Volver al blogTallerista - Grupo online
Un lugar en la mesa
Años después, cuando cumplió dieciocho, Liz buscó su nombre en la lista de sorteados. No estaba. Entonces hizo lo que su padre antes que ella, acudir muy temprano para ofrecerse como voluntaria. Llegó primerísima y esperó que los seleccionados faltaran, pero no tuvo suerte. Cuando parecía que alcanzaba su lugar en la mesa, se presentaba alguien y se lo arrebataba. La escena se repetía en cada elección.
Gerardo Cárdenas
09 de marzo de 2026
7 min de lectura
Liz esperó que el guardia terminara de bostezar para preguntarle dónde estaba la fila. No había. Era la primera en llegar. Así que se ubicó donde le dijo el guardia y dejó su mochila junto a sus pies. Era más pesada de lo que recordaba.
Liz había votado por primera vez a los seis años. Su abuelo la llevó muy temprano y le pidió que marque la foto de su candidato. Liz miraba las arrugas en las manos de su abuelo mientras firmaba el padrón y marcaba su dedo anular con tinta morada. Después, fueron a ver el salón en el que el padre de Liz, con entusiasmo insólito, ejercía como miembro de mesa.
No era solo un honor para la familia, le explicó su abuelo. Era una oportunidad para conversar con la gente, conocer sus opiniones, miedos y esperanzas. Imagina a tu país como una hoja de papel, le decía su abuelo, y cada uno lleva una gota de tinta para escribir nuestra historia. El deber de la familia era ayudar a que la historia continúe. De regreso a casa, Liz cantaba con su abuelo el himno nacional y se fijaba en los dedos entintados de los transeúntes.
Años después, cuando cumplió dieciocho, Liz buscó su nombre en la lista de sorteados. No estaba. Entonces hizo lo que su padre antes que ella, acudir muy temprano para ofrecerse como voluntaria. Llegó primerísima y esperó que los seleccionados faltaran, pero no tuvo suerte. Cuando parecía que alcanzaba su lugar en la mesa, se presentaba alguien y se lo arrebataba. La escena se repetía en cada elección. Muchos llegaban quejándose de la multa, mirando el reloj. En todas esas ocasiones, sin importar quién ganara las elecciones, Liz volvía a casa con la sensación de una indeleble derrota.
Por eso, miró con desagrado cómo la fila crecía frente al guardia. Liz acomodó su mochila delante de ella. Cuando la movió, algo dentro se deslizó con un golpe líquido. Liz temió que el olor se filtrara por la tela.
A esa misma hora, su abuelo dormía en un hospital de pabellones amplios y ventanas rotas. El hombre que le había enseñado a respetar el voto yacía bajo una sábana de papel. En su dedo anular parpadeaba la débil luz del oxímetro.
La noche anterior, Liz sintió que su página en la historia se iba acabando. Que había esperado demasiado tiempo para escribir una sola línea. Entonces llenó una botella con gasolina y la colocó dentro de su mochila. En uno de los bolsillos escondió el encendedor.
Fue allí donde metió la mano cuando el guardia, tras un bostezo, le dijo que su mesa estaba completa.
¿Te gustó este artículo?
Compártelo con otros escritores que puedan encontrarlo útil