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Una vida buscando

Fui a un retiro en el colegio, me quedé solo rezando en la capilla conversando con Dios, le decía. —No sé qué hacer, señor, dame una señal sobre lo que quieres de mí. De pronto escuché un estruendo que venía por detrás, volteé asustado, no había nadie y la última banca estaba ladeada, como si alguien la hubiese movido.

Ricardo Flores
24 de febrero de 2026
17 min de lectura
Observo mi mediocridad diariamente. Mi escritorio es un digno reflejo. Le echó la culpa a Roberto, lo increpo: —Deja de dejar tus cosas regadas por todo mi escritorio—. Él me clava su estúpida sonrisa a diente fresco y sigue de largo. Yo observo la objetivación de la desidia. Está a la vista de todos, en pleno pasadizo el que conecta las dos habitaciones de nuestro apartamento. A la izquierda de mi laptop hay unas tarjetas personales regadas por debajo de mis audífonos; más atrás, el enrutador blanco. A la derecha, entre recibos sin abrir y una montonera de boletas acumuladas al lado de una libreta. Hay una rosa blanca de piedra de huamanga que rescaté del tacho de basura de mi madre. Mi hermana durante su última visita había decidido depurarlo. Delante de todo eso, tengo dos vasos: uno vacío y otro con un poco de cerveza de hace un par de días al lado un soporte para el celular, el celular siempre esta debajo de él. Hay tres jarros con lápices y lapiceros que alguna vez seleccioné, pero que están nuevamente todos revueltos. La caja de una tinta para la impresora está en medio del escritorio recordándome que el problema no era la tinta, sino la maldita impresora que no quiere funcionar. Estas máquinas se revelan, hoy por hoy resulta más fácil comprar una nueva que hacerla reparar. En el centro de todo el desorden, al lado de la tinta, mi gorra negra encima del maletín del masajeador, seguidos de dos tacos de papeles inservibles, unos CD que me envían de la SUNAT y que esperan a que baje la información que nos han enviado. también entre todo eso hay dos cables para cargar equipos un USB y una crema Nivea de envase azul. La utilicé mientras me rehabilitaban; me tuve que operar del pie en octubre pasado, artrodesis del dedo gordo del pie izquierdo. Mi mediocridad acompaña a mis genes; he sufrido de todos los males metabólicos imaginables y, además, de una poli artrosis degenerativa desde los cuarenta. Ya me operaron: hombros, rodillas, caderas, cuello y codos. Lo último, los dedos gordos de los pies. Ahora soy casi un instrumento de aleación; la mitad de mi cuerpo es de titanio. Conchuda y, desvergonzada, alardea mi mediocridad con prepotencia. Se ha apodera de mi espacio de trabajo, mi oficina, mi vida, estampándome en la pared una frase escrita en sangre: ¡Flojo de mierda! Cuando era más pequeño mi pasión era destruir, desarmar, desordenar y quemar. Quemar, que maravilla el olor a plástico derretido sublevaba mi alma al mismo registro del humo negro que emana de la resina en la que se convertían mis soldados de juguete, mis carritos y camiones de plástico. Me encantaba reventarlos todos con los saldos de cohetes que me sobraban de la navidad. Inolvidables batallas, épicos fortines cayeron incendiados, vueltos revoltijos de plástico derretido en las azoteas. A los seis años incendie la cama de mis padres por primera vez mientras jugaba con mi hermana. Prender fósforos y tirarlos encima de los tules de la cama de mi padre se volvió mi deporte favorito. Mi padre me correteo con correa en mano por la azotea de la casa después de sofocar el fuego, gritándome cómo un loco: —Pirómano de mierda, te voy a quemar a ti. Recuerdo las puertas del closet de mi habitación agujereada por una lanza que encontré un día corriendo olas en el mar, de adolescente. La estampe en la puerta del closet después de una discusión acalorada con papá que quería que estudiara, que al menos aprobara con once, era todo lo que exigía y además que le hiciera los resúmenes del libro del mes “El vendedor más grande del mundo” de Ogmandino, papá vivía obsesionado con que leyera y yo odiaba leer los libros que me daba. Sin embargo, hacia los resúmenes y los entregaba a regañadientes, sin recibir ningún comentario, solo: —Ya era hora, te has demorado demasiado. Jamás se repararon los agujeros de las puertas del closet, se quedaron ahí como símbolo de nuestra indolencia familiar al igual que la puerta de mi habitación la cual un día atravesé con mi puño después de una discusión con mi viejo donde me calzo una patada en el culo que hasta ahora cuando la recuerdo me duele. Las discusiones fueron creciendo, estaba ya terminando el colegio y mi juventud me volvió más abúlico, papá quería que fuera médico, yo no tenía idea de que hacer, nada me gustaba, nada me apasionaba salvo correrme la paja que era por ese entonces mi pasatiempo favorito, podía perder el tiempo jalándome la tripa por cualquier espacio de la casa donde estuviere solo. En mi desesperación por descubrir que debía hacer después de terminar el colegio, había que estudiar algo volverse abogado, ingeniero, médico, administrador, contador (cómo papá) pero tenía dos problemas, nada me atraía y vivía pensando cómo salir de casa. Fui a un retiro en el colegio, me quedé solo rezando en la capilla conversando con Dios, le decía. —No sé qué hacer, señor, dame una señal sobre lo que quieres de mí. De pronto escuché un estruendo que venía por detrás, volteé asustado, no había nadie y la última banca estaba ladeada, como si alguien la hubiese movido. Me levanté asustado, sorprendido por la situación, pero no salí corriendo, miré al crucifijo y le dije al cristo clavado en la cruz frente a mí: —Está bien voy a seguir tu camino. Al día siguiente volví a casa y hable con mis padres: —Ya sé qué quiero hacer, voy a ser cura. Mi viejo se puso pálido y a mi madre se le cayeron los lentes de la cara de la impresión. Papá no atinaba a decir nada, solo movía la cabeza de un lado a otro y rezongaba cómo un perro herido, mama tartamudeaba cococomomomo diiicees. He decidido que quiero ser cura. —De ninguna manera— dijo papá. Pero es lo que quiero hacer, tú mismo me dijiste alguna vez. —Sé muy bien lo que te he dicho, pero nunca se me imagino que un hijo mío... no pudo terminar la oración, cogió de la mano a mamá y salieron los dos de la habitación a conversar entre ellos, no pude escuchar lo que conversaron, mientras tanto yo me derretía de nervios, no sabía que hacer, si esperar o salir corriendo hasta que finalmente papá y mamá volvieron y dijeron que de ninguna manera lo permitirían. Hice las averiguaciones de todo lo que tenía que hacer para postular al seminario, hablé con algunos curas amigos de la familia, quienes finalmente hablaron con mis padres y quienes finalmente ayudaron a que se amansaran y terminaran aceptando la decisión que había tomado, ese verano me prepare para ingresar a San Toto. La Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Postulé a la orden, esto consistió en una serie de entrevistas con curas, una evaluación psicológica y un retiro al que asistí con otros postulantes. Después de unos meses fui aceptado, lo único que quedaba era ingresar a San Toto. Ingresé en el puesto trece. Ese número, quizás fue un presagio de lo que vendría.

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