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Un mundo por conocer (Cap. 1)
Los enlutados... ¿Quiénes eran los enlutados?
Pedro Casusol
08 de setiembre de 2026
11 min de lectura
“Cada uno crea aquello en lo que decide creer”
Miguel de Unamuno
—Mami, quisiera entrar a una iglesia.
Mi deseo pareció desconcertarla. Caminamos por el centro de Trujillo, una ciudad que en mi memoria se presenta bulliciosa y encendida, envuelta en una algarabía de calles que recuerda la letra de un viejo vals. Sus plazas y sus casonas de colores apastelados cargan el rumor de un orgullo que ya no les pertenece. Desde las alturas, el damero colonial se dibujaba perfecto, como un tablero de ajedrez asentado sobre el territorio de los antiguos chimús. En las esquinas, mujeres de polleras ofrecían picarones, dulces de chancaca, anticuchos y papas rellenas.
Con mis hermanos disfrutábamos los paseos de los fines de semana. Ya en la plaza, nos trepábamos a la estatua de la Libertad. Nos deslizábamos entre sus extremidades de mármol como si fueran ramas de un árbol; figuras gigantescas que, como contorsionistas, se desperezaban de un peso que apenas parecíamos entender. De la esclavitud, nos explicaba mamá; de la opresión, nos dirían más tarde en la escuela. Hombres de piedra tratando de desprenderse del yugo español según la leyenda cincelada en la placa. Mamá nos hablaba de la gesta de los libertadores que en esas mismas calles dieron el primer grito de emancipación. Nosotros, con la inconsciencia de la infancia, nos deslizábamos en el monumento como un columpio de piedra. ¡Qué viva la libertad!
Trujillo, ciudad de provincia, un antiguo esplendor barroco que se despedaza de a pocos por la inclemencia de la lluvia, del tiempo y del sol. Las casonas mejor conservadas albergaban bancos o museos; las demás sobrevivían al abandono. Sus calles rectas y veredas estrechas desembocaban siempre en fachadas de una iglesia que, a mis cortos años, disparaban mi imaginación. En las reuniones de la congregación yo solo recibía vagas noticias de ellas.
Frente a la iglesia de Santo Domingo, entre Pizarro y Junín, mi madre se detuvo para señalarme el portón: allí se había casado con mi padre hacía muchos años. Mi padre, cuando quería desviar la conversación, añadía historias extrañas sobre esta. Contaba que al costado, donde ahora funciona el viejo colegio San Juan, estuvo la prisión de la ciudad; la mítica celda donde el poeta César Vallejo pasó sus días más álgidos. Pero mi padre desconocía la literatura; para él, aquella parroquia era solo el recuerdo de su primer hogar en Trujillo. Nos contaba que en sus tiempos de juventud algunos reos saltaban el muro del convento y se disfrazaban de monjas para camuflar su escape. Él había vivido y trabajado en ese claustro, y guardaba secretos de los más selectos sobre la vida oculta de los clérigos.
—Hay que preguntárselo al hermano Alberto Santillán en su próxima visita —fue la respuesta de mi madre cuando insistí en entrar.
Aquella vez, el anciano llegó acompañado su abnegada esposa. Para mi sorpresa, el viejo supervisor no se opuso: «No está mal que el niño quiera conocer. Siempre y cuando no sea en horario de misa, que vaya, que conozca», dictaminó.
*
Una inmensidad lúgubre de arquitectura abovedada. Parecía el interior vertebrado de un gigantesco marino. Una ampulosidad que le recordaba las ilustraciones históricas de Carl Grimberg, esos libros arrinconados en los estantes de la casa, subyugados por el arsenal bibliográfico de los enlutados.
Todo era asombro allí dentro. Inmensas imágenes se alzaban ante mis ojos. Figuras ostentosas donde santos con caras convalecientes eran venerados por feligreses que deambulaban en penumbras. Algunos llevaban velas y, de rodillas, elevaban oraciones a esas estatuas. Yo discernía en silencio, aplicando el filtro de mi educación: sabía que no eran más que ídolos paganos, que Dios odiaba la idolatría de la cristiandad y que se ponía furioso ante esos rituales. Pero, qué hermosos eran. Eran los rostros suplicantes más bellos que había visto en mi vida.
