, por así decirlo, el recorrido no duro mucho, en ese momento no había muchas cosas que ver de acabados aún. Al volver a la oficina, aprovechando el momento, le propuse con cierta duda acompañarla a cenar y conocer la ciudad, ya que estaría un par de días en Tacna y con la excusa de querer enseñarle algunos lugares donde comer logré que aceptara mi invitación. Su manera de responder fue corta y seca, un simple está bien, casi como desinteresada y con una apatía que parecía ensayada, pero se percibía un destello de curiosidad, algo que me tomó por sorpresa, ya que, por su elegancia y actitud altiva, no imaginé que aceptaría salir conmigo.
Nos despedimos en ese momento, ella se fue al hotel y yo me quedé pensativo, sobre todo por el cambio de actitud que tuvo cuando estuvimos en la oficina, me dispuse a terminar mis tareas rápidamente y dejé lo que quedaba en manos de Noelia, una asistenta de la zona que había contratado y que era conocida por estar alerta a todos los chismes de la obra, tenía la facilidad de hacerse amiga de todos, ella decía que era un don que lo había heredado de su madre y que siempre le decía - ¡Noelia tú te hablas hasta con las piedras!
-Te vas a ver con la arquitecta verdad? –Me dijo Noelia.
-¿Cómo lo sabes?
-Se nota que te gusta. –Me sentí descubierto, pero quise aparentar indiferencia.
-¿Cómo podrías saber eso? – Le dije.
-Pues las mujeres nos damos cuenta de esas cosas -Solo sonreí y quise negarlo con aires de autoridad.
-Bueno si te interesa te puedo decir si a ella le gustas o no.
-A ver dímelo
-jajá. – Se rio tan fuerte y me sentí tan ingenuo en ese momento – ¡Ves que si te gusta!
-Sólo era curiosidad –Repliqué, aunque por dentro me moría de ganas porque me dijera algo que aumente mi esperanza que tenía alguna oportunidad con esta arequipeña pituca.
-Bueno solo te diré que vi algo nada más.
Ya no quise insistir para no ser tan evidente. Me despedí con un nos vemos mañana.
Ya en la noche fui a buscarla a su hotel, la noche era fresca, las calles estaban solitarias como solían serlo para un martes en la noche de Tacna, debo reconocer que estaba lago impaciente hasta que la vi desde afuera, salía del ascensor y se dirigió a la recepción a dejar la llave, sonrió al chico que atendía por las noches y me dio una mirada a través de la puerta de vidrio que dejaba pasar la luz cálida de la recepción y solo pensaba en ese momento porque me atrae tanto.
Ya en el restaurante, mientras disfrutábamos de la comida local, el ambiente se volvió más íntimo. Cynthia, poco a poco, se fue despojando de esa fachada de altivez, permitiéndote ver a la persona detrás de la arquitecta, era una chica que venía de colegio caro, el más caro de Arequipa, su padre tenía empresas destinadas a producción y exportación espinacas y ciruelas, había vivido entre clubes y viajes con un tipo de vida que su padre le habría acostumbrado, pero detrás de todo eso era una mujer simple, sencilla, con opiniones interesantes una mirada de la vida cruda pero honesta, después de todo era auténtica y era lo que más me gustaba.
Ya luego cuando terminamos de cenar fuimos a la plaza principal, nos sentamos en una banca y seguimos la charla, luego en un instante de silencio me dijo con una serenidad que me desarmó.
-No habría salido esta noche contigo si no fuera por el olor de tus manos.
-Me quedé pensando unos segundos si lo que había escuchado tendría sentido. –No entiendo. –Le dije.
-En la tarde cuando moviste los planos pasaste tus manos muy cerca de mi rostro y sentí ese olor a cigarro que se queda impregnado luego de haber fumado un par de cigarrillos o por lo menos de alguien que lo hace seguido. –Mire mis manos por un momento y luego me dijo.
-En ese instante que sentí el olor del cigarrillo combinado con el humor de tus manos pensé este chico es como yo y sentí cierta cercanía, lo que es raro porque no es la primera vez que estoy cerca de personas que fuman y no había caído en cuenta de eso. Creo que tu olor combinado con el del cigarro me resulta muy familiar, me hizo recordar a mi padre, de hecho, ese hábito que también tengo lo es por él.
Me contó que su papá fumaba desde los 16 que empezó por malboro rojo y que mucho después lo cambió por lucky strike, a ella le encantaba el acto de fumar, lo admiraba desde chica, desde que veía a su padre fumar cajetilla tras cajetilla sin parar, era un fumador empedernido, ella estaba tan acostumbrada al olor del tabaco y le gustaba que el olor se le impregne porque le recordaba a él y por eso es que años después ella comenzó a fumar.
-Quiero fumar un cigarrillo. –Me dijo. –Es más, me gustaría que fumáramos juntos en este momento, quiero volver a sentir el olor del tabaco y el humo entre tus manos.
Prendimos un cigarrillo y comenzamos a compartirlo, era fascinante ver como este ser tan elegante para mí, compartía la misma pasión. La veía golpear, exhalar el humo residual por la nariz, hacer aros en el aire, y mientras lo hacía nos mirábamos fijamente. Estaba hipnotizado con todas estas imágenes.
Cuando se acabó el cigarrillo, Cynthia lanzó la colilla al pasto con una técnica que solo lo hacen aquello que están acostumbrados a hacerlo, como si fuera una habilidad inútil digna de admirar o por lo menos eso es lo que alucinaba yo. Tomó mi mano izquierda y la puso debajo de su nariz rosando totalmente sus labios, pude sentir su respiración y su mirada concentrada en la mía. Era un aroma intoxicante que le daba placer, lo noté por cómo me miraba y como cerraba los ojos cada vez que lo respiraba, luego me extendió su mano y me invitó a que hiciera lo mismo.