Cientos de cirios se encendían para la Virgen. El altar mayor, cubierto de pan de oro, brillaba con una ostentación magnifica que pretendía imitar la belleza del firmamento.
—Pero todo eso es mentira, ¿verdad, mami? —susurré, buscando su complicidad.
—Así es, hijito —respondió ella, pero su voz sonó distante.
Yo seguía con la vista perdida en los dolorosos rostros esculpidos por la pericia de artistas inspirados. Vi a San Judas Tadeo sobre su caballo, huyendo de la tormenta por un paisaje desolador donde al fondo se vislumbraba una huaca prehispánica, repleta de los demonios que adoraban los antiguos gentiles. Vi a Santiago Matamoros avanzando entre tempestades, resguardado por ángeles niños. Vi a San Cristóbal alzando su espada para someter a un demonio oscuro. Aquellos hombres barbados y acorazados, venidos desde España, habían traído una verdad distorsionada desde los albores del tiempo, una fe corrompida por la cristiandad que la congregación llamaba la obra del inicuo. La Virgen benévola, con las manos extendidas, parecía llorar ante mis ojos. Todo aquello inspiraba en mí sensaciones discontinuas: la fascinación del arte y el terror del pecado.
*
A mi madre, estar allí le traía una confusión cargada de nostalgia. Hacía muchos años que se había jurado nunca más pisar una iglesia católica, la misma a la que en su infancia y juventud le había dedicado su devoción más pura, antes de abandonarla en un arranque de iluminación. Nunca pensó que su hijo, el heredero de su nueva fe, le pediría entrar a ese territorio prohibido. Mirando los altares, se sumergió en sus propios recuerdos: cuando era apenas una niña e iba de la mano de su madre, muy de mañana, a la parroquia Los Descalzos en el antiguo barrio de Breña, en pleno corazón de Lima. Juntas habían rezado con fervor ante esas mismas imágenes. Asistían a misa todos los domingos, cumpliendo el catecismo y participando en las procesiones multitudinarias del Señor de los Milagros y de Santa Rosa. Con un velo que le cubría cómicamente la frente, mi madre había sido una feligresa infatigable y una tenaz lectora de la Biblia.
Se entusiasmaba al contarme el origen de esa piedad perdida. A veces, interrumpía su relato con una retórica constante: «¡Si tan solo mi madre hubiera conocido las verdades que ahora sabemos! ¡Qué excelente hermana habría sido! Una celosa evangelizadora a tiempo completo, como lo soy yo ahora».
Su sonrisa de nostalgia me hizo formular una pregunta, pero de forma invertida:
—¿Y si a mi abuelita no le hubiera gustado nuestra religión?
Mi madre se quedó estática. Su sonrisa se borró de golpe y sus ojos se clavaron en el vacío de la sala.
Mi madre se quedó en silencio, una de las pocas veces que la vi vacilar. Buscó una respuesta en dirección a los vitrales de la ventana y luego me dijo que eso era imposible. Según ella, la abuela tenía más fe a las Sagradas Escrituras que a la religión tradicional. Sabía que las iglesias eran solo una etiqueta, un embuste. En cambio, entre los enlutados sí había una congruencia entre lo que se enseñaba y lo que se practicaba; una vida acorde al autentico ideal cristiano. Me dijo que el fundador de nuestra organización había sido, al igual que la abuela, un tenaz buscador de la verdad. No había punto de comparación.
Luego desvió la conversación y se encerró en sus propios pensamientos. Yo no continué con mis indagaciones. Entendí, a mis cortos años, que con los enlutados no se podía discutir. Ellos poseían el monopolio de la verdad. Eran ellos y nadie más.
Más tarde el peso de esa certeza comenzó a rondar mi cabeza como una sombra. ¿Cómo explicarle a mi madre el terror que me producía esa división del mundo? Yo tengo la verdad, tú no. Si no te unes a mí, eres el equivocado y debo distanciarme de ti. Asimilar esa intolerancia se convirtió en el gran reto de mi transición hacia la juventud.
De la mano de mi madre, salí finalmente a la calle. El mundo exterior se me presentaba como recién inventado. Al fin había conocido la cristiandad por dentro. Para cuando yo nací, mis padres ya habían borrado todo vestigio católico de sus vidas. Se podría decir que nací dentro de una familia muy espiritual de enlutados.
Los enlutados... ¿Quiénes eran los enlutados?
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