Sus manos eran suaves y el roce de mis labios con sus manos me hizo perder la conexión total de donde estaba, el aire estaba enrarecido, parecíamos los dos únicos en esa banca de madera a la mitad de la plaza de armas de Tacna, el olor de ella era igual o peor de embriagante.
Luego de unos minutos ella soltó una carcajada.
-¿Qué pasa? – Le dije.
-Nada, es solo que todo esto me parece gracioso, por no decir extraño.
-No lo veo extraño, no lo sé, solo sé que me gustó lo que hicimos.
-¡No te acostumbres!
No le dije más nada en ese momento, a Cynthia se le veía contenta o por lo menos eso quise pensar, comenzó a estirarse y a hacer gestos de estar relajada, algo desenfadada diría yo.
-¿Qué tanto fumas? –Me preguntó.
-Una cajetilla diaria.
-Eso es bastante, no digo que sea malo, pero eso ya es adicción.
-Lo sé, estaba pensando en dejarlo, pero creo que por el momento no lo haré.
-¿Por qué?
-No lo sé –No quise decirle en ese momento que la razón era ella, esa sensación me había dejado extasiado y quería volver a repetirla, aunque no sabía si la volvería de ese modo o si ya pronto me diría algo como que para ella eso fue todo. –¿Y tú, has pensado en dejarlo? –Le pregunté.
-Por ahora siento que es algo lejano pensar en eso, además me gusta mucho, demasiado, siento que el cigarro me hace libre, aunque es un tanto paradójico ya que un vicio como tal te hace esclavo. Pero creo que tener un vicio te hace humano y prefiero disfrutarlo que padecerlo, creo que atentar contra tu salud por placer por elección es lo más humano que existe. Creo que la vida es cuando eliges algo o alguien sin poder explicar con razones lógicas del porque y decides avanzar hacia ello, no necesariamente porque sea lo mejor o lo más seguro, simplemente te sientes vivo, es la decisión de dejarse destruir por lo que nos atrae, parecen decisiones irresponsables, pero es donde la vida recién empieza y creo que es algo que practico en mi vida.
-No sientes que debes tener algún tipo de límite. – Le dije.
Sí los tengo, pero de qué sirve una vida compuesta enteramente de límites y de decisiones seguras, si ninguna de ellas conmueve el alma, y no hablo solo del acto de fumar, y esa es la verdadera medida de una vida, de que tan profundamente sientes, cuán honestamente habitas tu propio pulso, porque vivir así no ofrece garantías. A veces nos lleva a la alegría. A veces al desamor. A menudo a ambos, simultáneamente. Pero siempre nos lleva a un lugar real.
-Parece que lo has meditado bastante. –Repliqué.
-Pues la verdad sí, de hecho, todas estas ideas y muchas otras las llevo en mi cabeza y no solo ahí, las escribo para poder recordar quien soy o quien quiero ser.
-Me sorprender, nunca he conocido directamente a alguien que escribiera sus ideas o pensamientos.
-Siempre llevo un pequeño cuaderno conmigo para cuando quiero escribir algo o se me viene una idea a la cabeza, de hecho, acá en mi cartera lo tengo.
-¿Puedo verlo? –Pregunté.
-Pues la verdad nunca le había contado a nadie que escribía, siento que es demasiado personal para mí y no sé porque te lo terminé contando, creo que la interacción se dio de tal manera que compartirlo contigo o elegirte a ti para ello ha sido de manera natural, como si estuviera destinado a ello y me da algo de cólera porque tenías que ser tú a quien se lo cuente.
-¿Porqué? –Pregunté extrañado y con algo de temor a que me salga con alguna respuesta que me decepcionara.
-Porque eres un limeño típico, jajá.
-¿Y cómo sabes que soy de Lima?
-¡Se nota!
-Ya sabía que no me inventaba que los arequipeños eran así de altaneros y creídos. –Le respondí.
-Jajá. –Cynthia solo reía y se tomaba el rostro, como si le gustara la descripción que acababa de hacer de ella.
-Creo que ya me tengo que ir. –Me dijo.
-Espera, no me has enseñado tu libreta de apuntes. –Le dije mientras le sostenía el brazo.
-No te la voy a ensañar, ahora no, pero tal vez en algún momento lo haga, me has caído bien limeñito típico.
-No creo que sea tan típico. -Le dije. –Si no, no me hubieras contado sobre tu libreta donde escribes.
-Tienes razón, pero por ahora te diré así, limeñito típico, me divierte joderte un rato. –Cynthia sonreía mientras se paraba de la banca y se disponía caminar a su hotel que estaba a pocos metros de la plaza.
Volvimos a encender un cigarro, lo compartimos mientras caminamos unos pocos minutos y terminamos lo que quedaba del cigarro en la puerta del hotel. Te veo mañana me dijo, me acerque para darle un beso en la mejilla y me detuvo, en eso tomó mi mano, la olió una vez más mientras me miraba fijamente y luego simplemente la soltó, casi como tirándola, como cuando te despojas de algún objeto o utensilio que ya cumplió su función y no lo necesitas más, enseguida se dio media vuelta y entró al hotel sin decir más palabra. La quedé mirando a través del cristal oscuro de la puerta de ingreso, veía su figura bajo la luz tenue de la recepción desvaneciéndose y haciéndose borrosa mientras se adentraba en aquel pasadizo de ingreso hasta que desapareció.
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